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¿Es ineluctable la supremacía del inglés?
Roland J.-L. Breton, especialista de geolingüística, profesor honorario de la Universidad de París VIII. Ha publicado, entre otras obras, Geografía de las lenguas (Oikaus-Tau, 1979) y, con Ranka Bijeljac, Du langage aux langues (Del lenguaje a las lenguas, Découvertes, Gallimard, 1997)
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© Philippe Franchini, París








Sin duda, hay muchas lenguas diferentes en el mundo, pero ninguna carece de significado; y si no conozco el sentido de las palabras, seré un bárbaro para el que habla, y el que habla, para mí, será un bárbaro.

Nuevo Testamento,
Corintios, XIV, 10-11

La mitad de la humanidad habla una lengua de gran difusión que no es el inglés. Una estrategia concertada de defensa podría frenar la uniformización cultural.

En 1919, el Presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson obtuvo que el Tratado de Versalles entre los Aliados y Alemania se redactara en inglés y en francés. Desde entonces, el inglés se ha impuesto en la diplomacia y, progresivamente, en las relaciones económicas, entre los medios de comunicación, etc. Actualmente esta lengua parece orientarse hacia un monopolio como vehículo de comunicación a escala planetaria.
Es evidente, en los albores del siglo XXI, que la mundialización acelerada en el plano económico va unida a una anglicización creciente de los intercambios lingüísticos. Se incita a cada vez más personas a emitir mensajes en inglés en vez de en su propio idioma. A muchos no les molesta: ello sigue precisamente la corriente de uniformización ineluctable del planeta y permite a un número creciente de individuos comunicarse directamente. Desde ese punto de vista, cabe pensar que ello supone un progreso, una economía de medios y una simplificación de los intercambios culturales. Pues, se afirmará, la anglicización no persigue la muerte de las lenguas autóctonas; constituye simplemente un instrumento para tener acceso a un horizonte más vasto.
Es posible. Pero no ver más allá es ignorar los profundos vínculos existentes entre emancipación individual y poder político, entre los mecanismos lingüísticos, sociales y económicos que, en todas las sociedades, son inherentes a las relaciones entre personas y grupos, entre cultura y estructura colectiva. La ascensión de un individuo dependerá en efecto de su capacidad para emplear el o los idiomas más útiles. Y, con el correr de las generaciones, la lengua que da más prestigio elimina a las demás.
El imperialismo cultural es un fenómeno mucho más sutil que el imperialismo económico, aunque este último sea ya más impalpable y encubierto que el imperialismo político y militar, cuyos excesos son patentes y fáciles de denunciar. Sería bastante inexacto pretender que el predominio del inglés en el mundo haya sido buscado, organizado y apoyado deliberadamente por las potencias anglosajonas, paralelamente a sus empeños en el plano político o a la penetración de sus empresas transnacionales en el mercado económico. La “guerra de las lenguas” rara vez ha sido considerada como tal, y jamás y en ningún sitio, ha sido declarada.
Mientras es posible estudiar y objetar las estrategias militares diplomáticas, políticas y económicas de las grandes potencias, las estrategias lingüísticas parecen en cambio discretas, tácitas, incluso ingenuas o inexistentes. Si las experiencias históricas del siglo pasado llevaron a muchas potencias a practicar una mayor modestia lingüística, ¿les enseñaron por eso a resistir a la última hegemonía en ese ámbito?
Mucho después que la Liga Arabe, fundada en 1945, que agrupa actualmente a 22 países que representan 250 millones de habitantes, los países que tienen en común el uso del francés innovaron iniciando una verdadera política conjunta: fundaron una organización que vincula la cooperación lingüística, económica y política, la Organización Internacional de la Francofonía, que agrupa (como el Comonwealth), más de 50 Estados, con más de 500 millones de habitantes. Desde 1991 tienen lugar los coloquios de los pueblos de habla neerlandesa que reúnen a más de ocho comunidades (unos 40 millones de personas), así como las cumbres iberoamericanas, que congregan cada dos años a más de 20 países (350 millones de habitantes). Desde 1992 las cumbres de turcohablantes, bienales, reúnen a seis Estados independientes (120 millones de habitantes), de Europa y Asia central a comunidades étnicas menores. Y, desde 1996, la asociación de países de lengua portuguesa agrupa a siete países (200 millones de habitantes).

Varios frentes de combate
¿Un combate en orden disperso de las lenguas de gran difusión bastaría para resistir a la amenaza de la uniformización cultural? Cabe dudarlo, tanto más cuanto que cada idioma tiene su propio campo de acción geográfica a niveles variados de competencia. Sumando las audiencias más o menos cubiertas por las diez lenguas de gran difusión, se llega a un total teórico de más de tres mil millones de personas —la mitad de la humanidad—, lo que supera ampliamente los dos mil millones aproximadamente de hablantes de una anglofonía más o menos oficial (Commonwealth y Estados Unidos). Si se lograra, respecto de esas grandes lenguas, concebir una estrategia concertada de defensa, ellas podrían pesar fácilmente en las organizaciones internacionales.
La cuestión del futuro de los idiomas no se plantea únicamente a ese nivel superior de las lenguas de gran difusión. Por debajo de éste, el nivel medio lo ocupan el centenar de lenguas oficiales reconocidas de Estados o de entidades subnacionales, como por ejemplo las lenguas constitucionales de la India o las de las nacionalidades de Rusia. Esas lenguas han conquistado también un lugar que tienen derecho a defender. En el nivel inferior viven o sobreviven los millares de lenguas llamadas autóctonas, minoritarias, comunitarias, étnicas, etc. En su mayoría están amenazadas. Conciernen a unos 300 millones de hablantes.
¿Es concebible la muerte anunciada de las lenguas menores? Sí, pues el mejor medio de matar una lengua es enseñar otra. El monopolio del centenar de lenguas nacionales en la enseñanza torna ineluctable el confinamiento de las lenguas no escolares a los ámbitos domésticos y folklóricos y, con el tiempo, su evicción de los espacios culturales prestigiosos. El “lingüicidio”, o erradicación de las lenguas, se busque conscientemente o no, es uno de los medios esenciales del etnocidio, es decir de la desculturización de los pueblos emprendida por todas las colonizaciones pasadas y objetivo más o menos inconfesable de los Estados que no reconocen a sus minorías étnicas autóctonas. Con la eliminación creciente de las lenguas locales de los sistemas de enseñanza, este “lingüicidio” no puede sino acelerarse.
La problemática lingüística en el mundo del siglo
XXI se plantea por consiguiente en dos niveles. Por un lado, ¿cómo pueden las lenguas de gran difusión o nacionales resistir a la invasión del inglés? Y, por otra parte, ¿cómo pueden las lenguas minoritarias y amenazadas llegar a salvarse, es decir, tener ellas también acceso al desarrollo?

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