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La supremacía del inglés

Idir

Heuskera, ialgi adi kanpora

Las tribulaciones de un escritor en gikuyu
Mwangi wa Mutahi, escritor keniano, autor de una novela en gikuyu, Ngoima (Lugha Africa, Mukurwe-ini, Nyiri, 1999)
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Mwangi wa Mutahi










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Cuarenta años después de la independencia, las lenguas africanas, con excepción del kiswahili, no se enseñan en las escuelas de Kenya. Los exámenes se pasan en inglés. Aquí, la escuela primaria en la que estudió Mwangi wa Mutahi.








Por todas partes nuestra lengua derrama lágrimas porque sus propios hijos la están abandonando,
dejándola sola con su pesado fardo.

De un poema
en lengua wolof (Senegal) de Useyno Gey Cosaan

Ardiente defensor de su idioma nativo, este novelista keniano fue en un momento tan hostil a éste como algunos de sus profesores.

Nací en una familia de campesinos en 1963, año en que Kenya obtuvo su independencia. De niño, mi única lengua era el gikuyu. En gikuyu cantábamos, narrábamos historias, intercambiábamos adivinanzas o simplemente charlábamos, mientras los adultos sostenían conversaciones salpicadas de proverbios. Que yo recuerde, el gikuyu, hablado por 22% de la población keniana, era el único idioma que se nos había enseñado en nuestros tres primeros años de escolaridad, si bien yo había aprendido el alfabeto inglés en el jardín de infantes. Cuando llegábamos a cuarto grado se reintroducía el inglés y teníamos que despedirnos del gikuyu. Desde ese momento, hablar o escribir en nuestra lengua materna estaba prohibido por los reglamentos escolares. Expresarnos en ella nos exponía a recibir golpes y a otros castigos, que en algunos casos llegaban a la expulsión temporal. Esa actitud de rechazo hacia las lenguas africanas predominaba en los establecimientos primarios del país. A juicio de mis educadores, esas lenguas no eran verdaderos idiomas, sino dialectos primitivos.
Durante un tiempo, antes y después de mis estudios universitarios, enseñé en un establecimiento secundario, experiencia que me permitió asumir una actitud personal frente a las lenguas africanas. ¿Sería capaz de inculcar el gikuyu a mis alumnos o rendiría culto a los idiomas extranjeros despreciando el propio? Al igual que mis colegas, me convertí en un buen discípulo del legado colonial. Hube pues de golpear y castigar a los alumnos cada vez que intentaban hablar en su lengua materna. Como muchos antes que yo, adopté la doctrina colonial según la cual hablar y aprender lenguas africanas disminuía la capacidad de aprendizaje de los alumnos. Como los exámenes nacionales eran en inglés, era fácil convencer a los estudiantes de que para salir airosos tenían que dominar ese idioma.
Decenios después de obtenida la independencia, el sistema de educación se mantiene intacto. No ha habido cambios significativos en la política de enseñanza de las lenguas africanas en Kenya, que son unas 40. Con excepción del kiswahili, proclamada por el difunto líder Jomo Kenyatta lengua oficial junto con el inglés, el gobierno estima que las lenguas locales son una amenaza para la unidad nacional. Numerosos educadores africanos respaldan el sistema según el cual lo importante es sobresalir en los exámenes de inglés, pues es el que da prestigio y abre perspectivas de estudio y de empleo en el país o en el extranjero.

“El mensaje de mi novela estaba en gikuyu”
Para mí el vuelco se produjo cuando a los 32 años me senté a escribir mi primera novela. Vivía entonces en Estados Unidos, donde trabajaba como investigador científico. Al escribir Ngoima quería describir con sus verdaderos colores neocoloniales el régimen que impera en la Kenya independiente. Pretendía llegar a un público de campesinos, trabajadores y gente modesta. Mi relato aborda el tema de la corrupción y la negligencia en el sistema de atención médica a través del caso de una mujer que sufre complicaciones durante su embarazo. Empecé a escribir en inglés, pero después de los dos primeros párrafos me di cuenta de que en mi mente el mensaje que quería transmitir estaba en gikuyu. Esa lengua de la infancia tenía en mí raíces mucho más profundas de lo que yo había creído. Un nuevo escollo surgió al intentar escribir los diálogos: ¿no sonaba falso que los dos personajes principales, ambos campesinos, que pertenecían a la lengua y la cultura gikuyu, hablasen inglés? La redacción de Ngoima quedó en suspenso. Varios meses después volví a Kenya, donde pude compartir mucho tiempo con gente como la que me había rodeado durante mi infancia y adolescencia. Era como si hubiera podido conversar personalmente con mis personajes de ficción. De manera misteriosa, la visita al país hizo revivir en mí el deseo de escribir. A comienzos de 1997, reanudé su escritura, esta vez en gikuyu. En dos meses había concluido el borrador de Ngoima.
El desarrollo del gikuyu escrito se ha estancado porque muy pocos lo utilizan. Frente a otras lenguas cuyo uso está más difundido en el país, el gikuyu ha quedado muy a la zaga en la renovación del vocabulario, los giros y la ortografía. Tuve dificultades en ese aspecto al escribir mi novela, pero me sirvieron de inspiración otros dos escritores (Gakaara y Ngugi) que habían decidido escribir en gikuyu antes que yo. Mi libro empezó a venderse en febrero de 1999. Mi padre, un campesino cuyas lecturas consistían esencialmente en la Biblia e himnos religiosos, me dijo que leer mi obra había sido una “experiencia educativa”. La trayectoria de los personajes le había permitido entender mejor algunos de los problemas sociales y económicos de su comunidad.

La vitalidad oculta
Aunque el inglés siga siendo sinónimo de reconocimiento nacional e internacional y si bien es muy raro que las editoriales acepten manuscritos en esos idiomas, la acogida que recibió Ngoima es un testimonio modesto de que las lenguas africanas conservan una gran vitalidad. Aunque las lenguas kenianas tienen en los intelectuales y escritores firmes defensores, el verdadero apoyo viene de los campesinos y trabajadores. Son ellos los que las mantienen vivas y aseguran su evolución. Son también los que necesitan con urgencia material de lectura en su lengua materna.
Escritores y estudiosos de todas las regiones de Africa se reunieron en Eritrea en enero de 2000 en una conferencia titulada “Contra todas las disparidades: lenguas y literaturas africanas en el siglo xxi”. Era la primera reunión de esa índole celebrada en suelo africano y tuvo lugar en un país que ha incorporado nueve lenguas en su programa de educación y desarrollo. Entendí allí que en lugar de lamentarnos por la desaparición de esas lenguas, hay que buscar medios eficaces de que se hablen, se lean y se traduzcan mucho más. Para algunos, escribir en su propio idioma constituye una traición al sistema de elites. A mi juicio, es una forma de romper con la mentalidad neocolonial y hacer que el pueblo africano cobre conciencia de su identidad. Escuchar a escritores en lenguas africanas de todo el continente constituyó un aliciente para seguir escribiendo. Ahora estoy enfrascado en la redacción de otra novela, en gikuyu.

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