
Mwangi wa Mutahi

Cuarenta años después de la independencia,
las lenguas africanas, con excepción del kiswahili, no se enseñan en
las escuelas de Kenya. Los exámenes se pasan en inglés. Aquí,
la escuela primaria en la que estudió Mwangi wa Mutahi.
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Por todas partes nuestra lengua
derrama lágrimas porque sus propios hijos la están abandonando,
dejándola sola con su pesado fardo.
De
un poema
en lengua wolof (Senegal) de Useyno Gey Cosaan
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Ardiente defensor de
su idioma nativo, este novelista keniano fue en un momento tan hostil a éste
como algunos de sus profesores.
Nací en una familia de campesinos
en 1963, año en que Kenya obtuvo su independencia. De niño, mi única
lengua era el gikuyu. En gikuyu cantábamos, narrábamos historias, intercambiábamos
adivinanzas o simplemente charlábamos, mientras los adultos sostenían
conversaciones salpicadas de proverbios. Que yo recuerde, el gikuyu, hablado por
22% de la población keniana, era el único idioma que se nos había
enseñado en nuestros tres primeros años de escolaridad, si bien yo
había aprendido el alfabeto inglés en el jardín de infantes.
Cuando llegábamos a cuarto grado se reintroducía el inglés y
teníamos que despedirnos del gikuyu. Desde ese momento, hablar o escribir
en nuestra lengua materna estaba prohibido por los reglamentos escolares. Expresarnos
en ella nos exponía a recibir golpes y a otros castigos, que en algunos casos
llegaban a la expulsión temporal. Esa actitud de rechazo hacia las lenguas
africanas predominaba en los establecimientos primarios del país. A juicio
de mis educadores, esas lenguas no eran verdaderos idiomas, sino dialectos primitivos.
Durante un tiempo, antes y después de mis estudios universitarios, enseñé
en un establecimiento secundario, experiencia que me permitió asumir una actitud
personal frente a las lenguas africanas. ¿Sería capaz de inculcar el
gikuyu a mis alumnos o rendiría culto a los idiomas extranjeros despreciando
el propio? Al igual que mis colegas, me convertí en un buen discípulo
del legado colonial. Hube pues de golpear y castigar a los alumnos cada vez que intentaban
hablar en su lengua materna. Como muchos antes que yo, adopté la doctrina
colonial según la cual hablar y aprender lenguas africanas disminuía
la capacidad de aprendizaje de los alumnos. Como los exámenes nacionales eran
en inglés, era fácil convencer a los estudiantes de que para salir
airosos tenían que dominar ese idioma.
Decenios después de obtenida la independencia, el sistema de educación
se mantiene intacto. No ha habido cambios significativos en la política de
enseñanza de las lenguas africanas en Kenya, que son unas 40. Con excepción
del kiswahili, proclamada por el difunto líder Jomo Kenyatta lengua oficial
junto con el inglés, el gobierno estima que las lenguas locales son una amenaza
para la unidad nacional. Numerosos educadores africanos respaldan el sistema según
el cual lo importante es sobresalir en los exámenes de inglés, pues
es el que da prestigio y abre perspectivas de estudio y de empleo en el país
o en el extranjero.
“El
mensaje de mi novela estaba en gikuyu”
Para mí el vuelco
se produjo cuando a los 32 años me senté a escribir mi primera novela.
Vivía entonces en Estados Unidos, donde trabajaba como investigador científico.
Al escribir Ngoima quería describir con sus verdaderos colores neocoloniales
el régimen que impera en la Kenya independiente. Pretendía llegar a
un público de campesinos, trabajadores y gente modesta. Mi relato aborda el
tema de la corrupción y la negligencia en el sistema de atención médica
a través del caso de una mujer que sufre complicaciones durante su embarazo.
Empecé a escribir en inglés, pero después de los dos primeros
párrafos me di cuenta de que en mi mente el mensaje que quería transmitir
estaba en gikuyu. Esa lengua de la infancia tenía en mí raíces
mucho más profundas de lo que yo había creído. Un nuevo escollo
surgió al intentar escribir los diálogos: ¿no sonaba falso que
los dos personajes principales, ambos campesinos, que pertenecían a la lengua
y la cultura gikuyu, hablasen inglés? La redacción de Ngoima
quedó en suspenso. Varios meses después volví a Kenya, donde
pude compartir mucho tiempo con gente como la que me había rodeado durante
mi infancia y adolescencia. Era como si hubiera podido conversar personalmente con
mis personajes de ficción. De manera misteriosa, la visita al país
hizo revivir en mí el deseo de escribir. A comienzos de 1997, reanudé
su escritura, esta vez en gikuyu. En dos meses había concluido el borrador
de Ngoima.
El desarrollo del gikuyu escrito se ha estancado porque muy pocos lo utilizan. Frente
a otras lenguas cuyo uso está más difundido en el país, el gikuyu
ha quedado muy a la zaga en la renovación del vocabulario, los giros y la
ortografía. Tuve dificultades en ese aspecto al escribir mi novela, pero me
sirvieron de inspiración otros dos escritores (Gakaara y Ngugi) que habían
decidido escribir en gikuyu antes que yo. Mi libro empezó a venderse en febrero
de 1999. Mi padre, un campesino cuyas lecturas consistían esencialmente en
la Biblia e himnos religiosos, me dijo que leer mi obra había sido una “experiencia
educativa”. La trayectoria de los personajes le había permitido entender mejor
algunos de los problemas sociales y económicos de su comunidad.
La vitalidad
oculta
Aunque el inglés
siga siendo sinónimo de reconocimiento nacional e internacional y si bien
es muy raro que las editoriales acepten manuscritos en esos idiomas, la acogida que
recibió Ngoima es un testimonio modesto de que las lenguas africanas
conservan una gran vitalidad. Aunque las lenguas kenianas tienen en los intelectuales
y escritores firmes defensores, el verdadero apoyo viene de los campesinos y trabajadores.
Son ellos los que las mantienen vivas y aseguran su evolución. Son también
los que necesitan con urgencia material de lectura en su lengua materna.
Escritores y estudiosos de todas las regiones de Africa se reunieron en Eritrea en
enero de 2000 en una conferencia titulada “Contra todas las disparidades: lenguas
y literaturas africanas en el siglo xxi”. Era la primera reunión de esa índole
celebrada en suelo africano y tuvo lugar en un país que ha incorporado nueve
lenguas en su programa de educación y desarrollo. Entendí allí
que en lugar de lamentarnos por la desaparición de esas lenguas, hay que buscar
medios eficaces de que se hablen, se lean y se traduzcan mucho más. Para algunos,
escribir en su propio idioma constituye una traición al sistema de elites.
A mi juicio, es una forma de romper con la mentalidad neocolonial y hacer que el
pueblo africano cobre conciencia de su identidad. Escuchar a escritores en lenguas
africanas de todo el continente constituyó un aliciente para seguir escribiendo.
Ahora estoy enfrascado en la redacción de otra novela, en gikuyu.
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