
© Philippe Franchini, París
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El tiempo lo cambia todo:
no hay ninguna razón para que la lengua escape a esta ley universal.
Ferdinand
de Saussure, lingüista suizo (1857-1913)
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Las lenguas evolucionan
sin cesar, en sus formas y en sus relaciones. Su porvenir depende de las prácticas
de sus hablantes, más que de las decisiones de los planificadores.
Al igual que la ecología, que presenta los distintos niveles de la vida como
una sucesión de elementos encajados unos en otros que van de la célula
a la ecosfera, las lenguas del mundo pueden ser representadas como un “modelo gravitacional”.
La piedra de toque de este sistema mundial es hoy día el inglés, lengua
hipercentral en torno a la cual gravitan unas diez lenguas “supercentrales”. Cien
a doscientas lenguas “centrales”, ligadas a las supercentrales por los hablantes
bilingües, son a su vez el eje de la gravitación de cuatro a cinco mil
lenguas “periféricas”.
Todos esos idiomas no tienen pues el mismo peso, la misma fuerza, el mismo porvenir.
Como este último es incierto para la gran mayoría de ellos, ha surgido
una creciente movilización para protegerlos. Las lenguas, como los bebés
focas o las ballenas, son consideradas especies amenazadas (ver p. 18). Pero esas
inquietudes no sólo conciernen a las lenguas “pequeñas”. Se manifiestan
también respecto de lenguas de gran difusión, hiper o supercentrales,
como el inglés o el francés. Así, en Estados Unidos, organizaciones
como US English, US First o Save Our Schools luchan por que el inglés sea
reconocido como único idioma oficial del país y se oponen al bilingüismo
que temen se instaure a raíz de la considerable inmigración de personas
de habla hispana. En Francia, la ley de 4 de agosto de 1994 (llamada “ley Toubon”)
intentó reglamentar el empleo del francés luchando contra los términos
tomados de otros idiomas.
Un temor
irracional frente al cambio
Pero el mito de la
lengua pura es una condena al inmovilismo. El latín de Cicerón es tal
vez una lengua pura, pero ya nadie lo habla y en la actualidad se practican con diversas
denominaciones (italiano, español, rumano, francés, catalán)
latines diferentes, que han evolucionado a lo largo de la historia.
Este mito de la pureza de las lenguas, este afán de protección demuestran
en efecto un temor irracional frente al cambio, a los términos tomados de
otras lenguas y a la evolución, como si la estabilidad fuera la única
garantía de la identidad. Y ello plantea un cierto número de interrogantes.
¿Hasta dónde pueden llegar las políticas lingüísticas
de protección de los idiomas? ¿Es posible mantener en vida, por una
especie de ensañamiento terapéutico o con cuidados intensivos, formas
lingüísticas abandonadas por sus hablantes?
Es cierto que algunas políticas lingüísticas tuvieron resultados
satisfactorios. Por ejemplo, Atatürk pudo, de modo autoritario, reformar la
ortografía del turco y suprimir de su léxico las palabras tomadas del
árabe y del farsi. Indonesia se dio una lengua de unificación, el bahasa.
Pero en otros lugares las cosas no han sido tan fáciles. Por ejemplo, la política
de arabización de Argelia sigue tropezando con serias dificultades, y los
intentos de Sékou Touré de convertir a Guinea en un país oficialmente
plurilingüe fueron un completo fracaso.
Las
lenguas pertenecen a los que las hablan
En realidad, una política
lingüística sólo tiene éxito si sigue el rumbo que la práctica
social ha esbozado, y es muy raro que logre imponerse una lengua o una reforma que
toda una población rechaza. Cabe pues preguntarse si es posible defender (o
salvar) un idioma contra la voluntad de los hablantes. Pues en ese caso lo que está
en juego no es la lengua, sino el valor que sus hablantes le atribuyen. La política
lingüística no debe ignorarlos. En efecto, un idioma no sólo desaparece
porque otro lo domina, sino también y quizás sobre todo porque los
ciudadanos aceptan o deciden abandonarlo, no transmitirlo a sus hijos. La “guerra
de las lenguas” es una metáfora cómoda, pero las lenguas por sí
mismas no se hacen la guerra. Son los seres humanos los que luchan, se oponen o contemporizan.
Y es posible seguir sus relaciones conflictivas a través de las relaciones
entre sus idiomas.
Para un lingüista, la desaparición de una lengua es siempre lamentable,
pero éstas no son objetos de arte. Pertenecen a los que las hablan y cambian
día a día, se adaptan a sus necesidades: han de servir al hombre y
no a la inversa. Pues las lenguas evolucionan sin cesar, en sus formas y en sus relaciones.
Y si unas mueren, otras nacen, a veces frente a nosotros. Desde la caída del
muro de Berlín y el desmembramiento de Yugoslavia, nuevos países han
aparecido y, con ellos, nuevas lenguas: el bosnio, el serbio, el croata, que eran
considerados hasta hace poco como una sola lengua (el serbocroata), se están
reafirmando y sus hablantes, para marcar mejor su identidad, están acentuando
y endureciendo las diferencias entre ellas, que sólo correspondían
a algunas decenas de palabras. Del mismo modo, la división de Checoslovaquia
en Chequía y Eslovaquia va a convertir al checo y al eslovaco en lenguas cada
vez más distantes.
En Africa francófona, la apropiación de la lengua oficial, el francés,
se manifiesta en la aparición de formas locales: no se habla exactamente el
mismo francés en Senegal y en Gabón, en Níger y en Côte
d’Ivoire, y esas diferencias por el momento leves anticipan tal vez una futura dislocación
del francés que se convertiría en la lengua madre de una nueva generación
de hablas, como el latín es la lengua madre de las lenguas romances. Lo mismo
ocurre con el inglés, el árabe, el español. No se habla exactamente
la misma lengua en Madrid y en Buenos Aires, en Londres y en Bombay, y entre la de
Rabat y la de Riad la diferencia es mucho mayor. Pues la función de las lenguas
tiene efectos en su forma. En los mercados africanos, en las capitales, las lenguas
vehiculares que permiten la comunicación comercial se diferencian lentamente
de sus variantes vernáculas: el yolof de Dakar no es el mismo que el de los
campesinos, el bambara de Bamako no es semejante al de Ségou, situada a 230
kilómetros de la capital.
En los siglos XVII y XVIII, en condiciones diferentes, aparecieron
las lenguas criollas, solución lingüística al problema de comunicación
que enfrentaban los esclavos de lenguas diferentes importados hacia las islas del
océano Indico o del Caribe. A partir de idiomas europeos como el inglés,
el francés y el portugués, crearon lenguas hoy día diferenciadas:
un mauriciano, un haitiano y un guyanés no se entienden, aunque sus lenguas
tengan un antepasado común, el francés. Es posible que mañana
los hijos de inmigrantes hablen, junto a la lengua del país de acogida, un
turco de Alemania o un árabe de Francia, diferentes de los idiomas del país
de origen.
Un mundo
que se transforma
Es probable que el
inglés no se sustraiga a este proceso. Su predominio es hoy indiscutible y
a mediano plazo duradero. Pero la historia demuestra que cuanto más se difunde
una lengua en un vasto territorio, mayor es su tendencia a diversificarse. Lo que
sucedió con el latín tal vez ocurra con el inglés. Desde ese
punto de vista, es evidente que el panorama lingüístico mundial va a
modificarse en los siglos venideros. Numerosos idiomas, hablados hoy por algunas
personas, están desapareciendo, nuevos idiomas aparecen o aparecerán.
Es decir que en el modelo gravitacional esbozado anteriormente, las lenguas y sus
funciones van a transformarse, que la lengua hipercentral y las supercentrales podrán
cambiar, que algunas lenguas periféricas tal vez se conviertan en centrales
y viceversa. Pues, como la Historia, la historia lingüística no se detiene
con el presente, sino que prosigue y en todo momento es impulsada y trabajada por
la práctica de los hablantes.
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