
Eduardo Portella
Filósofo,
escritor y crítico literario, Eduardo Portella fue ministro de Educación
y Cultura del Brasil, y subdirector general de la UNESCO.
El presente texto está tomado de su intervención en una serie de “Conferencias
para el siglo XXI”, en la sede de la UNESCO, en París, en noviembre de 1999. |
Plantear hoy el tema
de la cultura equivale a situarse en una encrucijada en la que convergen, pero también
se enfrentan, el avance de la mundialización y la persistencia de las identidades
nacionales. Pero la cultura no puede construirse hoy día sin una tensión
constitutiva, existencial y vital entre valores universales, regionales, nacionales
y comunitarios.
Aunque las culturas sigan arraigadas en sus contextos nacionales, cada vez es más
difícil pensar que los conceptos tradicionales de identidad, pueblo y nación
son intocables. En realidad, nuestras sociedades nunca habían experimentado
una ruptura tan generalizada con sus tradiciones centenarias. Hay que preguntarse,
no obstante, si las transformaciones actuales, a las que se presenta generalmente
como amenazas a esas tradiciones, incluso a la del Estado nación, no podrían
constituir un terreno abonado para la cultura, es decir ser favorables a la coexistencia
de la diversidad. Dos escollos podrían así evitarse: la cohesión
domesticada y la uniformización artificial.
El primero de esos escollos se debe a que el modelo identitario hegemónico
se basaba en una cultura única, total, dominante, integradora, en la que se
veía algo estático y definitivo. Se la esgrimía como un arma,
cuyos efectos sólo percibimos hoy: en este siglo, hemos visto a las culturas
más refinadas doblegarse ante la barbarie; nos ha llevado mucho tiempo advertir
que el racismo prospera cuando se hace de la cultura un valor absoluto. Concebir
la cultura como un modo de exclusión lleva inevitablemente a la exclusión
de la cultura. Por ello, el tema de la identidad cultural, que nos acompaña
desde las primeras manifestaciones de la mundialización, es cosa del pasado.
Pero la cultura no debe emanciparse de la identidad nacional dejándose dominar
por la mundialización y la privatización. Las identidades postnacionales
que están surgiendo no han demostrado aún su capacidad de resistir
a la desigualdad, la injusticia, la exclusión y la violencia. Subordinar la
cultura a criterios elaborados en los laboratorios de la ideología dominante,
que hacen la apología de las especulaciones bursátiles, de los avatares
de la oferta y la demanda, de las trampas de la funcionalidad y de la urgencia, equivale
a privarla de su indispensable oxígeno social es reemplazar la tensión
creadora por el estrés del mercado.
En este sentido, dos grandes peligros nos amenazan. El primero es la tendencia actual
a considerar la cultura como un producto superfluo, cuando en realidad podría
representar para las sociedades de la información lo que el conocimiento científico
fue para las sociedades industriales. Se olvida con frecuencia que reparar la fractura
social exige pagar la factura cultural: la inversión cultural es también
una inversión social.
El segundo peligro es el del “integrismo electrónico”. De las fábricas
y de los supermercados culturales emana una cultura en la que lo tecnológico
prima a tal punto que puede considerarse deshumanizada.
Pero, ¿cómo “tecnologizar” la cultura reduciéndola a un conjunto
de clones culturales y pretender que seguirá siendo cultura? La cultura clonada
es un producto abortado, porque cuando deja de establecer vínculos, deja de
ser cultura. El vínculo es su signo característico, su seña
de identidad. Ahora bien, ese vínculo es mestizaje, es decir lo opuesto a
la clonación. La clonación es copia; en el mestizaje, en cambio, se
da nacimiento a un ser nuevo, un ser diferente pero que conserva también la
identidad de sus orígenes. En todas partes donde se ha producido, el mestizaje
ha mantenido las filiaciones y forjado una nueva solidaridad que puede servir de
antídoto contra la exclusión.
Parafraseando a Malraux, yo diría que el tercer milenio será mestizo
o no será.
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