
Ocimar Versolato

Cada mujer es a su manera una creadora de moda. Aquí en Rajastán (India).
|
Los hilos del éxito
Ocimar Versolato nació
en 1961 en São Paulo, ciudad industrial del Brasil, en una familia de origen
italiano. Tras el fallecimiento del padre, industrial, la familia tuvo dificultades
económicas, por lo que la madre abrió un taller de costura donde la
clase alta de Brasil se hacía confeccionar su ropa. A diferencia de sus cinco
hermanos y hermanas, Ocimar se interesó apasionadamente por esta actividad.
Como en Brasil aún no existía una escuela de diseño de moda,
Ocimar comenzó a estudiar arquitectura. Muy pronto abandonó esos estudios
para lanzarse a fabricar accesorios que consiguió vender con éxito
en las tiendas de prêt-à-porter de la ciudad. Viajó a París
en 1987 después de conocer a Marie Rucki, directora de una escuela francesa
de alta costura, cuyos cursos siguió con entusiasmo. Tras perfeccionar su
formación durante cuatro años junto al creador francés Hervé
Léger, en 1993 lanzó una marca de prêt-à-porter de lujo.
Su primer desfile de vestidos de noche, que realizó con la colaboración
de algunos amigos y un presupuesto de 500 dólares, le trajo varias propuestas
de trabajo. Se incorporó a la firma Lanvin, donde diseñó durante
dos años la colección de prêt-à-porter femenino, en la
que introdujo los pantalones vaqueros. Financiado por el grupo brasileño Pessoa
de Queiroz, Versolato instaló su taller en la Place Vendôme, en París,
y presentó su primera colección de alta costura en 1998. Después
de cambiar varias veces de propietario, su firma –que, además de alta costura,
realiza prêt-à-porter, vaqueros y ropa
interior– está en busca de nuevos inversores.
|
|
La alta costura
En 1858 el británico
Charles Worth, modisto de la emperatriz Eugenia, se instaló en la rue de la
Paix y presentó desde fines del siglo modelos en maniquíes vivos. Esta
“alta costura”, que se distingue de la confección artesanal por su lujo, se
convirtió muy pronto en el medio de expresión de todos los que harán
la historia de la moda: Poiret, Chanel, Balenciaga, etc. Basada en el taylorismo
norteamericano, la confección se transformó en los años treinta
y cuarenta para hacer entrar, desde fines de los años cincuenta, a la artesanía
del vestido en la era de la producción masiva: había nacido el prêt-à-porter
(listo para llevar). A la vez, la alta costura reflejó en sus precios el aumento
del costo de la mano de obra y su clientela fue disminuyendo sin cesar. Al exponerla
en los museos, los años ochenta la consagraron como actividad artística.
Creada en París –y de manera secundaria en Italia por las marcas Versace y
Valentino,– la alta costura es presentada a través de dos colecciones, que
comprenden unos sesenta modelos por modisto. Aunque hoy arroja más bien déficit,
su prestigio permite vender con su marca artículos menos costosos, pero que
producen mayores ganancias, trátese de prêt-à-porter, de bolsos,
perfumes, relojes o gafas… Aunque el volumen de ventas de la alta costura no aumenta,
el mercado general de la moda, en cambio, crece a una velocidad exponencial. Los
grupos más poderosos siguen siendo los norteamericanos Calvin Klein y Ralph
Lauren, seguidos por el francés Lvmh (Dior, Givenchy, Lacroix) y, muy a la
zaga, los italianos Armani, Gucci y Prada. A guisa de comparación, los modistos
y creadores de moda franceses realizaron en 1997 una cifra de negocios de 3.500 millones
de dólares, contra 2.700 millones para Calvin Klein solamente.
|
|
El modista brasileño
Ocimar Versolato crea una moda mestiza y sensual que permite a las mujeres dar rienda
suelta a sus sueños.
París
cuenta con creadores de moda japoneses, coreanos, malienses, marroquíes, pero
muy pocos nativos del Sur han llegado a la categoría de “modisto”…
Aunque la creación de moda existe ahora en todos los países del
mundo, soy sólo el tercer creador del Sur –después del tunecino Azeddine
Alaia y del dominicano Oscar de la Renta, para Balmain– que ha logrado alcanzar la
categoría de modisto y que ha sido reconocido por sus pares de la Cámara
Sindical de la Alta Costura parisiense. Hasta entonces ésta era el monopolio
de creadores occidentales oriundos de aquellos países que han desarrollado
mejor la tradición de la moda. Tuve la suerte de comenzar en un momento en
que la alta costura se abría a nuevos talentos estimulando a las casas de
moda que recién empezaban y que pese a no disponer de medios considerables
estaban en condiciones de expresar una estética particular. No sufrí
pues ningún ostracismo chovinista, más bien todo lo contrario. Del
italiano Schiaparelli al español Balenciaga, la alta costura siempre estuvo
abierta a los extranjeros. Pues París, como Nueva York, es una ciudad aparte:
pertenece al mundo. Pero los parisienses son exigentes y hay que tener talento para
expresarse ante ellos.
¿Estima que la moda es una expresión artística?
El modisto no es un artista, sino un artesano con una sensibilidad propia. A
ningún artista se le exige que se transforme con tanta rapidez, creando dos
colecciones al año. Y además, la moda tiene obligaciones comerciales.
Mi trabajo permite vivir a todo un equipo, y no tengo derecho a carecer de inspiración.
No hay que imaginar al modisto como un artista egoísta, sometido a los dictados
de sus financiadores. La moda es una industria artística que resulta de un
compromiso y no de una tensión. El creador y quienes lo financian saben que
deben avanzar juntos. El primero ya no puede, como antes, realizar sus locuras más
delirantes y limitarse a presentar la factura.
Si la moda no es un arte, ¿qué es exactamente?
Con la sensibilidad que les es propia, los creadores de moda y los modistos preceden,
para representarla, la vida inconsciente de nuestras sociedades. Es esencial que
la moda mantenga ese vínculo transparente con el subconsciente de las personas
a fin de conocer sus deseos y de darles la posibilidad de concretarlos. Por eso no
miramos a nuestro alrededor como lo harían otros. Nuestra cabeza es una máquina
lanzada a toda velocidad que lo examina todo con un ojo emotivo, apasionado. Por
eso admiro la rapidez de los videoclips, por ejemplo, que proporcionan un máximo
de información en un mínimo de tiempo. ¡He ahí un lenguaje
realmente contemporáneo!
¿Cómo justifica los precios de la alta costura?
Un traje de noche, en el que todas las costuras están hechas a mano para
parecer invisibles, exige cientos de horas de un trabajo muy especializado. Si incluyo
las cargas y los gastos fijos tengo que venderla por unos 13.000 dólares.
A pesar de sus precios elevados, ¿la alta costura es una actividad rentable?
Mi firma, como muchas otras, vive de unas cincuenta clientas. Aunque no pierde
dinero, gana bastante poco. Muchos aprovechan el prestigio que supone esta actividad
para vender perfumes y accesorios, cuyos beneficios son bastante más inmediatos.
Siempre me negué a hacerlo: no se puede ejercer una actividad de creación
con el mero objetivo de ganar dinero. Si quiero comunicar a las clientas la imagen
de mi creación, no debo de ningún modo arruinar esa imagen lanzando
por ejemplo un champú con mi nombre. O entonces hay que justificar su acción.
La mía parte de la cumbre: empiezo por la alta costura, desarrollo el prêt-à-porter
de lujo y una línea de vaqueros, ciñéndome cada vez más
a la demanda de mi clientela.
Sus trajes diseñan los contornos de una mujer ideal: la mujer Versolato. ¿Sus
clientas se acercan a ese ideal?
He comprobado con sorpresa hasta qué punto todas mis clientas se parecen,
por la edad –entre 18 y 40 años– y por el carácter: son mujeres seguras
de sí mismas, que no sienten ninguna inhibición a la hora de mostrar
sus cuerpos. Al escoger mis trajes livianos, que realzan su fuerza de carácter,
tienen la sensación de alcanzar ese equilibrio perfecto que es sinónimo
de elegancia. Esas mujeres llegan en zapatillas deportivas y vaqueros. Se ponen un
traje de noche. Y de repente, la postura, la actitud e incluso el rostro se transforman:
se sienten hermosas, y ya no son las mismas. La alta costura me permite el contacto
directo con las clientas, que no sería posible en la confección, pues
el creador no conoce a sus compradores.
La mayoría de la gente no dispone de medios para vestirse en la alta costura…
Para ofrecer a todos el placer de comprar, he creado una línea de vaqueros
cuyos primeros precios son 70 dólares. En cuanto a ese mundo de sueño
que es la alta costura, está en las pantallas de televisión durante
dos presentaciones anuales. A mi juicio, tener acceso al sueño es casi tan
necesario como la posesión del objeto que lo alimenta. Cuando llegué
a París tenía un presupuesto reducido. Sin embargo, visitaba las galerías
de arte y contemplaba lo que hubiera podido comprar, sin mirar el precio, pero tratando
de imaginar cómo quedaría ese objeto en mi casa. Lo mismo ocurre con
la ropa. Uno no dispone de medios para comprar todo lo que le gusta, pero hay que
tener por lo menos la posibilidad de saborear el sueño…
Los trajes que destina a sus clientas de todos los países ¿expresan
de algún modo sus orígenes?
Tratan de expresar la seducción natural que fluye naturalmente en el Brasil.
Mis compatriotas son abiertos, sonrientes y buscan el contacto. Quieren seducir a
todo el mundo y en todo momento. Mis trajes llevan la marca de un país donde
nadie se avergüenza de su cuerpo. Tenga o no un físico perfecto, el brasileño
vive casi desnudo seis meses al año, vestido de pantalones cortos o de prendas
livianas. Descubrí que en Europa, a la inversa, el cuerpo debía permanecer
oculto, pues la tradición cultural aconseja no exhibir un busto que tenga
algún defecto o no llevar minifalda si no se tienen bonitas rodillas… Como
modisto trato de ayudar a superar esos traumas.
El Brasil es un país esencialmente mestizo. ¿Se refleja esa realidad
en sus creaciones?
El mestizaje de mi creación consiste, entre otras cosas, en ofrecer sensualidad
a los que están privados de ella por su cultura. Me acuerdo de dos princesas
árabes. La madre, más bien estricta, se escandalizaba al ver que su
hija se interesaba por un vestido transparente. Hasta que le propuse añadir
un “body” que la cubría mucho.
Soy hermético a los prejuicios raciales, salvo si sirven a mi inspiración.
Hice una colección de alta costura sobre el tema del mestizaje, imaginando
mezclas improbables –japoneses vestidos a la africana, africanos vestidos de rusos–,
y esas combinaciones divertidas fueron bien acogidas. Pues la moda constituye un
universo aparte, libre y sin prejuicios— y por ende abierto a todos los mestizajes.
Como forma de expresión mundial, tiene que incorporar todas las culturas.
Mi equipo incluye brasileños, italianos, japoneses y alemanes, cuyos talentos
son complementarios.
¿En el Brasil y en el resto del Cono Sur están al corriente de sus
actividades?
No he trabajado para convertirme en una especie de estrella en Sudamérica,
pero la fama es indisociable de mi oficio. Por ejemplo, nunca había pensado
que en Buenos Aires me conocían. Me impresionó mucho que periodistas
de la televisión argentina tomaran contacto conmigo. No me consideraban brasileño,
sino latinoamericano y, en vista de ello, también representante de la Argentina.
¿Existe en el Brasil una moda original y vigorosa?
Lo cierto es que allí, como ocurre en general en los países del
Sur, demasiada gente se dedica a la copia. Para ser más preciso: copia de
copia de copia. Pero el Brasil es un país donde todo es posible. Junto a provincias
miserables, existen metrópolis sumamente desarrolladas como São Paulo,
que permiten una expresión del lujo. Y los brasileños, como cualquier
otro pueblo, son capaces de mostrar al mundo su sensibilidad. Estoy encantado de
que los creadores de moda brasileños hayan progresado y de que se atrevan
a alzar la cabeza. Pero para triunfar a nivel internacional necesitan mayor rigor
y conocimientos técnicos. Son ingenuos hasta el punto de confeccionar toda
una colección con moldes planos con una simple máquina de coser: sus
prendas carecen de volumen, de redondez, de sofisticación. Nadie les ha enseñado
cómo hacer debidamente una chaqueta…
¿Cómo superar esa situación?
Los brasileños son curiosos por naturaleza, desean aprender. Quisiera
ayudarlos impulsando una intercambio de conocimientos y capacidades. Mientras en
Francia la mano de obra del sector de la moda se ha tornado escasa, cara y muy especializada,
en Brasil hay decenas de millones de desocupados que buscan trabajo. Formando a algunos
de ellos en Francia, mi país podría aprovechar la experiencia francesa
y el rigor que es indisociable de ésta. Brasil podría entonces fabricar
calzado y ropa de calidad para todos los creadores del mundo.
¿Es partidario de la mundialización?
Es una realidad. Hoy uno puede diseñar un traje aquí, montarlo
allá y bordarlo en otro sitio… Entonces más vale utilizar las ventajas
de cada cual. En la India superpoblada de la posguerra, personas inteligentes crearon
talleres de bordado. Hoy los bordados vendidos en el mundo vienen prácticamente
todos de la India, y pueden alcanzar el nivel de calidad parisiense.
¿Otros países en desarrollo se han especializado en determinadas técnicas?
Por el momento, todo está increíblemente centralizado en Europa
o en el Japón, que para la moda es considerado un país occidental.
Pero China ha desarrollado las técnicas de la seda, de la que es el primer
productor mundial: probablemente disponga algún día de las mismas tecnologías
de punta que Europa. Y ese día los demás países productores
temblarán…
¿En el Brasil participan ahora las mujeres en la creación de moda?
Los modistos de barrio por lo general son hombres, pero las brasileñas
nunca han encontrado obstáculos en este sector. Cada brasileña es a
su manera una creadora. Dotada de un sentido innato de la moda, sabe cómo
vestirse en todas las ocasiones, sin caer jamás en el estereotipo o en el
ridículo.
Las mujeres, ¿prefieren que las vistan los hombres?
Los creadores son más osados que las creadoras, simplemente porque no
tienen la obligación de llevar lo que crean. Su estética se desarrolla
sin trabas y las clientas, que no vacilan en usar tacones de ocho centímetros,
prefieren la estética al confort.
¿Con qué estado de ánimo crea sus colecciones?
Se equivocan los que describen a los modistos como inaccesibles y sin corazón.
Como todos los creadores, son por el contrario personas sensibles y que defienden
su fragilidad. Si quieren vender sueños, han de encontrar una imagen del mundo
que exprese la felicidad. Poco les importa entonces mantener los pies sobre la tierra.
El traje de un creador se distingue del de confección por los sentimientos
que transmite. Durante un desfile, un vestido no tiene más que treinta segundos
para expresar un universo.
¿Ser conocido le permite servir causas útiles?
Me tocó programar un desfile pagado, cuyos 20.000 dólares de beneficios
permitieron construir el pabellón de un hospital para niños cancerosos.
Actualmente trabajo con el fotógrafo Sebastião Salgado en un proyecto
de reforestación. La financiación provendrá de un espectáculo
que estoy ayudando a montar.
|