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 1. Las amenazas

La guarida de la pastinaca

Biodiversidad, terra incognita

El peligro de una nueva extinción
Edward O. Wilson, profesor de ciencia de la Universidad de Harvard y miembro del Departamento de Entomología de esa universidad, ha sido galardonado con numerosas distinciones científicas. Dos de sus libros, uno de ellos titulado The diversity of life (La diversidad de la vida), recibieron el premio Pulitzer.
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En este bosque calcinado de Sumatra, en Indonesia, varias generaciones de kubus cazaban
y recolectaban plantas medicinales.





Los bosques preceden a los pueblos
Los desiertos los siguen.

René de Chateaubriand, escritor francés (1768-1848)

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Los bosques rusos mueren a hachazos. Miles de árboles perecen, las guaridas de animales salvajes y los nidos de pájaros son devastados,
las corrientes
de agua se llenan de arena y se secan, paisajes maravillosos desaparecen sin remedio (…) El clima se estropea y, día tras día, la Tierra se empobrece y se afea.

Antón Chéjov,
escritor ruso (1860-1904)

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Muchos biólogos están convencidos de que asistimos a una de las grandes extinciones de la historia del planeta. ¿Es posible evitarla?

En la cuenca del Amazonas, un relámpago que ilumina con sus fogonazos la espesura impenetrable del bosque húmedo anuncia la proximidad de la tormenta. En torno a los murciélagos que vuelan entre las copas de los árboles, las víboras enroscadas en las raíces de las orquídeas y los jaguares que deambulan por la orilla del río crecen 800 especies de árboles, más que todas las existentes en América del Norte. Un millar de especies de mariposas y 6% de la fauna mundial esperan el alba.
De las orquídeas se sabe poca cosa y casi nada de las moscas, los escarabajos y los hongos. Los bosques tropicales, con sus plantas y animales casi míticos, prácticamente no han sido todavía explorados. Según los biólogos, albergan más de la mitad de las especies animales y vegetales del planeta. Pero el hombre los está destruyendo a un ritmo desenfrenado. Como ignoramos el número exacto de especies que existen en la Tierra (menos del 10% han sido bautizadas con un nombre científico), es difícil evaluar cuántas están desapareciendo en la selva amazónica y en otros lugares. Y la extinción es un fenómeno difícil de observar: no podemos saber que la mariposa que un pájaro apresa en el aire es la última de su especie, ni que una orquídea que muere aplastada al caer el árbol en el que crecía es la última de una determinada familia.
Gracias a los fósiles sabemos que en los últimos quinientos millones de años se han producido seis grandes extinciones. La más reciente, provocada hace 65 millones de años por una lluvia de meteoritos gigantes cerca del actual Yucatán (México), puso punto final a la era de los dinosaurios. Esas catástrofes eliminaron entre 30 y 90% de las especies vegetales y animales del planeta. Luego, la evolución fue reintroduciendo lentamente la biodiversidad a lo largo de millones de años.

Una empresa de destrucción
Los biólogos admiten que estamos asistiendo a las primeras fases de la séptima extinción masiva, provocada no por las fuerzas de la naturaleza, sino por la intervención humana. Se estima que el ritmo actual de extinción es entre cien y mil veces más rápido que en el momento de la aparición del hombre, hace aproximadamente medio millón de años. Durante gran parte del pasado geológico, las especies vivían por término medio un millón de años y desaparecían de forma natural a un ritmo aproximado de una especie por millón al año. Nuevas especies sustituían a las extinguidas a un ritmo prácticamente igual. Ahora no sólo se ha acelerado brutalmente el ritmo de extinción, sino que el de aparición de especies nuevas disminuye a medida que las actividades humanas reducen el medio ambiente natural.
Según la U
ICN (Unión Mundial para la Naturaleza), cerca de una cuarta parte de los mamíferos y más de la décima parte de las aves están amenazadas de extinción. El mismo peligro se cierne sobre 20% de los reptiles, 25% de los anfibios y 34% de los peces (sobre todo de agua dulce). Estos porcentajes se refieren tan sólo a especies que conocemos relativamente bien. En los grupos menos estudiados, están amenazadas, según la UICN, 500 variedades de insectos, 400 de crustáceos y 900 de moluscos, cifras que seguramente están muy por debajo de la realidad. Por último, la octava parte de las plantas con flores se encuentra al borde de la extinción.
La expansión demográfica es la causante de esta crisis. Los seres humanos son cien veces más numerosos que cualquier otro gran animal terrestre. La humanidad es una anomalía ecológica. Nuestra especie se apropia entre 20 y 40% de la energía solar captada por los vegetales terrestres. Es imposible seguir explotando así los recursos del planeta sin condenar a otras muchas especies a la rareza o a la extinción.

Las causas de la destrucción
La causa primordial de este fenómeno es la destrucción de los hábitats naturales para extender las zonas urbanas y agrícolas y obtener madera, minerales y otros recursos naturales. La mayoría de los hábitats naturales albergan en un kilómetro cuadrado al menos mil especies vegetales y animales. Los bosques tropicales y los arrecifes de coral, parcialmente devastados por la intervención humana, albergan decenas de millares de especies.
Ahora bien, cuando se destruye un hábitat entero, casi todas las especies que estaban adaptadas a él desaparecen. No sólo las águilas y los osos panda, sino también los invertebrados más pequeños, aún no clasificados, las algas y los hongos, todos los actores invisibles de la vida del ecosistema. Durante años, los defensores del medio ambiente se han dedicado más a salvar especies “estelares”, como los pandas, que a proteger la totalidad del ecosistema que les permite vivir. Gracias a un mejor entendimiento de los procesos de extinción, actualmente se orientan hacia la protección de medios muy ricos en especies vulnerables, calificados de “zonas clave” de la biodiversidad (
ver p. 21).
La segunda causa importante de extinción es la invasión de especies exógenas. Cuando los viajeros polinesios llegaron a Hawai hacia el año 400 d.c., el archipiélago era un paraíso donde no había mosquitos, ni hormigas, ni arañas o serpientes venenosas, ni plantas espinosas o tóxicas. Actualmente proliferan. Deliberada o accidentalmente, el comercio introdujo especies invasoras. Ante el avance de esas especies, la fauna y la flora originales se han ido reduciendo, y la mayoría de las especies primitivas se han rarificado o extinguido.
La tercera causa es la contaminación. La fauna y la flora de agua dulce son particularmente vulnerables al diluvio cada vez mayor de productos industriales y agrícolas procedentes de las densas poblaciones humanas instaladas en las proximidades de sus hábitats. El cuarto agente destructor, que cobrará importancia en el futuro, es el calentamiento del planeta, fruto a su vez de la contaminación por el volumen excesivo de gases con efecto de invernadero. Entre los medios frágiles más amenazados figuran la tundra ártica y los extraordinarios fynbos (páramos) de Sudáfrica.

Tres especies desaparecen cada hora
¿A qué velocidad está desapareciendo la diversidad? Aunque nadie conoce la respuesta exacta, cabe calificarla de “catastrófica”. Veamos el caso del bosque tropical húmedo. A partir del ritmo al que se va reduciendo una zona forestal se puede estimar grosso modo el ritmo de extinción de sus especies. Hay que destruir el mito de la capacidad de regeneración del bosque húmedo, que es en realidad uno de los hábitats más frágiles del planeta. Más de la mitad de las selvas del mundo tienen un suelo ácido y pobre en nutrientes. Cuando los agricultores talan el bosque y le prenden fuego, la ceniza y la vegetación en descomposición aportan al suelo sustancias nutritivas en cantidad suficiente para sustentar el crecimiento de nuevas plantas herbáceas y matorrales durante dos o tres años. A medida que el nivel de nutrientes disminuye, el terreno no puede dar ya buenas cosechas ni forraje y los agricultores se ven obligados a agregar abonos o a proseguir sus cultivos en una nueva parcela después de talarla y quemarla.
La superficie de entre 14 y 18 millones de km
2 cubierta por los grandes bosques en la prehistoria se ha reducido a la mitad. Buena parte de la destrucción es reciente, ya que la deforestación avanza a un ritmo de un millón de km2 cada siete u ocho años, de modo que hacia 2025 habrá desaparecido una cuarta parte o más del bosque tropical.
Basémonos en la hipótesis de que en los bosques viven actualmente, por lo bajo, 10 millones de especies y consideremos exclusivamente las consecuencias de la deforestación, sin tomar en cuenta las especies aniquiladas por los cazadores ni las eliminadas por nuevas enfermedades, malas hierbas o animales como las ratas. A partir de estos parámetros prudentes, cabe afirmar que 27.000 especies están condenadas a desaparecer todos los años. Dicho de otro modo, cada día 74 desaparecen o pasan a estar amenazadas, y tres cada hora.
Si la diversidad de los bosques húmedos es tan rica como la mayoría de los biólogos piensan, su mera reducción eliminará, por lo menos, entre 5 y 10% de la totalidad de las especies de la Tierra. A mi juicio, el número de especies que peligran, tal vez de modo irreversible, es mucho mayor.
No cabe duda de que nos encontramos en medio de una de las grandes extinciones de la historia del planeta. La humanidad debe tomar conciencia de ello. Hace falta toda la capacidad de innovación científica y tecnológica, si se quiere evitar el empobrecimiento del planeta para las generaciones futuras. Podemos y debemos hacerlo.

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