Le Courrier

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3. La protección

Esos desconocidos que nos protegen

Recursos genéticos seguridad alimentaria

Un bosque de medicamentos

Borneo: los frutos del ecoturismo

El inestimable valor del mundo viviente

Sophie Boukhari, periodista del Correo de la UNESCO.
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Un malgache muestra un huevo fosilizado de Aepyornis (pájaro elefante), ave prehistórica desaparecida hace 50o años.








La Tierra es nuestra madre, el águila nuestra prima. El árbol bombea nuestra sangre y la hierba crece. Los ancestros nos dijeron: Ahora que hemos hecho todas estas cosas, os corresponde vigilarlas para que permanezcan siempre.
Así fue como los seres humanos fueron encargados de ser los guardianes del planeta.

Cuento gagudju de la creación (Australia)

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¿Por qué proteger la diversidad biológica? Los científicos multiplican los argumentos: los que esgrimen para convencer al público y a los decisores y aquéllos en los que creen realmente.

No pasa una semana sin que biólogos, antropólogos o especialistas en medio ambiente publiquen un estudio invocando una nueva razón para frenar el empobrecimiento acelerado de la biodiversidad. A comienzos de marzo, por ejemplo, dos catedráticos norteamericanos, James Kirchner y Anne Well, afirmaron en la revista británica Nature que la vida tarda mucho más tiempo del que se creía hasta ahora en recuperar su riqueza y su diversidad después de una extinción masiva.
Si el hombre sigue destruyendo los hábitats naturales al ritmo actual, provocando una crisis grave en la historia de lo viviente, la naturaleza necesitará por lo menos diez millones de años para restablecerse, afirmaban. Un argumento de peso… que hace sonreír a más de un científico: como lo más probable es que el Homo sapiens sufra la misma suerte que los demás grandes vertebrados, no vivirá más de cinco millones de años. Por lo tanto, ¿qué más da lo que suceda después? “Lo que importa no es saber si el tigre seguirá existiendo dentro de diez millones de años”, insiste Michel Batisse, uno de los padres de las reservas de biosfera de la U
NESCO y miembro del consejo de administración de la ong Conservación Internacional. “Es evidente que no existirá. Pero, ¿y dentro de cien años? Lo que se necesita es encontrar buenas razones para proteger la biodiversidad en los siglos venideros.”
Este debate acalorado sobre los “valores” de la biodiversidad se ve a veces desvirtuado por la necesidad de convencer a toda costa: realmente inquietos ante la amplitud de la destrucción, algunos expertos adoptan “posturas ideológicas”, según Talal Younes, director ejecutivo de la Unión Internacional de Ciencias Biológicas. “Piensan que todo argumento que pueda ayudar a que pase el mensaje es bueno, sea o no válido científicamente.”
Los valores que se invocan con mayor frecuencia para sensibilizar a la opinión son de orden económico y estético. “El público occidental se representa la biodiversidad como el arca de Noé, con la jirafa y la secoya, el loro y el tulipán”, señala Batisse. En los países industrializados, en los que la naturaleza salvaje se ha convertido en una cosa rara y apreciada, la gente está dispuesta a movilizarse para que sus nietos tengan la posibilidad de ver elefantes en libertad.
Pero para Peter Bridgewater, director de la División de Ciencias Ecológicas de la U
NESCO, el valor estético de la biodiversidad es sumamente relativo. “Los neozelandeses que viven en la ciudad quieren por ejemplo prohibir la caza de la ballena. Pero los inuits de Alaska dirán que esos animales constituyen una parte esencial de su alimentación y que no quieren cambiar de cultura alimentaria. ¿Quién tiene razón?”

Una reserva de genes para las biotecnologías
Aunque es eficaz ante un determinado público, el argumento estético no basta para convencer a los decisores. “Cuando se llega ante los ministros, hay que demostrarles que económicamente les interesa conservar la biodiversidad”, resume Batisse. La tarea es tanto más difícil cuanto que suelen obtener ingresos importantes de la destrucción de los ecosistemas, en especial de los bosques, que están sometidos a la presión de poderosos grupos de intereses (industria maderera, papelera, etc.). Los investigadores destacan entonces que la biodiversidad es una bendición para la industria turística (ver p. 31-32), que permite curar (p. 30-31) y alimentar (p. 27 a 29) al ser humano a bajo costo y que constituye una reserva inestimable de genes para las biotecnologías.
Desde hace algunos años, los científicos han constituido también un arsenal de cifras que permiten calcular el valor monetario de los servicios que prestan los ecosistemas a las sociedades humanas (
ver p. 26-27). Un grupo de catedráticos estadounidenses estimó su precio en 319.000 millones de dólares al año en Estados Unidos (o sea 5% del pib) y en cerca de 3 billones de dólares al año a escala mundial. Otras estimaciones, formuladas por Robert Costanza, una de las máximas autoridades en economía ecológica, evalúan la totalidad de los servicios prestados por la biodiversidad en 33 billones de dólares al año, una suma superior al peso de la economía mundial.
Numerosos científicos reconocen que esas cifras pueden impresionar, pero las consideran totalmente antojadizas. Bridgewater va aún más lejos. A su juicio, tratar de cuantificar el valor de lo viviente es no sólo “una pérdida de tiempo”, sino una desviación peligrosa. “Inmediatamente los espíritus contables establecerán una jerarquía entre las especies y los ecosistemas que valen caro (porque brindan servicios interesantes) y que querrán conservar y los que, a su parecer, no valen nada. Crearán así una discriminación olvidando que los sistemas ecológicos se basan, por el contrario, en la cooperación, y han de ser considerados como un todo.”
Para él, la biodiversidad no tiene precio. Su valor es inestimable, pues garantiza la seguridad de la especie humana. Destaca que sería una estupidez destruir ecosistemas que hacen que el aire sea respirable, el clima soportable, el agua apta para la bebida o los suelos fértiles (
ver p. 26-27). A quienes sostienen que los progresos de la tecnología permitirán contrarrestar los trastornos ambientales, responde que los costos serían exorbitantes. Y esas soluciones técnicas, según él, serán inoperantes a largo plazo pues, a la inversa de la naturaleza, no podrán adaptarse a los cambios. Además, añade Jeffrey Mc Neelly, de la Unión Mundial para la Naturaleza, las tecnologías más eficaces se inspiran en modelos tomados de los mecanismos del mundo viviente. Un argumento más para protegerlo. Lejos de oponer naturaleza y tecnología, los especialistas en biodiversidad abogan por una alianza entre ambas para resguardarla mejor y desarrollar la ingeniería ecológica (que permite por ejemplo restablecer las funciones de un bosque tropical degradado).
Por último, afirman, los argumentos utilitarios tienen poco peso frente al único que vale realmente: la diversidad es consustancial a la vida. “¿Qué es la vida en el fondo?”, pregunta Robert Barbault, director del Instituto Federativo francés de Ecología Fundamental y Aplicada. “Es lo que dura. Y dura porque se adapta a las modificaciones de su entorno, diversificándose. La demostración rige desde hace casi 4.000 millones de años para una multitud de especies. El hombre no es diferente de las demás, aunque sea más complejo. Enfrenta el mismo tipo de problemas: comer y evitar ser devorado. Los predadores tratan de consumir un máximo de presas y éstas de escapar a los primeros. Ello acarrea una coevolución basada en la variabilidad genética y del comportamiento. Es una carrera sin fin. La diversidad es la razón de ser del fenómeno viviente y, por ende, de nuestra propia existencia.” Pero si lo viviente se ha adaptado siempre, ¿por qué inquietarse hoy? La mayoría de los expertos son terminantes: para regenerarse, la vida necesita tiempo y espacio, algo que el ritmo y la magnitud de las depredaciones humanas no le dejan.

Un poco más de humildad
El éxito biológico y tecnológico del homo sapiens ha sido tal que terminó por poner en peligro su bienestar. “Ahí reside el interés de la crisis ambiental actual”, estima Barbault. Permite que el hombre occidental tome conciencia de sus vínculos con la naturaleza, considerada durante mucho tiempo un objeto exterior a él, condenada a ser dominada. “Empezamos a entender que hemos de ocuparnos de nuestro planeta y, por lo tanto, a reflexionar sobre la nueva civilización que queremos construir. Esta aptitud para concebir un proyecto es justamente lo que nos distingue de las demás especies. Se necesitará un cambio en los comportamientos, sobre todo alimentarios y técnicos, y también en las mentalidades; otra manera de ver el mundo, más ecologista, más consciente de nuestra interdependencia respecto al resto de lo viviente.” Se necesitará, en suma, un poco más de humildad.

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