
En las montañas decapitadas de Nueva Caledonia, la explotación de las
minas de níquel tiene un impacto desastroso sobre el medio ambiente.
|
No hay que creer que todos
los seres vivos existen para bien del hombre. Por el contrario, también ellos
están destinados a otra cosa.
Maimónides,
filósofo y médico judío español (1135-1204)
|
 |
El funcionamiento de
los ecosistemas y el papel de la biodiversidad constituyen un misterio, pero sabemos
que proporcionan a la humanidad servicios inestimables.
El valor fundamental de la biodiversidad
no es, a mi juicio, ni ético ni económico. Es ambiental, aunque el
hombre de la calle rara vez tenga conciencia de ello. A menudo se estima el valor
de la biodiversidad en función del número de especies que alberga una
región. Pero, más allá de eso, hay que medir las interacciones
entre las múltiples especies de un ecosistema, y entre éstas y los
componentes físicos y químicos de ese entorno. Dicha red de relaciones,
de una extrema complejidad, hace que el valor de un ecosistema sea infinitamente
superior a la suma de los valores atribuidos a las especies que contiene.
Los ecosistemas brindan al género humano servicios ambientales inapreciables,
esenciales para su supervivencia: la fijación del carbono de la atmósfera
y la producción de oxígeno, la protección de los suelos contra
la erosión y la conservación de su fertilidad, el filtrado del agua
y el reabastecimiento de las capas freáticas, el suministro de agentes de
polinización y de agentes antiparasitarios, etc.
Los dos primeros servicios están íntimamente ligados. Se deben a la
fotosíntesis efectuada por los vegetales verdes, empezando por las algas,
cuando absorben gas carbónico (CO2) y emiten oxígeno. Durante
millones de años, el equilibrio entre los gases de la atmósfera se
mantuvo estable. Luego la revolución industrial hizo que el hombre quemara
cantidades cada vez mayores de combustibles fósiles.
Hoy en día tres mil millones de toneladas de carbono se acumulan todos los
años en la atmósfera y los ecosistemas naturales ya no pueden absorber
todas las emisiones. Y tanto más cuanto que éstos desaparecen a un
ritmo inquietante. Es más, la deforestación produce enormes cantidades
de CO2 y otros gases con efecto de
invernadero, como el metano, al punto que ha pasado a ser la segunda causa del calentamiento
climático.
La captación de agua dulce, la protección de los suelos y el mantenimiento
de su fertilidad son otras tres funciones estrechamente vinculadas. Los ecosistemas
son verdaderas “fábricas de agua dulce”. Absorben las aguas pluviales, las
filtran en el suelo, las drenan hacia los arroyos, ríos, lagos y capas subterráneas
que nos proporcionan el precioso líquido. La degradación de la cubierta
vegetal perturba el ciclo hídrico. La lluvia azota directamente la tierra
desnuda llevándose enormes cantidades de sustancias nutritivas. Ello provoca
el encenagamiento de presas, lagos y ríos, y terribles deslizamientos de terrenos,
como los que asolaron recientemente a Centroamérica, México y Mozambique,
causando miles de víctimas y daños incalculables.
Poco sabemos sobre el funcionamiento de los ecosistemas. Somos incapaces de prever
sus reacciones frente a ciertas modificaciones del entorno, en particular del clima.
Tampoco sabemos si una especie presente en determinado lugar, incluso cuando es muy
escasa, es superflua o reemplazable. Ignoramos cuáles son las especies indispensables
para el mantenimiento de un ecosistema, salvo en algunos casos sencillos.
Lo ignoramos todo sobre el papel de la propia diversidad biológica en el mantenimiento
de los ecosistemas y de los servicios que brindan. Tomemos el ejemplo de un bosque
muy diversificado que absorbe gas carbónico —función vital para limitar
el calentamiento climático. Supongamos que se tala ese bosque para reemplazarlo
por un monocultivo forestal. Seguirá cumpliendo su función, e incluso
en mejores condiciones en una primera etapa (pues los árboles jóvenes
absorben más CO2 que los bosques viejos que
se regeneran lentamente). Pero ¿qué sucederá a largo plazo?
Al cabo de varios lustros, las consecuencias de la pérdida de biodiversidad
se harán sentir. La sustitución de especies variadas por una especie
única acarreará sin duda un empobrecimiento del suelo y, a la larga,
una disminución del crecimiento del bosque y, por ende, de su capacidad de
absorber gas carbónico.
En un ecosistema diversificado suele observarse una mayor productividad. Aunque siguen
siendo muy cautos en sus conclusiones, los especialistas estiman que la biodiversidad
permite a los ecosistemas resistir mejor a la penetración de especies extrañas
y de enfermedades, y restablecerse más rápido en caso de perturbación.
En la duda, es preferible conservar tantos ecosistemas diferentes como sea posible.
Ideas
falsas y peligrosas
La mayor parte
de los individuos dan por descontados los enormes servicios que los ecosistemas prestan
gratuitamente. Piensan que la naturaleza seguirá proporcionándolos,
cualesquiera que sean los daños que le ocasionen. En cuanto a la supervivencia
de los organismos vivos distintos de nuestra especie, se mira como algo placentero
de lo que las generaciones futuras podrían prescindir.
Esas ideas son falsas y peligrosas. La ciudad de Nueva York así lo ha advertido.
Desde siempre, había sido famosa por su agua, tan pura que se vendía
en todo el noreste de Estados Unidos. Esta debía su calidad al sistema natural
de purificación de las montañas Catskills. Pero ese ecosistema sufrió
a tal punto los efectos de la contaminación, en especial de los abonos agrícolas,
que a fines de los años noventa el agua neoyorquina se había tornado
inapta para la bebida. La municipalidad estudió la posibilidad de dotarse
de una central de purificación, cuyo costo se evaluó entre seis y ocho
mil millones de dólares, sin contar los 300 millones de gastos anuales de
funcionamiento. Una factura enorme por un servicio hasta entonces gratuito. La municipalidad
optó finalmente por restaurar el entorno degradado de las montañas
Catskills, lo que sólo le costará mil millones.
Esta historia indica dónde están nuestros intereses: hemos de preservar
los ecosistemas y las condiciones que permiten que el planeta garantice la supervivencia
del Homo sapiens o, al menos, el mantenimiento a corto plazo de nuestra vida social.
|