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La protección |
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| Recursos genéticos
y seguridad alimentaria Geoffrey C. Hawtin, director general del Instituto Internacional de Recursos Fitogenéticos, con sede en Roma, encargado de fomentar su conservación y su utilización. |
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Mantener la diversidad
de cultivos y variedades es la clave de la supervivencia de millones de agricultores
que viven en tierras empobrecidas.
En los últimos treinta años los progresos de la ciencia han permitido aumentar la capacidad de producción alimentaria del mundo, pero ello no significa que haya que cruzarse de brazos. Cerca de 800 millones de personas1 no tienen suficiente para comer en los países en desarrollo, donde 73% de los pobres viven en zonas rurales. Esa población rural suele vivir en zonas impropias para la agricultura a causa del relieve, la salinidad, la aridez o la degradación de los suelos. Muchos campesinos pobres no han mejorado sus técnicas de cultivo, pues viven aislados y muy alejados de las zonas urbanas, y son numerosos los que no tienen acceso a variedades comerciales de cultivos de alto rendimiento. Producción agrícola y diversidad genética
La diversidad genética de las semillas permite a los agricultores, por medio de la selección y la reproducción, desarrollar nuevos cultivos de mayor rendimiento, resistentes a plagas y enfermedades. Pueden cultivar así un gran número de variedades locales. Las comunidades agrícolas de los Andes, por ejemplo, utilizan 3.000 variedades de papa, y en Java un agricultor puede plantar más de 600 especies en el huerto de su casa. No respetar la diversidad biológica puede costar muy caro: en el siglo XVIII, en Irlanda, donde la papa era el principal alimento de un tercio de la población, los agricultores cultivaban casi exclusivamente una variedad muy productiva; cuando ésta sucumbió a una plaga de hongos, la hambruna resultante provocó la muerte o la emigración de más de 20% de la población. La importancia de la diversidad no obedece sólo a su capacidad de sustentar sistemas de producción estables en medios marginales. A medida que la presión demográfica aumenta, los problemas ambientales (desertificación, deforestación, erosión, etc.) se agravan. El cambio climático, en particular el calentamiento del planeta, podría modificar la repartición de las zonas agroecológicas del planeta. Los agricultores necesitarán nuevas variedades de cultivos que puedan crecer en condiciones adversas, sin agregarles cantidades cada vez mayores de fertilizantes y de productos agroquímicos. Como las posibilidades de expansión de las zonas cultivadas del mundo son limitadas, cada nueva generación de una especie vegetal tendrá que ser más productiva que las anteriores. El empleo de la ingeniería genética ha dado lugar a una literatura abundante. Las técnicas actuales hacen posible transferir genes de un organismo vivo a otro o modificar su dotación genética para obtener nuevas propiedades más interesantes. La ingeniería genética puede aportar una solución a problemas que los medios de reproducción convencionales eran incapaces de resolver, por ejemplo, el desarrollo de variedades de cultivos con resistencia congénita a las plagas y enfermedades más frecuentes y capaces de soportar la sequía. No obstante, la inocuidad de esas técnicas, en particular para la salud humana y el medio ambiente, es objeto de un apasionado debate. Es el caso de la banana y de su pariente próximo el plátano, dos de los cultivos más importantes del mundo en desarrollo. La esterilidad de la mayoría de las especies cultivadas impide mejorarlas, problema que la ingeniería genética puede resolver. Hoy en día es posible transferir distintos genes, los que rigen la resistencia a las enfermedades, por ejemplo, a las variedades más productivas, reduciendo así de modo espectacular la necesidad de insecticidas. En la actualidad, numerosos cultivos de banana son rociados más de cuarenta veces con fungicidas para combatir la sigatoka negra, una enfermedad que está devastando las plantaciones de bananas y plátanos. Ya se han obtenido los primeros especímenes transgénicos de estas plantas, actualmente sometidos a experimentación. Las investigaciones de la ingeniería genética se han centrado hasta hoy en las los principales cultivos comercializados por las explotaciones industrializadas, pero se ha prestado poca atención a cultivos básicos de los agricultores pobres de los países en desarrollo, como la mandioca, la banana, las alubias o el ñame. Es de temer que esta situación no varíe, ya que la investigación sobre las plantas y las biotecnologías depende cada vez más de intereses privados. Mientras tanto, los elevados costos de las nuevas tecnologías rebasan la capacidad de sufragarlos de la mayoría de los organismos públicos de investigación tanto de los países en desarrollo como de los desarrollados. Hoy por hoy, el papel que corresponde a la agricultura en el desarrollo de las regiones más pobres del mundo va a seguir dependiendo de la identificación, el mantenimiento y la utilización de la diversidad genética. 1 Véase el Informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) sobre La situación de inseguridad alimentaria en el mundo. Sitio del Instituto Internacional de Recursos Fitogenéticos: www.cgiar.org/ipgri/ |