 
Una “bioprospectora” en busca de especies, en Costa Rica.
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La farmacia de
la naturaleza

© Rouxaine/Jacana,
París
Aliviar el dolor
1817:1 Morfina extraída de las flores de adormidera.
Tratar la inflamación
1829: Aspirina extraída de la corteza de sauce.
Regular el ritmo cardíaco
1868: Digitalina extraída de la digital.
Combatir el paludismo
1820: Quinina obtenida de cortezas de quina.
1972: Artemisina extraída de la Artemisia annua.
Evitar el rechazo de los injertos
1970: Ciclosporina resultante de un hongo noruego
Luchar contra el cáncer
1958-1965: Derivados, vimblastina y vincristina, obtenidos de la vincapervinca
de Madagascar.
1971: Taxol obtenido del tejo del Pacífico.
1980: Taxotero a partir del tejo europeo.
1. Las fechas corresponden
al aislamiento del principio activo, que en general es 10 a 15 años anterior
al lanzamiento del medicamento al mercado.
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Plantas, insectos y bacterias
despiertan renovado interés en la industria farmacéutica. Pero, entre
la naturaleza y los ensayos clínicos, queda un largo camino por recorrer.
En el macizo de Isalo, en Madagascar,
el guía se detiene. A sus pies, una flor minúscula exhibe sus pétalos
rosados. “con esta planta se trata el cáncer”, explica el hombre con orgullo.
Descrita por el botánico francés Flacourt en 1645, la vincapervinca
(hierba doncella) de Madagascar se consumió durante mucho tiempo para aplacar
el hambre. Luego, en los años sesenta, volvió a estar de actualidad
por sus virtudes anticancerosas.
El ser humano siempre ha obtenido de la naturaleza lo necesario para calmar el dolor
y curar sus males. En los países en desarrollo, 80% de la población
se trata con remedios tradicionales extraídos de plantas. Algunos de los medicamentos
“modernos” –que comprenden un solo principio activo y no una mezcla de sustancias–
deben también su existencia a la biodiversidad natural. Morfina, quinina,
digitalina…, en total utilizamos habitualmente unos 119 medicamentos derivados de
plantas, según el farmacólogo estadounidense Norman Farnsworth. Se
estima que dos de cada tres medicamentos vendidos en las farmacias son de origen
natural y que ello representa unos 30.000 millones de dólares al año.
En la investigación terapéutica, la necesidad de descubrir nuevos tratamientos
es imperiosa. Además de combatir las enfermedades emergentes y recientes como
el sida, es necesario vencer las resistencias a los tratamientos actuales contra
el cáncer, el paludismo y las infecciones bacterianas. Existen varias pistas
de investigación, como la terapia génica, todavía en pañales,
y el drug design o concepción de medicamentos a medida. Con el advenimiento
de la biología molecular, los investigadores se embarcaron en efecto en esta
empresa. Al conocer la forma de una determinada cerradura biológica, diseñan
en la computadora la molécula que puede actuar como llave y desencadenar así
el mecanismo conducente a su curación. En teoría, esta lógica
funciona, pero en la práctica resulta sumamente difícil definir ex
nihilo una sustancia artificial, ajena a todo entorno humano. De ahí el interés
de buscar ideas en las combinaciones moleculares naturales, fruto de una evolución
de 4.500 millones de años.
Algunos éxitos recientes han confirmado el valor del medio natural. El descubrimiento
de la ciclosporina en una seta del suelo noruego constituyó un progreso decisivo
para evitar el rechazo en casos de trasplante de órganos. Ultimamente, investigadores
del gigante norteamericano Merck & Co detectaron en un hongo del Congo un compuesto
químico que actúa como la insulina y que podría producir la
píldora inesperada contra la diabetes. Paralelamente, las técnicas
para descubrir las moléculas activas in vitro han avanzado. Las empresas farmacéuticas
disponen de gigantescos robots capaces de someter a prueba hasta 100.000 muestras
por día.
El
saber tradicional de los curanderos
No obstante,
en la práctica el camino que lleva de la planta al medicamento sigue siendo
largo e incierto. Primero hay que recoger muestras en lugares donde subsisten numerosos
bosques primarios. “Son los países de la zona intertropical, trátese
del continente africano, americano, asiático o de la región del Pacífico”,
según Thierry Sévenet, director de investigación del Instituto
Francés de Química de las Sustancias Naturales.
En el terreno, la bioprospección sigue tres vías diferentes y complementarias.
La recolección al azar permite obtener un máximo de muestras que serán
sometidas a los robots de filtrado. Pero es posible también que el saber tradicional
de los curanderos locales oriente la búsqueda. Esos usos populares han permitido
fabricar diversas medicinas, empezando por la quinina y la digitalina. Recientemente
el etnobotánico estadounidense Paul Cox, que investigaba en Samoa (Polinesia),
estudió un tallo de Homolanthus Nutans preparado para tratar la fiebre. Examinada
por los químicos, se descubrió que la planta contiene una molécula
conocida, la prostratina, que actúa sobre el virus del sida. La tercera pista,
el enfoque quimiotaxonómico, permite explorar las especies de una familia
ya conocida por contener sustancias útiles.
Una vez recogidas las muestras, los químicos tienen la palabra. Extraen y
purifican la materia bruta a fin de recoger compuestos químicos mezclados
o puros. Luego, se someten a prueba los extractos para detectar una actividad biológica.
En esa etapa, la selección es estricta. Por lo general, de 100.000 compuestos
analizados se valida una sola molécula. En total, hay que esperar 15 a 20
años entre la recolección en el bosque y el lanzamiento al mercado.
La
carrera por el “oro verde”
Cuanto más
lenta e incierta es la investigación farmacéutica, tanto más
irreversibles y aceleradas son las amenazas que se ciernen sobre la biodiversidad
(ver
pp. 22-23).
Ante la urgencia de la situación, se desarrollan proyectos de prospección
pese a las restricciones cada vez más fuertes que pesan sobre la industria.
Hasta la Cumbre de Río, en 1992, los laboratorios occidentales aprovechaban
la biodiversidad de los países del Sur sin ninguna contrapartida. Desde hace
unos diez años esos países exigen compartir los beneficios y las empresas
farmacéuticas empiezan a celebrar acuerdos en ese sentido.
En 1991 por primera vez Merck & Co pagó más de un millón
de dólares al Inbio, Instituto Nacional para la Biodiversidad de Costa Rica,
para tener acceso a los recursos genéticos del país. En caso de elaboración
de un medicamento, Merk le abonará entre 2 y 6% de los beneficios, de los
cuales la mitad deberá destinarse a la conservación de los parques
nacionales. En otros cinco proyectos, llevados a cabo por Estados Unidos con países
de Sudamérica y de Africa, universidades estadounidenses se asocian con universidades
nacionales. Está por verse cómo serán remuneradas las poblaciones
autóctonas que han participado en la selección de las plantas.
Al margen de los gigantes de la industria farmacéutica, los laboratorios locales,
más modestos, se embarcan también en la carrera por el oro verde. En
Africa, el Instituto de Investigaciones Aplicadas de Madagascar está estudiando
12.000 plantas endémicas. Sus trabajos, realizados con el Museo francés
de Historia Natural, permitieron identificar un compuesto que refuerza la acción
de la cloroquina en la lucha contra el paludismo. Con un poco de suerte, esta planta
de la familia de los Strychnos seguirá la vía trazada por la vincapervinca
de Madagascar.
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