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3. Salvar la vida

Kew, templo de la conservación ex situ

Conservar la naturaleza sin excluir al hombre

El planeta de las áreas protegidas

Conservar la naturaleza sin excluir al hombre

Entrevista realizada por Sophie Boukhari, periodista del Correo de la UNESCO.
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Los campesinos que viven en el parque de Niokolo Koba, en Senegal, están estrechamente asociados a la gestión de esta reserva de la biosfera.




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Esquema de una reserva de biosfera









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El planeta de las áreas protegidas

Según el Convenio de Río (1992), “un área definida geográficamente que haya sido designada o regulada y administrada a fin de alcanzar objetivos específicos de conservación” es un área protegida. Esta amplia definición abarca realidades diversas. La Unión Mundial para la Naturaleza (UICN) —la principal organización dedicada al desarrollo de las áreas protegidas— distingue seis tipos de áreas que van de las reservas deshabitadas y dedicadas a la investigación científica a los innumerables parques administrados por las poblaciones locales.
En total, hay más de 30.000 áreas protegidas que cubren 8,83% de la superficie del planeta. En su mayoría tienen una extensión de 10 km
2 y son en cierto modo islotes frágiles en medio de una naturaleza sometida a las necesidades del hombre. Una cuarta parte de esta superficie está inventariada por su valor excepcional en virtud de diversos instrumentos internacionales: la Convención de Ramsar relativa a los humedales de importancia internacional (1971), la Convención para la Protección del Patrimonio Mundial de la UNESCO (1972), el estatuto de la Red Mundial de Reservas de Biosfera establecida desde 1976 por la UNESCO, directivas europeas, etc.
Ciertos ecosistemas están mejor preservados que otros: las llanuras de las zonas templadas y los lagos son los parientes pobres, mientras las islas y los bosques tropicales son los más favorecidos. Al menos en teoría, pues, como señala la U
ICN, numerosas reservas sólo existen en el papel, lo que no es de extrañar si se tiene en cuenta que los presupuestos de conservación in situ son sumamente modestos y no superan los seis mil millones de dólares al año.
Bastarían 2.300 millones de dólares más para asegurar un mejor nivel de protección al conjunto de las reservas. Los gobiernos pueden encontrar esa suma, alegan investigadores y ecologistas, sólo con suprimir ciertas subvenciones nocivas para el medio ambiente otorgadas a agricultores e industriales, y que cuestan un billón de dólares anuales.

Las zonas protegidas son la clave de la conservación. Para Seydina Issa Sylla (coordinador para Africa Occidental de la ONG Wetlands International), la falta de solidaridad internacional es su problema más grave.

El Convenio sobre Diversidad Biológica da prioridad a las medidas de conservación in situ en las zonas protegidas. ¿Por qué?
Lo esencial es conservar el conjunto de las unidades ecológicas –fauna, flora, suelo, agua–, pero también sus interacciones, que mantienen la dinámica de la evolución. Ello es fundamental para los países del Sur, que rara vez disponen de medios para desarrollar proyectos de conservación ex situ, como bancos de genes, zoológicos, jardines botánicos. Les garantiza el acceso a la información sobre los recursos naturales y a los resultados de la investigación llevada a cabo en su territorio.

¿Por qué es conveniente crear una continuidad territorial entre los diversos parques?
Consideremos una especie como el elefante. Emigra de las zonas secas a las zonas húmedas según sus necesidades. Si se le impide hacerlo, se amenaza su supervivencia. Las áreas protegidas han de estar unidas por corredores que permitan circular a las especies y aumentar los intercambios genéticos entre poblaciones de regiones diferentes. Existen cada vez más reservas transfronterizas.

¿Cuáles son los principales peligros que se ciernen sobre las áreas protegidas?
La falta de solidaridad internacional. Los gobiernos africanos, que ya no pueden responder a las necesidades esenciales de sus poblaciones, han relegado la protección de la naturaleza a segundo plano. En numerosos países, la descentralización del poder hacia las regiones ha complicado también la gestión de los parques. Hoy, en Africa, ya no es posible crear nuevas reservas y las antiguas carecen de todo, en particular de personal.
Además, las áreas protegidas se ven sometidas a la presión de las poblaciones, cuyos recursos son cada vez más escasos a causa de la pobreza y de los cambios ambientales. Los habitantes buscan nuevas tierras agrícolas, leña, caza, etc. La introducción de las especies exógenas —como el gorrión, que no existía en Africa negra antes de 1978— es otro factor de trastorno.
1 Por último, el turismo de masas y la expansión urbana constituyen graves peligros, aunque afectan a Africa menos que a otras regiones.

Usted aboga por la participación de las poblaciones en la gestión de las reservas. ¿Por qué?
En materia de conservación hubo fracasos porque se creyó posible conservar la naturaleza excluyendo al hombre. Pero ha habido un cambio de actitud desde hace unos veinte años, en especial por influencia de los países pobres. Como en ellos la presión sobre los recursos aumenta sin cesar, la población percibe los parques como obstáculos al desarrollo. Hay que darle entonces una compensación. Más que invertir en la zona protegida, es preciso financiar proyectos viables en torno a ella. Se han experimentado varias fórmulas, como las reservas de biosfera de la Unesco.
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¿Con qué resultados?
Modestos por falta de dinero. Pero en Senegal dos experiencias han demostrado que vamos por buen camino. La reserva de Popenguine, por ejemplo, es la primera en el mundo administrada exclusivamente por mujeres, que viven en ocho pueblos circundantes. Se ocupan de las tareas de habilitación del parque, cultivan hortalizas, administran bancos de cereales y de combustibles, animan un campamento hotelero, guían a los turistas. Al principio, en 1987, aceptaron participar en la gestión del parque en colaboración con el Estado a cambio de que se les permitiera seguir recolectando plantas medicinales. Trabajaron durante diez años sin cobrar un céntimo. Luego, en 1997, gracias a un financiamiento de medio millón de dólares proporcionado en tres años por la Unión Europea y la fundación francesa Nicolas Hulot, fue posible lanzar proyectos de desarrollo. Ahora esas mujeres son autónomas. Se encargan de la vigilancia en la reserva, y obtienen beneficios del turismo.

Por un éxito, se han producido al parecer numerosos fracasos. Y algunos reclaman la privatización de las zonas protegidas. ¿Cuál es su opinión?

En Togo, la reserva de Fazao fue privatizada en 1990. Como consecuencia de ello, los animales salvajes fueron objeto de transacciones comerciales. Esto es grave. No hay ninguna alternativa posible a una asociación entre el Estado, las organizaciones de conservación y la población local. En cambio, habría que ir más lejos en cuanto a la participación.


1. Ocupan los nichos ecológicos de las especies originales y terminan por hacerlas desaparecer.
2. Actualmente existen 368 reservas en 91 países.

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a conservación significa tanto desarrollo como protección.

Theodore Roosevelt,
ex presidente de Estados Unidos (1858-1919)

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