 
Los campesinos que viven en el parque de Niokolo Koba, en Senegal, están estrechamente
asociados a la gestión de esta reserva de la biosfera.

Esquema de una reserva de biosfera
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El planeta de las
áreas protegidas
Según el Convenio de Río (1992),
“un área definida geográficamente que haya sido designada o regulada
y administrada a fin de alcanzar objetivos específicos de conservación”
es un área protegida. Esta amplia definición abarca realidades diversas.
La Unión Mundial para la Naturaleza (UICN) —la principal organización dedicada al desarrollo
de las áreas protegidas— distingue seis tipos de áreas que van de las
reservas deshabitadas y dedicadas a la investigación científica a los
innumerables parques administrados por las poblaciones locales.
En total, hay más de 30.000 áreas protegidas que cubren 8,83% de la
superficie del planeta. En su mayoría tienen una extensión de 10 km2
y son en cierto modo islotes frágiles en medio de una naturaleza sometida
a las necesidades del hombre. Una cuarta parte de esta superficie está inventariada
por su valor excepcional en virtud de diversos instrumentos internacionales: la Convención
de Ramsar relativa a los humedales de importancia internacional (1971), la Convención
para la Protección del Patrimonio Mundial de la UNESCO (1972), el estatuto de la Red Mundial de Reservas
de Biosfera establecida desde 1976 por la UNESCO, directivas europeas, etc.
Ciertos ecosistemas están mejor preservados que otros: las llanuras de las
zonas templadas y los lagos son los parientes pobres, mientras las islas y los bosques
tropicales son los más favorecidos. Al menos en teoría, pues, como
señala la UICN, numerosas reservas sólo existen en el papel,
lo que no es de extrañar si se tiene en cuenta que los presupuestos de conservación
in situ son sumamente modestos y no superan los seis mil millones de dólares
al año.
Bastarían 2.300 millones de dólares más para asegurar un mejor
nivel de protección al conjunto de las reservas. Los gobiernos pueden encontrar
esa suma, alegan investigadores y ecologistas, sólo con suprimir ciertas subvenciones
nocivas para el medio ambiente otorgadas a agricultores e industriales, y que cuestan
un billón de dólares anuales.
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Las zonas protegidas
son la clave de la conservación. Para Seydina Issa Sylla (coordinador para
Africa Occidental de la ONG Wetlands International), la falta
de solidaridad internacional es su problema más grave.
El
Convenio sobre Diversidad Biológica da prioridad a las medidas de conservación
in situ en las zonas protegidas. ¿Por qué?
Lo esencial es conservar el conjunto de las unidades ecológicas –fauna, flora,
suelo, agua–, pero también sus interacciones, que mantienen la dinámica
de la evolución. Ello es fundamental para los países del Sur, que rara
vez disponen de medios para desarrollar proyectos de conservación ex situ,
como bancos de genes, zoológicos, jardines botánicos. Les garantiza
el acceso a la información sobre los recursos naturales y a los resultados
de la investigación llevada a cabo en su territorio.
¿Por qué es conveniente crear una continuidad territorial entre
los diversos parques?
Consideremos una especie como el elefante. Emigra de las zonas secas a las zonas
húmedas según sus necesidades. Si se le impide hacerlo, se amenaza
su supervivencia. Las áreas protegidas han de estar unidas por corredores
que permitan circular a las especies y aumentar los intercambios genéticos
entre poblaciones de regiones diferentes. Existen cada vez más reservas transfronterizas.
¿Cuáles son los principales peligros que se ciernen sobre las áreas
protegidas?
La falta de solidaridad internacional. Los gobiernos africanos, que ya no pueden
responder a las necesidades esenciales de sus poblaciones, han relegado la protección
de la naturaleza a segundo plano. En numerosos países, la descentralización
del poder hacia las regiones ha complicado también la gestión de los
parques. Hoy, en Africa, ya no es posible crear nuevas reservas y las antiguas carecen
de todo, en particular de personal.
Además, las áreas protegidas se ven sometidas a la presión de
las poblaciones, cuyos recursos son cada vez más escasos a causa de la pobreza
y de los cambios ambientales. Los habitantes buscan nuevas tierras agrícolas,
leña, caza, etc. La introducción de las especies exógenas —como
el gorrión, que no existía en Africa negra antes de 1978— es otro factor
de trastorno.1 Por último, el turismo
de masas y la expansión urbana constituyen graves peligros, aunque afectan
a Africa menos que a otras regiones.
Usted aboga por la participación de las poblaciones en la gestión
de las reservas. ¿Por qué?
En materia de conservación hubo fracasos porque se creyó posible conservar
la naturaleza excluyendo al hombre. Pero ha habido un cambio de actitud desde hace
unos veinte años, en especial por influencia de los países pobres.
Como en ellos la presión sobre los recursos aumenta sin cesar, la población
percibe los parques como obstáculos al desarrollo. Hay que darle entonces
una compensación. Más que invertir en la zona protegida, es preciso
financiar proyectos viables en torno a ella. Se han experimentado varias fórmulas,
como las reservas de biosfera de la Unesco.2
¿Con qué resultados?
Modestos por falta de dinero. Pero en Senegal dos experiencias han demostrado que
vamos por buen camino. La reserva de Popenguine, por ejemplo, es la primera en el
mundo administrada exclusivamente por mujeres, que viven en ocho pueblos circundantes.
Se ocupan de las tareas de habilitación del parque, cultivan hortalizas, administran
bancos de cereales y de combustibles, animan un campamento hotelero, guían
a los turistas. Al principio, en 1987, aceptaron participar en la gestión
del parque en colaboración con el Estado a cambio de que se les permitiera
seguir recolectando plantas medicinales. Trabajaron durante diez años sin
cobrar un céntimo. Luego, en 1997, gracias a un financiamiento de medio millón
de dólares proporcionado en tres años por la Unión Europea y
la fundación francesa Nicolas Hulot, fue posible lanzar proyectos de desarrollo.
Ahora esas mujeres son autónomas. Se encargan de la vigilancia en la reserva,
y obtienen beneficios del turismo.
Por un éxito, se han producido al parecer numerosos fracasos. Y algunos reclaman
la privatización de las zonas protegidas. ¿Cuál es su opinión?
En Togo, la reserva de Fazao fue privatizada en 1990. Como consecuencia de ello,
los animales salvajes fueron objeto de transacciones comerciales. Esto es grave.
No hay ninguna alternativa posible a una asociación entre el Estado, las organizaciones
de conservación y la población local. En cambio, habría que
ir más lejos en cuanto a la participación.
1. Ocupan los nichos ecológicos
de las especies originales y terminan por hacerlas desaparecer.
2. Actualmente existen 368 reservas en 91 países.

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a conservación significa
tanto desarrollo como protección.
Theodore
Roosevelt,
ex presidente de Estados Unidos (1858-1919)
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