
“Los niños aprender mejor fuera de las estructuras rígidas de la enseñanza
formal.”

Los estudios en el hogar se completan con cursos colectivos, como éste de
música en una iglesia de Miami. |
Por razones religiosas
o porque prefieren una escolaridad no convencional, son cada vez más numerosos
los padres estadounidenses que han decidido educar a sus hijos en el hogar.
Christopher
y Eileen Herman, enemigos del sistema escolar tradicional, se ocupan de la educación
de sus dos hijos en su casa. Hace veinte años esos padres habrían infringido
la ley, pues en el estado de Washington donde viven, hasta 1985 sólo los maestros
diplomados por el Estado estaban autorizados a impartir enseñanza en el hogar.
Pero hoy los Herman no sólo pueden hacerlo sin temor a ser sancionados, sino
que disponen de un vasto arsenal de recursos y ayudas. Miembros de tres organizaciones
locales de padres que educan en el hogar, asisten a convenciones sobre ese tema y
obtienen consejos regularmente de familias en situación similar a través
de Internet. “Casi todo el mundo conoce a alguien que practica la enseñanza
en el hogar”, afirma Eileen Herman. “A algunos todavía puede parecerles raro,
pero el asunto ya no despierta suspicacia ni hostilidad.”
Distintas
motivaciones
En efecto,
los Herman no hacen más que seguir una corriente en pleno auge. Según
ciertas estimaciones, en Estados Unidos el número de niños educados
en casa pasó de 50.000 a mediados de los años ochenta a por lo menos
un millón en la actualidad (para otros esa cifra alcanza 1,8 millones). Aunque
representan un 3% de los niños en edad escolar del país, su número
está en constante aumento. La escuela en el hogar (home schooling) es la forma
de educación privada más difundida, después de la enseñanza
dependiente de la Iglesia Católica.
“La educación en el hogar se ha convertido en una opción viable. Ocupa
ya un pequeño espacio entre las posibilidades educativas que brinda este país”,
señala Mitchell Stevens, sociólogo del Hamilton College de Clinton
(estado de Nueva York) y autor de un libro sobre este tema.
Esta nueva corriente es muy compleja y cuanto mayor es su auge más difícil
resulta definir el perfil tipo de los padres que enseñan en el hogar. Stevens
advierte dos grupos muy distintos. Uno surgió a fines de los años sesenta
del movimiento escolar alternativo, cuyos partidarios creen que los niños
aprenden mejor fuera de las estructuras rígidas de la enseñanza formal.
El otro surgió de algunas familias conservadoras protestantes que hacia la
misma época manifestaron temores de que los establecimientos estatales no
formaran debidamente a sus hijos. “A ambos grupos la organización burocrática
del sistema público les inspira una profunda desconfianza”, afirma Stevens.
Hasta la década de los ochenta, la educación en el hogar era una actividad
clandestina, sin reconocimiento jurídico. Pero al aumentar sus adeptos, los
jueces y fiscales se mostraron más dispuestos a aceptar que los niños
que no asisten a la escuela “sean instruidos por otros medios”. La Asociación
de Defensa de la Escuela en el Hogar se fundó en 1983 con dos objetivos: promover
su reconocimiento por el poder legislativo de los estados y defender a las familias
concernidas ante los tribunales.
Hoy el home schooling está autorizado en todo el país, aunque la reglamentación
en la materia es muy variable según los estados. En Idaho, por ejemplo, no
se establece casi ninguna limitación a los padres que ejercen la educación
en casa y ni siquiera se les exige que comuniquen sus programas a las autoridades
estatales o locales. Oregón, en cambio, obliga a las familias a someter periódicamente
a sus niños a pruebas tomadas por una “persona neutral calificada”. En general
no se requiere que los padres estén facultados para ejercer la docencia, pero
unos pocos estados exigen que los progenitores hayan realizado estudios superiores
o seguido un curso de formación.
Las legislaciones estatales suelen fijar el número de días de instrucción
y las grandes líneas de los contenidos pedagógicos. Los padres han
de dejar constancia de los progresos de sus hijos, pero rara vez se exige que transmitan
esos “boletines” a un órgano oficial. “Incluso en los estados en que la regulación
es más estricta, se reconoce que los ritmos de aprendizaje de los niños
pueden variar”, señala Patrick Farenga, presidente de Holt Associates, una
editorial de materiales para la enseñanza en el hogar con sede en Cambridge
(Massachusetts).
La acogida que brindan las autoridades escolares a los niños educados en casa
no siempre es la misma. Algunos establecimientos les permiten participar en excursiones
o matricularse en ciertas clases, mientras otros se niegan a hacerlo.
Los menores de familias de protestantes conservadores constituyen el principal contingente
de alumnos en el hogar, pero el movimiento se está diversificando. Católicos,
musulmanes y judíos, así como un gran número de familias laicas,
han formado sus propias organizaciones en favor de la educación en el hogar.
De las encuestas realizadas por el Instituto Nacional de Investigación sobre
la Educación en el Hogar de Salem (Oregón) se desprende que si bien
la religión sigue siendo la motivación más frecuente de esta
opción pedagógica, hay otras cinco razones poderosas: dudas acerca
de la calidad académica de los establecimientos tradicionales de enseñanza;
la creencia de que la mejor educación es la más individualizada; el
propósito de estrechar lazos familiares; el intento de atenuar la influencia
negativa de los compañeros de estudio; y la inquietud ante la inseguridad
creciente de las escuelas. A menudo, esas razones se superponen.
Los métodos de la enseñanza en el hogar son muy diversos. En un país
sin un programa nacional de educación, el establecimiento de las normas educativas
es responsabilidad de los estados y éstas no se aplican de manera estricta
a los educadores en casa. Son los padres los que por lo general elaboran los planes
de enseñanza. Cientos de editoriales producen manuales adaptados a este tipo
de enseñanza, que se venden, en particular a través de Internet, en
el mundo entero y reflejan una amplia diversidad de filosofías y enfoques
educativos, desde cursos por correspondencia sin orientación religiosa a materiales
“que exaltan los fundamentos esenciales de la verdad de las Escrituras”.
Defensores
y detractores
Según
unos pocos estudios en gran escala llevados a cabo en Estados Unidos, los niños
formados en el hogar obtienen resultados muy superiores al promedio nacional en las
pruebas generales a que se les somete. Pero numerosos investigadores señalan
que los padres hacen pasar a sus hijos esas pruebas cuando están seguros de
que tendrán éxito. Como además un número apreciable de
estudiantes en el hogar prefieren no darse a conocer y no pasan esos exámenes,
los investigadores reconocen que es difícil sacar conclusiones definitivas.
Uno de los mejores índices del éxito de la educación en el hogar
es su reconocimiento por un número cada vez mayor de institutos y universidades
estadounidenses. Una encuesta reciente de la Asociación de Defensa de la Escuela
en el Hogar en más de 500 establecimientos de enseñanza superior demostró
que todos salvo dos establecían en sus procedimientos de admisión una
evaluación específica de los alumnos en el hogar sin estudios secundarios
tradicionales. Numerosos establecimientos aceptan actualmente las calificaciones
de los alumnos realizadas por los padres.
Sin embargo, algunos padres todavía suelen verse arrastrados ante los tribunales
cuando hay desacuerdo sobre la aplicación correcta de la reglamentación
estatal. En un caso que recibió amplia publicidad el año pasado, un
educador en el hogar fue condenado a dos semanas de cárcel por haberse negado
a que los examinadores del estado evaluaran a su hijo de 15 años. Los funcionarios
estatales afirmaron que necesitaban cerciorarse de que el niño –que había
tenido problemas de aprendizaje en los establecimientos locales– recibía la
formación adecuada en casa.
Aunque sigue ganando adeptos, la aceptación de la escuela en el hogar no es
unánime. En 1997 una encuesta conjunta del Instituto de sondeo Gallup y la
revista pedagógica Phi Delta Kappa puso de manifiesto que 57% de los estadounidenses
piensan que la escolaridad en el hogar no es “conveniente”. Doce años antes
ese porcentaje era de 73%. Para la Asociación de Educación Nacional,
la mayor unión de profesores del país, “los programas de enseñanza
en el hogar no pueden brindar al alumno una formación completa”. La Asociación
Nacional de Directores de Escuelas Primarias formuló una advertencia similar,
añadiendo que las autoridades deben “velar por que los padres que elijan esta
opción sean considerados responsables no sólo de los resultados académicos,
sino también del desarrollo social y emocional de los niños”. Esta
asociación teme que los estudiantes formados en el hogar estén insuficientemente
preparados para relacionarse con menores de extracciones diferentes de la suya.
Los propios educadores en el hogar discrepan en cuanto al desarrollo que alcanzará
el movimiento. Algunos predicen su expansión, mientras otros estiman que su
impulso decrecerá. Las encuestas indican que los estadounidenses están
satisfechos con sus escuelas públicas locales, que forman a 90% de los estudiantes
del país. Pero numerosos observadores concuerdan en que la escolaridad en
el hogar se ha afianzado como un elemento perdurable de la educación en Estados
Unidos. Como afirma Farenga, “el concepto de educación ya no se basa en la
presencia de los alumnos enclaustrados en la escuela como los monjes en un monasterio”.
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