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Africa: teléfonos para el desarrollo

INTERNET, ¿SALVADOR DE LA DEMOCRACIA?

René Lefort, director del Correo de la UNESCO.
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Votando por Internet en las elecciones primarias del Partido Demócrata de marzo de 2000 en Arizona, Estados Unidos.







“El voto por Internet ofrece una última y fantástica oportunidad a nuestra democracia moribunda.”
Para hacer revivir la democracia, el voto por Internet es, según algunos, la única solución, mientras que para otros es un puro espejismo.

Una “rabia muda de impaciencia” se apoderó de Richard Askwith, jefe de las páginas editoriales del periódico británico Independent on Sunday
1: “Todo lo que nuestro gobierno hace, lo hace en mi nombre. Pero ¿se ha pedido alguna vez mi opinión? Un voto cada cinco años para elegir entre bandas de pillos ansiosos de escalar posiciones y que no se diferencian mucho unos de otros: ¿qué elección es ésa?” El diagnóstico de Askwith es inapelable: “La democracia parlamentaria, inventada en la era de la diligencia y perfeccionada en la época de la máquina de vapor” sería algo superado. Convendría entonces que los gobiernos “encontrasen una nueva vía para que el pueblo decida”. La solución: Internet. “La democracia electrónica sacudirá a la política”,2 afirma el diputado francés André Santini, alcalde de Issy-les-Moulineaux, en los alrededores de París, a la que ha convertido en un modelo de ciudad “conectada”. “Estoy convencido de que puede derrotar la indiferencia política, como la economía en la Red está derrotando, el desempleo”, añade.

Una vía interactiva
El síntoma más evidente de esta indiferencia es el aumento de la abstención, a tal punto que “el sufragio no tiene de universal más que el nombre”, según Santini. Un primer experimento mundial de voto por Internet se llevó a cabo del 7 al 11 de marzo de 2000 en Arizona, en las elecciones primarias del Partido Demócrata. Los contrarios a este nuevo procedimiento recurrieron a los tribunales por estimar que el voto a través de Internet constituía una discriminación contra los sectores sociales sin acceso a este medio. Los jueces no acogieron la demanda. Las dificultades técnicas para garantizar la seguridad de la elección, en particular acreditar la identidad de los electores y la confidencialidad de sus votos, tampoco fueron consideradas un impedimento. Cerca de 86.000 demócratas votaron. Entre ellos, 40.000 votaron por Internet, de los cuales 75% tenían entre 18 y 35 años, un sector tradicionalmente más propenso a abstenerse que sus mayores. Ahora bien, en 1996 en esta misma primaria se habían contabilizado poco más de 12.000 votantes.
¿Es una experiencia concluyente? Para un editorialista del periódico local The Tucson Citizen, la novedad del procedimiento electoral sedujo más a los votantes que a los candidatos. Stephen Hess, del Broockings Institute, estimó que “no son los procedimientos electorales los que impiden votar a la gente”. Pero, para Santini, “el voto por Internet ofrece una última y fantástica oportunidad a nuestra democracia moribunda.”
La empresa estadounidense Election.com anunció ya que instalará este sistema de votación para la presidencial de noviembre. Y Steve Case, responsable de una compañía similar, America Online, ve en esta experiencia una nueva prueba de que la “e-democracia” cambiará “la manera en que la gente interactúa con las autoridades locales y nacionales”.
Los partidos políticos, los movimientos de ciudadanos y las autoridades públicas así lo entienden, al menos en los países suficientemente desarrollados como para que en ellos se generalice el acceso a Internet. No cabe duda de que Internet ofrece por ahora la vía a la vez más veloz, menos cara y la única realmente interactiva para la información y el diálogo entre los ciudadanos, como entre éstos y sus representantes. Ya son numerosos los partidos políticos que abren sitios para presentar sus programas; los servicios públicos que hacen otro tanto para dar a conocer su estructura, sus funciones, sus objetivos y responder a las solicitudes que los usuarios pueden enviarles por correo electrónico, así como las municipalidades que además de informar consultan a sus administrados antes de adoptar decisiones importantes.

Una democracia directa y constante
Los nuevos movimientos de ciudadanos partidarios de otra forma de mundialización hacen una utilización intensa de Internet. Recientemente, en Corea del Sur, donde casi la mitad de la población tiene acceso a la Red, 600 asociaciones lanzaron por Internet una “lista negra” de 90 candidatos a diputados con un pasado más que dudoso pues algunos habían sido condenados por corrupción. Cincuenta y ocho fueron derrotados, a veces por postulantes casi desconocidos…
Askwith propone franquear una etapa adicional. Para hacerlo, hace un diagnóstico muy severo de los trabajos que lleva a cabo cualquiera de las comisiones parlamentarias creadas para estudiar una situación controvertida. Según él, quienes tienen de facto la palabra en ella son exclusivamente sus miembros y los “expertos” que ha citado. La asistencia es muy escasa y no representativa —“sobre todo, jubilados y desempleados, puesto que la comisión funciona discretamente los martes por la tarde”. Como éstos no conocen el tema debatido, sólo son invitados a expresarse al término de la sesión, a todo escape, y sólo para cumplir una formalidad. A ello, Askwith opone las virtudes potenciales de Internet. Este es utilizado ya por militantes que, aunque dispersos, se instalan simultáneamente ante sus computadoras, a veces varios cientos y durante varios días, para ahondar juntos en un tema y expresar entonces una opinión con conocimiento de causa y tras madura reflexión. Todo ello a un costo irrisorio comparado con el de una reunión física de los participantes. ¿Por qué, según Askwith, no utilizar este procedimiento abriéndolo a ciudadanos elegidos por sorteo? Sus puntos de vista, elaborados y representativos de la opinión pública, llegarían a los “representantes del pueblo”, que ya no escucharían vagamente a los ciudadanos sino que se verían obligados a oírlos realmente.
Otros apologistas de la democracia electrónica van aún más lejos: más que conformarse con tratar de mejorar gracias a los nuevos medios electrónicos la representatividad de los elegidos por el pueblo (efectivamente en crisis), ¿por qué no prescindir de ellos lisa y llanamente? Marc Strassman, director de Campaña por una Democracia Digital
3 propone un sistema bastante perfeccionado para impedir todo fraude. Los electores lo utilizarían para expresar sus puntos de vista sobre todos los temas posibles e imaginables, desde la decisión de embarcar al país en una operación militar hasta el contenido de una ley en discusión. El sistema podría perfeccionarse lo suficiente como para interpretar informáticamente y de inmediato toda la gama de opiniones existentes. Se corregiría así “el desequilibrio profundo y creciente entre la influencia política del individuo común y corriente y la de la clase política profesional así como de sus clientes”. Se terminarían las decisiones legislativas fruto de la consulta de “decenas de personas a cuyas opiniones y puntos de vista se da prioridad a expensas de millones de otras que se encuentran al margen de esta concentración de poder”. Deberíamos acceder a la “democracia electrónica directa”, donde “millones de votos por correo electrónico determinan la dirección que sigue la República”. En dos palabras, la Red se torna “tan poderosa, tiene tal ubicuidad y es tan fácil de utilizar” que “puede permitir que nos autogobernemos”. Ello representaría el “paso de una democracia intermitente a una democracia continua”, según Santini. Es pretender resucitar el ágora ateniense, cuna de la democracia reservada a los 20.000 ciudadanos que allí se reunían, volviéndola permanente, instantánea y extensiva a países, incluso al planeta el día en que todo el mundo estuviera conectado…

Necesidad del sistema representativo
“Absurdo”, replica Jacques Attali, fundador de Planetfinance,4 una red electrónica de financiación de microcrédito. En primer lugar, destaca Attali, el ágora no es un ideal democrático como lo demuestra el hecho de que nadie piensa en resucitarla allí donde sería posible, por ejemplo en una aldea de pocos cientos de habitantes. ¿Por qué? Porque el sistema representativo seguiría siendo, según él, indispensable. Es cierto que está en crisis, como advierte Patrick Viveret, colaborador de la revista Transversales Science Culture. Viveret observa una desviación de la representación hacia una delegación de poderes, que puede llegar incluso a una confiscación del poder. La participación de los ciudadanos sería la condición sine qua non de una auténtica representación. A este respecto, la Red brindaría “oportunidades que no son de despreciar”.
En cambio, convertirlo en una “alternativa global” sería caer en el “tecnicismo”, a saber el postulado de que “los problemas pueden resolverse mediante soluciones técnicas independientemente de la voluntad de los actores”, según Viveret. La democracia exigiría la organización de una “inteligencia colectiva”. Más que de una mera adición de puntos de vista, que hoy se conocen de manera casi instantánea a través de los sondeos y mañana gracias a Internet (la “democracia de opinión”), se necesitaría “disponer de tiempo para las deliberaciones, alimentadas con dictámenes de expertos con puntos de vista divergentes y practicadas en los espacios públicos” afirma Attali. Se requeriría también, añade, “disponer de tiempo para que la acción política pueda demostrar su eficacia”, ya que ésta puede pasar por una etapa de impopularidad aguda antes de ganar finalmente la adhesión de la ciudadanía. Si no, según Attali, “someter todo a Internet” conduciría a “decisiones excesivamente reversibles y contradictorias”, y por ende a una “dictadura de lo inmediato”.



1. The Independent, 4 de septiembre de 1999.
2. Libération, 21 de abril de 2000.
3.
www.digitaldemocracy.org
4.
www.planetfinance.org