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El estado más pobre de México

  LA MAGIA DEL ESPEJO

Fotos de Alex Webb, texto de Fabrizio Mejía Madrid. Alex Webb es un fotógrafo estadounidense que trabaja en la agencia Magnum. Fabrizio Mejía Madrid, escritor y periodista mexicano, es director de Cultura Urbana de la Ciudad de México. Colabora regularmente en el periódico La Jornada. Su último libro (México, 1996) se titula Pequeños actos de desobediencia civil.
La rebelión de Chiapas ha obligado a la sociedad mexicana a mirar a los indios tal vez por primera vez de frente y a los ojos para empezar a vislumbrar juntos un futuro común.
Me había parecido advertir un movimiento debajo de su rebozo. Una especie de agitación repentina. Miré entonces los pies de la mujer y quedé asombrado: sus talones callosos contenían todo el polvo y la mugre de años de andar descalzos. Deposité la moneda en la mano perpetuamente abierta de la mujer y corrí hacia dentro del Museo de Antropología. Yo tendría siete u ocho años. Pregunté a mi padre por aquella mujer a la que me acababan de mandar a darle una limosna. “Es una india”, respondió. “Pero se movía algo adentro, debajo de la ropa”, insistí. “Debió de ser su hijo”, concluyó mi padre, y seguimos hacia la sala “Maya”, sin hablar.
La imagen de esa india en la ciudad de México me ha perseguido todos estos años. Es una no imagen, fragmentos de un cuerpo –una mano extendida, la planta de los pies, el color cobrizo de su brazo– y la insinuación de otro que se movía debajo de su ropa. Cuando se los topa en las ciudades, uno no los mira directamente. Ellos, los indios, bajan los ojos como si advirtieran que el color de su piel, su español “defectuoso”, su vestimenta rural, los convierte en invasores de esa tierra propiedad del nacionalismo mestizo. Nunca han tenido rostros ni miradas. Nadie podría recordar sus caras.
Por el contrario, la palabra “indígenas” –opuesta a “indios”– es parte del perfecto pasado mexicano. Como millones de niños mexicanos, crecí viendo los murales de Diego Rivera donde los aztecas representan símbolos, valores, pero no personas. Desde que recuerdo, “lo indígena” quiere decir eso: que bajo la tierra por la que caminamos hay vestigios de mujeres y hombres que erigían pirámides para venerar al Sol, soñaban con el número cero, sacrificaban doncellas y predecían eclipses. Pero, entre el “indígena” y el “indio” nunca hubo vínculo alguno, salvo que ambos carecían de mirada.
Durante siglos, los indios se sumaron sumisos a la masa creciente de invisibles espectadores de un país distante, de un territorio etéreo que cambia sin la participación de quienes lo contemplan. La imagen de los “indios” era la de campesinos siempre en espera de tierras, justicia, educación y salud. Sabíamos que existían porque eran millones, pero permanecíamos sordos a lo que podían decirnos. Tomados en cuenta por su número, los indios terminaron abordándose en los años setenta como un “problema”: el de la inmigración a las ciudades. Las llamadas “Marías” –las indias que pedían limosna vestidas con ropa de colores intensos– fueron el reflejo fiel del fracaso de nuestra vida en común y de la única propuesta que les hicimos para pertenecer a México: dejar de ser indias.

La resistencia de las campesinas de X’oyep
Cuando el 1º de enero de 1994 los indios de Chiapas se rebelaron una vez más contra el desprecio, lo hicieron cubriéndose todo el rostro salvo los ojos. Obligaron al país a mirarlos. Sabían que la ética comienza por mirar al otro a los ojos; es la fuente de la empatía, de la identificación, es una forma de magia, un espejo que crea a un tercero: ni uno mismo ni el otro, sino aquello que nos hace semejantes, aquello en lo que ambos nos reconocemos. Ese reflejo del otro que soy yo mismo en la mirada ajena fue lo que me negó el país al que pertenezco. A lo largo de 500 años, los indios no fueron hombres y mujeres a los que hubiera que aniquilar, fueron simplemente no humanos que sobrevivían a partir de una evasión nacional: no mirarlos de frente, a los ojos. Vernos en los ojos de los indios hizo que en su reflejo captáramos lo que hay de nosotros mismos en un extraño, lo que hay de ajeno en cada uno de nosotros.

La imagen de los “indios” era la de campesinos siempre en espera de tierras, justicia, educación y salud. Sabíamos que existían porque eran millones, pero permanecíamos sordos a lo que podían decirnos.


Cuatro años después, las mujeres de una comunidad de indios desplazados por una guerra de baja intensidad fueron las artífices de otro cambio sustancial. Tras la matanza por la espalda de niños y mujeres en Acteal, el 22 de diciembre de 1997, las mujeres de X’oyep se opusieron a la presencia del ejército. Fugitivas, no estaban dispuestas a verse involucradas otra vez en las hostilidades. Empujaron a los soldados con sus pequeñas manos hasta los límites del pueblo. Una de ellas llevaba en una mano la última gallina de X’oyep. Indignada, la defendió y, junto con las demás mujeres, triunfó sobre un ejército profesional. La fuerza moral de las indias tzeltales de X’oyep en enero de 1998 residió en su debilidad física y en su escaso número, pero también en su oposición a la guerra. Son las pobres que se niegan a ser ayudadas por el país que permitió la matanza de Acteal. En su negativa hay una postura moral que me vincula a ellas: tampoco yo renunciaría a mí mismo en nombre de un gran “proyecto nacional” que no he elegido. Su resistencia se hizo célebre porque implicaba un nacionalismo sin patriotas: no quieren una felicidad que las aniquilará por su bien. En sus manos que rechazaban al ejército ví la desaparición de las “Marías” de mi infancia.

El camino que queda por recorrer
A pesar de que hoy somos una sociedad más propicia a tolerar las imágenes de lo distinto, no estamos aún dispuestos a escuchar e interpretar las voces de la diferencia. La idea de la diversidad en la sociedad mexicana invoca un imaginario de guetos separados, donde el contacto de una tradición con otra necesariamente debilita a alguna de ellas. Pasar de la etnia a la ética ya no significa actuar para conservar esa diversidad, sino asimilar lo que ésta nos quiere decir. Es la distancia que existe entre mirar y escuchar, entre aceptar que el Otro exista y asumir su fragilidad como propia, entre abrir ventanas y construir puentes. Es la brecha que nos falta salvar: pasar de vivir uno al lado del otro a experimentar la vida juntos. Sé que con las mujeres de X’oyep recorreremos ese camino.

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Tres niños ante un mural de Emiliano Zapata en Polhó, municipalidad de Chenalhó, estado de Chiapas.



photo Campesinos haciendo guardia en la entrada de Polhó.



photo Altar en memoria de las víctimas de la matanza de Acteal de diciembre de 1997.




photo Músicos de la aldea de Polhó.

photo Niños refugiados en X’oyep.



El estado más pobre de México

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Chiapas

Junto con Yucatán y Oaxaca, Chiapas, en el sur de México, figura entre los estados con mayor proporción de población indígena: 42,5% de sus cerca de tres millones de habitantes pertenecen a la gran familia maya, en tanto que a nivel nacional los indígenas representan unos 10,6 millones de individuos de los 92 millones que forman la población mexicana, mestiza en más de 80%.
Chiapas, un estado mayoritariamente rural, ostenta récords de pobreza en el seno de la federación mexicana. Estimaciones de 1995 señalaban que cerca del 95% de su población no disponía del mínimo para vivir o sobrevivir, evaluado entonces en 150 dólares mensuales. Esta situación se explica en parte por el hecho de que, debido a su lejanía de la capital federal, Chiapas fue el estado donde menos se aplicó la reforma agraria: cuando ésta terminó en 1992, la mitad de las tierras de Chiapas permanecía en manos de latifundistas.
En ese contexto surgió, el 1º de enero de 1994, día simbólico que marcaba la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (E
ZLN), dirigido por el subcomandante Marcos. Sus rebeldes tomaron siete municipios de Chiapas, entre ellos la ciudad de San Cristóbal de las Casas, reclamando “democracia, libertad y justicia para todos los mexicanos”. Tras dos semanas de enfrentamiento con el ejército regular que se saldaron con 159 muertes según cifras oficiales y más de 400 según las organizaciones de defensa de los derechos humanos, se declaró un alto el fuego. El 21 de febrero de 1994 comenzó el primer diálogo directo entre representantes del EZLN y del gobierno federal bajo la mediación del entonces obispo de San Cristóbal, monseñor Samuel Ruiz. Los acuerdos de San Andrés sobre los derechos indígenas, concluidos el 16 de febrero de 1996, fueron rechazados por las autoridades, que invocaron la protección de la soberanía nacional.
Desde entonces, el precio de la ruptura de las negociaciones ha sido caro. Así, 45 presuntos simpatizantes de la guerrilla zapatista fueron asesinados el 22 de diciembre de 1997 en el pueblo de Acteal.
En marzo de 1999, 2,5 millones de mexicanos participaron en una consulta organizada por los zapatistas sobre la incorporación de la ley indígena en la Constitución. Según el E
ZLN, su objetivo no es tomar el poder político, sino apoyarse en la sociedad civil nacional e internacional para democratizar la sociedad mexicana.