
Margarita Salas en su laboratorio del Centro de Biología Molecular Severo
Ochoa, en las afueras de Madrid.

En el Parlamento Europeo, Estrasburgo, diputados del Partido Verde protestan con
máscaras contra los experimentos de clonación.
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La vida por la
ciencia
Desde que, en 1901, la Academia
Sueca instauró los premios Nobel en disciplinas científicas, sólo
11 mujeres, frente a 435 hombres, han recibido esta distinción. Sin embargo,
junto a los programas de aliento a la participación femenina en la investigación
científica impulsados por la UNESCO o la Comisión Europea, la trayectoria
y el compromiso personal de algunas pioneras demuestra que la investigación
científica está dejando de ser coto vedado para las mujeres. Margarita
Salas confía en que “en un futuro no demasiado lejano la mujer alcance el
grado de implicación en el mundo profesional y en la sociedad suficiente como
para que se cuente con ella a todos los niveles y en todas las situaciones. Y no
porque haya cuotas. Soy absolutamente contraria a las cuotas para la mujer. Somos
nosotras quienes tenemos que ganarnos el lugar que nos corresponde”. Ese lugar, ella
lo ha conquistado dedicándose por completo a su profesión: “Me gustan
también otras cosas, la música, el arte… Voy a conciertos y exposiciones,
pero la investigación es el leit motiv de mi vida”, asegura. Nacida en Canero
(Asturias) en 1938, tenía 16 años cuando “la emoción de descubrir”
la llevó a Madrid para estudiar Químicas y tres más cuando en
una comida familiar conoció a Severo Ochoa, que un año después
recibiría el Premio Nobel de Medicina. Fue él quien la incitó
a realizar la tesis doctoral en Madrid y viajar a Nueva York para trabajar en su
laboratorio. Hoy, el currículum de esta experta en biología molecular
cuenta 24 páginas, y en él, además de dos doctorados honoris
causa y más de 200 estudios y publicaciones en revistas científicas,
figuran el Premio Carlos J. Finley de la UNESCO (1991), el Premio Jaime I de Investigación
(1994), el Premio a los Valores Humanos del Grupo Correo de Comunicación (1998)
y la Presidencia del Instituto de España, cargo que desempeña desde
1995. El 10 de enero pasado recibió en París, de manos del director
general de la UNESCO, Koichiro Matsuura, el premio UNESCO - L’Oréal a la mejor científica europea
de 1999, galardón al que aspiraban 34 candidatas. Otras cuatro científicas,
una por continente, recibieron el mismo premio.
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Pionera española
de la biología molecular, Margarita Salas se sitúa a contracorriente
de las posturas más alarmistas sobre los recientes descubrimientos científicos
y hace gala de un optimismo a toda prueba.
¿La investigación sobre el genoma humano debe ser de dominio público?
No podemos patentar el conocimiento básico de la secuencia. Lo que biológicamente
tenemos en nuestros organismos, incluso por ley, no es patentable. Pero las aplicaciones
derivadas de ese conocimiento de nuestros genes sí lo son. La compañía
estadounidense Celera Genomics parece que es la que va más avanzada en determinar
la secuencia total del genoma humano. Ha aparecido en la prensa que esta empresa
tiene ya toda la secuencia determinada, unos 50 millones de “trozos” de ADN,
aunque le falta encajarlos, como en un puzzle. Ellos esperan hacerlo en tres o cuatro
semanas, aunque a lo mejor no es tan fácil. Por otra parte está el
consorcio público, formado por equipos de varios países coordinados
por sus institutos nacionales de salud pública, que van más atrasados
y esperan terminar la secuenciación dentro de dos años. Pero lo están
haciendo más ordenadamente, con lo cual al terminar las secuencias sabrán
con exactitud dónde está cada una. En principio, la compañía
privada intentaba patentar las secuencias y hubo muchas voces públicas, entre
ellas las de varios científicos muy relevantes, el presidente de la Academia
Americana de Ciencias y el de la Royal Society del Reino Unido, que se alzaron en
contra de la “patentabilidad” de las secuencias de los genes. También los
presidentes Bill Clinton y Tony Blair elevaron sus protestas. Da la impresión
de que la compañía ha dado marcha atrás y de que va a hacer
públicos los resultados, pero lo que sí es patentable es el uso de
esas secuencias en procedimientos para curar determinadas enfermedades.
¿No estamos asistiendo a una mercantilización excesiva de la ciencia?
En parte sí. Se puede mercantilizar en exceso si no se ponen las debidas cortapisas.
Hay un caso interesante en relación con la clonación: un instituto
de investigación de la universidad de Wisconsin, en Estados Unidos, ha encontrado
que a partir de embriones se pueden obtener, con unas pocas divisiones, lo que se
llama las células madre, a partir de las cuales pueden diferenciarse distintos
tipos de tejidos, lo cual será muy útil para realizar transplantes.
Este trabajo de momento está financiado solamente por empresas privadas, porque
en Estados Unidos hay una ley que prohíbe financiar con dinero público
investigaciones a partir de embriones humanos. Es muy peligroso que este tipo de
trabajos estén únicamente en manos privadas, porque les será
posible patentar sus procedimientos y a la hora de hacer operaciones de transplante
habrá que pagar, y presumiblemente mucho. Si la financiación procediera
de fuentes públicas no habría ese monopolio.
Pero, ¿los Estados invierten lo suficiente en investigación básica?
No se puede generalizar. El porcentaje del pib que se dedica a la investigación
en lugares como Estados Unidos o en algunos países europeos más desarrollados
gira en torno al 2 o al 2,5%, incluso más. España es uno de los países
europeos con menos ayuda a la investigación; estamos en el 0,9%, un punto
por debajo de la media de la Unión Europea, así que nos queda mucho
camino por recorrer. Lo interesante de la financiación privada es que provenga
no sólo de las empresas, sino también de fundaciones o incluso de personas
individuales. En Estados Unidos, por ejemplo, financiar la investigación tiene
ventajas fiscales importantes, cosa que no es el caso en países como España.
Sería importante propiciar medidas fiscales para que personas individuales
financien la investigación.
¿Qué peligros puede suponer que también lo hagan las empresas
privadas?
Es peligroso si se guardan los resultados y los patentan de manera que sólo
puedan utilizarse a base de comprar las patentes.
La investigación científica es un campo altamente competitivo, ¿esa
competitividad excluye toda solidaridad? ¿Hay en la ciencia espacio para la
colaboración?
En primer lugar, el científico no trabaja ya en solitario, como ocurría
en la época de Ramón y Cajal1. Aunque hay afinidades y enemistades
naturales, el trabajo ha de hacerse en equipo sencillamente porque es imposible que
una persona aislada pueda abarcar todo lo que necesita para salir adelante internacionalmente.
En la Unión Europea, por ejemplo, se está viendo cada vez más
colaboración, porque las ayudas y la financiación se otorgan a equipos
formados por grupos de distintos países, lo que obliga a ponerse de acuerdo
con científicos de otros lugares para trabajar. Pero desde luego en el ámbito
privado, los grupos que están en las zonas más punteras de la ciencia
tratan de llegar antes que sus competidores porque están en juego grandes
intereses económicos.
¿Y en el plano Norte-Sur? ¿Los científicos hacen algo por
reducir la brecha que separa a Estados Unidos, Europa y Japón del resto de
los países?
Hay colaboraciones puntuales o grandes congresos internacionales en los que participan
investigadores del Sur, pero en general responden más a razones institucionales
que a una voluntad política de reducir distancias.
¿Por qué da miedo la clonación?
Creo que es porque se piensa en la clonación del ser humano, se cree que
los científicos se van a volver locos y van a producir seres clónicos,
o muy tontos o muy listos… todo esto es un absurdo. En primer lugar, la técnica
no está en este momento tan desarrollada como para obtener seres humanos clónicos,
aunque es evidente que mejorará hasta conseguirlo. Pero ¿qué
sentido tiene hacer individuos que sean todos iguales? Cuando hace algo más
de veinte años se planteó el tema de la fecundación in vitro
acuérdese de que la gente decía, qué horror, esto no es lo natural…
se preguntaban qué niños iban a salir de la fecundación in vitro,
si iban a salir monstruos… de todo se dijo. Hoy día la primera niña
que nació por ese procedimiento tiene ya 23 o 24 años y es perfectamente
normal, y ha habido montones de fecundaciones in vitro que han resuelto problemas
de fertilidad. ¿Ha sido bueno o malo para la humanidad?
¿Usted defiende entonces la clonación?
De nuevo hay que hacer distinciones. La clonación de humanos para dar
lugar a individuos humanos me parece rechazable y de hecho hay leyes que la prohíben.
Pero la clonación de unas pocas células humanas iniciales para dar
lugar a tejidos útiles desde el punto de vista sanitario es perfectamente
factible, como también lo es la clonación en animales con fines terapéuticos
o para producir medicinas de interés. Por ejemplo, en ciertas ovejas se implanta
un gen, lo que se llama un transgen, para dar lugar a ovejas clónicas que
producen grandes cantidades de factor IX, necesario para la coagulación de
la sangre y utilizado en el tratamiento de la hemofilia.
¿Deben ponerse límites a la investigación científica
para que no derive en usos perversos?
Los propios científicos llaman la atención para evitar que sus descubrimientos
sean utilizados en contra de la humanidad. Por otra parte, los comités de
bioética que desde hace unos diez años se multiplican en el mundo y
en los que están interesados los propios científicos, actúan
también en ese sentido. En el caso de la clonación de lo que se trata
es de obtener tejidos útiles para paliar, por ejemplo, el problema de los
transplantes y de los rechazos. Hubo una propuesta por la cual se guardarían
células del cordón umbilical de los recién nacidos para obtener
más adelante células madre que pueden derivar en tejidos. Y si en determinado
momento la persona necesita un transplante de tejido tendría ya sus propias
células. Ello evitaría el rechazo y sería por lo tanto muy positivo.
Otro avance científico que despierta grandes protestas son los organismos
genéticamente modificados, ¿cuál es su reacción?
Son temores totalmente debidos al desconocimiento. La Naturaleza se va modificando
lentamente por sí sola para adaptarse. En el laboratorio se aceleran los cambios.
Los agricultores han modificado tradicionalmente las plantas mediante cruces genéticos
para dar lugar a semillas que creciesen en suelos áridos, suelos salinos,
etc. Esto se logró con mucho trabajo y mucho tiempo, y a nadie le ha parecido
mal, pero en definitiva consiste en modificar las semillas genéticamente.
Un injerto es una modificación genética y a la gente no le da miedo…
pues bien, las plantas transgénicas son lo mismo. Entre los 50.000 o 100.000
genes que tiene una planta se introducen uno o dos distintos que la hacen resistente
a los insectos, a los virus, o a la salinidad del suelo. Se logra mediante experimentos
muy simples que pueden durar días o semanas. ¿Por qué da miedo?
Porque no se conoce lo que es. Por otra parte, en todas las plantas transgénicas
fabricadas hasta la fecha se han realizado controles antes de lanzarlas al mercado.
Me parece bien que los alimentos que deriven de plantas transgénicas estén
correctamente etiquetados, para que el consumidor elija. Comer productos procedentes
de plantas transgénicas no supone ningún tipo de peligro; yo no tendría
ningún problema en comerlos.
¿Cuál es el interés concreto que tienen los organismos transgénicos?
Las plantas transgénicas no pueden ser más que ventajosas para la humanidad.
El otro día leí que hay un arroz transgénico que produce 35%
más de cosecha…está clara su importancia para países que están
padeciendo hambrunas. Es cierto que esas semillas están patentadas, pero a
la larga las patentes entran en el dominio público y las semillas se abaratan.
Hace poco nos visitó Norman Borlaug, un ingeniero agrónomo que en 1970
obtuvo el premio Nobel de la Paz por sus trabajos en relación con la adaptación
de cultivos a suelos áridos. El, que aunque es estadounidense vivió
mucho tiempo en México, está absolutamente a favor de las plantas transgénicas;
le parece absurdo todo el movimiento en contra después del trabajo que a él
le costó conseguir plantas que germinasen en suelos áridos.
Parece que usted confía mucho en la bondad intrínseca de los científicos…
Es que la ciencia en general va por el buen camino, el de beneficiar a la humanidad
y no por el de la perversidad. Las nuevas tecnologías de clonación
o transplante de tejidos se hacen por el bien del hombre. No hay motivo de asustarse,
al contrario.
¿Qué pueden hacer los científicos para difundir este mensaje?
Creo que hay más científicos que se interesan por cuestiones humanísticas
que al revés, porque los humanistas piensan que la ciencia va a ser muy difícil
de entender. Precisamente en el Instituto de España, que yo presido y engloba
a las ocho academias nacionales, una de las actividades que tenemos son ciclos de
conferencias en las que de un modo riguroso pero simple un científico habla
de física, matemáticas o genética de manera divulgativa, con
un lenguaje asequible al público. Lo que hay que hacer es más divulgación
seria. Ello supone un esfuerzo extra para el científico, pero debería
ser una obligación.
¿Cuáles cree que serán los campos de investigación
prioritarios en este siglo?
Yo creo que uno de los importantes es el cerebro. Es la clave más importante
que queda por descubrir; por qué pensamos, por qué hablamos, cuáles
son los mecanismos moleculares de nuestro pensamiento… hay mucha gente trabajando
en ello. Por otra parte, como ha dicho John Maddox, que fue editor de la revista
Nature durante muchos años, la capacidad intelectual del hombre es tan grande
que en algún momento no va a quedar nada por descubrir.
¿Y entonces no nos aburriremos?
Lo que ocurre es que ni usted ni yo lo vamos a ver. Un ejemplo: la fase de secuenciación
del genoma humano de la que acabamos de hablar se conoce como “el final del principio”.
Una cosa es tener la secuencia y otra es saber para qué vale y qué
función tiene cada uno de nuestros 100.000 genes. Se calcula que harán
falta unos cien años para ello, así que no creo que tengamos tiempo
de aburrirnos.
Usted lleva treinta años trabajando con el fago Phi-29, ¿puede explicar
qué es?
Es un virus que infecta al Bacillus subtilis, una bacteria no patógena bastante
utilizada en biotecnología. Cuando el virus infecta a esta bacteria la destruye,
pero no produce problemas en otros organismos. El Phi-29 es simple y fácil
de manipular; tiene sólo veinte genes, en comparación con los 100.000
que posee el genoma humano. Sin embargo, el mecanismo de control de este virus es
bastante sofisticado, lo que hace de él un sistema modelo. Por lo tanto, lo
que nosotros estudiamos en él es extrapolable a otros sistemas de virus animales
o de organismos más complejos. La proteína que hemos estudiado en este
virus existe de modo similar en otros virus que no son inocuos, que son “malos”,
por decirlo así, y causan enfermedades, como el de la poliomelitis, el de
la hepatitis B, o el de la hepatitis C.
¿Cuál es el logro profesional del que está más satisfecha?
En realidad hay dos. Uno muy personal, cuando estaba trabajando en el laboratorio
de Severo Ochoa descubrí dos proteínas que no se conocían hasta
entonces que eran necesarias para comenzar la síntesis de proteínas.
Fue muy importante y me produjo gran satisfacción, porque además estaba
empezando y trabajaba sola. Mi segunda satisfacción se produjo ya en España
y fue un descubrimiento en equipo: otra proteína que está unida al
ácido nucleico del virus con el que trabajamos y demostramos que es necesaria
para iniciar la replicación del adn viral. Por decirlo así, en mi vida
científica he descubierto proteínas para iniciar la síntesis
de proteínas y otra que se requiere para iniciar la replicación.
¿Y su mayor decepción?
Un científico no puede esperar éxitos todos los días. Siempre
se producen decepciones a lo largo de la vida científica. Hay veces en que
los experimentos no salen, o uno se mete en un callejón sin salida y tiene
que cambiar de rumbo, pero son pequeños tropiezos, nada grave. Yo creo que
nunca he tenido una gran decepción. Además, soy optimista.
¿Puede decirse que hay una manera femenina y otra masculina de investigar?
En más de veinte años de docencia he tenido estudiantes de doctorado
y de postdoctorado hombres y mujeres y no creo que haya una característica
que los distinga. Sin embargo, la mujer quizá siempre ha sido menos agresiva,
más paciente, mientras que el hombre trataba de llegar antes a las cosas.
En este momento la mujer empieza a tener una educación que le permite pensar
en que no debe quedarse detrás del hombre, ni ser más paciente que
él. Fuera de este matiz no creo que haya diferencias.
¿Qué le diría a una alumna que quisiera dedicarse a la investigación
científica?
El consejo sería el mismo para una chica o para un varón y es que si
realmente le gusta la investigación científica debe pensar en que tendrá
que dedicarse a ello al cien por cien. No hay medias tintas. O te dedicas de lleno
o no te dedicas. Si realmente se está dispuesto a dedicar todo su tiempo a
la investigación, entonces adelante. Y ya digo que esto es para toda la vida.
1. Santiago Ramón
y Cajal. Neurólogo español (1852-1934). Premio Nobel de fisiología
y medicina en 1906.
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