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Un
siglo de feminismo no ha borrado milenios de patriarcado como comprueban día
tras día muchas mujeres del mundo (p. 17). Pero con luchas
encarnizadas y frágiles conquistas (p. 18-20), las mujeres
de este fin de siglo han aprendido a defender su bienestar y sus intereses. Hay dos
sexos, afirman, diferentes pero iguales en derechos y deberes.
Poco a poco, las mujeres socavan los cimientos de un sistema obsoleto. Por haber
participado en la lucha contra el apartheid y el predominio masculino, las sudafricanas
constituyen un modelo: el poder que así han conquistado les permite, entre
otras cosas, imponer leyes que sancionan los actos de violencia que se cometen contra
ellas (p.
20-21).
Aunque les queda mucho camino por recorrer, las iraníes no desaprovechan
ninguna oportunidad, como el acceso a la educación o el derecho de voto, para
fortalecer su autonomía. La lucha por la igualdad laboral (p.23-24) y el control
de la fecundidad (p.
24-25)
son otros factores clave de la emancipación femenina.
Pese a su movilización masiva y mundial, las mujeres tropiezan aún
con escollos que obstaculizan su conquista del ámbito político, en
el que siguen siendo minoritarias (p.28-29 y 30-31). Frenadas
por sociedades que cambian lentamente, han emprendido un difícil combate:
para asumir responsabilidades públicas tratan de negociar con los hombres
una nueva repartición del tiempo en la esfera privada (p.26-27). Siguiendo
el ejemplo del norte de Europa, países como la India (32-33) obtienen
para las mujeres cuotas que garantizan una mejor representación democrática.
En Corea del Sur y en otros lugares lanzan verdaderas “escuelas” electorales para
motivar y formar a las futuras candidatas (p. 34-35).
Al parecer la clase política mundial ha empezado a renovarse. Ello será
sin duda una de las grandes revoluciones del siglo.
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