
Día de la Mujer, 8 de marzo de 1914: cartel reclamando el voto femenino en
Munich, Alemania.
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Las lecciones de
Beijing
Cinco años después de la histórica
conferencia mundial sobre las mujeres que reunió en Beijing a 30.000 participantes
de 189 países, la Asamblea General de las Naciones Unidas celebrará,
del 5 al 9 de junio de 2000 en Nueva York, una sesión especial dedicada a
evaluar el cumplimiento de los compromisos alcanzados en 1995. Bautizada “Mujeres
2000: igualdad de género, desarrollo y paz para el siglo xxi”, la reunión
examinará los que fueron temas prioritarios de la Plataforma de Acción
de Beijing, entre los que figuraban la seguridad de las mujeres, su acceso a servicios
educativos y sanitarios de calidad, su participación en la vida política
y económica y la promoción de sus derechos humanos.
Por otra parte, la Federación de Mujeres de Quebec lanzó el 8 de marzo
pasado la idea de organizar una Marcha Mundial de las Mujeres contra la Violencia.
Cerca de 4.000 asociaciones de 153 países preparan actualmente diversas manifestaciones
en ese sentido, entre ellas una reunión masiva ante la sede neoyorquina de
las Naciones Unidas el 17 de octubre de 2000, Día Internacional para la Eliminación
de la Pobreza.

www.un.org/
womenwatch/daw (sitio
de las Naciones Unidas sobre las Mujeres)
www.ffq.qc.ca (sitio de la Federación
de Mujeres de Quebec)
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Dudé mucho tiempo antes
de escribir un libro sobre la mujer. Es un tema irritante, sobre todo para las mujeres.
Simone
de Beauvoir,
escritora francesa (1908-1986)
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A lo largo del siglo XX las mujeres batallaron por sus derechos. Su combate
ha cobrado una dimensión mundial y avanza en todos los frentes.
A
menudo se oye decir que el siglo XXI será el de las mujeres
dada la rapidez con que ha cambiado su condición en los últimos decenios.
Aunque todavía es demasiado pronto para confirmar esta predicción,
podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el siglo XX ha sido el del combate de las
mujeres para salir del hogar, donde la ancestral división sexual de los papeles
las había relegado. En todas partes ese combate ha sido jalonado por sus luchas
para adquirir los derechos de que estaban privadas y para construir –con los hombres–
el porvenir del planeta.
Es cierto que en la Historia ya se habían registrado batallas semejantes,
aunque su versión oficial haya optado por ocultarlas. Pero las breves rebeliones
de esta “minoría” singular, que cuenta en sus filas a más de la mitad
de la humanidad, no cambiaron en ninguna parte el papel que se asignaba a las mujeres
en el seno de las sociedades en que vivían. Podían reinar sobre el
hogar, ser objeto a veces de miramientos no desdeñables, pero lo cierto es
que seguían naciendo para servir a los hombres y engendrar la descendencia
de sus esposos.
Contra
todas las formas de opresión
En el siglo
XX, en cambio, la repartición
de los papeles, pese a parecer inmutable y legitimada por los dioses o por un orden
“natural” igualmente forzoso, empezó a tambalearse como consecuencia a la
vez de la modernización y de la pugna de las mujeres por su emancipación
colectiva. Estas libraron numerosas batallas para obtener progresivamente, a punta
de conquistas y repliegues, una modificación de su situación que dista
mucho de haber concluido.
Su primer combate del siglo es el de la educación. De Francia, donde la primera
bachiller egresó del liceo en 1861, al Japón, donde la primera universidad
femenina fue fundada en 1900, a Egipto, país en el que las niñas tuvieron
acceso a la educación secundaria desde 1900, o a Túnez, donde la primera
escuela de niñas abrió sus puertas ese mismo año, las mujeres
que podían hacerlo penetraron por la brecha que la instrucción entreabría
para ellas. No sólo para llevar mejor el hogar y educar bien a sus hijos,
como sugerían los discursos de la época, sino para hacer algo distinto
de lo que siempre habían hecho, para invadir el espacio público y tener
acceso a las esferas del ejercicio de la ciudadanía y de la política
que les estaban vedadas.
A lo largo de todo el siglo XX, las mujeres presentaron la
batalla en dos frentes, batiéndose por obtener el reconocimiento de sus derechos
y participando en los grandes movimientos de emancipación política
y social que lo jalonaron. Convencidas del poder liberador de estos últimos,
reanudaron sus combates específicos cuando los nuevos amos de sus países
las mandaron de vuelta al hogar. De la bolchevique rusa Alexandra Kollontai, primera
mujer que formó parte de un gobierno en 1917, a la estadounidense de color
Rosa Parks, que se negó en 1955 a ceder su asiento a un blanco en un autobús
de Alabama y desencadenó así el movimiento en pro de los derechos cívicos,
o a Djamila Boupacha, heroína de la guerra de independencia de Argelia, las
mujeres intervinieron en todas las luchas que aspiraban a poner término a
todas las opresiones, entre otras la suya. Sin embargo, su íntima participación
en las revoluciones rara vez fue recompensada, y fue al salir al frente por sus propios
derechos como obtuvieron sus mayores victorias.
El
derecho de voto
Los primeros
movimientos feministas, que surgieron en Occidente desde fines del siglo XIX,
concentraron sus acciones en los ámbitos del trabajo y de los derechos cívicos.
La industria necesitaba mano de obra femenina a la que pagaba una remuneración
inferior a la de sus homólogos masculinos. A trabajo igual, salario igual,
reivindicaban las obreras estadounidenses y europeas que empezaron a crear sus propios
sindicatos y a multiplicar las huelgas. Aunque los progresos sean innegables, sabemos
que, tras más de un siglo de batallas, la mayor parte de las mujeres del planeta
no han conseguido aún la igualdad de remuneraciones.
La segunda consigna de las pioneras del siglo versa sobre la participación
en la vida cívica, que presupone en primer lugar la obtención del derecho
de voto. Conseguirlo significó una larga lucha. A veces fue violenta, como
la de las sufragistas británicas que salieron a la calle para tratar de arrebatarlo
o de las chinas que invadieron en 1912 el flamante Parlamento para reclamarlo. Enconadas
en todas partes, las resistencias del mundo político cedieron gradualmente
ante la determinación de los movimientos de mujeres.
Fue en los países escandinavos donde primero, desde 1906 en Finlandia, pasaron
a ser electoras y elegibles. Como la Primera Guerra Mundial las hizo salir a la palestra,
la mayoría de las europeas obtuvieron el derecho de voto en 1918 y 1919. Las
francesas e italianas tuvieron que esperar la conclusión de la Segunda para
ser por fin ciudadanas. Fuera de Occidente, las mujeres también se organizaron
para reclamar derechos. En Turquía, en Egipto, en la India, surgieron asociaciones
femeninas. El primer congreso de mujeres de Oriente se reunió en 1930 en Damasco
para reivindicar la igualdad. Durante ese periodo hay mujeres que proclaman en todas
partes que, fuera de la maternidad, quieren “ser hombres como los demás” y
que los verdaderos hombres no podrían negarles tal derecho.
Un
desfase entre la realidad y las leyes
La Segunda
Guerra Mundial y las luchas de liberación del Tercer Mundo relegaron durante
cierto tiempo sus combates específicos a un segundo plano. El lema era luchar
contra el fascismo, contra el colonialismo, y ello movilizaba todas las energías.
Hubo mujeres que se distinguieron en esos empeños, pero ello no bastó
para que se reconocieran los derechos de su sexo. Sin embargo, el mundo siguió
avanzando. Con las independencias, numerosas mujeres del Sur tuvieron acceso a la
escuela, al trabajo asalariado y algunas, excepcionalmente, al mundo hermético
de la política. En los países occidentales, durante la postguerra,
invadieron masivamente el mercado del trabajo. Se produjo un desfase cada vez más
pronunciado entre la realidad y las leyes discriminatorias defendidas por poderes
exclusivamente masculinos.
Pero, como un gaje de la modernidad, es una vez más en Occidente donde nació,
siguiendo las huellas del movimiento libertario de 1968, la segunda generación
del feminismo. Tomando el relevo de sus mayores, ésta amplió sus reivindicaciones.
Pues las feministas de este fin de siglo ya no aspiraban a ser “hombres como los
demás”. Oponiéndose a la pretensión del “macho blanco” de representar
lo universal, su ambición era llegar a ser iguales, pero sin dejar de ser
mujeres. Nacido en la clase media estadounidense, el Movimiento de Liberación
de la Mujer (Women’s Lib) quiso devolverles el dominio de su cuerpo. Se inició
la lucha por el derecho a la anticoncepción y al aborto en los numerosos países
en que uno y otro estaban prohibidos, a la autonomía, a la igualdad dentro
de la pareja. “Lo privado es político” afirmaban las mujeres partidarias del
marxismo y del psicoanálisis. “Trabajadores del mundo ¿quién
lava vuestros calcetines?”, clamaban las manifestantes de los años setenta
en las calles de París. En Francia la ley Veil que autorizó el aborto
desencadenó un acalorada polémica en 1974.
Aunque provocaron la hostilidad de numerosas mujeres del Tercer Mundo, que no se
reconocían en los combates de las “occidentales” y querían librar sus
propias luchas a su ritmo, los movimientos feministas dieron sin embargo un nuevo
impulso a las luchas de las mujeres en el mundo. Tomando nota de esa evolución
y proclamando su intención de acelerarla, las Naciones Unidas declararon 1975
año de la mujer y organizaron en México la primera conferencia internacional
dedicada a ellas.
Proclamada ya en la Declaración Universal de Derechos Humanos, la igualdad
de los sexos fue confirmada por la Convención Internacional de 1979 sobre
Abolición de todas las Formas de Discriminación respecto de la Mujer.
Gracias a las conferencias organizadas por las Naciones Unidas en Copenhague en 1980,
Nairobi en 1985 y Beijing en 1995, las mujeres del Norte y del Sur lograron ponerse
de acuerdo para reclamar “un hijo si quiero, cuando quiero”, rechazando tanto las
exhortaciones de los natalistas como de los maltusianos, para reivindicar un lugar
en las instancias políticas que decidían sin ellas sobre el porvenir
del mundo y para luchar contra la regresión religiosa que amenazaba sus modestas
conquistas.
Cauces
distintos de una misma lucha
El combate
de las kuwaitíes a las que se niega el derecho de voto o el de las indias
contra el infanticidio de las niñas in utero no puede ser el mismo que el
de las estadounidenses contra sus fundamentalistas o de las francesas contra la misoginia
de su clase política. Aunque siga cauces diferentes de un continente a otro
y no tenga necesariamente las mismas prioridades, lo cierto es que la lucha de las
mujeres se ha tornado mundial en los últimos años. Desde hace un cuarto
de siglo, su presencia ha aumentado en los espacios públicos, pero su acceso
aún no se les ha abierto de manera franca. De Africa a Asia, sus organizaciones
se han multiplicado y adquirido experiencia.
Pero sus victorias siguen siendo incompletas y el porvenir es incierto. De la pesadilla
de las mujeres afganas a las resistencias a la igualdad que se manifiestan en los
llamados países más avanzados, los obstáculos con que tropiezan
indican el camino que les queda por recorrer. ¿Llegarán al término
de éste en el siglo que se inicia y que se supone es el suyo?
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