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Sudáfrica: victorias incompletas

Shireen Hassim, catedrática de Ciencias Políticas en la Universidad de Witwaterstrand, Sudáfrica; miembro del grupo “Dimensión sexual y elecciones” coordinado por el Instituto Electoral de Sudáfrica; forma parte también del Consejo Consultivo de Womensnet (www.womensnet.org).
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Durante una manifestación del partido del Congreso Nacional Africano, la víspera de las elecciones de 1994.











Me hice feminista para no volverme masoquista.

Sally Kempton,
periodista estadounidense (1943- )

Desde el término del apartheid, las sudafricanas han logrado imponer reformas esenciales. Sin embargo, obstáculos políticos y resabios tradicionalistas frenan su aplicación.

Tras las segundas elecciones democráticas realizadas en Sudáfrica, en junio de 1999, el nuevo presidente, Thabo Mbeki, designó a ocho mujeres en puestos ministeriales, o sea dos veces más que el gobierno precedente. En un continente en el que con frecuencia las mujeres son consideradas ciudadanas de segundo orden, el país puede exhibir resultados significativos: ocupa el séptimo lugar en el mundo en cuanto a representación femenina en el Parlamento (25%) y la igualdad entre los sexos es uno de los valores clave del gobierno del A
NC (Congreso Nacional Africano) y de la Constitución sudafricana.
Además de contar con el apoyo moral de responsables políticos como el ex presidente Nelson Mandela o de su compañero de lucha Oliver Tambo (fallecido en 1993), las mujeres deben sus progresos a un compromiso del A
NC que se concretó mucho antes de su victoria electoral en 1994. Desde el anuncio de la transición hacia la democracia, a comienzos de los años noventa, se hizo hincapié en los problemas de representación femenina.
En 1991, las militantes del A
NC exigieron una cuota de cargos en el Comité Ejecutivo Nacional, sin resultado. Pero, en 1994, el ANC fue el único partido que fijó a las mujeres una cuota de 30% en sus listas electorales. Luego, cuando el ANC elaboró su programa de reconstrucción y desarrollo, espina dorsal de su manifiesto electoral, grupos de mujeres ejercieron una fuerte presión para que tuviera en cuenta sus preocupaciones en materia de empleo, salud y propiedad de la tierra.
Esas reivindicaciones fueron respaldadas por un poderoso movimiento popular que abogaba por que Sudáfrica se convirtiera en una democracia no racista, pero también no sexista. En 1992, mujeres de las más diversas extracciones fundaron un movimiento, la Coalición Nacional, para que la paridad figurara en los programas de todos los partidos y para impulsar a sus congéneres a votar.

La unión hace la fuerza
En el gobierno, las mujeres ejercieron su influencia en el momento de la redacción de la Constitución, adoptada en 1996. Su tarea no siempre fue fácil. Cuando exigieron una cláusula sobre la igualdad, tropezaron con la oposición de varios dirigentes tradicionalistas, algunos de ellos miembros del ANC, que estimaban que esa reivindicación era incompatible con la preservación de las costumbres.
La presión ejercida por diputadas como Mavivi Manzini, Baleka Mbete o Thenjiwe Mtintso venció a esos detractores. Gracias a ellas se incluyeron disposiciones sobre los derechos socioeconómicos y los derechos relativos a la procreación.
La mayor parte de las mujeres que entraron en el Parlamento en 1994 estaban empeñadas en hacer progresar la causa de las sudafricanas. Ello fue motivo de inevitables tensiones cuando sus posturas diferían de las de su partido. Diversas vías les permitieron sin embargo superar ese conflicto. La Comisión Mixta para el Mejoramiento de la Calidad de Vida y la Condición de las Mujeres resultó ser la estructura más adecuada para promover sus derechos.
Esta comisión parlamentaria, que agrupa a mujeres de todas las tendencias políticas y está en contacto permanente con organizaciones femeninas, desempeñó un papel esencial al someter proyectos de ley ciñéndose a un procedimiento acelerado. Lo más probable es que sin ella una serie de textos sobre los derechos de la mujer jamás se hubieran aprobado. Ente ellos figuran la ley sobre interrupción del embarazo, que amplía y mejora notablemente las condiciones en las que las mujeres pueden recurrir al aborto; la ley de 1998 que mejora los derechos de las madres a obtener ayuda del padre de sus hijos; una ley que garantiza a las mujeres embarazadas y a los niños menores de seis años acceso gratuito a la atención médica; y la ley de 1998 sobre violencia doméstica.
Esos progresos son encomiables. No obstante, la presencia importante de mujeres en el gobierno no ha logrado impedir la reducción de los gastos en servicios sociales ni el aumento de los de armamento, aunque la subsecretaría de Defensa la desempeñe una mujer. Asimismo, la ministra de Salud, Manto Tshabalala, que milita desde hace muchos años por la igualdad de los sexos, no ha apoyado a las organizaciones femeninas que reclaman que el azt, tratamiento administrado a los seropositivos, se proporcione gratuitamente a las mujeres embarazadas o víctimas de violaciones.
1 El gobierno estima que ello excede sus posibilidades presupuestarias, posición combatida por las mujeres miembros del ANC e incluso por la oposición.

De la teoría a la práctica
Durante la campaña electoral de 1999 ningún partido impugnó el principio de una fuerte representación política de las mujeres. Se hizo hincapié en problemas como la violencia contra éstas, el desempleo, la vivienda o la salud. La radio y la televisión nacionales asignaron tiempo de transmisión a los diversos partidos para que expusieran sus puntos de vista sobre esos temas.
Las militantes subrayan que, pese a su compromiso formal en favor de la igualdad de los sexos, la posición de los partidos sigue siendo vaga frente a los principales temas de connotación sexual. Así, ningún partido tiene un programa preciso frente a la violencia que sufren las mujeres, pese a que Sudáfrica es uno de los países del mundo donde se cometen más violaciones.
Esta última campaña electoral demostró la necesidad de que las mujeres consoliden su organización y ocupen posiciones de alto nivel en los partidos. Las diputadas tendrían así peso político para lograr la aprobación de textos y obtener que en el seno de los partidos se instauren mecanismos que los obliguen a rendir cuenta de los progresos alcanzados.
Para Joyce Piliso-Seroke, presidenta de la Comisión sobre Igualdad de los Sexos, queda mucho por hacer: “El gobierno habla mucho de igualdad de los sexos sin aplicarla. Las leyes sobre la violencia doméstica o las pensiones a las que tienen derecho las mujeres separadas no serán más que palabras mientras no existan infraestructuras que garanticen su aplicación.”



1. Está demostrado que el azt disminuye los riesgos de transmisión del virus del sida entre la madre y el feto.