
Muchachas iraníes se disponen a votar durante la primera vuelta de las elecciones
legislativas, el 18 de febrero de 2000.
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Sin una evolución femenina
previa, no es posible emprender nada que pueda desarrollar un país.
Habib
Burguiba,
primer presidente de Túnez (1901-2000)
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Pese a la revolución
islámica, la iraníes nunca han renunciado a defender sus derechos.
Con pañuelo o con chador, su acción es esencial en el combate por una
modernización de la sociedad.
“Iré
al Parlamento con la misma vestimenta que llevé durante mi campaña,
de abrigo y con un pañuelo en la cabeza. De ninguna manera me pondré
el chador.” Al proclamar esta intención casi “revolucionaria”, Elaheh Kulai,
una universitaria elegida diputada por Teherán en las elecciones del 18 de
febrero de 2000, desencadenó un terremoto político. Desde la instauración
de la República Islámica, en 1979, todas las mujeres que desempeñan
funciones oficiales llevan chador, ese largo paño a menudo negro que cubre
el cuerpo de la cabeza a los pies.
Marzieh Dabagh, una diputada que no fue reelegida, reaccionó ante las declaraciones
de Kulai amenazando con “dar una paliza” a todas las que se atrevieran a venir al
majlis (Parlamento) sin el chador tradicional. El hermano del guía de la revolución
islámica, Hadi Jamenei, uno de los portavoces de los reformadores, tuvo que
intervenir para calmar los ánimos afirmando que todas las formas de velo,
del simple pañuelo al chador, eran aceptables.
Este debate puede parecer irrisorio, pero es muy revelador de la afirmación
femenina en la sociedad iraní, inclusive fuera de Teherán, donde es
bastante raro ver una mujer sin chador. Hecho sin precedentes en provincias, Fatemeh
Jatami —una homónima del presidente— fue elegida diputada por Machad, en la
frontera con Afganistán, pese a que no lo usaba.
Buenas
alumnas y electoras conscientes
La obligación
de llevar el velo, símbolo del orden islámico, no ha impedido sin embargo
que las mujeres batallen por sus derechos. Al comienzo de la revolución, las
autoridades trataron de devolverlas a su casa, sobre todo mediante jubilaciones anticipadas
e incitaciones a trabajar menos. Pero pronto renunciaron a hacerlo ante la resistencia
de las mujeres (acostumbradas a un tratamiento menos duro bajo el Shah, sobre todo
entre las elites) y frente a las necesidades del país, en guerra en ese entonces
con Irak. Hoy las mujeres representan 12% de la población activa, proporción
equivalente a la de 1979, y se estima que su número irá en aumento
a medida que las nuevas generaciones de jóvenes instruidas se incorporen al
mercado de trabajo.
Pues las muchachas han logrado sacar partido de la política de alfabetización
para todos instaurada después de la revolución, especialmente en las
zonas rurales que habían quedado al margen durante el régimen anterior.
El porcentaje de escolarizadas se acerca hoy al de varones (un 80%). En la universidad
constituyen 40% del alumnado y hace dos años el número de admitidas
al concurso nacional de ingreso superó por primera vez el de varones. Este
año representaron el 58% de los aprobados. “Como casi todas las actividades
de esparcimiento están vedadas a las muchachas, éstas se concentran
en el estudio.”, explica Mehranguiz Kar, abogada y militante por los derechos de
la mujer.
Aunque las mujeres apenas están representadas en las instancias políticas,
cumplen un papel decisivo como electoras. “Su participación fue notable en
las elecciones de mayo de 1997 que permitieron la victoria del presidente Jatami”,
prosigue Kar. “El voto femenino es un voto consciente: ellas eligen deliberadamente
a los que favorecen sus derechos.” En febrero de 1999 utilizaron este poder para
hacer que unas 300 candidatas entraran en los concejos municipales, en los primeros
comicios locales organizados desde 1979. En las ciudades de provincias, más
tradicionales, esos resultados significaron una “revolución de las mentalidades”,
estima Fatemeh Jalaipur, responsable de problemas femeninos en el concejo municipal
de Teherán.
El voto femenino permitió también el triunfo de los reformadores en
las elecciones legislativas. Según responsables del ministerio del Interior,
la participación femenina en esos comicios fue superior a la de los hombres:
55% contra 45%. Pero, como destaca el periodista Said Leylaz, “esa vez no votaron
en particular por las candidatas”, aunque el número de éstas había
aumentado un 70% con respecto a las últimas elecciones legislativas. Por consiguiente,
el nuevo Parlamento, como el precedente, cuenta sólo con unas quince diputadas
(de un total de 290), pero las recientemente elegidas son moderadas y no conservadoras.
Si bien las mujeres tienen que conformarse todavía con un papel secundario
en el escenario político, ocupan cada vez más cargos de alto nivel
en la administración pública. Desde su ascenso al poder, el presidente
Jatami pidió a sus ministros que nombraran mujeres a la cabeza de diversas
direcciones ministeriales. Y su hermano, Mohammad Reza Jatami, que dirige el Frente
de Participación del Irán Islámico declaró tras la victoria
de este movimiento en las últimas elecciones: “Somos partidarios de la incorporación
de las mujeres al gobierno.”
Estos importantes logros de las iraníes son en parte fruto de su propia movilización.
Después del término de la guerra con Irak, fueron muchas las que organizaron
actividades de todo tipo en el seno de asociaciones religiosas alentadas a menudo
por las autoridades. Desde 1997 participaron en el proceso de liberalización
iniciado por el presidente Mohammad Jatami y crearon ong más independientes,
pese a la resistencia de los conservadores, que controlaban la comisión encargada
de dar las autorizaciones. Hoy la estructura social descansa en parte en las mujeres.
“En Teherán, son ellas quienes impulsan cientos de asociaciones de barrio
(de socorros mutuos, de protección del medio ambiente, etc.)”, afirma Jalaipur.
Asimismo, el número de muchachas en los consejos estudiantiles no ha cesado
de aumentar. Y, según Kar, más de cuarenta editoriales tienen una dirección
femenina, publican esencialmente libros que conciernen a las mujeres o son escritos
por ellas.
La prensa cumplió también un papel decisivo. Desde 1990 las intelectuales
musulmanas fundaron la publicación mensual Zanan (“Mujeres” en parsi), en
la que abogan por una revisión de su condición jurídica y por
un islam más moderno. Piden que las mujeres tengan los mismos derechos que
los varones en materia de herencia (según la charia, sólo les corresponde
la mitad de la cuota de los hombres), de divorcio (pueden ser repudiadas arbitrariamente)
y de la custodia de los niños (de la que se ven privadas en caso de divorcio
cuando las hijas tiene más de siete años y los hijos más de
dos). Esta condición inicua apenas ha mejorado en los últimos años,
pero una iraní puede exigir ahora que en el contrato de matrimonio se le reconozca
el derecho a pedir el divorcio.
Un
problema de interpretación
Muy leída
por la juventud, Zanan tiene una tirada de 30.000 ejemplares, una de las más
elevadas del país. Sin embargo, en cuanto al problema de la igualdad de los
sexos, lo que predomina, como en otros sitios, es el debate en torno a la interpretación
de las reglas islámicas, cosa que limita el alcance del movimiento femenino.
“Las partidarias del laicismo aún no pueden organizarse como tales’, precisa
Kar. Han expresado su punto de vista en ong como la Asociación de Mujeres
Periodistas y en la prensa femenina —en Zanan o en el diario Zan, antes de su clausura
hace menos de un año.
“Vamos a obtener la aprobación de nuevas leyes en favor de la igualdad entre
los sexos”, proclamó Kulai después de su elección. Esta actitud
decidida provocará sin duda la ira de los conservadores que ven en “el relajo
de las costumbres” la señal de su derrota política.
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