
Una mujer amamanta a su hijo durante una reunión política en Tokoza,
Sudáfrica.
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Que alguien diga: “Estoy a
favor de la igualdad de salarios” es una reforma. Pero que diga: “Soy feminista”
es… una transformación de la sociedad.
Gloria
Steinem,
escritora estadounidense (1934- )
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Las mujeres han invadido
la esfera pública, pero siguen enfrentando solas la organización de
la vida privada. Es preciso negociar una nueva repartición del tiempo en aras
de una verdadera democracia.
En
los albores del siglo XXI decir que la humanidad se compone
de dos sexos y no de uno solo es desde luego un lugar común. Este descubrimiento,
valioso legado del siglo XX, ha derribado el muro de la
intolerancia hacia todo lo referente a la mujer. En el presente siglo, uno de los
grandes desafíos democráticos para las sociedades consistirá
en madurar, a fin de que ambos sexos, diferentes, herederos de historias y culturas
diversas pero equivalentes en derechos y deberes, actúen en igualdad de condiciones.
El acceso de las mujeres al poder, su presencia y su acción en la vida política
son signos vitales de democracia. ¡Ojalá que esta definición
de democracia, formulada en la Conferencia Mundial de Beijing en 1995, se imponga
en todo el mundo! A eso llamo yo radicalización de la democracia. Cuando las
mujeres participan en la vida política, en ese esfuerzo colectivo permanente
que apunta a definir los parámetros de una mejor coexistencia humana, la sociedad
experimenta un salto cualitativo. Se llena un vacío que hasta ahora impedía
una verdadera práctica democrática.
Cambiar
mentalidades
Que la adopción
de decisiones se comparta entre hombres y mujeres en pie de igualdad es una exigencia
mínima sin la cual no hay democracia. En Brasil, las mujeres ocupan más
de 50% de los puestos de la función pública –para los cuales están
mejor calificadas que sus colegas de sexo masculino–, pero sólo desempeñan
13% de los cargos de responsabilidad. Las líneas ultramodernas de la arquitectura
de Brasilia contrastan con la persistencia de un oscurantismo que remite, en los
planos intelectual y afectivo, al siglo xix y cierra el paso a la toma del poder
por las mujeres.
Pero las mentalidades no son el único obstáculo a las ambiciones femeninas.
La estructura de la sociedad y la forma en que se organiza la vida diaria de hombres
y mujeres son también factores disuasivos.
El Banco Interamericano de Desarrollo tuvo la buena idea de encargar al Instituto
de Acción Cultural, una ong de Río de Janeiro, la realización
de un experimento piloto de formación de las mujeres para la toma y el ejercicio
del poder político y social (experimento que después debía extenderse
a todo el continente). Participaron responsables sindicales, miembros de profesiones
liberales, agricultoras, dirigentes indígenas o de color, empresarias, alcaldesas,
parlamentarias. Entre esas mujeres de edad, formación o etnia diferentes se
impuso la siguiente convicción: era indispensable revisar los términos
de un contrato social que se negoció cuando las mujeres se encontraban en
situación de debilidad y que están pagando sumamente caro.
Un
profundo sentimiento de injusticia
En Brasil,
las mujeres representan 46% de la población activa y poseen 51% de la totalidad
de los diplomas, pero siguen asumiendo prácticamente solas las responsabilidades
de la esfera privada. Las 300 mujeres en cargos de dirección entrenadas por
el CELIM (Centro de Liderazgo de la
Mujer) aluden todas a la vulnerabilidad de su situación, a su tentación
de abandonar sus puestos y a dimitir frente a las dificultades crecientes con que
tropiezan. Esos problemas ilustran la urgente necesidad de proceder a una reestructuración
del tiempo, distribuyendo mejor las responsabilidades y revisando las fronteras existentes
entre la vida pública y la privada. Hay que reconocer que las actividades
de la esfera privada devoran mucho tiempo, que su valor social y económico
es indiscutible y que, al asumirlas, las mujeres se ven obligadas a renunciar a muchas
de sus ambiciones.
La mujer dirigente tiene que convencer constantemente de que puede desenvolverse
en todo momento como un hombre. Calla el hecho de que atiende a sus hijos, se ocupa
del hogar y cuida a sus padres. Hablar de ello significaría reconocer que
tiene “fallas” que no se dan en un varón por la sencilla razón de que
éste delega ese tipo de responsabilidades en su propia mujer. Al guardar silencio
sobre su vida privada como si fuera algo ilícito, las mujeres contribuyen
a ocultar un hecho fundamental, a saber que el mundo del trabajo se estructura a
partir de una esfera privada de la que ellas son responsables. Ahora bien, las mujeres
han cambiado pero no ha ocurrido otro tanto con el mundo laboral. Hoy día
llegan casi al límite del agotamiento, experimentan un profundo sentimiento
de injusticia y se preguntan: “¿cuál fue el error que cometí?”
Entender que la humanidad se compone de dos sexos, iguales en derechos y al mismo
tiempo diferentes, no deja de tener consecuencias. La sociedad debe volver a definirse
a partir del reconocimiento de que se han incorporado al espacio público personas
que llevan a los hijos en su seno y que los amamantan, que tienen una sensibilidad
y un lenguaje que les son propios, fruto de una experiencia diferente de la masculina.
Construir
un nuevo equilibrio
La articulación
de la esfera pública y de la vida privada es compleja, pero ello no quiere
decir que la ecuación sea imposible, ni que haya que ignorar los problemas
que plantea. Hacerlo resulta tanto más difícil cuanto que ambos mundos,
público y privado, están imbricados y se apoyan uno a otro. Hoy el
equilibrio se ha roto. Las mujeres han invadido la esfera pública, pero la
organización de la vida privada, en cuanto a horarios y responsabilidades
asumidas, permanece invariable como si nada hubiera sucedido. Sin embargo, se califica
de igualitario un mundo en el que la situación de las mujeres debería
seguir siendo la misma, añadiendo simplemente a sus existencias vivencias
anteriormente reservadas a los hombres.
El equívoco persiste sobre todo porque se alimenta de una desvalorización
ancestral del universo femenino, incluso de parte de las propias mujeres. Como la
sociedad no atribuye mayor importancia a lo que ellas realizan en la esfera privada,
no coloca esa dimensión de su existencia en el otro plato de la balanza.
Por ello, el gigantesco desplazamiento de las mujeres del mundo doméstico
hacia la esfera pública puede operarse sin que las sociedades se pregunten
seriamente cómo y por quién serán desempeñadas en lo
sucesivo las funciones que anteriormente esas mujeres asumían (y que siguen
asumiendo, pero ¡a qué precio!), en virtud de un contrato social que
se ha vuelto obsoleto. Este impone a las mujeres una insoportable aceleración
de las cadencias y del ritmo de vida. Se trata de un problema social que la colectividad
ha de solucionar y no, como muchos piensan, un contratiempo que corresponde a las
mujeres resolver redoblando esfuerzos y agotando aún más sus energías.
La utilización del tiempo por hombres y mujeres ha de revisarse en función
de los nuevos espacios de poder que las mujeres pueden ocupar. Esa reordenación
constituye un desafío a los estereotipos sociales. Pero esta realidad, ¿es
realmente reconocida por los decisores? No lo creo, y ello plantea un grave problema
ya que crea otro vacío en la construcción de nuestras democracias.
La labor cotidiana del CELIM lo demuestra: incumbe a las
mujeres lograr que esas cuestiones se inscriban en la agenda política y económica,
contribuyendo así a una definición de democracia más radical.
Esta nueva reivindicación del feminismo, al exigir una repartición
diferente del tiempo, abre un debate que va más allá de los intereses
de las mujeres. Pues en resumidas cuentas, en función del tiempo y de sus
imperativos se definen los límites de la vida de los individuos y se adoptan
decisiones grandes y pequeñas en nombre del sentido que cada cual atribuye
a su existencia.
La ecuación de la igualdad se ha vuelto más compleja. No basta eliminar
los vestigios de discriminación que persisten en el espacio público.
Sólo si ambos sexos asumen la responsabilidad de la esfera privada podrá
surgir una nueva definición de igualdad.
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