
12 de marzo de 2000: el proyecto de reforma del estatuto de la mujer provocó
una movilización masiva de islamistas en las calles de Casablanca.

Badia Skalli
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Es mejor ser hombre que ser
mujer, porque hasta el hombre más miserable tiene una mujer a la cual mandar.
Isabel
Allende,
escritora chilena (1942-)
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Militante socialista, durante
mucho tiempo la diputada Badia Skalli subordinó sus convicciones feministas
a su fidelidad al partido. Ahora está embarcada en una dura batalla.
Badia
Skalli nació en 1944 en El Jadida, a unos cien kilómetros al sur de
Casablanca. Tuvo la suerte de nacer en una época en la que todo tenía
sentido. En la que se luchaba por una causa. Primero fue la aspiración a la
independencia. Luego el formidable anhelo de construir un nuevo Estado libre. Es
cierto que la realidad se encargó más tarde de hacer estallar el sueño,
pero la llama inicial estaba presente.
Su primera marcha militante fue cuando tenía diez años. Al pasar una
manifestación nacionalista frente a su casa, espontáneamente se sumó
a los que marchaban. A su regreso recibió una buena paliza, pero la iniciación
se había producido.
En 1962 ingresó en la facultad de Derecho de Casablanca. La UNEM
(Unión Nacional de Estudiantes de Marruecos), el sindicato estudiantil, estaba
en su apogeo. Era la punta de lanza de la Unión Nacional de Fuerzas Populares
(UNFP, oposición de izquierda).
“Era imposible no comprometernos. Nos sentíamos fuertes. Los estudiantes constituían
la elite”, recuerda Skalli. En la Universidad las muchachas eran pocas, y las militantes
como ella, un puñado. Eran mimadas por sus compañeros que se las daban
de modernistas y resueltamente partidarios de la emancipación femenina. El
comité ejecutivo de la UNEM acogió a Skalli. Fue
su primera responsabilidad política.
Hasan II, que ascendió al trono en 1961, muy pronto anunció “el fin
del recreo”. En 1965 una revuelta de alumnos de los liceos se transformó en
un levantamiento popular y se proclamó el estado de excepción. Para
decapitar a la UNEM, todos los miembros de su comité
ejecutivo fueron enviados al servicio militar, salvo Skalli. Toleró muy mal
esta diferencia de trato debida a su sexo. “¡Soñaba con un camión
militar que me embarcaba y me llevaba con mis compañeros!”
Atrapó el virus de la política en esos años de militancia. Pero
con el estado de excepción, las actividades de la UNFP –a la que adhirió– entraron
en la clandestinidad. Se inició así un periodo sombrío para
Marruecos. Los militantes del partido brindaban compañía y apoyo a
las familias de los presos políticos. Fue la época en que Skalli se
casó. Tres años más tarde un accidente de automóvil le
arrebató a su esposo.
Pero en 1974 la llamada de la política fue más fuerte que todo. Al
año siguiente la UNFP se transformó y Skalli
se sumó a los partidarios de la “opción democrática” para crear
la Unión Socialista de Fuerzas Populares (USFP). La tentación revolucionaria
fue enterrada. En lo sucesivo el combate se inscribirá en el marco institucional
definido por la ley. En 1976 Skalli fue una de las pocas candidatas del partido a
las elecciones municipales, las primeras desde el estado de excepción.
Hizo su campaña en un barrio popular donde predominaba la lengua bereber,
y conoció allí a conciudadanas al margen de todo por ser analfabetas
y no entender el árabe. Palpó entonces la realidad de la condición
de las marroquíes. Pero descubrió también la ausencia de prejuicios
de la población respecto de las mujeres que se dedicaban a la política.
Más allá del sexo, el juicio de los electores se basaba ante todo en
la pertinencia del discurso. En el partido, en cambio, se le pedía que en
la carta de presentación de su candidatura no mencionase su condición
de viuda, o sea de mujer sin marido.
Una
batalla desigual
Skalli no fue
elegida. Y lo vivió como un drama: había hecho perder un puesto al
partido. En la balanza, la cuestión de la participación política
de las mujeres no fue decisiva. Sin embargo, era ella quien dirigía la Organización
de Mujeres “USFPPeístas” fundada en 1975
con ocasión del Año Internacional de la Mujer. Empezaba a surgir una
toma de conciencia, pero las militantes planteaban aún pocas reivindicaciones.
“En comparación con los ‘históricos’ que habían luchado por
la independencia, y luego con los que habían estado presos, nos sentíamos
pequeñas y tendíamos a no hacernos notar”, explica Skalli. Se necesitó
mucho tiempo para que esta mujer, que sin embargo era una pieza clave de la USFP,
adquiriera seguridad en sí misma y se reconociera una “legitimidad”.
Tras un segundo fracaso electoral, esta vez en las elecciones legislativas, ganó
finalmente sus primeras municipales en 1983. Fueron dos las socialistas elegidas
en la misma comuna, y la dirección del partido pensó confiar a Skalli
la presidencia del concejo municipal. Esta proposición suscitó airadas
protestas. Por mucho que fueran socialistas, algunos “compañeros” se opusieron
a ella valiéndose del hadiz.1. “El pueblo que confía
sus asuntos a una mujer va derecho a la catástrofe”: ¿acaso no se atribuía
esta frase al profeta Mahoma? La dirección dio marcha atrás y nombró
para ese puesto a un varón, menos calificado y más joven. Skalli debió
conformarse con la vicepresidencia del concejo.
La experiencia concreta de compartir el poder con los hombres resultó muy
aleccionadora. “Todo sucedía al margen de las estructuras, en un ambiente
de complicidad masculina que excluía a las mujeres”, afirma la diputada. Comprobó
que las cuestiones relativas a la condición femenina encontraban escaso eco
entre los hombres y que, por ser tan poco numerosas, las mujeres políticas
libraban una batalla desigual.
Al entrar de lleno en la competición por el poder, Skalli vio cómo
el machismo reprimido hasta entonces afloraba a la superficie. Cuando la dirección
del partido decidió presentarla a las legislativas, los descontentos provocaron
un motín y empezaron a llover los ataques sexistas: “fuma”, “es viuda”, etc.
Pero en el terreno comprobó con satisfacción hasta qué punto
el sexo del candidato importaba poco a la población. Más aún,
a juicio de muchos, una mujer parecía más digna de confianza que un
hombre.
Skalli siguió escalando posiciones políticas. Su lealtad al partido
nunca flaqueó. Aunque militaba por los derechos de la mujer, el “partido estaba
antes que todo”. Hasta las elecciones legislativas de 1993. La USFPP
no quería más candidatura femenina que la suya en sus listas. Esta
vez Skalli opuso una fuerte resistencia y amenazó con retirarse si otras mujeres
no figuraban en ellas. El partido cedió.
Acontecimiento histórico en Marruecos, dos pioneras se incorporaron al Parlamento
tras los resultados del escrutinio: Badia Skalli y Latifa Bennani Smires del Istiqlal
(partido nacionalista). Dos mujeres frente a 300 hombres. Después de las elecciones
de 1997, seguían siendo dos en la Asamblea. Pero la situación política
había cambiado. Eliminada del poder durante casi cuarenta años, la
oposición de izquierda llegó al gobierno. Abderrahmán Yusufi,
secretario general de la USFP, fue nombrado Primer Ministro.
Al asumir el cargo anunció su intención de modificar la condición
jurídica de sus conciudadanas. La Secretaría de Estado encargada de
la Protección de la Familia y del Niño se abocó al estudio del
tema con la ayuda de ong femeninas.
En
posición de inferioridad
Un año
más tarde, un proyecto de integración de la mujer al desarrollo fue
presentado al Primer Ministro. Prevé una revisión de la mudawana, el
código de la familia inspirado en la sharia (ley islámica) que rige
la situación de las mujeres. Contempla entre otros aspectos suprimir la poligamia,
elevar la edad en que las muchachas pueden contraer matrimonio de 15 a 18 años
y reemplazar sistemáticamente la repudiación por el divorcio sancionado
por un juez. “Era demasiado bueno para ser cierto, pero creímos que era posible.
No esperábamos semejante revuelo”, comenta Skalli.
El primero en abrir las hostilidades contra el proyecto fue un miembro del propio
gobierno, el ministro de Asuntos Religiosos, Abdelkebir Alaui M’daghri. Los conservadores
de todas las tendencias tomaron el relevo, encabezados por los islamistas. Aprovecharon
esa oportunidad para hacer una demostración de fuerza. Se lanzaron anatemas
y los promotores del proyecto fueron tratados de malos musulmanes cuando no de ateos.
Empantanado en sus divisiones internas, el gobierno contemporizó. Era una
cuestión candente y no quería quemarse.
Al gobierno le cabe una grave responsabilidad, admite Skalli, y ha dado muestras
de una flagrante falta de valor. Ella reconoce hasta qué punto lo que está
en juego es crucial, para las mujeres y para la sociedad marroquí en su totalidad.
A su juicio, la conclusión es dolorosa. Pero ¿qué hacer cuando
se está en una posición de inferioridad?
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