
© Pascal Lafay/Editing, París
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Para la francesa Yvette
Roudy, las mujeres han de ponerse a la cabeza de un gran movimiento social para que
su fuerza se convierta en poder.
Cualesquiera
que sean los países o los regímenes, la larga marcha de las mujeres
hacia una participación paritaria en las responsabilidades políticas,
civiles y religiosas dista mucho de haber concluido.
Francia acaba de dotarse de una ley sobre la paridad para romper las resistencias
que, desde hace 50 años, bloquean el avance de las mujeres en el terreno político.
En lo sucesivo, los partidos tendrán que presentar tantas mujeres como hombres
en las elecciones municipales y, de manera más general, en todas las elecciones
basadas en la representación proporcional. La ley sólo se aplica de
manera imperfecta a las legislativas. Sea como sea, haber tenido que recurrir a una
ley es el reconocimiento de un fracaso estrepitoso de esos mismos partidos, incapaces
de responder a las exigencias de las mujeres, sin embargo ampliamente respaldadas
por la opinión pública. El cuerpo político francés, sumamente
conservador, resiste con todas sus fuerzas: un lugar para una mujer, ¿no es
uno menos para un hombre?
A esos tímidos progresos los llamo política de “pasitos cortos”: la
forma cambia, el machismo es menos virulento, pero en cuanto al fondo las mujeres
aún no son suficientemente numerosas como para hacer oír su voz. Sabemos,
gracias a la experiencia de los países nórdicos, que deben alcanzar
una representación de por lo menos 30% para formar una masa crítica.
Ahora bien, las mujeres tienen de la política una visión que les es
propia. Por sentirse mucho menos atraídas que los hombres por los hechizos
del poder, ven en éste sobre todo un medio para lograr que la situación
cambie. Alcaldesa de una ciudad de 25.000 habitantes, me doy cuenta de que tiendo
a dar más importancia a las áreas verdes que a los aparcamientos. La
habilitación de viviendas sociales puede provocar acaloradas discusiones a
fin de obtener que las cocinas, que yo veo como un lugar cordial de reunión,
den a la sala de estar. Por último, he observado en nuestros políticos
una marcada tendencia a la palabrería, mientras que nosotras organizamos nuestros
horarios aprovechando el tiempo lo mejor posible.
Casi me atrevería a decir que las mujeres no tienen el mismo punto de vista
que los varones sobre el aprovechamiento del espacio, la importancia del coche o
la relación con el tiempo. Nosotras hacemos surgir una cierta realidad no
conocida sobre la cual no se actúa políticamente porque permanece en
un ángulo muerto —está ahí, pero no se ve. ¿Es normal,
por ejemplo, que la maternidad se convierta en una desventaja en la vida?
No se puede negar que en el paisaje de la feminización hay contrastes muy
marcados: marcha desigual hacia la paridad en los países occidentales, retroceso
inquietante en otros lugares (las mujeres afganas, privadas de los derechos más
elementales, lo experimentan cruelmente). Las mujeres del Kosovo, que visité
recientemente, aún no cuentan con programas de salud pese a que las tasas
de mortalidad maternoinfantil son alarmantes.
Nada
está asegurado
De México
a Beijing, las grandes conferencias de las Naciones Unidas contribuyeron a dar visibilidad
a las mujeres. Estas necesitan leyes para defender sus derechos, e instituciones
para hacerlas aplicar. Pero el arsenal jurídico no es suficiente. Debe ir
acompañado de un movimiento social que han de encabezar las propias mujeres.
En materia de derecho de la mujer nada está asegurado y toda conquista arrebatada
por las feministas es frágil, porque el feminismo, pese a ser por antonomasia
un movimiento de transformación social, aún no es reconocido como un
hecho político.
Puesto que sus derechos fundamentales –a la educación, al trabajo, a disponer
de su cuerpo, a circular libremente, a poseer bienes– han sido reconocidos, el resto
depende de la voluntad de las mujeres. Siempre que no olviden que incumbe a las más
avanzadas tender la mano a todas las que han quedado rezagadas. En Argelia, en todos
los frentes, en su calidad de mujeres, han logrado que retrocedan los integrismos.
Sí, las mujeres son capaces de renovar la política, de humanizarla,
de erradicar de ella la violencia desde el momento en que son conscientes de la fuerza
que su unión puede representar.
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