
Capamento
gitano en Trento, Italia. |
Reducidos a una situación
marginal desde hace siglos, un gran número de gitanos de Europa son víctimas
de nuevas formas de exclusión.
Las
cifras son alarmantes. Se estima que entre 60% y 80% de los gitanos de Hungría
en edad de trabajar carecen de empleo; que más de 60% de los de Rumania viven
bajo el umbral de pobreza y que 80% de éstos carecen de toda calificación.
Se estima también que en Bulgaria 60% de los gitanos que residen en las ciudades
no tienen trabajo (situación que es mucho peor en el campo).
Se afirma que en ciertas comunidades del sur y el este de Eslovaquia, la totalidad
de los gitanos adultos carece de recursos. Al parecer en Gran Bretaña, 10%
a 20% de estas poblaciones nómadas se encuentran en la miseria más
total y 70% a 80% de los gitanos establecidos en ciertas ciudades de Francia son
beneficiarios del ingreso mínimo de inserción. ¿Qué decir
sobre el deterioro del hábitat de las familias gitanas, incapaces de hacer
frente a un mínimo de gastos de condominio y mantenimiento? ¿Cómo
no inquietarse igualmente de un estado de salud desastroso que se traduce, para una
población sumamente joven, en una esperanza de vida que en la mayoría
de los casos no supera la edad de 50 años?
Dueños
de su tiempoy de su trabajo
Así,
la distancia que separa a las diversas poblaciones de Europa de la minoría
más grande del continente aparece de manera flagrante. Pero ¿cómo
explicar semejante situación? ¿Cómo entender que, pese a intentos
reiterados de asimilación o de exclusión en el curso de los seis últimos
siglos, los gitanos se hayan mantenido globalmente aparte de los demás pueblos
y reducidos, en su mayoría, a una situación marginal? Nadie puede afirmar
que Europa haya rechazado sistemáticamente a todo grupo que penetraba en ella.
Los húngaros, entre otros, constituyen un ejemplo de pueblo nómada
de origen asiático que pudo transformarse en nación.
Tal vez no todos los gitanos procedentes de la India eran nómadas cuando llegaron
al Imperio Bizantino en los siglos XII o XIII. Pero, hasta donde podemos
saber gracias a diversos testimonios, los gitanos poseían cualidades que les
permitían insertarse en la economía de las regiones que atravesaban.
Sin ningún afán de conquista, se presentaban como artesanos, artistas,
comerciantes, trabajadores independientes dueños de su tiempo y de su trabajo,
deseosos de obtener una rentabilidad rápida debida sobre todo a un esfuerzo
puntual. Su polivalencia les permitía adaptarse a las exigencias y necesidades
de una clientela dispersa. Es probable que su forma de trabajar pareciera sorprendente
a numerosos europeos: su organización cotidiana, colocada bajo el signo de
la suerte y basada en una solicitación espontánea, tenaz y optimista
de las poblaciones visitadas, los diferenciaba de las comunidades campesinas apegadas
a un trabajo de largo aliento, según el ritmo de las estaciones. Pese a todo
ello y a las inevitables fricciones entre individuos de medios diferentes, nómadas
y campesinos podían complementarse, al ofrecer los primeros herramientas,
canastos, atención veterinaria, música o una fuerza de trabajo ocasional
a cambio de alimentos u otros bienes de los segundos.
Durante mucho tiempo los gitanos pudieron vivir de sus tradiciones económicas,
sobre todo como itinerantes, pero también como sedentarios, allí donde
tenían perspectivas de trabajo. Los ejemplos de ese tipo de inserción
son numerosos: en el Imperio Otomano o en Europa Central, donde contribuyeron a los
esfuerzos de guerra de los pueblos que buscaban la hegemonía, pero también
en la Península Ibérica, donde reemplazaron a los moros y a los judíos
expulsados a raíz de la Reconquista, antes de ser proscritos ellos mismos.
Por consiguiente, no es una falta de adaptación económica visceral,
como se cree a menudo, la que explica la exclusión multisecular de los gitanos.
Esta aparece más bien como obra de los poderes públicos que, en Europa
Occidental primero (sobre todo en España) y luego en Europa Central y Oriental,
se empeñaron durante siglos en presentar a los gitanos como una población
alógena y asocial, sin cultura propia. Entre diversas estrategias guerreras,
coercitivas e ideológicas, la imagen de los gitanos como una población
holgazana, errante y peligrosa contribuyó a fijar las representaciones colectivas
de pueblos obligados a residir en territorios circundados por fronteras debidamente
vigiladas. Cuando, sobre todo durante el siglo XIX, esas mismas poblaciones procuraron
liberarse del yugo de los poderosos, las luchas nacionales se llevaron a cabo en
beneficio de un solo pueblo mayoritario, con demasiada frecuencia caracterizado sólo
por los valores del campesinado, y ello a expensas de todos los demás componentes
de las sociedades locales, entre otros los gitanos.
No puede subestimarse el peso de un pasado semejante, ni en cuanto a la construcción
de un destino colectivo de grupos marginales (señalemos por ejemplo que los
nómadas del Imperio Austro-Húngaro fueron sedentarizados en el siglo
XVIII en calidad de “nuevos campesinos”,
pero sin recibir tierras), ni en lo tocante a la edificación de una cultura
gitana basada en la desconfianza y la resistencia a los gachós (los no gitanos).
Primero y durante mucho tiempo, colaboradores económicos y culturales de las
poblaciones europeas, los gitanos quedaron en todas partes al margen del ámbito
de la decisión política —aunque cabe preguntarse si todos deseaban
participar en ella— y fueron mirados en el mejor de los casos como auxiliares que
había que dominar y, en el peor, como un estorbo que era preciso alejar. Unos
se replegaron en sí mismos, subsistiendo de manera precaria en la periferia
del mundo gachó, otros siguieron una trayectoria aparte, controlando en lo
posible los momentos de contacto con los no gitanos.
Desconfianza
mutua
En ese proceso,
algunos de sus rasgos, como la propensión a protegerse del mundo exterior,
la tendencia a elegir cónyuges en su propio medio y el fatalismo, tal vez
se hayan fortalecido y, en todo caso, contribuido a acentuar el distanciamiento entre
las colectividades. En la educación de los niños, basada en la imitación
de los padres y la exploración práctica del entorno, se mantuvo, y
con razón, la desconfianza hacia los gachós
Esta tendencia a la exclusión no hizo más que confirmarse a lo largo
de todo el siglo XX. En Europa Occidental, el nomadismo
fue objeto de un tratamiento policial cada vez más premeditado antes de ser
relegado a un número demasiado escaso de terrenos de asentamiento las más
de las veces inadecuados para acoger decentemente a las familias. La transformación
de las exigencias del mercado y de los hábitos de consumo, así como
la mayor complejidad tecnológica de la producción de bienes, contribuyeron
a un empobrecimiento creciente de varias comunidades gitanas. Las actividades comerciales
de muchas de ellas sufrieron los efectos negativos de una legislación sobre
el comercio ambulante en la vía pública o sobre la recuperación
de materiales, que no tiene en cuenta para nada su competencia o sus intereses en
la materia. Y si no hubiera sido posible recurrir a la asistencia social o al crédito
(aunque la imagen que arrastran los gitanos no predispone a la solicitud hacia ellos),
muchas situaciones serían insolubles.
En los países de Europa Central y Oriental que vivieron bajo el comunismo,
se consideró primero a los gitanos como una aberración social, un arcaísmo
heredado del orden burgués que tarde o temprano había de desaparecer
al instaurarse el régimen del trabajo socialista. Se orientó entonces
masivamente a los gitanos hacia las granjas colectivizadas o las empresas estatales,
pero generalmente para ocupar cargos que exigían un bajo nivel de calificación.
La falta de reflexión política sobre los imperativos culturales de
los gitanos (lengua materna original, educación orientada hacia la colectividad,
disponibilidad económica volcada especialmente en fuentes de ingresos puntuales)
y la flagrante falta de medidas frente a los discursos xenófobos que surgían
por doquier en su contra no contribuyeron a la integración ulterior de las
generaciones jóvenes de nómadas en las sociedades socialistas. Por
ello, la dislocación del bloque del Este se tradujo en una increíble
marginación de los gitanos. Los ataques reiterados contra los barrios de esa
colectividad, las agresiones de los cabezas rapadas, el desempleo y, lo que es peor,
el aniquilamiento físico de las comunidades en Bosnia y más recientemente
en el Kosovo, pusieron de manifiesto ese fenómeno en toda su violencia.
Vías
de inserción
Hasta cierto
punto, esta nueva marginación que provoca hoy diversos movimientos migratorios
hacia un El Dorado utópico no es más que la consecuencia, como en otras
oportunidades, de esas políticas nacionalistas que hicieron tanto daño
a los gitanos en el pasado. A menudo estos últimos carecen de todo tipo de
lazos fuera de comunidades a las que la sociedad niega toda legitimidad territorial.
Si trataran de integrarse en una región considerada más hospitalaria
que aquella donde viven, a menudo serían rechazados por no adaptarse a las
exigencias de la economía actual y por las carencias de que sufren en materia
de educación.
Es cierto que los gitanos han logrado algunos progresos importantes en los últimos
años. Varios organismos internacionales y numerosas ong se han alarmado ante
su situación y han impulsado programas de inserción económica
y social. Por último, algunos Estados los reconocen como minoría nacional
y llegan a adoptar iniciativas para asegurar su desarrollo a largo plazo. Y no todos
los gitanos han sido aniquilados por esos siglos de negación. Muchos se han
adaptado a nuevas circunstancias, a veces gracias a la asimilación, y a menudo
valiéndose de su saber tradicional y manifestando el propósito de proseguir
una trayectoria común en el seno de las sociedades que los han acogido.
Es probable que su futuro no dependa de una sola vía de salvación.
Sin embargo, teniendo en cuenta los problemas y los obstáculos que todavía
persisten, su porvenir se encuentra cada vez más ligado a la voluntad colectiva
de edificar una sociedad humana democrática en la que colectividades e individuos
encuentren los medios de realizarse plenamente.
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