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Los gitanos entre asimilación y exclusión

LOS GUETOS DE LOS GITANOS DE FLORENCIA

Nicola Solimano y Tiziana Mori, miembros de la Fundación Michelucci, Florencia.
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Florencia, ciudad cosmopolita, cuyas obras de arte y de arquitectura son testimonio de una mezcla de culturas, se debate desde hace más de diez años en busca de una solución al problema de 200 familias de gitanos (unas mil personas). Como otras grandes ciudades italianas que enfrentan graves dificultades para controlar la instalación espontánea de gitanos, la ciudad toscana ha optado por la solución del “campamento de nómadas”, en otros términos, por reservas en la que son agrupados esos recién llegados.
La mayor parte de los gitanos de Florencia proceden del Kosovo y de Macedonia; llegaron en los quince últimos años huyendo de la crisis económica y luego de las guerras que asolaron la región, donde habían abandonado casi totalmente el nomadismo para vivir en barrios de las grandes ciudades.
En un primer momento, los gitanos de Florencia y sus alrededores se vieron obligados a desplazarse sin cesar en pequeños grupos familiares, expulsados por las protestas de la población local o por proyectos inmobiliarios que invadían nuevas zonas de los suburbios. A comienzos de los años noventa, la Municipalidad decidió concentrarlos en dos “campamentos de nómadas”.
Uno de los terrenos es un antiguo basural, en una zona de crecida del Arno; el otro es una banda de terreno entre el ferrocarril y la autopista. Dos espacios que no interesaban a nadie. Así, en Florencia como en otras partes, los lugares elegidos para instalar los “campamentos” demuestran claramente una actitud muy frecuente: los gitanos son un pueblo que hay que mantener geográficamente alejado y con el que es necesario guardar las distancias.
Para la administración, la instalación de los campamentos era una solución transitoria. En realidad, fue el primer eslabón de una sucesión de “soluciones provisionales” que nunca han permitido suprimir esos campamentos. En ellos se han manifestado las patologías clásicas de un gueto. Los riesgos de incendio son particularmente graves; en varias oportunidades han muerto niños que sus padres no han logrado salvar de las llamas. Las instalaciones sanitarias son colectivas, cada una destinada a varias familias, con evidentes consecuencias para la higiene, el mantenimiento, las relaciones interfamiliares.
La degradación de las estructuras, de las condiciones de vida y de las relaciones sociales es inevitable. La acentuación de comportamientos marginales, como el consumo de drogas, en parte a causa del contacto con las capas más desfavorecidas de la población local, ha redundado en la instauración de formas de control más estrictas. Los campamentos son recintos cerrados; las entradas están vigiladas; el personal de vigilancia registra los movimientos de entrada y salida de los gitanos como de los gachós. Se reúnen así todos los elementos que definen un gueto.
En los últimos años, por presión de asociaciones de gitanos y de voluntarios apoyadas por unos pocos intelectuales de gran prestigio, como el escritor Antonio Tabucchi, la Municipalidad ha tratado de encontrar otras soluciones. Gracias a una ley regional y en el marco de un proyecto de la Fundación Michelucci, se creó una pequeña aldea y se otorgaron seis viviendas a familias de gitanos de Macedonia. El éxito de esta iniciativa fue tal, que otras treinta familias fueron instaladas en habitaciones pertenecientes a la municipalidad. Esas experiencias demostraron que, liberadas de las condiciones de vida degradantes y de la exclusión en la que permanecieron durante años, hay familias de gitanos que han sabido integrarse económica y socialmente.
Pero el grave conflicto que la construcción de esta aldea provocó en la ciudad de Florencia, sobre todo impulsado por la derecha, disuadió a la administración de emprender iniciativas similares. No se ha concedido el número de viviendas suficiente para proceder al cierre definitivo de los “campamentos de nómadas”, donde entre tanto se han instalado nuevas familias gitanas del Kosovo.