
Brian Homan encontró en aguas filipinas un galeón del siglo XVI con
porcelanas de la dinastía Ming.

Una vez en la superficie, las porcelanas rescatadas por Homan son analizadas.
Como la rentabilidad
es la única preocupación de los cazadores de tesoros, y un día
de excavaciones cuesta una fortuna, se apresuran a extraer lo que tenga un valor
monetario inmediato, aunque deban destruir todo a su paso.
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Ley de la selva
y excepciones militares
Para Patrick O’Keefe, jurista australiano
especializado en temas del patrimonio cultural, el descubrimiento del Titanic marcó
un hito: los medios tecnológicos permiten ahora tener acceso a prácticamente
cualquier fondo marino y realizar búsquedas a profundidades hasta ayer imposibles
de alcanzar. En vista de ello, “la adopción de normas internacionales se impone
urgentemente, ya que ningún resto de naufragio está a salvo.” Ahora
bien, la comunidad internacional va muy a la zaga de la tecnología.
Actualmente, algunos Estados se esfuerzan con mayor o menor éxito por establecer
normas en sus aguas territoriales (normalmente 12 millas náuticas a partir
de las costas, o sea un poco más de 22 km). Pocos desarrollan los medios indispensables
para su propia arqueología submarina. De todos modos, más allá
de las aguas territoriales lo que impera es la ley de la selva. Todo va al descubridor;
todo navío “salvado” pertenece a su salvador: es la tradición marítima
del “salvamento en el mar”. Pero, clama Lyndel Prott, de la UNESCO, “los
restos de naufragios no se salvan cuando los descubre un cazador de tesoros; al contrario,
¡es en ese momento cuando se encuentran en peligro!” La Convención sobre
Derecho del Mar de 1982 prácticamente no abordó el problema de los
tesoros submarinos.
La UNESCO
elaboró un proyecto de convención que proscribe toda explotación
comercial de los restos de naufragios en los océanos. Sin embargo, las grandes
potencias marítimas y tecnológicas, como Estados Unidos, el Reino Unido,
Francia o Japón, quieren conservar las manos libres y son enemigas de toda
restricción a su libertad de acción. Las marinas de guerra se acogen
a la excepción según la cual las naves de guerra pertenecen siempre
al Estado que las lanzó a fin de impedir que se toquen los vestigios de éstas
aunque tengan cuatro siglos de antigüedad. Así, se reconoció a
Estados Unidos la propiedad de la Alabama, corbeta sudista hundida por la marina
estadounidense ante el puerto francés de Cherburgo al término de la
Guerra de Secesión. ¿Qué decir de un galeón español
que naufragó en las Azores portuguesas? ¿Desde cuándo se considera
que los restos de un naufragio han sido abandonados por su país o propietario?
Dos reuniones de expertos –una tercera está prevista para julio de 2000– no
han permitido por ahora resolver este embrollo, ni demostrar una firme voluntad mundial
de legislar en el mundo submarino.
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La tecnología permite
ahora el acceso a los restos de naufragios ocultos en las profundidades marinas.
Pero, ¿a quién pertenecen estos tesoros? Algunos Estados toleran su
dilapidación.
El
museo más grande del mundo yace bajo las aguas. Nadie conoce la cifra exacta,
pero cientos si no millares de navíos se fueron a pique en el fragor de las
batallas o bajo la violencia de las tempestades, llevándose hacia los fondos
marinos ánforas romanas, lingotes de oro, cañones y cajas de porcelana
china.
Para dar una idea del tráfico marítimo que alcanzó un desarrollo
sin precedentes en el siglo XVI, la flota de la Compañía
Neerlandesa de las Indias hizo en dos siglos 8.000 viajes de ida y vuelta a China.
Pero hasta mediados del siglo XX, ante la imposibilidad de acceder
a este museo sumergido, los océanos eran una inmensa caja de caudales en la
que dormían esos tesoros de las civilizaciones.
Hace poco más de 2.700 años, dos de los navíos más antiguos
descubiertos tuvieron un destino funesto al parecer cuando, cargados de ánforas
de vino, se dirigían de Tiro hacia el Egipto faraónico. Esos dos vestigios
fenicios, de menos de veinte metros de longitud, fueron localizados en junio de 1999
frente a las costas israelíes por Robert Ballard, descubridor de los restos
del Titanic, y Lawrence Stager, arqueólogo de la Universidad de Harvard, a
quienes se les había encargado la búsqueda de un submarino israelí,
el Dakar, desaparecido en el mar en 1969 con sus 69 tripulantes. Dos pequeños
robots submarinos, el Jasón y el Medea, se sumergieron a 300 y 900 metros
de profundidad para filmar e iluminar los restos de los dos navíos fenicios
y permitieron comprobar que se encontraban en excelente estado de conservación.
Como explica Ballard, las aguas profundas, cuyo contenido de oxígeno disuelto
es más débil, constituyen una mejor protección que las aguas
bajas: “A esas profundidades, la falta de luz solar y las fuertes presiones permiten
conservar esos testimonios históricos mucho mejor de lo que pensábamos.”
En efecto, una nave de 3.300 años de edad descubierta cerca de Turquía
en aguas menos profundas, así como otras dos naves fenicias, procedentes del
siglo vii a.c. halladas cerca de Murcia, en España, se encontraban en mucho
peor estado.
El hallazgo de los dos navíos al sur de Israel causó sorpresa, pues
se ignoraba que los fenicios comerciaran utilizando esa ruta marítima. Un
decantador de vino (prueba de que entonces el vino se decantaba), anclas de piedra,
vasijas de barro y un incensario se encontraron en medio de ánforas típicas
del estilo de esa época tiria. Ello permitió establecer con aproximación
la fecha del naufragio y sobre todo el origen de los barcos. “En un futuro próximo”,
según Ballard, “se producirán sin duda otros hallazgos importantes
que van a modificar radicalmente el mapa del comercio marítimo de la Antigüedad.”
El descubrimiento frente a las costas de Sicilia de navíos romanos ha confirmado
una hipótesis controvertida durante mucho tiempo según la cual los
romanos eran perfectamente capaces de alejarse de las costas para navegar en aguas
profundas.
Avances
tecnológicos y nueva legislación
Ahora bien,
hasta hace medio siglo, antes de la aparición de la escafandra autónoma,
el hombre no tenía ningún medio para acercarse a los restos de naufragios
en los fondos marinos. La primera exploración submarina, obra del comandante
Jacques-Yves Cousteau, data de 1952 y se llevó a cabo cerca de Marsella, puerto
sumamente activo del Mediterráneo romano. El equipo recogió ánforas
griegas y romanas que dejaron perplejos a los especialistas pues entre ellas había
por lo menos un siglo de diferencia, hasta que advirtieron que estaban en presencia
de dos navíos que se habían ido a pique uno sobre otro. En ese entonces,
no había ninguna legislación ni órgano de referencia, ni en
Francia ni en otro lugar, para esta actividad que era totalmente libre. André
Malraux, ministro de Cultura de Francia, creó en 1966 el departamento de investigaciones
arqueológicas submarinas del Ministerio de Asuntos Culturales, obligando también
a formular una declaración cuando un vestigio se descubre en las aguas territoriales.
En 1989, dos años después de la aprobación de una ley similar
en Estados Unidos, el Estado francés se reservó la propiedad exclusiva
de los tesoros submarinos sumergidos en sus aguas, mientras que anteriormente era
posible compartirlos. Desde entonces, las declaraciones de descubrimiento disminuyeron
de 250 al año a menos de 50. Para contrarrestar esta baja, el Estado estableció
siete años más tarde la posibilidad de pagar una prima al descubridor,
que puede llegar a 30.000 dólares según el interés científico.
En la práctica, ésta se abona rara vez. El riesgo del secreto vale
la pena, ya que una hermosa ánfora antigua puede negociarse por unos 1.500
dólares en el mercado.
Los aficionados piensan que las ánforas son mudas. Craso error, pues éstas
“hablan”: nos informan sobre la época del naufragio, la nacionalidad de los
navegantes, por no hablar de los modos de acondicionamiento de los productos transportados.
Las más de las veces son ellas las que señalan a los equipos especializados
la existencia de restos de barcos antiguos que, en cambio, desaparecen en la arena.
Durante catorce siglos, de 770 a.c. a 700 d.c., las ánforas sirvieron para
transportar vino, aceite, salmueras, especias, té… Después serán
la porcelana y los cañones los que proporcionarán otras señales
visibles de los naufragios. Entre las ánforas y estos últimos objetos
hay un espacio en blanco, sea porque los restos de los navíos se han desintegrado
o permanecen invisibles o porque el tráfico marítimo disminuyó.
Un
testimonio histórico y arqueológico
Fue un cañón
cubierto de sedimentos marítimos y moluscos el que señaló la
presencia, en las cercanías del archipiélago venezolano de Las Aves,
de la flota enviada por Luis XIV para expulsar a los holandeses
de las Antillas. Después de haber saqueado Tobago, la escuadra al mando del
conde Jean d’Estrées puso rumbo a Curação, donde su victoria
sobre los holandeses habría sido aplastante si, el 11 de mayo de 1678, la
mitad de sus naves —13 buques de guerra y 17 navíos corsarios— no hubieran
naufragado a causa de la tempestad. De 5.000 hombres, 500 perecieron en medio de
las olas y un millar murieron de hambre y enfermedades tras haber sido arrojados
en islas desiertas.
Esta catástrofe dio al traste con las esperanzas de los franceses de reinar
sin contrapeso sobre el Mar Caribe, que pronto se convirtió en un refugio
de piratas. Pero hoy en día, aunque no enarbolen la bandera negra con una
calavera, los piratas no han desaparecido. El venezolano Charles Brewer-Carias y
el estadounidense Barry Clifford localizaron en medio de otros vestigios el navío
almirante Le Terrible, defendido por 70 cañones y 500 tripulantes. Venezuela,
que no dispone de medios para hacer explorar el sitio por un organismo estatal de
búsquedas arqueológicas, otorgó a la empresa de obras públicas
Mespa una licencia de exclusividad para excavar y comercializar todo lo que pudiera
serlo. Clifford se declaró “horrorizado” por la concesión del sitio
a un inversor privado: “Algún día el pueblo venezolano se sentirá
a su vez horrorizado por lo que se autorizó en Las Aves.” “Trajimos un arqueólogo
a bordo del navío de investigación”, se defiende Mespa, que admite
sin embargo que desea rentabilizar su inversión creando una “industria” de
los descubrimientos.
“Cada vez que se produce una situación similar, los grandes perdedores son
los Estados. No es más que una forma moderna de piratería”, afirma
John de Bry, arqueólogo de Florida. La empresa privada piensa que puede encontrar
efectos personales de valor del conde de Estrées y de sus oficiales, pero
los arqueólogos dudan de que una flota de guerra pueda contener un verdadero
“tesoro”. En cambio, temen que se pierda el testimonio histórico y arqueológico
de los vestigios y de su posición. La construcción de los navíos
debería ayudar a entender mejor la arquitectura naval de la época en
que Colbert creó una marina real y la industria que la acompañaba.
Efectuar una relación precisa de la posición de los diversos objetos
en el fondo antes de izarlos es una operación delicada que toma tiempo y cuesta
caro. La exploración submarina es una actividad sumamente onerosa en aras
de un resultado aleatorio. Pero como la rentabilidad es la única preocupación
de los cazadores de tesoros, y un día de excavaciones cuesta una fortuna,
se apresuran a extraer lo que tenga un valor monetario inmediato, aunque deban destruir
todo a su paso. Y algunos han llegado incluso a utilizar explosivos. No les interesan
los vestigios sin valor que apasionan a los historiadores: una inscripción
en el fragmento de una vasija puede indicar una ruta marítima, un pedazo de
calzado decirnos mucho sobre la vestimenta de los marinos, un esqueleto revelar heridas
o carencias alimentarias. El casco del Maurithius, que naufragó frente a las
costas de Guinea de regreso de China en 1609, estaba aún tapizado de casi
20.000 escamas de cinc casi puro, testimonio del adelanto de la metalurgia china
frente al retraso de Europa en la materia.
El problema de la concesión de licencias se planteó a una escala aún
mayor en el archipiélago portugués de las Azores, uno de los fondos
más ricos del planeta, pues constituía una escala obligada en la travesía
del Atlántico. El Museo Nacional de Arqueología de Portugal ha contabilizado
850 navíos españoles y portugueses hundidos allí, muchos de
ellos cargados de oro. Ochenta y ocho yacen en la bahía de Hangra do Heroismo,
donde en 1972 desembarcó el cazador de tesoros británico John Grittan.
La aventura concluyó para él con la cárcel, donde pasó
casi dos meses, y con la prohibición de proseguir sus actividades. Hasta que
casi 25 años después, amparándose en una nueva ley que autoriza
a las empresas privadas a excavar los fondos del archipiélago, regresó
como director de la sociedad Arqueonáuticas, presidida por el contralmirante
Isaías Gomes Texeira, una de las primeras en obtener un permiso para realizar
búsquedas y proceder a su explotación.
Uno de los más célebres cazadores de tesoros, Bob Marx, establecido
en Florida, se declaró interesado, ofreciendo un reparto al término
de la operación: 50% de los descubrimientos para él a menos de 50 metros
de profundidad, 70% más allá de este límite. “¡Con esta
legislación, hemos sacrificado la historia en el altar del dinero!”, exclama
Francisco Alves, director del Museo Nacional de Arqueología de Portugal. Mientras
tanto, los españoles analizan febrilmente los tratados de derecho para saber
si pueden salvar el patrimonio de sus propios galeones.
A veces, los cazadores de tesoros realizan beneficios colosales. Uno de ellos, Michael
Hatcher, de dudosa reputación, obtuvo unos quince millones de dólares
de la dispersión de la porcelana china hallada en el Geldermalsen, navío
holandés desaparecido en 1752 en el Mar de China. Christie’s, la principal
firma mundial de ventas en subasta pública, se especializó en un momento
dado en ese tipo de operaciones, pero ahora es más cautelosa en vista de las
controversias y dificultades jurídicas que suscitan. Aunque Hatcher declaró
haber hallado los restos del naufragio en aguas internacionales, algunos investigadores
sostienen que éstos se encontraban en la zona marítima de Indonesia.
Ese país inició una investigación, pero uno de sus responsables
desapareció al sumergirse en el sitio, lo que ha aumentado el carácter
folletinesco del asunto. Indonesia abandonó ulteriormente el procedimiento,
pero en medio de rumores insistentes de corrupción de la familia Suharto,
que dirigía entonces el país.
“Todo este dinero que circula agrava directamente el peligro, puesto que se reinvierte
en nuevas exploraciones”, observa Lyndel Prott, jefa de la sección de normas
internacionales del sector de Cultura de la UNESCO. “Los Estados toleran una dilapidación
de tesoros bajo el mar que jamás aceptarían bajo tierra.”
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