
En Kosovo, donde la guerra
destruyó buena parte de las infraestructuras de comunicación, una albanesa
habla con su hijo en Alemania gracias a un móvil.
Varias familias que habitan
en lugares donde el sueño de una línea fija no se hará realidad
antes de veinte años comparten un mismo aparato, que cargan conectándolo
a la batería de los autos. |
Del compromiso de los gobiernos
depende hoy que la revolución de los teléfonos celulares en los países
en desarrollo beneficie también a los más pobres.
Grupos
de pequeños agricultores de las zonas apartadas de Côte d’Ivoire comparten
un teléfono celular para seguir, hora a hora, las fluctuaciones de los precios
del café y del cacao. Así pueden vender su producción cuando
los precios en el mercado internacional están a su favor. Hace unos años
les resultaba imposible acceder a esta información, que sólo estaba
disponible en una oficina de la capital, y tenían que negociar con base en
las informaciones no siempre fiables que les suministraban los compradores.
En los países en desarrollo un conjunto de operadores económicos están
demostrando su capacidad de apropiarse de las nuevas tecnologías de la información
haciendo un uso inteligente del teléfono celular, estrella indiscutible de
la sociedad de la información.
El
teléfono, bien comunitario
“La comunicación
es una necesidad universal, lo que varía es la manera de apropiarse de esta
tecnología en el plano social; aunque un teléfono celular puede estar
a nombre de una sola persona, en algunos países africanos representa un bien
comunitario, pues existe una cultura del reparto colectivo de los medios de comunicación”,
dice Babacar Fall. Este experto en comunicaciones de la UNESCO
cita el caso de
algunos senegaleses que viven en Dakar o en el extranjero y que han comprado a sus
padres un celular para comunicarse con ellos. A veces, varias familias que habitan
en lugares donde el sueño de una línea fija no se hará realidad
antes de veinte años comparten un mismo aparato, que cargan conectándolo
a la batería de los autos. Los niños son los encargados de anunciar
a los vecinos que un familiar volverá a llamarlos en un par de minutos desde
Nueva York o Roma.
En Africa, la publicidad comercial con vallas gigantes ha hecho al celular tan popular
como la Coca-Cola, y la picaresca local lo ha convertido en tema de chistes: “Tras
percatarse de la desaparición de su celular en medio de la multitud, un hombre
pide a otro que llame a su número. Segundos después, el teléfono
extraviado suena... en el bolsillo del policía que lo estaba ayudando a buscarlo.”
Esta popularidad se entiende por la carencia de líneas telefónicas
en la región: en 1998, en Europa había 37 líneas por cada cien
habitantes, mientras que en Africa había sólo dos. En la República
Democrática del Congo hay una línea por cada 2.500 habitantes, y menos
de 2 por mil habitantes en Malí y Níger. En Asia, el promedio es de
7,34 líneas por cada 100 habitantes, casi el doble de las existentes en países
latinoamericanos como Cuba (3,21) y Nicaragua (3,13).
El celular ha comenzado a llenar este vacío. Si bien cuatro quintas partes
de los abonados actuales están en los países desarrollados, en los
años noventa los países en desarrollo registraron los niveles de crecimiento
más altos (ver gráficos 1 y 2). Según la Unión Internacional
de Telecomunicaciones (UIT), en 1998 el número
de abonados africanos era de casi 3,5 millones, de los cuales más del 70%
vivían en Sudáfrica, donde el desarrollo de la telefonía móvil
batió todas las previsiones. En ese mismo año, del total de líneas
existentes en Africa un 17% eran celulares, un porcentaje que casi se duplicaba en
Asia: 30%. En países en desarrollo como Filipinas, Bolivia, Azerbaiyán
y Estonia, el celular se ha implantado con mayor rapidez de la que se esperaba.
“Cuanto menos infraestructuras tiene un país, más atractivo es para
las inversiones en telefonía móvil”, explica Nagib Callaos, profesor
de la Universidad Simón Bolívar en Caracas. “La necesidad no hay que
crearla porque está ahí; en Venezuela, por ejemplo, al no existir la
infraestructura de la telefonía tradicional, el celular se difundió
mucho más rápido que en Estados Unidos”, agrega.
Instalación
rápida y menos costosa
Según
la UIT, 40 millones de personas en
el mundo están en lista de espera para acceder a una línea fija. En
Venezuela había que esperar hasta cinco años, lo que desarrolló
un lucrativo negocio paralelo en el que una línea telefónica llegó
a venderse por un precio equivalente a diez veces el salario mínimo. Hoy,
se puede llamar desde un celular 24 horas después de haberse abonado. Una
dicha para los venezolanos, “que aprovechan los eternos atascos de Caracas para hacer
todas las llamadas pendientes”, dice Callaos. En materia de seguridad, el móvil
también se ha revelado útil: “Mi hija no sale por la noche sin su celular,
al que puedo llamar cada hora o cada media hora para saber si está bien”,
agrega.
La red de telefonía celular puede instalarse y ser operativa mucho más
rápido que la fija. En Rumania, la empresa Mobifon introdujo en 1996 su servicio
18 semanas después de haber recibido la licencia. Como no hay necesidad de
cavar y enterrar cables, la instalación es menos costosa y las inversiones
se recuperan más rápido. En Venezuela, las ganancias llegaron en escasos
tres años. Constituye además una solución ideal para países
con una infraestructura atrasada o que ha sufrido graves daños a causa por
ejemplo de periodos de guerra. Es el caso del Líbano y sobre todo de Camboya,
país donde hay más celulares que líneas fijas, una situación
sólo comparable con Finlandia.
Para la UIT, la proporción entre
líneas fijas y celulares es una prueba del dinamismo de la industria de la
telefonía móvil en los países del Sur. Los celulares, que llegaron
a Camboya en 1992, superaron a las líneas fijas en un año, y hoy la
cobertura es del 72% para los primeros y de 28% para las segundas. En este país
se ha llegado incluso a cuestionar la necesidad de desarrollar la red fija. En el
Líbano (45%) y Paraguay (43%) los celulares también superarán
muy pronto a las líneas fijas. En Paraguay, los operadores de celulares, en
su mayoría empresas privadas con capital extranjero, se benefician de la ineficiencia
de las empresas nacionales de teléfono fijo. Estas no fueron privatizadas
en el decenio del noventa, como fue la regla en los países vecinos, y muchos
usuarios prefieren sacar partido de la competencia entre las cuatro empresas privadas
de celulares que seguir dependiendo de la burocrática empresa pública.
“La ineficiencia del Estado en el caso de la telefonía fija ha quedado ampliamente
demostrada. Por eso hoy debe abrir el mercado y crear el ambiente propicio para facilitar
las inversiones extranjeras”, opina Michael Minges, de la UIT.
El Estado conserva no obstante un papel fundamental de regulación para “facilitar
la competencia, vigilar que los precios sean razonables y velar por que se establezcan
interconexiones entre los distintos sistemas, por ejemplo entre los celulares y las
líneas fijas”, señala.
En un principio se pensó que en los países pobres la telefonía
celular estaría reservada a los sectores más ricos, porque los gobiernos
concedían una sola licencia de explotación por país. Pero la
alta competitividad entre las empresas de telecomunicaciones –casi la mitad de los
países que han adoptado esta tecnología han otorgado al menos dos licencias–
ha contribuido a la reducción de las tarifas. Pero ello no explica la masificación
actual, que es en gran medida fruto del sistema de prepago.
La forma convencional de pago del servicio de un celular consiste en exigir un consumo
mínimo, por ejemplo dos horas mensuales durante un año. Para acceder
a esta forma de crédito, el cliente debe demostrar ingresos regulares, firmar
un contrato, disponer de una cuenta bancaria y de una dirección. Pero como
en las zonas rurales de los países en desarrollo la inmensa mayoría
de la población no cuenta con nada de esto, los operadores han recurrido al
sistema de prepago.
Este consiste en comprar tarjetas que permiten un tiempo limitado de comunicación,
desde cinco minutos hasta una hora. El usuario puede gastar ese tiempo de comunicación
con toda libertad, en un lapso de varias semanas, controlar así su presupuesto
y tener acceso al servicio telefónico a un precio muy reducido. Además,
las tarjetas de prepago están disponibles en los comercios como un producto
más junto al pan y la leche.
Ello representa un mercado potencial enorme. En 1998, tres años después
del lanzamiento del primer sistema de telefonía de prepago, 40 millones de
abonados habían optado por él, lo que representaba un 13% del total
de los clientes en el mundo. En Sudáfrica, ese mismo año uno de cada
dos abonados prefirieron el sistema de prepago, y más de la mitad en México.
En Senegal, el año pasado un operador escogió por primera vez este
método como única opción de pago. Al cabo de dos meses, la compañía
había conseguido 4.000 clientes. Según un estudio de The Strategis
Group, en América Latina este sistema ha aumentado el mercado potencial del
celular entre un 200% y un 300%.
La
telefonía móvil no es un lujo
Aunque el sistema
de prepago, calificado de “matrimonio perfecto” entre la tecnología y el marketing,
ha permitido una difusión masiva del celular, su contribución al desarrollo
sigue siendo muy limitada. En Lubumbashi, al sudeste del Congo-Kinshasa, por ejemplo,
los teléfonos celulares con los que algunos propietarios de plantaciones de
maíz dotaron a sus guardianes han resultado un arma eficaz para evitar los
robos, lo que ha aumentado sus ganancias. Los taxis de Kampala, en Uganda, son ahora
más eficientes gracias a este medio de comunicación. Y en Senegal,
en las pasadas elecciones el uso que los periodistas de las radios fm hicieron de
estos aparatos mejoró la calidad de la cobertura informativa (véase
recuadro).
Sin embargo, el costo de las llamadas sigue siendo relativamente elevado, por lo
que los sectores desfavorecidos no pueden beneficiarse de esta tecnología.
El reto es lograr que el celular sirva para romper el aislamiento y contribuya al
“desarrollo socioeconómico de los pueblos”, como exigieron el año pasado
en Addis Abeba los participantes en el Primer Foro de Desarrollo Africano. No son
palabras huecas. El proyecto de la Grameen Bank en Bangladesh ha demostrado que es
posible que personas muy pobres de las zonas rurales tenga acceso al celular (véase
artículo siguiente). No obstante, “muchos gobiernos siguen considerando que
la telefonía móvil es un lujo y no quieren admitir que se trata de
la oportunidad más importante de llevar la comunicación a las zonas
menos desarrolladas”, afirma Michael Stocks, ex presidente de la empresa privada
GSM Association. Lo que es de lamentar, pues el papel del Estado es fundamental no
sólo para garantizar la competencia entre operadores, sino también
para fomentar proyectos ambiciosos.
En este sentido la UIT sugiere que, así como
existen subsidios para el agua y la electricidad, debería facilitarse el acceso
de los más pobres a los teléfonos celulares o distribuir de forma masiva
tarjetas de prepago gratuitas. Estas medidas darían un impulso decisivo a
una revolución que hasta ahora ha dependido del ingenio y del bolsillo de
la gente.

• World Telecommunication
Development Report 1999, International Telecommunication Union, Ginebra.
• Rapport mondial sur la communication et l’information, 1999-2000, UNESCO.
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