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| Una cultura
singular |
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LA MIRADA DOGON
Texto
de Antonin Potovski. Antonin Potovski trabaja como fotógrafo en Malí
desde 1996 y prepara el libro Les Cahiers Dogons. Pronto publicará
La plus belle route du monde, en colaboración con Bernard Faucon, en
París (Editions POL). |
| Los dogon, que suelen ser un tema
pintoresco para las fotos de los turistas, se fotografiaron a sí mismos. Siete
jóvenes captaron imágenes su de vida diaria, apacible, serena. |
En las aldeas dogon construidas al
pie del acantilado de Bandiagara o en su cumbre que domina la extensa llanura que
llega a la frontera con Burkina Faso, los jóvenes mantienen un intenso intercambio
epistolar con los turistas que vienen a visitarlos. Proponen a los extranjeros cuadernitos
en los que escriben su dirección junto a dibujos con leyendas sobre temas
emblemáticos para el turista: máscaras, lugares de reunión y
graneros.
Durante tres semanas en mayo de 1999, una semana en septiembre de ese mismo año,
y una semana más en mayo de 2000, presté cada mañana mi máquina
fotográfica digital a dos niñas de 13 y 15 años y a cinco muchachos
de 15 a 29, a fin de que prosiguieran el intento de autorretrato iniciado en sus
dibujos.
Seriedad y delicadeza
Desde muy niños, los dogon están acostumbrados a cumplir las difíciles
tareas que les permiten sobrevivir en un medio semidesértico. Como la supervivencia
de la comunidad depende de su comportamiento y de su participación en los
mil trabajos que llenan el día, no se observa en ellos la crisis típica
de los adolescentes de las ciudades. Si sus imágenes son tan serenas, mesuradas,
bien encuadradas, casi profesionales, se debe a que realizan las tomas con la misma
seriedad y delicadeza que una faena cotidiana.
Con la cámara, los muchachos se iban de paseo por las aldeas, por las dunas
de arena donde, al atardecer, se entrenaban para la lucha que practican en las fiestas
que celebran el término de la estación lluviosa y de las faenas agrícolas.
Subían también al acantilado por senderos escarpados improvisados en
las fallas de la roca, por escalones tallados en troncos de árbol colgados
al borde del vacío, para llegar a los graneros y grutas del antiguo pueblo
tellem que hoy sirven de sepultura a los dogon (ver recuadro).
Son lugares sagrados que los extranjeros no visitan, pero los niños dogon
suelen jugar allí manoseando calaveras y osamentas y disfrazándose
con los trajes tradicionales que guardan los graneros centenarios.
Las muchachas no llegan tan lejos: visitan a sus amigas y pasean con ellas, toman
fotos de su aldea, de su escuela de aulas decoradas con pinturas de aves zancudas
y bailarines dogon, de una tempestad de arena que surgió una tarde a pocos
metros de las techumbres de paja que protegen los graneros, momentos antes de guardar
la máquina para resguardarla del polvo. No hay diferencias entre las fotos
de las jóvenes y las de los varones, salvo los largos ratos que las muchachas
pasaron solas charlando, bromeando y alborotando alegremente.
Hasta ahora, los reportajes fotográficos consagrados a los dogon abordaron
siempre temas culturales y sociales: festejos, arquitectura, faenas, oficios, culto,
etc. En sus propias imágenes, esos aspectos son secundarios y apenas figuran.
La especificidad de su cultura no es el tema central, sino el decorado de una descripción
íntima. Fotografiaron sus juegos, los encuentros que jalonan sus días;
las largas horas sin hacer nada tumbados en esteras o en rocas ardientes porque hace
demasiado calor para moverse antes del atardecer; los paseos en los que se divierten
golpeando los árboles con palos para recoger frutas silvestres o cazando animalitos
con hondas de madera esculpida.
Todas las noches, en medio de sus cabezas inclinadas sobre la pequeña pantalla
de la cámara de fotos, hacía una selección de las imágenes
que conservábamos o borrábamos a fin de dejar espacio en los disquetes
para las tomas del día siguiente. De 2.000 fotografías, sólo
conservé 70. A los dogon les interesaba menos la selección y las imágenes
que el hecho de tomarlas. Lo que les gustaba ante todo era pasearse con la máquina,
ser responsables de ella durante todo un día y partir en busca de ideas.
La única relación de estos jóvenes con la imagen es la que se
produce a través de los “restos” que dejan los turistas: escasas revistas
con las que adornan las paredes de adobe de sus cuartos, algunos libros de etnoturismo
que les han sido dedicados, y la visión de los turistas fotografiándolos
a ellos y a sus aldeas. Visiones sin retorno, salvo los retratos que algunos les
envían en recuerdo de su estancia. Mi única intervención frente
esos jóvenes fotógrafos, ya que no estaba presente en el momento de
las tomas, fueron los consejos que les di al mirar las imágenes. Las que no
conservábamos por no haber captado la expresión de un rostro, por un
defecto de encuadre o de luz, eran las más útiles: les explicaba los
detalles que deberían haber tenido en cuenta para que resultaran.
Gracias a esos pequeños consejos, los siete fotógrafos se preocuparon
más de los diferentes planos de la imagen, del encuadre y de las luces, como
en esa fotografía de objetos variados, que seguramente hallaron en el cuarto
del fotógrafo, agrupados sobre un peldaño de adobe ocre. Los dogon
nunca han visto ni oído hablar de naturalezas muertas: inventaron una por
el color de los objetos y del adobe, y por la hermosa luz que entraba en el recinto.
Y así, durante sus largos paseos por senderos apenas visibles, en el dédalo
de sus aldeas donde las chozas se funden con enormes rocas desprendidas del acantilado,
en la intimidad de sus cuevas y de sus patios, estos muchachos inventaron la primera
descripción fotográfica de los dogon por sí mismos.
A los dogon les interesaba menos la selección
y las imágenes que el hecho de tomarlas. Lo que les gustaba ante todo era
pasearse con la máquina, ser responsables de ella durante todo un día
y partir en busca de ideas.
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Una cultura singular
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El “país dogon” cuenta con 700.000 habitantes y cubre una vasta superficie
de 50.000 km2, que se extiende desde la frontera de Malí con Burkina Faso,
al este, hasta los alrededores de Sevaré, al oeste, y a lo largo del acantilado
de Bandiagara, que se prolonga 150 km y alcanza a veces 300 metros de altura. El
pueblo dogon es originario de los montes Mandingas, en la frontera guineo-maliense.
Se estima que por ser animistas y no querer convertirse al islam tuvieron que exiliarse
en el siglo XVIII, remontando el río Níger hasta los relieves protectores
de la llanura y el acantilado de Bandiagara. Los dogon recibieron un importante legado
cultural de los tellems (literalmente “los que hemos encontrado”), un pueblo que
vivía en el acantilado y que desapareció misteriosamente. Hoy, las
autoridades malienses estimulan a lo largo del acantilado un turismo cultural que,
aunque permite a aldeas moribundas defenderse de la desertificación y hacer
frente a los problemas de salud y de educación, pone en peligro a una de las
culturas más singulares de la humanidad. |
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