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La cultura juvenil quizá
termine convirtiéndose en otra estrategia de los capitalistas para venderle
a la gente una imagen de la vida que le han robado. Pero sería al mismo tiempo
descabellado menospreciar la cultura juvenil simplemente porque hasta ahora no ha
producido ningún movimiento político organizado.
George
Lipsitz, profesor y autor, Estados Unidos
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Desde el neohippy belga con un anillo en la nariz al breakdancer de Tokio, con trenzas
rasta y vaqueros anchos, un elemento une a grupos de jóvenes muy diferentes
y dispersos por el planeta: la música. A la vez estilo de vida, vínculo
social y fuerza espiritual, la música los orienta en su búsqueda de
autonomía y les brinda un medio de expresión.
Este dossier sigue la trayectoria de los dos géneros en que la globalización
de la música popular ha calado más hondo: el hip-hop (p. 23-25) y la música
dance electrónica (p.
28-30).
Es innegable que al inundar el mercado con este tipo de música los gigantes
de la grabación persiguen un objetivo comercial (p. 26-27). Pero los jóvenes
no se contentan con consumir esos “productos”; se sirven de ellos para elaborar sus
propias subculturas.
El hip-hop se desarrolla gracias a la destreza de sus operadores, ofreciendo una
plataforma a las reivindicaciones de los aborígenes en Nueva Zelandia (p.32-33) o un instrumento
para forjar su identidad a la juventud de color en Colombia (p. 38-39). En Sudáfrica,
el género refuerza los mensajes de la generación postapartheid (p. 36-37), mientras
en Argelia abre una vía de acceso al debate político.
Pero esta combinación de pensamiento independiente y de multiculturalismo
se desvirtúa cuando la actitud de rebelión que rodea la música
oculta una capitulación frente al consumismo o la incapacidad de hacer frente
al racismo (p.
31-32).
En el Reino Unido, por ejemplo, el entusiasmo por la música y la moda asiáticas
no parece ser más que un montaje comercial (p.47-48). En la India, en cambio,
los hijos y las hijas de la elite britanizada redescubren sus raíces gracias
a los mestizajes musicales de sus compatriotas expatriados (p. 49-50)
Si queremos descifrar los estilos músicales y las culturas juveniles mundializadas,
tenemos que entender el contexto local (p. 40-41). La sabana australiana, por ejemplo,
podría convertirse en el sitio ideal para realizar el sueño “futurista”
de la resistencia tecno (p.
42-43)
si no termina asfixiada bajo los dólares del turismo. En Belgrado, la música
electrónica es un factor de unión entre grupos aislados de jóvenes
rebeldes, surgidos de los resquicios del régimen (pp. 43-44).
Loa acentos revolucionarios siempre provocan reacciones. De ahí el temor de
los padres y de la policía frente al clásico lema “sexo, droga y rock’n
roll”. En vez de dar la voz de alarma, parece preferible conservar la calma. En el
momento en que millares de neohippies occidentales se precipitan a Goa para vibrar
al unísono al son del “trance”, los padres y las autoridades locales ven en
el fenómeno una forma de imperialismo cultural, olvidando de paso los beneficios
que les reporta (p.
51-52).
Frente al sensacionalismo y los estereotipos de los medios de comunicación
hay que saber leer entre líneas y mirar con otros ojos la violencia que suele
asociarse al hip-hop (p.
53-54).
En cuanto a los jóvenes piratas de Internet, tachados de criminales por la
industria discográfica, lo cierto es que abren camino a nuevas formas de solidaridad
internacional (p.
55-56).
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