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Música: la juventud marca el ritmo
El tema del mes ha sido concebido y coordinado por Amy Otchet, periodista del Correo de la UNESCO.
Sumario
1 La fiesta mundial
La chispeante odisea del hip hop
La música en cifras
Música electrónica en cuerpo y alma
2 Escenas locales
Ritmo negro, máscara blanca
Un guerrero maorí
Las denuncias del rap argelino
Miriam Makeba y la generación kwaito
El cartel del rap y otros cuentos de Colombia
Los entresijos de la música dance
Conmoción en Byron Bay
Electrones libres en Belgrado
Breve historia de los disc-jockeys
Crónica de una diáspora
La abuela experta en bhangra
3 Calmar los ánimos
Alarma en Goa
El hip hop, chivo expiatorio
Ciberjuventud musical


La cultura juvenil quizá termine convirtiéndose en otra estrategia de los capitalistas para venderle a la gente una imagen de la vida que le han robado. Pero sería al mismo tiempo descabellado menospreciar la cultura juvenil simplemente porque hasta ahora no ha producido ningún movimiento político organizado.

George Lipsitz, profesor y autor, Estados Unidos

photo Ilustración extraída de una recopilación de la serie Fsuk (Future sound of the United Kingdom), editada por Ministry of Sound.


Desde el neohippy belga con un anillo en la nariz al breakdancer de Tokio, con trenzas rasta y vaqueros anchos, un elemento une a grupos de jóvenes muy diferentes y dispersos por el planeta: la música. A la vez estilo de vida, vínculo social y fuerza espiritual, la música los orienta en su búsqueda de autonomía y les brinda un medio de expresión.
Este dossier sigue la trayectoria de los dos géneros en que la globalización de la música popular ha calado más hondo: el hip-hop (
p. 23-25) y la música dance electrónica (p. 28-30). Es innegable que al inundar el mercado con este tipo de música los gigantes de la grabación persiguen un objetivo comercial (p. 26-27). Pero los jóvenes no se contentan con consumir esos “productos”; se sirven de ellos para elaborar sus propias subculturas.
El hip-hop se desarrolla gracias a la destreza de sus operadores, ofreciendo una plataforma a las reivindicaciones de los aborígenes en Nueva Zelandia (
p.32-33) o un instrumento para forjar su identidad a la juventud de color en Colombia (p. 38-39). En Sudáfrica, el género refuerza los mensajes de la generación postapartheid (p. 36-37), mientras en Argelia abre una vía de acceso al debate político.
Pero esta combinación de pensamiento independiente y de multiculturalismo se desvirtúa cuando la actitud de rebelión que rodea la música oculta una capitulación frente al consumismo o la incapacidad de hacer frente al racismo (
p. 31-32). En el Reino Unido, por ejemplo, el entusiasmo por la música y la moda asiáticas no parece ser más que un montaje comercial (p.47-48). En la India, en cambio, los hijos y las hijas de la elite britanizada redescubren sus raíces gracias a los mestizajes musicales de sus compatriotas expatriados (p. 49-50)
Si queremos descifrar los estilos músicales y las culturas juveniles mundializadas, tenemos que entender el contexto local (
p. 40-41). La sabana australiana, por ejemplo, podría convertirse en el sitio ideal para realizar el sueño “futurista” de la resistencia tecno (p. 42-43) si no termina asfixiada bajo los dólares del turismo. En Belgrado, la música electrónica es un factor de unión entre grupos aislados de jóvenes rebeldes, surgidos de los resquicios del régimen (pp. 43-44).
Loa acentos revolucionarios siempre provocan reacciones. De ahí el temor de los padres y de la policía frente al clásico lema “sexo, droga y rock’n roll”. En vez de dar la voz de alarma, parece preferible conservar la calma. En el momento en que millares de neohippies occidentales se precipitan a Goa para vibrar al unísono al son del “trance”, los padres y las autoridades locales ven en el fenómeno una forma de imperialismo cultural, olvidando de paso los beneficios que les reporta (
p. 51-52).
Frente al sensacionalismo y los estereotipos de los medios de comunicación hay que saber leer entre líneas y mirar con otros ojos la violencia que suele asociarse al hip-hop (
p. 53-54). En cuanto a los jóvenes piratas de Internet, tachados de criminales por la industria discográfica, lo cierto es que abren camino a nuevas formas de solidaridad internacional (p. 55-56).