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La chispeante odisea del hip-hop

Jeff Chang, jefe de redacción y director de la sección de política, actualidades e ideas del sitio www.360hiphop.com, consagrado a la música, la cultura hip-hop y la política
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Incendio en el Bronx.
..



...y varias escenas en ese barrio neoyorquino,…



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... cuna del hip-hop mundial...




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© Bernstein/Spooner/Gamma, París





Queremos “poemas que maten”.
Poemas asesinos, poemas que disparen. Poemas que afronten policías en los callejones y les arrebaten las armas.

Amiri Baraka,
poeta estadounidense (1934-)




Quizá toda la música, incluso la más reciente, no sea un descubrimiento, sino algo que resurge de donde estaba sepultado en la memoria, inaudible como una melodía
grabada en un surco de carne.

Jean Genet, escritor
y dramaturgo francés
(1910-1986)

Nacida en el Bronx, la cultura del hip-hop ha conquistado el mundo entero para convertirse en la voz de una generación.

En el verano de 1975 el sur del Bronx ardía. Las autoridades de Nueva York se declararon incapaces de combatir todos los incendios, y menos aún de investigar sus orígenes. Reinaba el caos. No eran incendios de ira purificadora como los que hicieron arder Watts en 1965, Newark en 1967 o Saint Louis y media docena de ciudades más tras el asesinato de Martin Luther King en 1968. Eran incendios por abandono.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el Bronx había sido el distrito de la esperanza para las familias afroamericanas, portorriqueñas, irlandesas, italianas y judías. Pero en los años sesenta, al trasladarse la industria hacia los suburbios del norte, el valor de la propiedad se vino abajo y los blancos se marcharon, dejando una población en su mayoría pobre y de color. Los propietarios de los tugurios contrataron a malhechores para que incendiaran las construcciones desvalorizadas a fin de expulsar a sus modestos inquilinos y cobrar millones de dólares de seguros. Cabe afirmar que el hip-hop nació de las llamas.
Como explica en su canción The Message el grupo de rap Grandmaster Flash y The Furious Five, los guetos de Nueva York que alimentaron el hip-hop eran espacios dejados al abandono donde se esfumaban todos los sueños de liberación: “Recibí una mala educación, dos cifras tiene la inflación, no puedo tomar el tren para ir a trabajar, la estación está de huelga.” Pero fueron también espacios de renovación espiritual y creativa.
En los años veinte y treinta, cuando surgieron leyendas del jazz como Charles Mingus, un joven podía contar con compañeros y mentores, orquestas y salas para aprender a tocar un instrumento y descubrir su vocación. Pero a fines de los setenta, ese tipo de formación musical era un lujo para la mayoría de las familias. El desempleo era lo normal.
Tocar un instrumento pasó a ser para las nuevas generaciones una forma alternativa de trabajo, como afirmara el escritor estadounidense Robin D. G. Kelly. Adaptando la tradición jamaicana de danza callejera al asfalto de Nueva York, jóvenes de color y portorriqueños conectaron ilegalmente sus sistemas de estéreo al alumbrado público, y empezó la fiesta.
Con discos de vinilo como partitura, y dos platinas, un mezclador y un amplificador como instrumentos, el Black Art resurgió en 1974-1975. En esos años, un disc-jockey (
DJ) jamaicano, Kool Herc, empezó a hacerse famoso en el Bronx llenando el aire saturado de humo con breaks (rupturas de ritmo) —esa parte de un trozo musical, a menudo de apenas dos segundos, en la que el cantante se interrumpe para dejar al grupo sumergirse en el ritmo. Jugando continuamente con los breaks, disc-jockeys como Herc o Afrika Bambaataa creaban una nueva estética, que a la vez satisfacía y fastidiaba a la audiencia.

Una metáfora de la libertad
Por un lado, un bucle de beats (golpes de ritmo) pasó a ser una metáfora de la libertad. Un nuevo tipo de canciones –tomadas de la música disco, el funk, el jazz, el afrobeat y el reggae– lanzó nuevas formas atléticas de danza, que fueron conocidas como breakdance o b-boy. Los espectadores dejaron de ser pasivos para entablar un auténtico diálogo con el DJ.
Los
DJ de Nueva York empezaron a utilizar MC (maestros de ceremonias) para calentar los ánimos. Interpretando poemas o improvisándolos, el mc se convirtió en el representante del público en el escenario. Este reaccionaba ante la locuacidad del mc, celebraba su ingenio, aplaudía sus fanfarronadas, vibraba con sus historias inverosímiles, compadecía su dolor nostálgico.
Los poetas del Black Art, los mesías de las Panteras Negras y otros agitadores revolucionarios habían convertido sus palabras en armas. Esa nueva generación de raperos dio rienda suelta a las palabras en espera de que sirvieran de escudo de protección o de escapatoria al caos de la calle.
La cultura popular estadounidense ha sido siempre un espacio donde el estandarte de la creatividad está firmemente implantado. El público pobre y de color tiene fácil acceso a bienes como la música, el vídeo y la ropa.
En los últimos tres decenios, una multitud de intermediarios han hecho fortuna siguiendo las modas de los guetos negros y mestizos. A fines de los setenta, los propietarios negros y judíos de firmas discográficas en Harlem advirtieron la popularidad del hip-hop y se abalanzaron sobre las figuras más destacadas. En su mayoría, esos
hombres de negocios se encontraban, personal y geográficamente, cerca de esa música. Cuando un disco del Sugar Hill Gang, Rapper’s Delight, tuvo una extraordinaria acogida internacional, los sellos importantes empezaron a husmear en busca del próximo éxito. En 1980, Kurtis Blow grabó el primer álbum de rap con un sello destacado. La cultura hip-hop estaba lista para convertirse en la expresión juvenil internacional más poderosa del siglo xx.
Hasta finales de los años ochenta, el centro indiscutido de esta cultura era Nueva York. Sus signos visuales los proporcionó el movimiento del graffiti, cuyos jóvenes artistas desafiaron los alambres electrificados y la vigilancia policial para pintar con sus jeroglíficos de colores brillantes el subterráneo de la ciudad. Cada vez que un tren entraba en una estación, la sociedad respetable tenía enfrente la imagen del hip-hop como un dedo acusador.
En esa época, la administración Reagan había arremetido contra el “Estado del bienestar”, eliminando subsidios en favor de los pobres, permitiendo que los organismos de la vivienda se transformaran en antros de corrupción y poniendo término a una serie de programas gubernamentales. Los hip-hoppers lanzaron la contraofensiva enviando señales como The Message: “No me empujen porque estoy cerca del abismo. Estoy tratando de no perder la cabeza. A veces es como una jungla, y me pregunto cómo hago para no hundirme.”
En el plano tecnológico, los hip-hoppers aprovecharon todas las novedades. Mientras a la mayoría de los músicos de rock de mediados de los ochenta las tecnologías de sampling los dejaban perplejos, los productores de rap convertían sus nuevos juguetes en discos cada vez más densos y profundos. Al intensificarse en Estados Unidos el movimiento contra el apartheid, grupos como Boogie Down Productions y Public Enemy enriquecieron el realismo social del rap con debates sobre la acción política.
Pero desde 1989 las nobles ideas del nacionalismo revolucionario y del espiritualismo del rock duro regresaron a las calles. Un grupo de jóvenes, los Niggas with attitudes (Negros con arrogancia), lanzó lo que se convertiría en el himno de una generación, Gangsta Gangsta. Seis semanas después de su aparición se habían vendido más de medio millón de ejemplares.
El álbum Straight out of Compton trasladó el centro del hip-hop de Nueva York a Los Angeles. A mediados de la administración Reagan, Compton era uno de los numerosos barrios desfavorecidos de la ciudad. El caos estaba instalándose para largo y el rap gangsta sería su expresión musical. Al conjugar el mito con la realidad, los textos podían aplicarse a cualquier barriada. De Portland a París, cada barrio podía ser Compton; cada cual tenía una historia que contar, un policía con quien luchar, una rebelión por iniciar.
Esas historias gangsta, pobladas de negros borrachos, pendencieros, irresponsables, criminales y sanguinarios, parecían ser justamente lo que gustaba en los suburbios populares. Cuanto más oscura de piel era la población estudiantil, menos se interesaba por los productos culturales de los blancos. En 1988 el programa de televisión “Yo MTV Raps” permitió que el mundo entero tuviera acceso instantáneo a los estilos urbanos afroamericano, chicano y latino. Al invocar la autenticidad callejera, la rebelión adolescente y su credo individualista, el rap gangsta respondió a las aspiraciones de una población juvenil que había crecido con el racismo y el reaganismo. Lejos de los viejos negro spirituals de la lucha por los derechos civiles, esos ritmos eran crudos, violentos, indisciplinados, ofensivos, “negrificados”, a menudo antihomosexuales y misóginos.
El rap gangsta creó nuevos frentes en la guerra de culturas. Cuando la música conquistó comunidades blancas más prósperas, el rap gangsta suscitó la ira de personalidades conservadoras como Bob Dole y neoliberales como C. Delores Tucker, que organizaron nuevas formas de represión. El rap gangsta apareció incluso en los debates presidenciales.
Algunos observadores se extrañan de que sellos reaccionarios hayan difundido este tipo de música. Pero el éxito de la cultura pop escapó a toda forma de control. Ya bien avanzados los años noventa, las principales productoras de discos no tenían idea de cómo iba a evolucionar el mercado del hip-hop. A la inversa del mercado de la música rock, estabilizado desde hacía tiempo, el hip-hop era como un niño turbulento y desconcertante.
A raíz de los motines callejeros de Los Angeles en 1991 después del brutal apaleo por la policía del automovilista Rodney King, el rap gangsta y el hip-hop se encaminaron rápidamente hacia la gloria comercial. The Chronic, de Dr. Dre, apartó al rap gangsta del mundo del gueto para celebrar un hedonismo de la droga e introducirlo, con su sonido de cromo pulido, en la programación radiofónica. Artistas como el difunto Tupac Shakur, hijo de una Pantera Negra revolucionaria, que aparecían en M
TV y en la prensa hip-hop en expansión, contribuyeron a hacer de la rebelión algo más que una batalla de la guerra cultural: una característica del estilo juvenil.
La concentración de la industria musical transformó también el panorama del hip-hop. Entre comienzos y mediados de los años noventa, varios sellos independientes que habían contribuido a lanzar esta música vendieron sus compañías a empresas más grandes, que a su vez empezaron a fusionarse y a reducir su producción. Como consecuencia, los grupos de base ya no ascendieron de la calle hasta las listas de éxitos. Los agentes artísticos garantizaban estrellas presentables y preparaban a los sucesores. El nuevo sonido hip-hop. digitalizado y listo para la radio, pasó a ser una música pop comercial.

Nuevas llamas de esperanza
Con el apoyo masivo de los gigantes de la distribución, las estrellas del hip-hop se habituaron a vender medio millón de ejemplares o más desde su primer álbum. Media docena de revistas aparecieron para aprovechar el maná de la publicidad. El dinero de Hollywood también acudió convirtiendo en estrellas multimedia a los raperos LL Cool J y Ice Cube.
Proliferaron los contratos publicitarios entre firmas como Sprite o Gap y artistas de segundo orden. El productor Russell Simmons declaró que la generación del hip-hop “es la principal creadora de marcas que el mundo ha conocido jamás”. Sus aficionados se han convertido en una población de consumidores.
Como ha escrito el autor estadounidense Don DeLillo, “el capital elimina los matices en una cultura”. El hip-hop transformó la cultura popular en el mundo. En Kenya, los jóvenes llevan gorras de béisbol Adidas y zapatillas Nike y organizan tumultuosos conciertos de rap que recuerdan las grandes fiestas de Bambaataa en el Bronx de años atrás. No está claro si esas fiestas reflejan una rebelión juvenil híbrida o una rendición ante el capitalismo mundial.
Sin embargo, esta cultura es la clave para entender a toda una generación. Forjada en el fuego, tiene siempre una cerilla a mano. El rap recompensa a los que representan las realidades de su público. Aunque parezca exacerbar los más bajos impulsos, sus defensores pueden replicar que sabe hablar a la juventud tal como es y allí donde está.
Son muchos los que piensan que esta cultura es liberadora. En ciudades del mundo entero, los jóvenes utilizan el hip-hop como instrumento contra el racismo o la brutalidad policial. Para ellos, cultura y política son inseparables. El hip-hop, nacido de los incendios destructores de los años sesenta y setenta, ha encendido nuevas llamas de esperanza en las generaciones actuales. Los incendios purificadores están por venir.