Le Courrier

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2. Escenas locales
| Un guerrero maorí | Las denuncias del rap argelino | Miriam Makeba y la generación kwaito | El cartel del rap y otros cuentos de Colombia | Los entresijos de la música dance | Conmoción en Byron Bay | Electrones libres en Belgrado | Breve historia de los disc-jockeys | Crónica de una diáspora | La abuela experta en bhangra |
Ritmo negro, máscara blanca

Jeffrey O.G. Ogbar y Vijay Prashad. Jeffrey Ogbar es profesor de historia en la Universidad de Connecticut e investigador especializado en el movimiento “Black Power” en la Universidad de Harvard. Vijay Prashad es profesor en el Trinity College (Connecticut) y miembro del consejo del Center for Third World Organizing. Ha publicado Karma of Brown Folk (Minnesota, 2000) y Untouchable Freedom (Oxford, 2000).
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… Lifers group, un conjunto de rap…



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…formado en una prisión de Nueva Jersey,...



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… difunde en sus vídeos el día a día de la penitenciaría.



Fumándonos la verdad de los honrados,
ahogando los juegos que el necio trata de jugar encajamos los golpes bajos y damos espectáculo.
Enseñamos la verdad a los jóvenes para que nunca den un paso atrás ante la corriente.

Fragmento de Against the Flow, de los raperos neozelandeses Upper Hutt Posse.

El hip-hop, nacido en Estados Unidos de la rebelión de los afroamericanos contra el racismo, rinde sus armas y cae en la apología del consumismo.

De Bogotá a Beijing, los apóstoles del hip-hop con su mensaje de ira y de rebelión hacen vibrar tanto a los jóvenes ricos como a los pobres, en los países prósperos y en los que no lo son. Se diría que la cultura afroamericana fascina al planeta. Pero, en su propia casa, los negros son víctimas de una auténtica guerra, cuyo principal frente de combate es el mundo carcelario. Un bastión en expansión: en Estados Unidos la tasa de encarcelamiento es de seis a diez veces superior a la de la mayoría de las naciones industrializadas. De los dos millones de presos, 49% son negros, si bien representan sólo 13% de la población. Casi uno de cada tres negros de 20 a 29 años se ve atrapado en la maraña del control correccional. Esos individuos pierden el derecho de voto y quedan privados de su condición de ciudadanos ante el Estado y la sociedad.
Fuera de las cárceles, el desempleo constituye otra forma de prisión. La tasa de 7% puede parecer baja, pero no incluye al grupo de los trabajadores “desechables”, los empleados con jornada parcial. Alrededor de 8% de los afroamericanos se encuentran oficialmente sin empleo, pero ese porcentaje se eleva a 32% entre los jóvenes.
El hip-hop es la “C
NN de la América negra”, afirma el rapero Chuck D, de Public Enemy. Esta metáfora refleja de manera aguda, pero incompleta, el carácter ambivalente de la fascinación que experimenta el mundo por el rap como expresión artística de la rebelión. Por un lado, CNN cubre la actualidad mundial, mientras los raperos actúan como reporteros brindando información en directo sobre la violencia en los suburbios y las barriadas, de Lagos a Frankfurt. Por otro, los medios de información internacionales como CNN sólo abordan esa realidad superficialmente y seducen al público ofreciendo una actualidad-espectáculo fácil de digerir.
Como el jazz y el rock n’roll en el pasado, el hip-hop ha convertido a la juventud de la clase obrera estadounidense, y a los afroamericanos en particular, en un crisol cultural para el mercado internacional. Su poder emblemático adopta diversas formas, según las reivindicaciones y los objetivos políticos de sus adeptos. Algunos utilizan el hip-hop para atacar la pobreza, la opresión y la corrupción. Otros atentan contra la ortodoxia cultural, glorificando la violencia, el materialismo desenfrenado y una abierta misoginia. A menudo esos elementos contradictorios se dan simultáneamente.
En los países industrializados, el hip-hop sirve de himno de liberación a las víctimas del racismo y la pobreza. Los suburbios desfavorecidos de París vibran al ritmo de MC Solaar, francés de origen senegalés, del rap rai de inspiración norafricana y del grupo N
TM, que denuncia el fascismo del Frente Nacional, partido francés de ultraderecha. Cruzando el canal de la Mancha, los raperos británicos de origen asiático de Fun Da Mental consagran el derecho de autodefensa frente a los atentados racistas, mientras los hip-hoppers alemanes exigen respeto por su ascendencia turca.
Sin embargo, el hip-hop no es más que uno de los numerosos productos comerciales que los jóvenes utilizan para rebelarse contra el orden familiar. La música, la vestimenta y el comportamiento sirven para distinguir una generación de otra. Los adolescentes tailandeses recorren las calles en coches de lujo, animados por la energía salvaje y la cólera del rap estadounidense sin que la situación política de su país sea en absoluto comparable a la de Estados Unidos. Como afirma el rapero estadounidense L.L. Cool J: “Al rap no se le puede poner una etiqueta. Se impone en todas partes.”
Cuba es un ejemplo elocuente de las contradicciones del rap. Desde 1996 el gobierno apoya la celebración de una conferencia anual del hip-hop que da a conocer a las estrellas locales e internacionales, en su mayoría latinoamericanas. Según la revista de hip-hop The Source, Fidel Castro “estima que la música rap es la voz revolucionaria de la Cuba del futuro”. Sin embargo, el hip-hop desafía la visión socialista cuando en los conciertos los jóvenes cubanos gritan: “Todo es cuestión de benjamines” (refiriéndose a la efigie de Benjamin Franklin impresa en los billetes de 100 dólares).
El mensaje contradictorio del hip-hop cobra sentido a la luz del materialismo exacerbado que predomina desde el fin de la Guerra Fría y que amenaza a la juventud en todas partes. Un rasgo distintivo de la ética de este tipo de cultura musical es reclamar la “tajada” de la riqueza de la sociedad que le corresponde a cada uno. Pero ello puede interpretarse como una aspiración individual o colectiva. ¿Se anhelan esas ventajas materiales para sí o para la comunidad? La pregunta es tan compleja que resulta difícil, si no imposible, desentrañar sus componentes.
Tomemos el ejemplo de Sudáfrica, de cuyos townships han surgido recientemente algunos de los luchadores por la justicia social más disciplinados y ejemplares. Ahora, en los barrios mestizos en torno a Ciudad del Cabo, las bandas se inspiran en el rap gangsta, llamándose a sí mismos “americanos” y haciendo la “w”, un signo con la mano de los raperos gangsta de la costa oeste de Estados Unidos. El ejemplo sudafricano muestra que el hip-hop no siempre conduce a una rebelión antirracista y anticapitalista y que a menudo cae en la trampa del sistema contra el que intenta rebelarse.
Al hip-hop no le corresponde llevar a cabo por sí solo la transformación de la sociedad –es una cultura pop y no un manifiesto. Sin embargo, observando las aspiraciones de sus músicos, podemos seguir el ascenso del hip-hop como un poder emblemático y su ocaso cuando la fuerza de asimilación de la economía capitalista transforma su riqueza musical en un himno a la gloria del enriquecimiento personal.