
… Lifers group, un conjunto de rap…

…formado en una prisión de Nueva Jersey,...

… difunde en sus vídeos el día a día de la penitenciaría.
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Fumándonos la verdad
de los honrados,
ahogando los juegos que el necio trata de jugar encajamos los golpes bajos y damos
espectáculo.
Enseñamos la verdad a los jóvenes para que nunca den un paso atrás
ante la corriente.
Fragmento
de Against the Flow, de los raperos neozelandeses Upper Hutt Posse.
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El hip-hop, nacido en Estados
Unidos de la rebelión de los afroamericanos contra el racismo, rinde sus armas
y cae en la apología del consumismo.
De
Bogotá a Beijing, los apóstoles del hip-hop con su mensaje de ira y
de rebelión hacen vibrar tanto a los jóvenes ricos como a los pobres,
en los países prósperos y en los que no lo son. Se diría que
la cultura afroamericana fascina al planeta. Pero, en su propia casa, los negros
son víctimas de una auténtica guerra, cuyo principal frente de combate
es el mundo carcelario. Un bastión en expansión: en Estados Unidos
la tasa de encarcelamiento es de seis a diez veces superior a la de la mayoría
de las naciones industrializadas. De los dos millones de presos, 49% son negros,
si bien representan sólo 13% de la población. Casi uno de cada tres
negros de 20 a 29 años se ve atrapado en la maraña del control correccional.
Esos individuos pierden el derecho de voto y quedan privados de su condición
de ciudadanos ante el Estado y la sociedad.
Fuera de las cárceles, el desempleo constituye otra forma de prisión.
La tasa de 7% puede parecer baja, pero no incluye al grupo de los trabajadores “desechables”,
los empleados con jornada parcial. Alrededor de 8% de los afroamericanos se encuentran
oficialmente sin empleo, pero ese porcentaje se eleva a 32% entre los jóvenes.
El hip-hop es la “CNN de la América negra”,
afirma el rapero Chuck D, de Public Enemy. Esta metáfora refleja de manera
aguda, pero incompleta, el carácter ambivalente de la fascinación que
experimenta el mundo por el rap como expresión artística de la rebelión.
Por un lado, CNN cubre la actualidad mundial,
mientras los raperos actúan como reporteros brindando información en
directo sobre la violencia en los suburbios y las barriadas, de Lagos a Frankfurt.
Por otro, los medios de información internacionales como CNN
sólo abordan esa realidad superficialmente y seducen al público ofreciendo
una actualidad-espectáculo fácil de digerir.
Como el jazz y el rock n’roll en el pasado, el hip-hop ha convertido a la juventud
de la clase obrera estadounidense, y a los afroamericanos en particular, en un crisol
cultural para el mercado internacional. Su poder emblemático adopta diversas
formas, según las reivindicaciones y los objetivos políticos de sus
adeptos. Algunos utilizan el hip-hop para atacar la pobreza, la opresión y
la corrupción. Otros atentan contra la ortodoxia cultural, glorificando la
violencia, el materialismo desenfrenado y una abierta misoginia. A menudo esos elementos
contradictorios se dan simultáneamente.
En los países industrializados, el hip-hop sirve de himno de liberación
a las víctimas del racismo y la pobreza. Los suburbios desfavorecidos de París
vibran al ritmo de MC Solaar, francés de origen senegalés, del rap
rai de inspiración norafricana y del grupo NTM, que denuncia el fascismo del
Frente Nacional, partido francés de ultraderecha. Cruzando el canal de la
Mancha, los raperos británicos de origen asiático de Fun Da Mental
consagran el derecho de autodefensa frente a los atentados racistas, mientras los
hip-hoppers alemanes exigen respeto por su ascendencia turca.
Sin embargo, el hip-hop no es más que uno de los numerosos productos comerciales
que los jóvenes utilizan para rebelarse contra el orden familiar. La música,
la vestimenta y el comportamiento sirven para distinguir una generación de
otra. Los adolescentes tailandeses recorren las calles en coches de lujo, animados
por la energía salvaje y la cólera del rap estadounidense sin que la
situación política de su país sea en absoluto comparable a la
de Estados Unidos. Como afirma el rapero estadounidense L.L. Cool J: “Al rap no se
le puede poner una etiqueta. Se impone en todas partes.”
Cuba es un ejemplo elocuente de las contradicciones del rap. Desde 1996 el gobierno
apoya la celebración de una conferencia anual del hip-hop que da a conocer
a las estrellas locales e internacionales, en su mayoría latinoamericanas.
Según la revista de hip-hop The Source, Fidel Castro “estima que la música
rap es la voz revolucionaria de la Cuba del futuro”. Sin embargo, el hip-hop desafía
la visión socialista cuando en los conciertos los jóvenes cubanos gritan:
“Todo es cuestión de benjamines” (refiriéndose a la efigie de Benjamin
Franklin impresa en los billetes de 100 dólares).
El mensaje contradictorio del hip-hop cobra sentido a la luz del materialismo exacerbado
que predomina desde el fin de la Guerra Fría y que amenaza a la juventud en
todas partes. Un rasgo distintivo de la ética de este tipo de cultura musical
es reclamar la “tajada” de la riqueza de la sociedad que le corresponde a cada uno.
Pero ello puede interpretarse como una aspiración individual o colectiva.
¿Se anhelan esas ventajas materiales para sí o para la comunidad? La
pregunta es tan compleja que resulta difícil, si no imposible, desentrañar
sus componentes.
Tomemos el ejemplo de Sudáfrica, de cuyos townships han surgido recientemente
algunos de los luchadores por la justicia social más disciplinados y ejemplares.
Ahora, en los barrios mestizos en torno a Ciudad del Cabo, las bandas se inspiran
en el rap gangsta, llamándose a sí mismos “americanos” y haciendo la
“w”, un signo con la mano de los raperos gangsta de la costa oeste de Estados Unidos.
El ejemplo sudafricano muestra que el hip-hop no siempre conduce a una rebelión
antirracista y anticapitalista y que a menudo cae en la trampa del sistema contra
el que intenta rebelarse.
Al hip-hop no le corresponde llevar a cabo por sí solo la transformación
de la sociedad –es una cultura pop y no un manifiesto. Sin embargo, observando las
aspiraciones de sus músicos, podemos seguir el ascenso del hip-hop como un
poder emblemático y su ocaso cuando la fuerza de asimilación de la
economía capitalista transforma su riqueza musical en un himno a la gloria
del enriquecimiento personal.
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