
Las letras de los temas de Te Kupu tratan de ser una llamada de atención a
la sociedad. |
Dean Hapeta inventó
el hip-hop político neozelandés contribuyendo con la fuerza de la cultura
maorí a la lucha del nacionalismo negro.
“¡Negro!”
El insulto del motociclista destruyó para siempre la visión que un
niño de ocho años tenía de la sociedad maorí y de la
sociedad blanca de Aotearoa, nombre original de Nueva Zelandia. Adquirió conciencia
de su diferencia y desde entonces rechazó tanto a sus hermanos pacíficos
y sumisos como a las bandas maoríes de Upper Hutt, el barrio obrero donde
vivía, en las afueras de Wellington, la capital. Y al volverse hacia la sociedad
blanca, lo que experimentó fue opresión. Con el tiempo, Dean Hapeta
comprendió que podía existir una “nueva casta”–orgullosa de su pasado
maorí y empeñada en una ruptura radical con el legado colonial.
Hoy, a los 32 años, Hapeta se describe como “un negro malo” aludiendo a su
radicalismo político, que para algunos es la fuerza de este rapero y, para
otros, su debilidad. Ha logrado integrar en el gran movimiento del hip-hop afroamericano
la cultura, la lengua y las exigencias políticas de los maoríes –desde
los derechos de pesca a las reivindicaciones territoriales y económicas. Hapeta
y su grupo Upper Hutt Posse (UHP) han influido en una generación neozelandesa
de músicos y de aficionados al hip-hop. Antes de la irrupción de estos
“guerreros”, la música maorí era un resabio exótico para turistas.
Al rapear en su lengua e incorporar los sonidos, los valores y la historia de su
pueblo, Hapeta y sus compañeros destruyeron los estereotipos de la identidad
maorí.
La
escuela de la calle
La conciencia
política de este rapero no fue consecuencia del “despertar cultural” de los
años setenta, época en que la clase media maorí redescubrió
sus raíces. La calle, su whakapapa (el lugar al que uno pertenece), fue su
única maestra. Cuando en 1985 empezó a hacer música con su grupo,
sus primeras canciones se inspiraban en el reggae jamaicano del legendario Bob Marley
y no desentonaban en los barrios desfavorecidos, donde los conflictos con la policía
eran casi una rutina.
Al exaltar la historia de los antiguos esclavos y de los pueblos colonizados, el
reggae permitió a Hapeta descubrir la “supranacionalidad de los negros” y
las luchas colectivas de los oprimidos. Pero una nueva ola de profetas apareció
en Aotearoa: raperos estadounidenses como Afrika Bambaataa y Grandmaster Flash. Su
experiencia personal y la inspiración venida de Estados Unidos fueron los
dos elementos con los que Hapeta empezó a radicalizar su mensaje. Gracias
a un cargo en el ministerio de Justicia, recorrió el país para escuchar
las reivindicaciones territoriales de los maoríes, y al mismo tiempo descubrió
la autobiografía de Malcolm X.
Un
instrumento de acción política
“Ese libro
fue una revelación”, declaró. “Ese orgullo de la propia identidad y
la capacidad de transformarlo en acción constituyó para mí una
fuente de inspiración…” La vida del nacionalista negro —un héroe por
su ardiente defensa del orgullo racial en los años cincuenta y sesenta— impulsó
a Hapeta a convertirse en un líder y a adoptar el hip-hop como instrumento
de acción política contra el racismo y en defensa de los intereses
maoríes. Paradójicamente, pronto se acercó a Hapeta el hijo
de Elijah Muhammad, el hombre que expulsó a Malcolm X de la Nación
del Islam, uno de los grupos negros militantes más influyentes y controvertidos.1 De visita en Nueva Zelandia, Rasul Muhammad
invitó a Hapeta y su grupo a tocar en Detroit y a entrevistarse con el líder
del movimiento, el reverendo Louis Farrakhan, cuyas declaraciones antisemitas y posturas
extremistas sobre la diferencia entre las razas desencadenaron una acalorada polémica.
En buena medida, el viaje fue un símbolo del diálogo instaurado por
Hapeta entre la cultura maorí y las influencias afroamericanas. Al principio,
la balanza se inclinó del lado americano. Pero con el tiempo Hapeta encontró
un equilibrio. Recuerda que “conocer a Farrakhan fue como llegar a la cima”. Pero
también experimentó la emoción de tocar en Detroit y Nueva York
y de ser entrevistado en el Apollo Theatre de Harlem. La calurosa acogida que recibió
en la patria del hip-hop contribuyó a que Hapeta se sintiera legitimado.
Al regresar a Nueva Zelandia, Hapeta, el paladín del nacionalismo maorí,
sacudió las conciencias y suscitó controversias. Su postura sin concesiones
sobre los derechos territoriales contrarió a activistas más conciliadores
y, en oportunidades, a ciertos grupos polinesios de las islas del Pacífico,
Samoa, Niue y Tonga. Por ejemplo, en un concierto en 1990, aficionados polinesios
gritaron a Hapeta “vete a casa” después de que anunciara que Aotearoa era
la tierra de los maoríes. Ese mismo año Hapeta obtuvo la condena por
difamación del periódico Auckland Star por haber sostenido que UHP
había impedido el acceso de dos jóvenes blancos a un concierto.
Un
embajador del pueblo maorí
Hoy día,
Hapeta actúa solo. Abandonó su seudónimo, D Word, por su traducción
maorí Te Kupu (la palabra). Dos versiones de su último álbum,
Ko Te Matakahi Kupu (Las palabras que penetran), aparecieron en enero: una en maorí
y la otra en inglés. Estos cambios reflejan su evolución. Antes los
males de la sociedad parecían dominar su obra, ahora parece haber encontrado
la paz interior arraigándose en su cultura. La comunidad maorí lo respeta
como dirigente político por su dedicación a la cultura y la lengua
(Te Rao) maoríes. Pero el guerrero sigue alerta, rompiendo lanzas en un nuevo
territorio: la sociedad en general. “Dad impulso (al Te Rao), integradlo en la sociedad.
Utilizad los conceptos de responsabilidad social y humanitaria para cambiar las mentalidades”,
exhorta el músico.
Al mismo tiempo ha ampliado sus horizontes recorriendo el planeta. Descubrió
así a otros raperos que se han forjado una conciencia política, en
el Reino Unido por ejemplo. “Obtengo enseñanzas de todos los combates, saliendo
de mí mismo y regresando para compartir lo que he aprendido, como un embajador
del pueblo maorí”, proclama. Sigue así los consejos del gran líder
maorí Sir Apirana Ngata, que en 1897 escribía sobre la necesidad de
resolver los conflictos interiores sin renunciar a “perderse en momentos de gran
exaltación y de imaginación desenfrenada”.
1. Malcolm X fue asesinado
el 21 de febrero de 1965 en Nueva York. Tres miembros de la Nación del Islam
fueron declarados culpables de su asesinato.

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