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El cartel del rap y otros cuentos de Colombia

Timothy Pratt, periodista en Cali, Colombia. Para más información, escribir a: v.comunicaciones@cgiar.org
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Los raperos de Aguablanca hablan el idioma de todos los guetos del mundo, pero reivindican una imagen propia.









Me tachan de traidor cuando trato de la derrota del silencio El silencio es oro, pero yo escogí la cadencia
Una ola, un ciclón, ¿qué dicen los meteorólogos?
Quien siembra vientos, cosecha ritmos.

MC Solaar, rapero francés (1969-)

En Cali, el hip-hop representa una búsqueda de identidad para los que no tienen voz.

En cuanto sugerí un lugar para hacer las fotos de los 15 raperos y breakdancers con quienes íbamos a encontrarnos en Aguablanca, Colombia, empezaron los problemas. Camino de la entrevista, había pasado en taxi delante de una peluquería de barrio con un póster del rapero estadounidense Tupac Shakur, asesinado en 1996, y cortes de pelo extrañísimos pintados en el escaparate y pensé que podría ser un buen decorado de fondo.
Pero en cuanto expuse mi idea, un muchacho apodado “Maligno” me plantó cara y dijo: “No pienso aceptar eso de los peluqueros. La gente dice que ellos están con nosotros porque hacen peinados hip-hop, pero no necesariamente es así, ¿entendés?” Las quejas continuaron cuando llegamos a la peluquería y cuatro de los raperos señalaron su nombre con un dedo acusador: “New American Power”. Lalo Borja, el fotógrafo, y yo mismo sugerimos inmediatamente buscar otro lugar.
Caminando por una callejuela cercana, traté de explicarles que quizá a los lectores de otros lugares del mundo les gustaría ver dónde viven. “Vos querés ver la pobreza en la que vivimos, ¿verdad?”, preguntó Puto, un joven con la cabeza llena de trencitas a lo rastafari. “Aquí tenés”, dijo señalando una chabola al final de una calle polvorienta. “Apuesto a que quieren tomarnos una foto en frente de esa casa, ¿verdad? ”Discutimos así durante una hora, y al final Lalo, un colombiano con muchos viajes a sus espaldas, sudaba, y no precisamente por el calor. “No es fácil trabajar con estos muchachos”, reflexionó.

Una versión original
Empecé a darme cuenta de lo que significa el hip-hop en Colombia: una búsqueda de identidad para los que no tienen otra manera de hacerse oír. Esos muchachos querían que las fotos de Lalo mostraran exactamente quiénes eran, hasta el último detalle. Hablan “la lengua de los guetos del mundo”, como me explicó después Carlos Andrés Pacheco, rapero y productor musical de 23 años, aunque en su propia versión: urbana, sudamericana, colombiana. Esto puede significar incluir en una melodía ritmos típicos de la salsa de Cali, o incluso hacer raps sobre el narcotráfico que hace estragos en la sociedad colombiana.
Aguablanca, situada en lo que antes eran tierras pantanosas en la margen sur de Cali, la segunda ciudad del país, es hoy una de las mayores “invasiones” de América Latina, zonas en la periferia de las grandes ciudades donde la población busca refugio de la violencia rural y la pobreza. En los últimos decenios, alrededor de 400.000 personas de color procedentes de la costa del Pacífico se instalaron aquí, donde encontraron a menudo más violencia y más pobreza. Desde 1994, la Red Cultural de Aguablanca ha tratado de ayudar, apoyando por ejemplo a unos 25 grupos de rap y breakdance de los muchos que existen en la zona.
Este apoyo incluye aspectos prácticos, como proporcionar a los grupos un lugar de reunión, algo considerable si se tiene en cuenta que muchos de estos jóvenes viven con hasta seis hermanos en casas pequeñas de una sola planta y que pocas instituciones abren sus puertas a pandillas de quinceañeros de pintas dudosas. Uno de los líderes de la Red es Robinsón Ruiz, que también es miembro de bs, un trío de rap que hace unos diez años incluso rodó un vídeo, símbolo de cierto estatus en la escena rapera colombiana.

“Crear conciencia”
Ruiz ha convocado una reunión para discutir sobre los próximos acontecimientos, incluido el primer aniversario de un programa radial semanal dedicado al rap, titulado “La Zona”. Cali, que cuenta con cuatro emisoras de radio que emiten rap, es líder del país en esta música por delante de Bogotá, que tiene sólo dos.
Los quince raperos y breakers presentes insistieron en el mismo aspecto: la identidad. Se preguntaron a quién y por qué debían agradecer el año de vida del programa, o, lo que es lo mismo, quién está realmente con ellos y quién no.
Pocos días después, el rapero Carlos Andrés Pacheco subrayó otro de los aspectos de la cultura hip-hop local. Hasta hace poco era miembro del grupo bogotano Gotas de Rap, uno de los pocos que ha grabado discos compactos e incluso participado en tres giras europeas. Pacheco contó la historia del Cartel Colombia Rap, un “grupo gremial” que fundó hace tres años junto con miembros de otros cinco conjuntos para ayudar a los nuevos raperos a conseguir instrumentos y estudios de grabación. Entre los problemas que hubo de afrontar mencionó “las diferentes formas de pensar” de sus miembros. “Muchos grupos piensan que van a llenarse de plata con sólo grabar una cinta promocional y hacer algunas presentaciones. Piensan que enseguida van a andar en un Cadillac, pero no tienen conciencia de lo que es realmente el rap.”
Para Pacheco, la labor del hip-hop es “crear conciencia” en el público, y para ello pueden hacerse incluso raps sobre las complejas relaciones que mantienen Washington y Bogotá en la lucha contra las drogas. “Yo lo veo así: nosotros vendemos cocaína como Estados Unidos vende armas, que también matan a la gente. Ambas cosas son parte de la economía y para la gente del campo es difícil sobrevivir aquí de otra manera”, dice. En las letras de sus temas, trata de poner de manifiesto las opciones positivas al alcance de los muchachos de las ciudades colombianas, “que siempre tienen la puerta abierta a las pandillas, la droga y la cárcel”. Aunque también reconoce que no es fácil hablar de esos temas en un país tan violento como Colombia. “Hay que tener cuidado con la forma de transmitir el mensaje, tiene que ser casi subliminal”, comenta.

Cultura, no violencia
Para la mayoría de los raperos hay dos tipos de mensajes que vale la pena transmitir: protestas y propuestas. María Eugenía Barquero tiene 18 años y es miembro de Impacto Latino, un grupo formado por cinco muchachas que empieza a pisar fuerte en el hip-hop colombiano: “Nuestra propuesta es decir a los muchachos que usen la cultura en lugar de la violencia y la droga para que se sientan orgullosos de ser colombianos”, dice, antes de explicar que algunos grupos se centran en protestar contra el gobierno, los ricos o Estados Unidos. Para ella, la imagen gangsta que se tiene de numerosos raperos estadounidenses no es más que una maniobra comercial de escaso interés.
Quise saber si se identifica como persona de color y si ello influye en sus “propuestas”, así que le pregunté a qué negros colombianos admira: “A mi padre”, respondió, “por todo lo que ha hecho para educarnos”. Cuando le pedí más nombres, me replicó: “¿Pero tienen que ser negros?”, y, limitando su respuesta a “gente en general” mencionó a las raperas de Estados Unidos
TLC y al grupo Salt n’ Peppa.
Barquero admite las dificultades de ser mujer y de raza negra: “Sientes que los otros grupos y el público se preguntan si lo podemos hacer, así que nosotras les mostramos que sí”. Además, se ve a sí misma como una especie de embajadora potencial: de aquí a cinco años espera poder recorrer todo el país llevando su mensaje de no violencia. Aunque todavía no ha pensado en cómo superará una barrera importante: el dinero.
Hablando de las escasas gratificaciones financieras que proporciona el hip-hop, Luis Felipe Jaramillo, de Discos Fuentes, nos cuenta una experiencia que vivió hace dos años cuando era productor de grupos de rap. Su casa de discos no apreciaba las letras “que atacaban a Estados Unidos y a los conquistadores españoles”, así que decidió difundir sus discos bajo otro nombre: Factory Records.
“Lanzamos ese proyecto sobre todo para ayudar a los grupos”, dice Jaramillo. Sólo se hicieron 1.000 copias del disco, “y se vendieron muchas menos”. Por eso, Discos Fuentes ya no se embarca en grandes producciones en materia de rap, exceptuando Latinos en la Casa, que cantan sobre temas como Juan Pablo Montoya, el joven piloto colombiano que recientemente ganó la carrera de autos Indianápolis 500, del que se editarán 1.500 copias. Ni siquiera Gotas de Rap, uno de los grupos más populares de Colombia, ha logrado hacer tiradas de más de 5.000 compactos.
Orlando Cajamarca, un director de escena que lleva 14 años haciendo teatro para los 150.000 niños de Aguablanca, se pregunta por el futuro del rap en Colombia más desde un punto de vista cultural que económico. Para él, el rap forma parte de la globalización, y de hecho llegó a Colombia en los diez últimos años de la mano de la televisión por cable. “Hasta los tugurios más pobres tienen televisión”, recalca.
Patricia Ariza, productora del grupo Gotas de Rap, no está de acuerdo. “El hip-hop es una alternativa cultural valiosa para los sectores marginales de la sociedad”, dice, destacando su fe en el futuro financiero de esta música: “El mundo comercial siempre demora mucho en reconocer al mundo alternativo, pero tarde o temprano lo hace.”