
Los raperos de Aguablanca hablan el idioma de todos los guetos del mundo, pero reivindican
una imagen propia.
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Me tachan de traidor cuando
trato de la derrota del silencio El silencio es oro, pero yo escogí la cadencia
Una ola, un ciclón, ¿qué dicen los meteorólogos?
Quien siembra vientos, cosecha ritmos.
MC
Solaar, rapero francés (1969-)
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En Cali, el hip-hop representa
una búsqueda de identidad para los que no tienen voz.
En
cuanto sugerí un lugar para hacer las fotos de los 15 raperos y breakdancers
con quienes íbamos a encontrarnos en Aguablanca, Colombia, empezaron los problemas.
Camino de la entrevista, había pasado en taxi delante de una peluquería
de barrio con un póster del rapero estadounidense Tupac Shakur, asesinado
en 1996, y cortes de pelo extrañísimos pintados en el escaparate y
pensé que podría ser un buen decorado de fondo.
Pero en cuanto expuse mi idea, un muchacho apodado “Maligno” me plantó cara
y dijo: “No pienso aceptar eso de los peluqueros. La gente dice que ellos están
con nosotros porque hacen peinados hip-hop, pero no necesariamente es así,
¿entendés?” Las quejas continuaron cuando llegamos a la peluquería
y cuatro de los raperos señalaron su nombre con un dedo acusador: “New American
Power”. Lalo Borja, el fotógrafo, y yo mismo sugerimos inmediatamente buscar
otro lugar.
Caminando por una callejuela cercana, traté de explicarles que quizá
a los lectores de otros lugares del mundo les gustaría ver dónde viven.
“Vos querés ver la pobreza en la que vivimos, ¿verdad?”, preguntó
Puto, un joven con la cabeza llena de trencitas a lo rastafari. “Aquí tenés”,
dijo señalando una chabola al final de una calle polvorienta. “Apuesto a que
quieren tomarnos una foto en frente de esa casa, ¿verdad? ”Discutimos así
durante una hora, y al final Lalo, un colombiano con muchos viajes a sus espaldas,
sudaba, y no precisamente por el calor. “No es fácil trabajar con estos muchachos”,
reflexionó.
Una
versión original
Empecé
a darme cuenta de lo que significa el hip-hop en Colombia: una búsqueda de
identidad para los que no tienen otra manera de hacerse oír. Esos muchachos
querían que las fotos de Lalo mostraran exactamente quiénes eran, hasta
el último detalle. Hablan “la lengua de los guetos del mundo”, como me explicó
después Carlos Andrés Pacheco, rapero y productor musical de 23 años,
aunque en su propia versión: urbana, sudamericana, colombiana. Esto puede
significar incluir en una melodía ritmos típicos de la salsa de Cali,
o incluso hacer raps sobre el narcotráfico que hace estragos en la sociedad
colombiana.
Aguablanca, situada en lo que antes eran tierras pantanosas en la margen sur de Cali,
la segunda ciudad del país, es hoy una de las mayores “invasiones” de América
Latina, zonas en la periferia de las grandes ciudades donde la población busca
refugio de la violencia rural y la pobreza. En los últimos decenios, alrededor
de 400.000 personas de color procedentes de la costa del Pacífico se instalaron
aquí, donde encontraron a menudo más violencia y más pobreza.
Desde 1994, la Red Cultural de Aguablanca ha tratado de ayudar, apoyando por ejemplo
a unos 25 grupos de rap y breakdance de los muchos que existen en la zona.
Este apoyo incluye aspectos prácticos, como proporcionar a los grupos un lugar
de reunión, algo considerable si se tiene en cuenta que muchos de estos jóvenes
viven con hasta seis hermanos en casas pequeñas de una sola planta y que pocas
instituciones abren sus puertas a pandillas de quinceañeros de pintas dudosas.
Uno de los líderes de la Red es Robinsón Ruiz, que también es
miembro de bs, un trío de rap que hace unos diez años incluso rodó
un vídeo, símbolo de cierto estatus en la escena rapera colombiana.
“Crear
conciencia”
Ruiz ha convocado
una reunión para discutir sobre los próximos acontecimientos, incluido
el primer aniversario de un programa radial semanal dedicado al rap, titulado “La
Zona”. Cali, que cuenta con cuatro emisoras de radio que emiten rap, es líder
del país en esta música por delante de Bogotá, que tiene sólo
dos.
Los quince raperos y breakers presentes insistieron en el mismo aspecto: la identidad.
Se preguntaron a quién y por qué debían agradecer el año
de vida del programa, o, lo que es lo mismo, quién está realmente con
ellos y quién no.
Pocos días después, el rapero Carlos Andrés Pacheco subrayó
otro de los aspectos de la cultura hip-hop local. Hasta hace poco era miembro del
grupo bogotano Gotas de Rap, uno de los pocos que ha grabado discos compactos e incluso
participado en tres giras europeas. Pacheco contó la historia del Cartel Colombia
Rap, un “grupo gremial” que fundó hace tres años junto con miembros
de otros cinco conjuntos para ayudar a los nuevos raperos a conseguir instrumentos
y estudios de grabación. Entre los problemas que hubo de afrontar mencionó
“las diferentes formas de pensar” de sus miembros. “Muchos grupos piensan que van
a llenarse de plata con sólo grabar una cinta promocional y hacer algunas
presentaciones. Piensan que enseguida van a andar en un Cadillac, pero no tienen
conciencia de lo que es realmente el rap.”
Para Pacheco, la labor del hip-hop es “crear conciencia” en el público, y
para ello pueden hacerse incluso raps sobre las complejas relaciones que mantienen
Washington y Bogotá en la lucha contra las drogas. “Yo lo veo así:
nosotros vendemos cocaína como Estados Unidos vende armas, que también
matan a la gente. Ambas cosas son parte de la economía y para la gente del
campo es difícil sobrevivir aquí de otra manera”, dice. En las letras
de sus temas, trata de poner de manifiesto las opciones positivas al alcance de los
muchachos de las ciudades colombianas, “que siempre tienen la puerta abierta a las
pandillas, la droga y la cárcel”. Aunque también reconoce que no es
fácil hablar de esos temas en un país tan violento como Colombia. “Hay
que tener cuidado con la forma de transmitir el mensaje, tiene que ser casi subliminal”,
comenta.
Cultura,
no violencia
Para la mayoría
de los raperos hay dos tipos de mensajes que vale la pena transmitir: protestas y
propuestas. María Eugenía Barquero tiene 18 años y es miembro
de Impacto Latino, un grupo formado por cinco muchachas que empieza a pisar fuerte
en el hip-hop colombiano: “Nuestra propuesta es decir a los muchachos que usen la
cultura en lugar de la violencia y la droga para que se sientan orgullosos de ser
colombianos”, dice, antes de explicar que algunos grupos se centran en protestar
contra el gobierno, los ricos o Estados Unidos. Para ella, la imagen gangsta que
se tiene de numerosos raperos estadounidenses no es más que una maniobra comercial
de escaso interés.
Quise saber si se identifica como persona de color y si ello influye en sus “propuestas”,
así que le pregunté a qué negros colombianos admira: “A mi padre”,
respondió, “por todo lo que ha hecho para educarnos”. Cuando le pedí
más nombres, me replicó: “¿Pero tienen que ser negros?”, y,
limitando su respuesta a “gente en general” mencionó a las raperas de Estados
Unidos TLC y al grupo Salt n’ Peppa.
Barquero admite las dificultades de ser mujer y de raza negra: “Sientes que los otros
grupos y el público se preguntan si lo podemos hacer, así que nosotras
les mostramos que sí”. Además, se ve a sí misma como una especie
de embajadora potencial: de aquí a cinco años espera poder recorrer
todo el país llevando su mensaje de no violencia. Aunque todavía no
ha pensado en cómo superará una barrera importante: el dinero.
Hablando de las escasas gratificaciones financieras que proporciona el hip-hop, Luis
Felipe Jaramillo, de Discos Fuentes, nos cuenta una experiencia que vivió
hace dos años cuando era productor de grupos de rap. Su casa de discos no
apreciaba las letras “que atacaban a Estados Unidos y a los conquistadores españoles”,
así que decidió difundir sus discos bajo otro nombre: Factory Records.
“Lanzamos ese proyecto sobre todo para ayudar a los grupos”, dice Jaramillo. Sólo
se hicieron 1.000 copias del disco, “y se vendieron muchas menos”. Por eso, Discos
Fuentes ya no se embarca en grandes producciones en materia de rap, exceptuando Latinos
en la Casa, que cantan sobre temas como Juan Pablo Montoya, el joven piloto colombiano
que recientemente ganó la carrera de autos Indianápolis 500, del que
se editarán 1.500 copias. Ni siquiera Gotas de Rap, uno de los grupos más
populares de Colombia, ha logrado hacer tiradas de más de 5.000 compactos.
Orlando Cajamarca, un director de escena que lleva 14 años haciendo teatro
para los 150.000 niños de Aguablanca, se pregunta por el futuro del rap en
Colombia más desde un punto de vista cultural que económico. Para él,
el rap forma parte de la globalización, y de hecho llegó a Colombia
en los diez últimos años de la mano de la televisión por cable.
“Hasta los tugurios más pobres tienen televisión”, recalca.
Patricia Ariza, productora del grupo Gotas de Rap, no está de acuerdo. “El
hip-hop es una alternativa cultural valiosa para los sectores marginales de la sociedad”,
dice, destacando su fe en el futuro financiero de esta música: “El mundo comercial
siempre demora mucho en reconocer al mundo alternativo, pero tarde o temprano lo
hace.”
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