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Electrones libres en Belgrado

Dragan Ambrozic, periodista de la radioemisora independiente B2-92 y organizador de conciertos.
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En lugar de seguir a los líderes políticos de su país, las tribus urbanas de Belgrado prefieren bailar a su propio ritmo. Aquí, un desfile celebrado en 1996.









Nunca nos hacemos
demasiadas preguntas.
Demasiada verdad en la introspección
mantiene el control
y evita la autodegradación.
Imitamos todos los estereotipos,
tratamos de usarlos como una trampa
y nos tornamos brillantes ejemplos
del sistema que nos proponíamos destruir.

Famous and Dandy, del grupo The Disposable Heroes of HipHoprisy, Estados Unidos.

Fascinados por el sueño anarquista de una cultura libre, los jóvenes serbios crean un universo paralelo nacido de la música.

“¡Sintoniza y desconéctate!” Este viejo eslogan resuena en el mundo entero, allí donde los jóvenes, quinceañeros o eternos adolescentes de treinta años, se sumergen en la música para desentenderse del mundo y de sus problemas. Pero, en Belgrado, los aficionados al tecno se “desconectan” con una vehemencia que va más allá de la mera evasión o del desafío a la autoridad.
En el contexto serbio de corrupción y nacionalismo exacerbados, los jóvenes crean un universo paralelo en el que circulan como electrones libres a través de los circuitos de clubes, fiestas underground y redes de música pirata. Su posición apolítica refleja paradójicamente un compromiso político sin concesiones.
Fuera de los Balcanes, la evasión por la música es una manera de ignorar las presiones sociales y familiares. En Belgrado, los jóvenes no sólo rechazan las expectativas de los padres, sino que también dan la espalda al futuro de privaciones que espera a la mayoría. En un país donde 5% de la población posee 80% de la riqueza nacional, sólo una elite tiene posibilidades de realización económica. En los últimos diez años, unos 250.000 adolescentes y adultos jóvenes abandonaron el país, principalmente hacia Alemania, Austria y los Países Bajos.
Sólo un surrealista podría hacer planes para el futuro en una federación que ya no existe. Las manifestaciones en las calles de Belgrado despiertan por un instante la esperanza de una oposición unida y en el minuto siguiente el movimiento se disuelve en medio de una nube de gases lacrimógenos. “¡No nos dejaremos engañar!”, claman las tribus del tecno, que han aprendido a desconfiar de casi todos los políticos de más de treinta años. Los jóvenes ya no toleran las disputas mezquinas de los dirigentes de la oposición, ni respetan el poder establecido. Nadie les ofrece un remedio a las heridas provocadas por la pobreza y la violencia del Estado.
Pero la clásica rebelión juvenil, que resume el eslogan “¡No al futuro!”, no lo explica todo. Al crear un universo paralelo a través de la música, esas tribus del tecno parecen inspirarse en la Temporary Autonomous Zone (Zona Transitoriamente Autónoma,
TAZ)1 del filósofo Hakim Bey, un gurú anarquista instalado en Nueva York. Para comprender el concepto, hay que imaginar “utopías piratas” o “minisociedades que viven conscientemente al margen de la ley y están decididas a continuar así aunque sólo sea durante una vida breve pero placentera”, escribe Bey. Para él, un choque frontal con el Estado equivale a un “martirio inútil”. En vez de perder tiempo en el mundo dogmático y contradictorio de la revolución, en el que una ideología es suplantada por otra, hay que pensar en los placeres de la insurrección. “La TAZ es una rebelión que no combate directamente al Estado, es una operación de guerrilla que libera un espacio (de tierra, de tiempo, de imaginación) y que luego se disuelve a fin de volver a formarse en otro lugar/otro momento, antes de que el Estado pueda sofocarla.”

Un verdadero golpe de Estado musical
Belgrado ofrece un terreno ideal para la TAZ. El Estado omnipresente está lleno de resquicios por los que las tribus pueden colarse. En efecto, el mundo del tecno se desarrolló literalmente de manera subterránea: en el sótano de la Facultad de Artes. Fue en 1992, en el momento culminante del desmembramiento sangriento de la ex Yugoslavia. En el club subterráneo Adademija se produjo un verdadero golpe de Estado musical que sustituyó la vieja vanguardia revolucionaria del rock n’roll por la magia tecno de los disc-jockeys.
Se formaron bandas de adolescentes y jóvenes veintiañeros en torno a una meta común: escapar de un mundo desgarrado por la guerra sumergiéndose en el futurismo tecno. Lentamente crearon un universo cuyas consignas parecen tomadas del libro de Bey. Convertir lo negativo en positivo. Rechazar la política no por apatía, sino creando redes alternativas. Recusar la noción capitalista de trabajo, no por pereza, sino valiéndose del mercado negro. Las tribus del tecno reconquistaron su lugar en clubes y hangares abandonados. Sin dinero para pagar su material, trocaron o reciclaron tocadiscos y amplificadores. Al no tener acceso a los fabricantes de discos o de
CD, trajeron de contrabando grabaciones piratas de Bulgaria. Se diría que siguieron los preceptos de Bey al pie de la letra, aunque muchos nunca han oído hablar de él.
Estos jóvenes prefieren la acción y dejan la filosofía a pensadores como Bey. No se preocupan del pasado ni del futuro, pero en cambio atacan el statu quo. Por ejemplo, en 1996-1997, la oposición realizó manifestaciones durante tres meses cuando el gobierno intentó desconocer su triunfo en las elecciones locales. En vez de seguir a los dirigentes, las tribus del tecno organizaron sus propias protestas carnavalescas. Más tarde, durante los bombardeos de la O
TAN, cientos de personas se reunieron en fiestas tecno organizadas por dos jóvenes de 20 años, Marko Nastic y Dejan Milicevic, conocidos como los Teenage Techno Punks. La rebelión estaba impregnada de utopía que, como afirma Bey, “torna la vida diaria más intensa o, como habrían dicho los surrealistas, incorpora lo maravilloso a la existencia.”

Un arte de vivir en constante rebelión
“¡Atacad las estructuras de control!” exhorta Bey. Entonces las tribus del tecno apuntan contra la verdadera fuente del control gubernamental: las ideas. Adictas del futurismo de la música tecno, atacan la nostalgia del Estado por las “glorias” del pasado. Pisotean la idea de que el dinero puede allanar el camino hacia un futuro mejor, cuando la realidad demuestra que la imprenta estatal de billetes alimenta una inflación galopante. Al evadirse, los adeptos del tecno no derribarán el gobierno ni transformarán directamente la sociedad. Pero ésa nunca fue su meta.
Como explica Bey, “la
TAZ es un arte de vivir en constante rebelión, impetuoso pero suave —un seductor y no un violador, un contrabandista más que un pirata sanguinario, un bailarín y no un pensador.”


1 The Temporary Autonomous Zone, Autonomedia, Anti-copyright, 1985, 1991.


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