
En lugar de seguir a los líderes políticos de su país, las tribus
urbanas de Belgrado prefieren bailar a su propio ritmo. Aquí, un desfile celebrado
en 1996.
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Nunca nos hacemos
demasiadas preguntas.
Demasiada verdad en la introspección
mantiene el control
y evita la autodegradación.
Imitamos todos los estereotipos,
tratamos de usarlos como una trampa
y nos tornamos brillantes ejemplos
del sistema que nos proponíamos destruir.
Famous
and Dandy, del grupo The Disposable Heroes of HipHoprisy, Estados Unidos.
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Fascinados por el sueño
anarquista de una cultura libre, los jóvenes serbios crean un universo paralelo
nacido de la música.
“¡Sintoniza
y desconéctate!” Este viejo eslogan resuena en el mundo entero, allí
donde los jóvenes, quinceañeros o eternos adolescentes de treinta años,
se sumergen en la música para desentenderse del mundo y de sus problemas.
Pero, en Belgrado, los aficionados al tecno se “desconectan” con una vehemencia que
va más allá de la mera evasión o del desafío a la autoridad.
En el contexto serbio de corrupción y nacionalismo exacerbados, los jóvenes
crean un universo paralelo en el que circulan como electrones libres a través
de los circuitos de clubes, fiestas underground y redes de música pirata.
Su posición apolítica refleja paradójicamente un compromiso
político sin concesiones.
Fuera de los Balcanes, la evasión por la música es una manera de ignorar
las presiones sociales y familiares. En Belgrado, los jóvenes no sólo
rechazan las expectativas de los padres, sino que también dan la espalda al
futuro de privaciones que espera a la mayoría. En un país donde 5%
de la población posee 80% de la riqueza nacional, sólo una elite tiene
posibilidades de realización económica. En los últimos diez
años, unos 250.000 adolescentes y adultos jóvenes abandonaron el país,
principalmente hacia Alemania, Austria y los Países Bajos.
Sólo un surrealista podría hacer planes para el futuro en una federación
que ya no existe. Las manifestaciones en las calles de Belgrado despiertan por un
instante la esperanza de una oposición unida y en el minuto siguiente el movimiento
se disuelve en medio de una nube de gases lacrimógenos. “¡No nos dejaremos
engañar!”, claman las tribus del tecno, que han aprendido a desconfiar de
casi todos los políticos de más de treinta años. Los jóvenes
ya no toleran las disputas mezquinas de los dirigentes de la oposición, ni
respetan el poder establecido. Nadie les ofrece un remedio a las heridas provocadas
por la pobreza y la violencia del Estado.
Pero la clásica rebelión juvenil, que resume el eslogan “¡No
al futuro!”, no lo explica todo. Al crear un universo paralelo a través de
la música, esas tribus del tecno parecen inspirarse en la Temporary Autonomous
Zone (Zona Transitoriamente Autónoma, TAZ)1 del filósofo Hakim Bey,
un gurú anarquista instalado en Nueva York. Para comprender el concepto, hay
que imaginar “utopías piratas” o “minisociedades que viven conscientemente
al margen de la ley y están decididas a continuar así aunque sólo
sea durante una vida breve pero placentera”, escribe Bey. Para él, un choque
frontal con el Estado equivale a un “martirio inútil”. En vez de perder tiempo
en el mundo dogmático y contradictorio de la revolución, en el que
una ideología es suplantada por otra, hay que pensar en los placeres de la
insurrección. “La TAZ es una rebelión que no combate directamente al
Estado, es una operación de guerrilla que libera un espacio (de tierra, de
tiempo, de imaginación) y que luego se disuelve a fin de volver a formarse
en otro lugar/otro momento, antes de que el Estado pueda sofocarla.”
Un
verdadero golpe de Estado musical
Belgrado ofrece
un terreno ideal para la TAZ. El Estado omnipresente está
lleno de resquicios por los que las tribus pueden colarse. En efecto, el mundo del
tecno se desarrolló literalmente de manera subterránea: en el sótano
de la Facultad de Artes. Fue en 1992, en el momento culminante del desmembramiento
sangriento de la ex Yugoslavia. En el club subterráneo Adademija se produjo
un verdadero golpe de Estado musical que sustituyó la vieja vanguardia revolucionaria
del rock n’roll por la magia tecno de los disc-jockeys.
Se formaron bandas de adolescentes y jóvenes veintiañeros en torno
a una meta común: escapar de un mundo desgarrado por la guerra sumergiéndose
en el futurismo tecno. Lentamente crearon un universo cuyas consignas parecen tomadas
del libro de Bey. Convertir lo negativo en positivo. Rechazar la política
no por apatía, sino creando redes alternativas. Recusar la noción capitalista
de trabajo, no por pereza, sino valiéndose del mercado negro. Las tribus del
tecno reconquistaron su lugar en clubes y hangares abandonados. Sin dinero para pagar
su material, trocaron o reciclaron tocadiscos y amplificadores. Al no tener acceso
a los fabricantes de discos o de CD, trajeron de contrabando grabaciones
piratas de Bulgaria. Se diría que siguieron los preceptos de Bey al pie de
la letra, aunque muchos nunca han oído hablar de él.
Estos jóvenes prefieren la acción y dejan la filosofía a pensadores
como Bey. No se preocupan del pasado ni del futuro, pero en cambio atacan el statu
quo. Por ejemplo, en 1996-1997, la oposición realizó manifestaciones
durante tres meses cuando el gobierno intentó desconocer su triunfo en las
elecciones locales. En vez de seguir a los dirigentes, las tribus del tecno organizaron
sus propias protestas carnavalescas. Más tarde, durante los bombardeos de
la OTAN, cientos de personas se reunieron
en fiestas tecno organizadas por dos jóvenes de 20 años, Marko Nastic
y Dejan Milicevic, conocidos como los Teenage Techno Punks. La rebelión estaba
impregnada de utopía que, como afirma Bey, “torna la vida diaria más
intensa o, como habrían dicho los surrealistas, incorpora lo maravilloso a
la existencia.”
Un
arte de vivir en constante rebelión
“¡Atacad
las estructuras de control!” exhorta Bey. Entonces las tribus del tecno apuntan contra
la verdadera fuente del control gubernamental: las ideas. Adictas del futurismo de
la música tecno, atacan la nostalgia del Estado por las “glorias” del pasado.
Pisotean la idea de que el dinero puede allanar el camino hacia un futuro mejor,
cuando la realidad demuestra que la imprenta estatal de billetes alimenta una inflación
galopante. Al evadirse, los adeptos del tecno no derribarán el gobierno ni
transformarán directamente la sociedad. Pero ésa nunca fue su meta.
Como explica Bey, “la TAZ es un arte de vivir en constante
rebelión, impetuoso pero suave —un seductor y no un violador, un contrabandista
más que un pirata sanguinario, un bailarín y no un pensador.”
1 The Temporary Autonomous
Zone, Autonomedia, Anti-copyright, 1985, 1991.

• www.v2.nl/FreeZone/ZoneText/Diversions/Broadsheets/TAZcontents.html
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