
© Jean Christian Bourcart/Rapho, París
La “autopista” de la música
dance está hecha de caminos que comunican entre sí las diferentes culturas
locales.
Tecno made in Japan
Kenji Gamon, periodista
musical en Tokio, Japón.
En los últimos diez años,
el material informático ha reemplazado a los músicos, en tanto que
las computadoras y los sistemas portátiles de grabación digital están
tornando obsoletas las cintas magnéticas. Estos instrumentos digitales a precios
cada vez más abordables están ahora al alcance de una nueva generación
de músicos que anteriormente tenían pocas posibilidades de integrarse
en la gran industria musical. Desde hace poco la etiqueta “made in Japan” grabada
detrás de esos instrumentos electrónicos constituye un producto cultural
de exportación. Con firmas japonesas como Akai, Roland y Yamaha, que lanzan
el último grito en materia de artilugios para los disc-jockeys, Tokio es el
epicentro de esa revolución digital y Japón está viviendo un
renacimiento de la cultura pop. Disc-jockeys nipones como Ken Ishii, Tsuyoshi, Fumiya
Tanaka y DJ
Krush triunfan en los mercados musicales europeo y norteamericano.
Ken Ishii, 30 años, es el más famoso de esos astros en ascenso. Hace
unos diez años, envió una cinta promocional a la firma belga de tecno
R&S, que firmó inmediatamente un contrato con él. Ello colocó
al joven maestro del tecno en el candelero internacional y le permitió ser
reconocido por primera vez en su propio país.
En Komaba, un distrito tranquilo pero tentacular de Tokio, Kisei Irie, 28 años,
y Takashi Saito, 24 años, están tratando de seguir los pasos de sus
ídolos del tecno. En el apartamento de un ambiente de Irie, este dúo
llamado A/F+BAD
KARMA
elabora febrilmente un cóctel de ritmos y sonidos tecno. Esos dos disc-jockeys
gastaron sus ahorros de años (unos dos mil dólares) para grabar 300
discos de vinilo de sus cuatro últimas creaciones en una empresa grabadora
checa.
Pero producir la música es sólo un primer paso. Para estos DJ
que trabajan en casa la auténtica batalla es la distribución, pues
son cada vez más numerosos y compiten ferozmente para lograr que las firmas
de discos locales pongan a la venta sus creaciones de vinilo. “Es cierto que en Japón
hay estrellas como Ishii que obtienen beneficios, pero eso no significa que la industria,
las tiendas de discos y los clubes traten de estimular nuevos talentos”, dice Irie.
“La gente como nosotros tiene que empezar desde abajo.”
A pesar de su crecimiento exponencial, los disc-jockeys nipones no han aportado nada
nuevo. “Todos suenan parecido”, afirma Zatiochi Nakano, 35 años, ingeniero
de sonido especializado en instrumentos digitales. “Pero así ocurre en todas
partes, porque los muchachos quieren crear sonidos que gusten a una audiencia lo
más amplia posible”, añade. Para Nakano, los nuevos instrumentos digitales
son revolucionarios, pues permiten a personas sin formación musical inventar
sus propios sonidos. Sin embargo, no hay que confundir el placer personal de crear
con el talento. Como concluye Nakano, “desde que el mundo es mundo, la buena música
exige buenos músicos”. |
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La transformación
de la figura del disc-jockey de mero pinchadiscos a auténtico productor musical
se gestó en la capital mundial de la música disco: Nueva York.
Los
disc-jockeys se han dedicado a pinchar discos durante décadas. Pero en los
treinta años de existencia de la música dance electrónica se
han convertido en símbolos culturales influyentes. Además de servir
como guardianes de las industrias musicales locales, algunos DJ
son embajadores musicales muy bien pagados que viajan alrededor del mundo para difundir
las últimas tendencias musicales.
¿Ello se debe a que han aprendido a “hechizar” una pista de baile, a “trabajar”
un disco de manera que suene a la vez familiar y completamente nuevo y a “enloquecer”
a la multitud durante una fiesta? ¿O simplemente a que por fin reciben apetitosas
pagas y disfrutan de la celebridad que acompaña al dinero y a la aparición
en los medios de comunicación?
Probablemente la respuesta sea todo lo anterior o un poco de cada cosa. Las raíces
de la cultura DJ deben buscarse en centros urbanos
conocidos desde hace tiempo como focos de creatividad musical como Nueva York, punto
de partida ineludible de cualquier historia, incluso breve, de la era disc-jockera.
Allí, a finales de los sesenta y principios de los setenta, el cruce entre
la cultura afroamericana y la sensibilidad gay asumida colectivamente formó
el núcleo de la cultura dance contemporánea.
La cultura de la música dance, ya se asocie con el disco, el club o el house,
tiene sus raíces en Nueva York. La Gran Manzana se convirtió en la
capital mundial de la música disco a mediados de los setenta, gracias a una
vibrante cultura underground capitaneada por homosexuales afroamericanos y latinos.
Las discotecas legendarias de la ciudad, The Sanctuary, The Loft, Better Days y Paradise
Garage, entre otras, emergieron de la fusión de los tres tipos de ambientes
musicales de los sesenta, que programaban música grabada con o sin disc-jockey.
Los pioneros trabajaban en discotecas “a la francesa”, entre las que figuraban, en
Manhattan, Le Club y, posteriormente, Arthur and Cheetah. Su diseño y clientela
eran fiel reflejo de la idea, nacida en la posguerra, de la discoteca como un lugar
elegante donde la jet-set podía tomar una copa.
Esta visión elitista cambió a principios de los setenta, cuando las
discotecas absorbieron los cambios que estaban transformando a la sociedad estadounidense.
Mención aparte merece el hecho de que los jóvenes –en particular homosexuales,
mujeres o miembros de minorías étnicas– que habían estado (o
se habían sentido) marginados de la sociedad comenzaron a hacerse oír.
Estos grupos incluían a hippies anteriores a Woodstock, poetas combativos,
músicos, actores y otros artistas, así como a afroamericanos, latinos
y caucasianos de clase media. Aunque en algunos casos se mezclaban, en general frecuentaban
salas de baile diferentes según su orientación sexual.
Los heterosexuales tomaron al asalto clubes como Electric Circus o Zodiac, con un
repertorio de rock, rythm and blues y formas precursoras de lo que hoy conocemos
como “world music”. Por su parte, los hombres y mujeres homosexuales preferían
bares o clubes de barrio, legales o clandestinos, situados en zonas étnicamente
homogéneas como Harlem, la parte hispana de ese barrio o el Upper West Side.
Los legendarios motines de Stonewall, en Greenwich Village, del 28 de junio de 1969,
terminaron con las frecuentes redadas policiales en estos bares gays. Los homosexuales
combatieron por primera vez colectivamente y con éxito el acoso policial,
hasta el punto de que después de Stonewall muchos gays y lesbianas comenzaron
a ver en el dance no sólo un pasatiempo, sino también un poderoso medio
para crear conciencia de grupo.
Aunque la discoteca gay más antigua del estado de Nueva York estuvo probablemente
en Cherry Groove, en Fire Island, el primer local urbano que convirtió a las
discotecas en lugares notorios, a la vez prohibidos y atractivos, fue The Sanctuary,
situado en Manhattan, en la calle 43. Este lugar se convirtió en los setenta
en modelo de otras discotecas gays y fue también cuna del primer disc-jockey
transformado en estrella del pop. La gente acudía allí a ver y escuchar
a Francis (Grasso), que había ideado un nuevo instrumento, consistente en
dos platinas y un mezclador, y un nuevo espacio: la cabina del disc-jockey, que,
con sus controles de luz y sonido, conseguía que el público bailara
con desenfreno y sin parar.
Hacia 1973, revistas como Billboard y Rolling Stone y radioemisoras de Nueva York
se hicieron eco del fenómeno “disco”. Los fans comenzaron a comprar discos
en una cantidad tal que las productoras tuvieron que prestar atención a un
género que hasta entonces habían ignorado. Como sus antepasados de
la radio de los cincuenta, los disc-jockeys conquistaron un poder capaz de convertir
un tema en un éxito o un fracaso. Su creciente notoriedad hizo que pronto
pudieran intervenir en la producción. Por ejemplo, el DJ
neoyorquino David Todd dio a conocer a Van McCoy, productor de la firma R&B,
un baile latino llamado the hustle (“el empujón”). Con él, McCoy produjo
un disco que fue número uno y Todd pasó a desarrollar el departamento
disco de una gran compañía: Rca.
La
música borra fronteras
Entre 1975
y 1985, las fronteras entre productores, ingenieros de sonido, compositores y disc-jockeys
fueron difuminándose. Lejos de limitarse a poner música en las discotecas,
los disc-jockeys comenzaron a aventurarse en los estudios de grabación, llevando
consigo los conceptos y técnicas para mezclar música, crear sonidos
y versiones nuevas de temas antiguos que utilizaban en sus lugares tradicionales
de trabajo. Para mezclar música dieron a ciertas herramientas tecnológicas
un uso que sus creadores nunca habrían imaginado. Por ejemplo, un sintetizador/secuenciador
sencillo, el Roland tb-303, creado en 1983 para que los músicos de rock pudieran
imitar el sonido de un bajo, se convirtió en la materia prima del acid house.
Además, los disc-jockeys no se limitaron a utilizar este instrumento de manera
ortodoxa, sino que experimentaron con él igual que con los discos. Uniendo
a los secuenciadores las cajas de ritmos, no sólo lograron aumentar y diversificar
sus repertorios, sino que produjeron nuevas versiones que pusieron a la venta. Así
fue como la música disco se convirtió en música house.
Los beneficios económicos de la música dance crecieron paralelamente
a este intercambio estético y tecnológico entre disc-jockeys y estudios
de grabación. Por otra parte, los disc-jockeys han sido los paladines de la
lucha contra la muerte del vinilo. Y las principales instituciones de la industria
de la música dance –sellos independientes, compañías que distribuyen
discos promocionales a los disc-jockeys que se comprometen a difundirlos, clubes
underground y tiendas especializadas– suelen contar entre su personal con disc-jockeys
que basan su actividad en el creciente reconocimiento de su arte y pericia como músicos
e intérpretes. Ello transformó a los disc-jockeys de pinchadiscos a
mezcladores y productores. La música dance es hoy un fenómeno planetario
que viaja de la mano de un grupo de disc-jockeys que tejen su propia versión
personal de la Red: la “autopista” de la música dance está hecha de
caminos que comunican entre sí las diferentes culturas locales.
Para los disc-jockeys neoyorquinos, los primeros caminos pasan por otras ciudades
estadounidenses con culturas dance locales establecidas o incipientes. Desde Nueva
York, Danny Tenaglia se trasladó a Miami. Allí se formó como
DJ antes de regresar a Manhattan,
donde es hoy uno de los más solicitados creadores de nuevas versiones de temas
de otros artistas. Frankie Knuckles, también de Nueva York, se mudó
a Chicago para convertirse en el DJ de The Warehouse, un club de
negros homosexuales. Por supuesto, uno y otro iban y venían continuamente
a Nueva York para traer y llevar nuevos sonidos. En la actualidad, ambos han regresado
a la Gran Manzana y viven de su trabajo como disc-jockeys y mezcladores.
El segundo gran eje de la música club partió de Chicago vía
Nueva York y llegó a Londres. Hacia 1986 o 1987, después de la primera
época dorada del house en Chicago, se hizo evidente que las mayores casas
de discos y medios de comunicación ponían reparos a la venta en gran
escala de este tipo de música, asociada con los homosexuales negros. Los artistas
del house se volcaron hacia Europa, sobre todo a Londres, pero también a ciudades
como Amsterdam, Berlín, Manchester, Milán, o Zurich, e incluso a Tel
Aviv. El resto es la historia de lo que se convirtió en la cultura rave, un
fenómeno juvenil europeo que goza de muy buena salud.
Un tercer eje llega hasta Japón, donde, desde fines de los ochenta, los disc-jockeys
neoyorquinos tuvieron la oportunidad de actuar como invitados ante audiencias tan
lejanas geográfica y culturalmente de la sensibilidad homosexual afroamericana
como la europea. No obstante, tanto en Tokio como en otras grandes ciudades niponas
se desarrollaron estilos locales de dance. Con la llegada del nuevo milenio, los
vientos de esta cultura comienzan a soplar en nuevos destinos como São Paulo,
Ciudad de México y capitales africanas como Dar es Salaam. Una nueva generación
está enriqueciendo una tradición que no tiene ni manuales ni instrucciones
de uso. La transmiten oralmente disc-jockeys que a su vez aprendieron de quienes
los precedieron. Ojalá sigan adelante.
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