
Dos mundos opuestos en el mercado de las pulgas de Anjuna.
El pasado hippy de
Anjuna se refleja en las pinturas fluorescentes y en espectáculos que se adaptan
a la fuerza psicodélica de la música.
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Quienes no pueden bailar dicen
que la música no es buena.
Proverbio
jamaicano
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El Sur se inquieta más
por la amenaza del imperialismo cultural que por los peligros que entraña
el “sexo, drogas y rock and roll”.
En
una carta dirigida en 1990 al primer ministro indio Rajiv Gandhi, un grupo de activistas
de Goa, ex colonia portuguesa del sur de la India, CCAT (Ciudadanos Inquietos por el
Turismo) afirmaba: “En los últimos diez años, hippies y mochileros
de la misma calaña se han instalado aquí… Viven en nuestro territorio
sin visas ni pasaportes… Se tumban desnudos en nuestras playas y practican y propagan
el amor libre. Las drogas son parte integrante de su manera despreocupada de vivir.
Son parásitos que prosperan chupando la savia vital de nuestra nación,
de nuestra juventud.”
Cuando realizaba un estudio de campo para mi doctorado sobre el turismo en Goa, observé
reacciones emocionales ante la cultura blanca de los turistas hippies, difícilmente
conciliable con la tradicional de las aldeas de la costa. Esas reacciones obedecían
a un sentimiento de patriotismo frente a la temida amenaza cultural del turismo,
especialmente en la aldea de Anjuna, en el norte. A comienzos de los años
noventa, el turismo hippy dio paso a una de las más famosas expresiones del
rave en el mundo: la música “Goa trance”, que no sólo atrae a ravers
y a grupos de turistas del Reino Unido, Israel, Alemania, Francia o Japón,
sino también a la juventud local.
La alarma ante la idea de que los jóvenes sucumban a supuestos placeres “extranjeros”
no es algo nuevo. La cultura juvenil es por definición rebelde y vulnera las
nociones que los adultos tienen de decencia y salud, de responsabilidad y buen gusto.
No es de extrañar que la desaprobación de los mayores se traduzca en
informaciones alarmistas de los medios de comunicación y a menudo en acciones
policiales encaminadas a subvertir las subversiones.
El
conflicto entre lo local y lo occidental
Se han estudiado
los vínculos entre la dimensión generacional de la alarma moral y la
clase social, el sexo o la etnia, pero no se ha prestado atención al aspecto
intercultural. En Goa, la alarma moral se ha convertido en un problema Norte-Sur
debido a ese insidioso “imperialismo cultural”. Se piensa que algunos jóvenes
del lugar –varones, pues las muchachas indias suelen permanecer en casa– prefieren
la música, las drogas y los hábitos sexuales occidentales a “valores
tradicionales como la honradez, la disciplina, la buena conducta y el patriotismo”
(CCAT). Para numerosos padres, periodistas
y activistas, los extranjeros blancos están imponiendo su cultura a los jóvenes
indefensos de Goa.
La realidad es más compleja. En los años setenta, los hippies escuchaban
su música tendidos en las playas y embrutecidos por las drogas, mientras la
población local trabajaba para subsistir. Dos mundos opuestos coexistían
en una misma aldea, pero nunca hubo problemas para hablar de ello. En los años
ochenta, las fiestas se volvieron multitudinarias, la música se tornó
electrónica y el mercado de la droga se organizó mejor.
Tradicionalmente las fiestas de Goa trance se celebran durante la luna llena, en
Navidad o Año Nuevo, en playas, bosques y colinas. La entrada es gratis, se
prolongan hasta el día siguiente y mantienen despierto a todo el pueblo. La
música Goa trance es música tecno rápida y reiterativa, con
cadencias que recuerdan la armonía oriental. El pasado hippy de Anjuna se
refleja en las pinturas fluorescentes y en espectáculos que se adaptan a la
fuerza psicodélica de la música, realzada por el consumo de drogas
ilegales como lsd, éxtasis y hachís. La atmósfera y las imágenes
psicotrópicas se imitan en Internet y en fiestas de “psi-trance” a lo largo
y lo ancho del planeta, de Eslovenia a Sydney, de Tailandia a Tel Aviv.
Hay
que identificar los problemas
Muchos habitantes
de Goa participan vendiendo té, comidas rápidas y cigarrillos, conduciendo
taxis, o alquilando habitaciones, motos, recintos para fiestas o equipo sonoro. También
venden alcohol, ropa, drogas, alimentos, casetes, etc. Y como la música ruidosa
está prohibida en Goa después de las 10 de la noche, policías
y políticos corruptos pueden ganar montones de rupias cobrando coimas por
permitir las fiestas y la posesión de drogas. Las festividades de Anjuna son
pues tan interesantes para los extranjeros como para los goanos.
Sin embargo, esta dimensión económica es ignorada por sus detractores,
que estigmatizan la atmósfera festiva de la ciudad por estimar que complace
a los turistas, pero corrompe al Gobierno y seduce a la juventud de Goa. Se trata
de una alarma moral con una dimensión postcolonial e intercultural. Alarma,
porque se exageran los efectos del trance. Moral, porque siempre tiene una connotación
puritana y patriótica. Ello impide admitir que muchos jóvenes de Goa
disfrutan de las fiestas —sin drogas (demasiado caras) y sin sexo (contrariamente
a la idea generalizada en la región, los raves no son orgías sexuales).
Es más, numerosos jóvenes ricos de Bombay están descubriendo
la Meca del rave en su propio país. Pasan fines de semana y vacaciones disfrutando
de esas fiestas, aunque se quiten la indumentaria hippy al regresar a casa.
No digo que goanos, turistas indios, niños bien de Bombay, grupos de turistas
occidentales y jóvenes en trance bailen felices y unidos en una comunión
pluralista, pero sí que la concurrencia es sumamente diversa, mucho más
que en Occidente. Los criterios estrictos con que se preparan esas fiestas hacen
difícil ver el fenómeno como una estrategia de la mafia de los narcóticos,
del capital multinacional o de imitadores excéntricos de Occidente. Es cierto
que el turismo, el tráfico de drogas, la corrupción y las imágenes
estereotipadas de Goa se alimentan de la desigualdad existente entre Norte y Sur,
rubios y morenos, ricos y pobres. Pero deducir que los jóvenes de Goa han
caído en la trampa del hedonismo y el materialismo “extranjeros” es algo muy
diferente.
¿Cabe concluir que la alarma moral no se justifica en Goa? La alarma moral
no se justifica nunca, pues se basa siempre en interpretaciones erradas. Lo razonable
es mirar la situación con la perspectiva adecuada. Muchos goanos ganan bastante
dinero en invierno gracias a las fiestas de trance. Eliminarlas, lo que parece ser
el firme propósito del gobierno y la policía, perjudicará más
a la población local modesta que a los propietarios de hoteles de lujo o a
los traficantes de drogas. El clima represivo favorece la corrupción e impide
debatir abiertamente el problema. Y lo que harán los turistas es irse a otro
sitio.
A muchos jóvenes del lugar y turistas indios de escasos recursos les divierte
bailar al son de esa música. ¿Quiénes son los intelectuales
y padres que sostienen que esa distracción “no es real” porque procede de
los extranjeros? ¿Cómo saben que las amistades entre muchachos del
lugar y de otros países son puramente interesadas? Tachar el trance de “no
goano” y “colonialista” es negar el diálogo intercultural y la posibilidad
de resolver los problemas. ¿La cultura burguesa católica impuesta por
los padres a la juventud de Goa no es el resultado de un colonialismo más
agresivo (de Portugal) que la subcultura del trance con la que flirtean hoy? Pues
no es más que un flirteo: pasada la temporada turística, los participantes
se reincorporan a la vida del pueblo donde viven. A juicio de los goanos y los extranjeros
que bailan, el trance es una expresión del lugar.
Pero admitir que el trance es goano, ¿resuelve el problema? La contaminación
forma parte de Goa y no es buena. Muchos de los problemas de Goa están vinculados
al turismo del rave, pero no podemos contentarnos con quejarnos de la industria turística
y de los extranjeros. Hay que identificar los problemas. Un joven de Goa decide perforarse
las orejas para seguir la moda del trance, ¿es grave? ¿O debe inquietarnos
más que los policías paguen para ser destinados a la costa, donde pueden
recibir coimas? Tratemos de resolver el segundo problema. No juzguemos a partir de
historias truculentas sobre los lunáticos perversos de Anjuna ni de un rechazo
irracional del intercambio intercultural.
Tal vez el lector esté frunciendo el ceño ante un sabelotodo europeo
que habla de los problemas de los demás con una actitud que recuerda a la
antigua dominación Norte/Sur, pero ahora a nivel universitario. En vez de
ocultarse tras la fachada de una “ciencia social” neutral, ¿por qué
no tratar de impulsar el debate sobre la forma en que Goa puede resolver los problemas
del turismo rave?
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