
El controvertido artista Puff Daddy recibe el premio al mejor artista de rap de 1997
de la revista Billboard; tres años antes había estado implicado
en un tiroteo en Nueva York.
¿Quién
es más responsable de la influencia que se ejerce en el público: la
radioemisora con millones de auditores o el artista que ésta decide difundir?
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¿Quién tiene
la culpa de la violencia asociada al hip-hop? El sensacionalismo de los medios de
comunicación, el afán de ganar dinero y la visión estereotipada
de la cultura rap.
Oakland,
California, 14 de enero de 2000: más de 12.000 personas se dirigen impacientes
al Coliseo de la ciudad para ver a Juvenile, la estrella del rap, y su conjunto Cash
Money Click. El grupo está en la cúspide del éxito y sus canciones
y vídeos se difunden por radio y televisión en todo el país.
Poco antes, los músicos han hecho una divertida aparición en Kmel,
la principal radioemisora musical de la región, prometiendo entre bromas un
concierto memorable… Poco sabíamos lo que se estaba preparando.
Hacia las 11 de la noche, la televisión local interrumpió sus transmisiones
para informar febrilmente sobre la confusión que reinaba en el Coliseo. Había
estallado una reyerta en la que participaban unos doce individuos. Horribles escenas
que mostraban a grupos de gamberros golpeando a espectadores indefensos invadieron
las pantallas mientras más de 100 policías antimotines irrumpían
en el recinto. Se suspendió el espectáculo y se ordenó al público
que regresara a casa sin reembolsarles los 50 dólares de la entrada.
Las consecuencias de este incidente, sumamente negativas, no se hicieron esperar.
Poniendo como pretexto el desastre del Coliseo, los dueños de otros clubes
se negaron a volver a acoger eventos similares. Un mes después, fueron canceladas
sin más explicaciones la prestigiosa convención Gavin Music y varios
conciertos de hip-hop previstos en la región de San Francisco.
En realidad, lo sucedido en el Coliseo se propaló mucho más allá
de California. Propietarios de salas de otros lugares del país telefonearon
a la policía de Oakland para saber si debían o no arriesgarse a celebrar
conciertos. Sin embargo, muchos observadores estimaron que había habido fallos
de organización. No había personal suficiente, por lo que el ingreso
de los espectadores se efectuó muy lentamente (lo que aumenta las tensiones)
y, lo que es más grave, las autoridades del Coliseo no reaccionaron con la
debida prontitud cuando estalló el conflicto. Sin embargo, esas críticas
apenas se tuvieron en cuenta en la audiencia pública que se llevó a
efecto ulteriormente para estudiar la posible suspensión de los conciertos.
Para colmo de males, el incidente se produjo en momentos difíciles para el
rap, porque algunas de sus superestrellas, como Puff Daddy y Jay-Z, se habían
visto envueltas en incidentes violentos. Puff llenó titulares en la prensa
internacional cuando escapó de un tiroteo en un club nocturno de Nueva York.
Poco después, en diciembre de 1999, la policía encontró en su
auto un arma no registrada y lo detuvo. Casi al mismo tiempo, Jay-Z, ganador de un
premio Grammy, fue acusado de apuñalar a Lance 'Un Riviera, otro empresario
del disco, por supuesta piratería de su material. Incidentes de este tipo
convirtieron a la violencia del hip-hop en uno de los temas favoritos de los comentaristas,
que debatían a todas horas si había que prohibir los conciertos o preocuparse
de la imagen que promovían algunos grupos.
Pero cuidado con la trampa de los estereotipos: todo análisis serio exige
una perspectiva adecuada. Es cierto que ha habido incidentes violentos vinculados
al hip-hop, pero éstos no definen la ideología de esa cultura. Los
comportamientos de estrellas como Puff y Jay-Z son embarazosos, pero no representan
a esa música.
También en los partidos de fútbol de todo el mundo abundan los incidentes,
pero éstos no definen ni a ese deporte ni a su público. En muchos casos,
las fuerzas del orden y los funcionarios municipales entienden que el riesgo de violencia
es el precio a pagar por la rentabilidad de ciertos partidos, por lo que construyen
vallas para separar a las aficiones rivales y envían unidades de seguridad
a patrullar en las tribunas. Nunca el hip-hop ha merecido un trato semejante.
No estoy sugiriendo que se convierta a los conciertos en zonas policiales, pero es
evidente que las grandes concentraciones de gente exigen precauciones especiales.
Y no hay que olvidar que a los medios de comunicación les interesa fomentar
el caos, porque esas historias venden bien. En el concierto del Coliseo no hubo heridos
ni muertos. Tampoco detenidos, pese a la presencia de un centenar de policías.
La violencia se circunscribió a un sector reducido y en ella participaron
menos de 20 personas entre más de 12.000 asistentes. Sin embargo, la televisión
interrumpió sus programas ordinarios para informar en directo sobre las peleas.
Cabe comparar esta cobertura con la falta de atención que se brinda a la histeria
colectiva que a menudo hace estragos en los partidos de fútbol americano de
la región de San Francisco. Al lado de la violencia que rodeó el clásico
de fútbol americano que disputaron en 1997 la Universidad de Stanford y su
rival de California, la del concierto del Coliseo fue una especie de picnic. Toda
la cancha fue destruida por aficionados vandálicos que pisotearon a espectadores
inocentes, e incluso los policías fueron atacados. Sin embargo, la televisión
no informó sobre lo ocurrido en el noticiero nocturno. Los diarios publicaron
reseñas entusiastas del encuentro, pero apenas mencionaron la pelea: al parecer,
nadie quería empañar el prestigio de dos universidades de tanto renombre.
Al año siguiente, a pesar de la presencia de 200 policías, los aficionados
volvieron a ponerse frenéticos. Y de nuevo los medios guardaron silencio.
Me refiero a estos incidentes para insistir en un aspecto mucho más amplio.
El hip-hop es un chivo expiatorio muy cómodo porque las comunidades que lo
practican no disponen del poder político y económico necesarios para
controlar las imágenes que los medios proyectan sobre él. Ello se traduce
en una información parcial que difama a toda una cultura.
Otro aspecto importante a tener en cuenta es la imagen que a menudo impulsan los
propios raperos. En los últimos diez años, las casas discográficas
hacen su agosto vendiendo de sus artistas una imagen de matones y misóginos
con malas pintas.
Es innegable que algunos artistas adoptan realmente las actitudes que sus canciones
y vídeos proyectan. No obstante, hay otras formas de leer esas letras y esas
imágenes. Para empezar, esas metáforas violentas se enmarcan en la
vieja tradición de exaltación del yo propia de los raperos. Como señala
el profesor Robin D.G. Kelley, al exagerar y alardearse de delitos imaginarios, “entablan
duelos verbales acerca de quién es el más malo”. Como también
apunta Kelley, lo que cuentan funciona en dos niveles. Los espectadores que pertenecen
al ambiente musical son capaces de apreciar la ironía de los duelos, mientras
que a los ajenos a éste, una lectura literal les resulta cautivante. Juicios
aparte, los raperos gangsta juegan a arrastrar al público a un viaje fantasmagórico
por “el gueto”, pero lo que en realidad hacen es jugar lisa y llanamente con la seducción
que ejercen las “fantasías diabólicas”.
Uno puede no aprobar esta forma de complacer al público, pero hay que recordar
que los artistas no son más que una pieza secundaria en la maquinaria del
negocio musical, que mueve miles de millones de dólares. Las emisoras de radio,
los disc-jockeys, las casas de discos, los promotores y los distribuidores de vídeo,
verdaderas máquinas de hacer dinero, tienen también su parte de responsabilidad.
Cientos de temas musicales inundan a diario las emisoras. ¿Quién es
más responsable de la influencia que se ejerce en el público: la radioemisora
con millones de auditores o el artista que ésta decide difundir? Y si artistas
como Snoop Dog o Dr. Dre (ambos asociados con la violencia) conceden una entrevista,
el periodista no está obligado a abordar exclusivamente la cara negativa de
su “adolescencia en el gueto”. Puede interrogarlos también acerca de los proyectos
positivos en que están empeñados.
Por lo tanto, la violencia ligada al hip-hop ha de examinarse con la perspectiva
adecuada. Es posible condenar los actos violentos de ciertos individuos sin desacreditar
una cultura, y también hemos de reconocer la fascinación que la violencia
ejerce en nuestra sociedad—basta ver los índices de ventas de entradas de
las películas de gángsters o el contenido de los programas de televisión.
En resumen, hemos de admitir que el hip-hop es complejo y que la violencia de los
raperos refleja la de la sociedad en su conjunto. El hip-hop seguirá siendo
violento mientras se lo permitamos; no cambiará mientras no lo hagamos nosotros.
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