
Una instalación del artista alemán Robert Lippok que utiliza el programa
informático Cubase para producir música.

Páginas web de Crash Media, una publicación en línea de Manchester,
Reino Unido ...

… y de la emisora de Belgrado B2-92 (abajo). |
Los jóvenes rebeldes
no sólo atacan la industria de la música, crean también nuevas
redes de solidaridad a través de Internet.
Internet
brinda a los jóvenes rebeldes un arma ideal para herir a la industria musical
en su talón de Aquiles: la propiedad intelectual. En esos círculos
contestarios, desde hace tiempo la piratería se considera algo digno de aplauso.
Ya en los años setenta, las firmas discográficas punks adoptaron el
eslogan: “Las copias caseras están matando la industria del disco: no abandonemos
la batalla.” Sin embargo, por su difícil distribución, la piratería
en cintas magnéticas no constituía una amenaza para las grandes compañías.
Y aunque se crearon circuitos independientes de distribución por correspondencia,
nunca fueron un peligro para nadie.
Hoy, grupos de jóvenes subversivos conocen Internet al dedillo y han puesto
de rodillas a la industria cultural. El formato MP3 permite comprimir y archivar
CD en pequeños ficheros
accesibles en Internet. Para telecargar y escuchar basta con un modem, una línea
telefónica y una computadora. Este acceso a los mismos canales de distribución
que las multinacionales aniquila las estructuras de poder establecidas. Y ello sin
más costo que la factura telefónica (que suelen pagar los padres).
El entusiasmo juvenil, unido al más olímpico desprecio por las normas
legales, abre de par en par las puertas de la piratería.
Pero la meta esencial de la juventud en la Red no es usurpar la propiedad intelectual,
sino utilizar ese medio para participar en un intercambio cultural mundial sin depender
de la industria musical. Han resucitado, por ejemplo, el viejo principio anarco-comunista
de la economía de trueque: “Negocia con lo que tengas porque, de todos modos,
¿quién necesita dinero?” Pilot FM, una marca MP3
establecida en Viena y nacida de la fusión entre proveedores de servicios
de Internet independientes y artistas de la música electrónica, anuncia
en su sitio web1: “Como no cobramos por telecargar,
agradeceremos cualquier tipo de donación —material informático, programas,
cheques de viaje, sopa en lata, café instantáneo y cualquier cosa que
haga la vida más placentera.”
El
ciberespacio sale a la calle
Otra innovación
es el desarrollo de software gratuitos, lo que permite aplicar el principio según
el cual cuantas más personas trabajen sobre un producto y lo prueben, mejor
será. Esta regla ha quedado demostrada en múltiples oportunidades en
la concepción de soportes lógicos. En cuanto al aspecto cultural, esa
misma tendencia favorece la renuncia a los derechos de autor: “Da a conocer tus ideas,
ve lo que otros hacen con ellas y eso te ayudará en tu propia creación.”
Por ello en Internet abundan los bancos de samples (muestras) y los archivos midi
para almacenar sonidos y ficheros musicales. Un músico hip hop de vanguardia
que busca chillidos de rata puede encontrar en un archivo el sonido con el que siempre
soñó. Puede luego, a su vez, transformar ese sonido y enriquecer así
el banco.
Los archivos permiten también a las radios en línea ampliar su repertorio.
Pararadio2, una radio dj instalada en
Budapest, es un ejemplo entre tantos otros. En ella se suceden a toda velocidad un
nutrido elenco de disc-jockeys y artistas de música electrónica. Daniel
Molnar, uno de los inspiradores del proyecto, explica: “No necesitamos recurrir a
discos de samples existentes porque podemos tomarlos gratis de Internet3.”
Pero la subversión va más allá de los ataques a la industria
musical. Afecta a la esfera política. La desobediencia civil y el espíritu
revolucionario se han trasladado a las redes electrónicas. En los años
ochenta, los piratas informáticos simbolizaron la oposición militante.
“La información quiere ser libre”, clamaban mientras divulgaban ficheros confidenciales4.
Hoy, las calles de Viena son el punto en el que confluyen la resistencia, la cultura
juvenil e Internet. Desde que el nuevo gobierno de derecha asumió el poder
a principios del año 2000, grupos de jóvenes como “Volkstanz” organizan
vía Internet manifestaciones callejeras semanales con disc jockeys en vivo
y en directo. En su sitio web5 se burlan de los vanos intentos
del gobierno de controlarlos: “Todos los insultos son bienvenidos: somos la generación
hedonista de Internet, la pista de baile del movimiento de resistencia.”
La radio de Belgrado B 2-92 (ex B92), otro ejemplo de esta cultura cibersubversiva,
anuncia: “Al difundir música con un mensaje político y social sutil,
pero inconfundible, Radio B92 se enfrentó a la estética impuesta a
una mayoría silenciosa incapaz de impulsar actitudes liberales durante la
desintegración de la ex Yugoslavia6.” Con su frecuencia constantemente
amenazada de clausura, Free B92 en línea ha pasado a ser un punto de encuentro
más allá de las fronteras de la ex Yugoslavia.
Muy pronto, estas radios se apoderaron de los formatos audio de la Red para vincular
al ciberespacio con la calle. En Londres, Irational.org no es una excepción.
Además del anuario de radios piratas7, propone también una
guía de la radio en Internet8
elaborada
por productores europeos. En ella los jóvenes encuentran todos los detalles
técnicos para conectar las radios en línea con emisoras FM
de baja potencia.
Vincular
focos de creatividad y de resistencia
En toda Europa,
los grupos colectivos de comunicación han aprendido en los últimos
años a franquear las fronteras nacionales gracias a nuevos modos de compartir
las transmisiones y la creación artística. El objetivo no es llegar
a una audiencia masiva, sino vincular entre sí focos de creatividad y resistencia.
En estas experimentaciones de vanguardia no es posible disociar las posibilidades
tecnológicas de la expresión artística. Así, en 1997,
Ozone9, una radio en línea
de Riga, constituyó una lista de direcciones influyente –Xchange10 – para desarrollar el concepto de “espacio
acústico” recurriendo a técnicas de co-retransmisión. Como explica
Raitis Smits de Radio Ozone, “cada emisora toma la retransmisión en directo
de otra, la recodifica y la envía al siguiente participante11”.
Esos proyectos transnacionales generan nuevas formas de comunicación entre
los jóvenes. Comparten un espacio acústico, pero es posible que nunca
se encuentren en un “espacio real”. Sin embargo, esas redes digitales no pueden constituir
auténticas fuentes de participación democrática y de libertad
de expresión si el “acceso para todos” no está garantizado. No basta
con disponer de una línea telefónica, una computadora y algunos conocimientos
técnicos para estar presente en el ciberespacio. En el ámbito cultural,
el acceso plantea dos tipos de problemas. En primer lugar, suele afirmarse que Internet
permite a los grupos marginales hacer oír su voz, pero cabría preguntarse
también quién habla en nombre de esos grupos. En segundo lugar, la
noción de acceso se entiende como un proceso en un solo sentido: cada cual
ha de tener acceso a toda la información. Pero, inversamente, toda la información
debería también ser accesible a todos.
Una de las grandes amenazas que se ciernen sobre los jóvenes es que una cultura
juvenil uniforme, estilo mtv, se torne cada vez más accesible en formatos
en línea estandarizados. Pese a los islotes de resistencia a la cultura “estilo
McDonald”, es posible que surja otro problema que no es nuevo en el mundo occidental:
la asimilación cultural. ¿Es el precio que hay que pagar?
1 http://pilot.fm
2 http://www.pararadio.hu/
3 “Join The New Folkateers” en el primer número de Crash Media (1998). http://www.yourserver.co.uk/crashmedia/utn/2.htm
4 Véase
Bruce Sterling, The Hacker crackdown, Mass Market Paperback, 1993.
5 http://www.volkstanz.net
6 http://www.freeb92.net/music/english/index.html
7 http://www.irational.org/sic/radio
8 http://www.irational.org/radio/radio_guide/
9 http/ozone.re-lab.net
10 Xchange mailinglist; http://xchange.re-lab.net
11 Raitis Smits: X-Open Channel (1999); http://xchange.re-lab.net/i/
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