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La CITES

LA FAUNA SALVAJE EN LA TRAMPA DEL COMERCIO

Rolf Hogan, periodista independiente especializado en conservación de la naturaleza.
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Venta de pieles de animales salvajes y otros productos de la fauna en un mercado de Laos.






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Para evitar la caza furtiva de rinocerontes, los servicios de protección de Namibia les cortan los cuernos.





La CITES

Aprobada en 1975 para responder a la creciente inquietud de la comunidad internacional frente a los riesgos de extinción de ciertas especies objeto de intercambios comerciales, la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), establece grados de restricción de dicho comercio en función de los peligros que corre cada especie. Las que están amenazadas de extinción inmediata figuran en el Anexo I (comercio internacional prohibido). Las amenazadas de extinción a corto plazo se indican en el Anexo II (comercio internacional reglamentado). Por último, el comercio de las especies que aparecen en el Anexo III se limita al plano regional.





“Tenemos que examinar los pros y los contras y adoptar una decisión racional. Hemos de ponderar, por un lado, los beneficios de ese comercio que podrían reinvertirse en conservación de las especies y, por otro lado, posibles riesgos como el recrudecimiento de la caza furtiva.”

Mientras muchos países son favorables al comercio de las especies amenazadas, otros estiman que aunque éste sea limitado agrava los riesgos de extinción de esas especies.

Recientemente, Sudáfrica anunció que quería deshacerse de 1.500 elefantes que, según afirma, están destruyendo árboles de los que depende la supervivencia de otras especies en el famoso Parque Nacional Kruger. Si nadie los acepta, se eliminará a esos animales y sus colmillos se añadirán a las importantes reservas de marfil del país.
El ofrecimiento de Sudáfrica pone de manifiesto el grave dilema que enfrentan todos los interesados en conservar la fauna salvaje: ¿es posible proteger eficazmente a especies amenazadas como los elefantes y rinocerontes si se permite, aunque sea ocasionalmente, el comercio de los productos derivados? Sudáfrica es uno de los numerosos países del continente pARTidarios de un comercio limitado de esas especies a fin de obtener ingresos que puedan destinarse a la conservación. Sin embargo, los gobiernos y ecologistas hostiles a este punto de vista estiman que cualquier tipo de venta fomenta el mercado clandestino, favorece la caza furtiva y en definitiva redunda en un mayor riesgo de extinción de las especies.

Un tema muy controvertido
El debate sobre un tema tan controvertido llega a su máxima intensidad cada dos o tres años en la Conferencia de las partes de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), que limita o prohíbe el comercio internacional de especies que se estiman en vías de extinción. Sus 151 Estados miembros se reúnen para pronunciarse sobre las propuestas de añadir o suprimir especies de la lista (ver recuadro). En la conferencia de la CITES celebrada en Nairobi (Kenya) en abril del presente año, las peticiones para levantar la prohibición del comercio de productos como el marfil, los caparazones de tortuga o la carne de ballena provocaron acaloradas discusiones.
Países como Kenya y la India se opusieron a que se eliminara la prohibición del comercio del marfil, mientras que Japón y Noruega pidieron que se alzara esa medida en el caso de la ballena porque, según afirmaron, las existencias de algunos cetáceos incluidos en la lista eran suficientes como para tolerar la captura comercial. Tras prolongadas deliberaciones, los países de la C
ITES acordaron mantener durante los próximos tres años la prohibición actual de comerciar con marfil, caparazones de tortuga y carne de ballena.
Por su parte, los ecologistas ya no rechazan de plano la idea de la explotación de las especies salvajes, pues estiman que, debidamente controlada, puede proporcionar sustento a poblaciones rurales pobres. Además, el ecoturismo puede constituir una importante fuente de ingresos para éstas.
Sin embargo, la utilización sostenible de esas especies obliga a respetar un delicado equilibrio. “Sólo apoyamos la utilización de las especies salvajes si beneficia a la vez a la comunidad local y al ecosistema”, afirma Gordon Sheppard, del Fondo Mundial para la Naturaleza (W
WF).
“Prohibir el comercio es un enfoque simplista”, dice Jon Hutton, director de Africa Resources Trust (A
RT), una ONG que participa en proyectos comunitarios de conservación en Africa meridional. “Tenemos que examinar los pros y los contras y adoptar una decisión racional. Hemos de ponderar, por un lado, los beneficios de ese comercio que podrían reinvertirse en conservación de las especies y, por otro lado, posibles riesgos como el recrudecimiento de la caza furtiva”.
“En la mayor parte de los países de Africa, esas especies representan un peligro real. Pueden provocar la muerte de la población y dañar las cosechas, por eso se las elimina. A menudo, la única alternativa de la población rural es transformar las tierras en explotaciones agrícolas. Pero si pudieran elegir entre la agricultura y la explotación de la vida salvaje, escogerían esta última, pues tendrían tres tipos de clientes: los turistas, los amantes de los safaris y los interesados en el marfil y las pieles”, añade.

El ejemplo del rinoceronte blanco
En su mayoría, las organizaciones de conservación de la fauna salvaje aceptan la “utilización no destructora” de esas especies en el marco del turismo, pero se oponen en cambio a su “utilización destructora”, es decir a la matanza de animales por su carne o para obtener beneficios. Por su pARTe, los expertos estiman que en la práctica es sumamente difícil explotar una especie de manera sostenible, porque ello exige equilibrar cuidadosamente los imperativos de la vida salvaje y los modelos de comportamiento de los animales, por un lado, con las necesidades del ser humano, por otro. Algunas especies como la tortuga carey (ver p. 16) son fácilmente objeto de explotación abusiva, y un turismo mal controlado puede ser nefasto para otros animales. Así, en la famosa reserva Masai Mara, en Kenya, se observó que una gran afluencia de turistas disminuía la eficacia de los leones como cazadores, debido a que los numerosos vehículos que se acercan a los felinos provocan la huida de sus presas. “Una explotación sostenible de la fauna salvaje exige una buena gestión. Ahora bien, en muchos países, los recursos o la experiencia necesarios son lisa y llanamente inexistentes”, explica Sheppard.
Sudáfrica brinda un buen ejemplo de utilización sostenible de una de las especies más amenazadas del planeta: el rinoceronte blanco de Africa. Este país alberga 80% de los 8.500 ejemplares en libertad inventariados en el mundo, y como la lucha contra su caza furtiva es muy eficaz, la población de esos rinocerontes aumenta. “Su número podría duplicarse de aquí a diez años, siempre que haya espacio suficiente para los nuevos ejemplares”, afirma el grupo especializado en rinocerontes de la U
ICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y sus Recursos).
El gobierno sudafricano afirma que si se autorizara la exportación de cuerno de rinoceronte, prohibida por la C
ITES en la actualidad, los ingresos obtenidos contribuirían a la conservación de la especie.
Las “primas de matanza” que Sudáfrica cobra a los cazadores de rinocerontes ascendieron a 24 millones de dólares entre 1968 y 1996, época en que los efectivos de la especie se cuadruplicaron. Estos ingresos permiten financiar la lucha contra la caza furtiva, cuyo costo puede llegar a 1.000 dólares por km
2 y año, así como el mantenimiento de las reservas naturales.
Cuando se encuentran a salvo de la caza furtiva, los rinocerontes pueden multiplicarse al punto de ser demasiado numerosos para subsistir en territorios definidos, por lo que suelen cederse algunos ejemplares vivos a reservas privadas. En KwaZulu-Natal, esas ventas, que pueden representar 30.000 dólares por cabeza, aportaron 1,57 millones de dólares en 1998. El año pasado cubrieron 10% del presupuesto de funcionamiento del Servicio de Protección de la Naturaleza de ese territorio. Según uno de sus responsables, Martin Brooks, “esas ventas constituyen una fuente esencial de ingresos para la conservación de la naturaleza, dado que además la inversión estatal en la materia ha disminuido”.
En cambio, otros Estados africanos que no disponen de fondos suficientes ni de personal para impedir la caza furtiva, sostienen que todo comercio lícito de cuerno estimularía el mercado negro. Por ejemplo, los habitantes de Damaraland, en el noroeste de Namibia, son contrarios a que se alce la prohibición respecto de los rinocerontes. A comienzos de los años 90, el número de cabezas de esa especie en la región había disminuido por culpa de los cazadores furtivos. El Save the Rhino Trust (Fondo de protección de los rinocerontes) lanzó, bajo la égida de las Naciones Unidas, un programa para alentar el ecoturismo. Gracias a él, los habitantes de la región obtuvieron ganancias e incluso se contrató a antiguos cazadores para ayudar a los turistas a seguir la huella de los rinocerontes. “Trabajamos con las comunidades del lugar, que entendieron que los rinocerontes les permitían ganar más estando vivos que muertos”, recuerda Simon Pope, que participó en dicha iniciativa.
Japón, que en la última conferencia de la C
ITES se opuso firmemente a que se reforzaran las atribuciones de ésta, argumentó que una protección total de las especies amenazadas perjudicaría a las economías nacionales y a las poblaciones que obtienen su sustento de la fauna salvaje. Durante esa conferencia, Japón y Noruega realizaron una intensa campaña para que se retirara al rorcual y a la ballena gris de la lista de las especies en peligro. Se calcula que la población de rorcuales se eleva a más de un millón de ejemplares, lo que a esos países les parece suficiente para permitir una captura sostenible. Ahora bien, según explican numerosos defensores de la fauna salvaje, otras especies de cetáceos nunca se han recuperado de siglos de matanzas perpetradas con fines comerciales, y es imposible instaurar un control del comercio de la carne de rorcual que impida ese tipo de excesos.
Pero, ¿hasta qué punto está comprobado que un comercio limitado de productos de la fauna estimula la demanda de los consumidores y provoca un recrudecimiento de la caza furtiva? En 1997, la C
ITES autorizó, a título experimental, una venta aislada al Japón de alrededor de 60.000 toneladas de marfil de las reservas africanas. Dos años más tarde, algunos Estados africanos, como Kenya, y ciertas organizaciones de protección de la naturaleza afirmaron basándose en estudios independientes que a raíz de esa transacción aumentaron la caza furtiva y el comercio ilegal de marfil.
Sin embargo, cabe interrogarse sobre la pertinencia de las conclusiones de tales estudios, ya que, por falta de medios, a menudo utilizan métodos inadecuados y se centran en zonas limitadas. “Los estudios independientes realizados por ONG no son necesariamente fiables”, estima Sabri Zain de Traffic, una estructura creada por la U
ICN y el WWF para vigilar el comercio internacional relativo a la fauna salvaje.
Otro aspecto esencial es el respeto de las prohibiciones internacionales y la vigilancia de las ventas autorizadas. “La caza furtiva de tigres por sus huesos (elemento esencial de remedios tradicionales chinos) o por su piel constituye siempre una seria amenaza”, afirma Peter Jackson, presidente del grupo especializado en felinos de la U
ICN. “Lamentablemente, pese a las resoluciones adoptadas por la CITES, la mayoría de los países afectados no toman medidas eficaces para controlar o limitar el mercado ilícito.”

Destrucción del hábitat
Según los partidarios del comercio de especies salvajes, cuando se refuerzan los controles los traficantes se vuelven más imaginativos y hacen que sea más difícil descubrir las transacciones. Además, no cabe duda de que es difícil ocultar el marfil en bruto, pero el hueso de tigre en polvo puede disimularse en cigarrillos o, después de hervido, convertirse en gelatina.
Los defensores de la naturaleza han logrado que disminuya la demanda de ciertos productos de la fauna. Actualmente, una campaña internacional insiste en la triste situación del antílope tibetano, en vías de extinción a causa de su piel, muy codiciada para la confección de chales de shahtoosh, la lana más suave del mundo.
En China, ciertos programas de sensibilización impulsan a los consumidores a rechazar los remedios a base de hueso de tigre e instan a los médicos tradicionales a encontrar sustitutivos de esta sustancia y del cuerno de rinoceronte. Es así como gracias a una promoción del hueso de rata topo, se ha comprobado en China una disminución del uso de medicamentos a base de productos derivados del tigre. Según sondeos recientes, menos de 5% de los consumidores asiáticos interrogados en Hong Kong, Japón y Estados Unidos declararon seguir tomándolos.
Habría tal vez que prolonggar las prohibiciones internacionales hasta saber si es posible hacerlas más eficaces presionando a los gobiernos y educando a los consumidores. Ahora bien, algunos estiman que, con o sin tráfico, los días de las especies salvajes están contados. “El principal peligro es la destrucción de su hábitat”, afirma Simon Rietbergen, de la U
ICN. Las cifras son alarmantes: ya hemos arrancado o deteriorado 80% de los bosques y 50% de los pantanos del planeta. “Numerosas reservas naturales no gozan de protección adecuada debido a la falta de recursos y a la disminución de los presupuestos nacionales destinados a la protección del medio ambiente”, añade. Y por eficaz que sea una prohibición comercial, nunca podrá atenuar el ritmo de destrucción de los habitats ni financiar la conservación de la fauna salvaje. Al fin y al cabo, como puede salvar territorios y producir el dinero necesario para preservarlos, tal vez sea el comercio quien termine por ganar la partida.