
Quema de colmillos de marfil producto de la caza furtiva en presencia de guardias
forestales. |
El comercio del marfil, incluso
controlado, alienta a los contrabandistas. Kenya ha obtenido de nuevo que sea totalmente
prohibido, al menos durante tres años.
Los defensores del medio ambiente en Kenya
aún tiemblan cuando recuerdan la década de los ochenta. Casi no pasaba
un día sin que los guardabosques descubrieran esqueletos de elefantes con
los colmillos burdamente seccionados. Por falta de medios y de personal, los guardias
kenianos no podían garantizar una vigilancia eficaz de las reservas.
No es de extrañar que los amigos del medio ambiente y el gobierno de Kenya
experimentaran un gran alivio cuando la Conferencia de la Convención sobre
el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES)
prohibió la venta de objetos de marfil. Sin este acuerdo, los elefantes kenianos
estarían hoy en vías de desaparición: su población, que
en 1972 se acercaba a 140.000 cabezas, en 1989 sólo ascendía a 19.000.
Medidas
que alientan el contrabando
La prohibición impuesta
por la CITES y las consiguientes campañas internacionales
hicieron bajar la demanda de marfil y, por ende, su precio. El contrabando disminuyó
en Kenya y en los países vecinos, y el servicio keniano responsable de la
fauna (KWS) reforzó las unidades anticontrabando que
operaban en los 26 parques nacionales y las 32 reservas del país. Como consecuencia,
el número de elefantes ha aumentado gradualmente: en la actualidad son cerca
de 27.000.
Esos progresos quedaron estancados cuando en 1997 algunos países miembros
de la CITES obtuvieron una anulación parcial de la prohibición
a fin de que Zimbabwe, Namibia y Botswana pudieran vender excepcionalmente 60 toneladas
de marfil procedentes de sus reservas. La operación arrojó un beneficio
de tres millones de dólares que los países en cuestión afirman
haber dedicado a la salvaguarda del medio ambiente.
Sin embargo, los defensores de la naturaleza estiman que esas normas más flexibles,
incluso con un control estricto, han incrementado la demanda de marfil, con lo que
el contrabando ha recrudecido. Según las autoridades kenianas, en 1999 se
dio muerte a 67 elefantes, contra 15 en 1998. Ese aumento, afirman, está estrictamente
ligado al comercio parcial autorizado en 1997. “El contrabando persiste porque sigue
habiendo demanda; como las fronteras africanas son porosas, ello facilita el transporte
del marfil a través del continente”, explica Francis Mukungu, miembro del
KWS.
A la luz de esas informaciones, durante la última conferencia de la CITES,
en abril de 2000, los kenianos se opusieron enérgicamente a que se levantara
la prohibición del comercio del marfil. Por su parte, Botswana, Namibia y
Zimbabwe, países a los que se sumó Sudáfrica, pidieron nuevamente
que se dejara sin efecto la prohibición a fin de poder deshacerse de sus existencias
de marfil. Por su parte, Kenya hizo hincapié en que esta iniciativa llevaría
implícito el mensaje de que la compra de artículos de marfil no tiene
nada de reprensible, lo que alentaría aún más a los contrabandistas.
Los signatarios de la CITES llegaron finalmente a una solución
de compromiso: el comercio del marfil se prohibirá totalmente durante los
próximos tres años, en cambio el comercio de ciertos productos, como
pieles y objetos de cuero de elefante, se autorizaría parcialmente, así
como la venta de elefantes vivos.
En Kenya este tema divide a la opinión pública. Las comunidades rurales
que viven cerca de las reservas se quejan de que los rebaños de elefantes
invaden sus granjas y destruyen sus cosechas, cuando no provocan accidentes. En efecto,
contrariamente a las de Sudáfrica, las reservas kenianas no están cercadas.
Esas poblaciones deploran además que los ingresos generados por el turismo
en las reservas nunca se reinviertan en sus regiones desfavorecidas. Estiman que
la preservación a ultranza de los elefantes no debería ser una prioridad
en un país donde la mayoría de la población vive por debajo
del límite de pobreza.
Para los ecologistas, la salvación de los elefantes sólo se logrará
a largo plazo si las comunidades establecidas en torno a las reservas participan
en las actividades turísticas y de salvaguarda del medio ambiente, obteniendo
de ellas un beneficio económico.
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