
Balcones coloniales en una calle del centro de Lima. |
Aunque no es la urbe ideal
con la que sueñan urbanistas y arquitectos, Lima ya no ostenta el dudoso título
de una de las ciudades más sucias y contaminadas de América Latina.
Nadie
que haya recorrido las calles del centro de Lima en los años ochenta podría
creer que la capital peruana mereció algún día el calificativo
de ciudad jardín. La contaminación ambiental y sonora, la falta de
servicios urbanos (baños públicos, alumbrado apropiado), el tráfico
caótico, el vandalismo y la invasión de las calles céntricas
por miles de vendedores ambulantes habían ahuyentado del centro histórico
a los turistas y las empresas privadas, pero también a los propios limeños.
En junio de 1989, un grupo de urbanistas, arquitectos, historiadores, artistas y
críticos de arte decidieron fundar el Patronato de Lima, una entidad privada,
apolítica, sin fines de lucro, para salvar el centro histórico de la
ciudad. “Todos trabajábamos en el centro y éramos testigos de su acelerado
deterioro”, recuerda el periodista Augusto Elmore. Obtener su inscripción
en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1991 fue la primera victoria
de esta institución. Este logro movilizó a la opinión e impulsó
a las autoridades municipales a emprender desde mediados de los años noventa
un vasto plan de renovación de la ciudad con el apoyo y la coordinación
del Patronato.
“Los centros históricos son espacios de encuentro cultural, turístico
y económico, cuya rehabilitación debe redundar en beneficio de todos
los sectores sociales de la ciudad y contribuir a su integración”, afirma
la socióloga urbana Gladys Chávez. Haciéndose eco de esta idea
y convencidos de que mejorar el centro histórico ejercería una influencia
sobre el resto de la metrópoli, en la que viven ocho millones de personas
(25% de la población peruana), los promotores del proyecto concentraron sus
esfuerzos en la renovación del corazón de la urbe, unas 116 manzanas
que cubren 123 hectáreas y encierran 570 reliquias monumentales, testimonios
de la arquitectura de una ciudad colonial española.
El plan, que se inspira en los modelos aplicados en las ciudades de La Habana, México
y Quito, cuyos centros históricos figuran en la lista del Patrimonio Mundial,
es el resultado de la labor conjunta de las autoridades locales, la sociedad civil
y la empresa privada. “El Patronato concibe proyectos de renovación que luego
transfiere para su ejecución a la entidades del gobierno –municipalidad, Instituto
Nacional de Cultura y el fondo de inversiones metropolitanas”, señala Juan
Günther, 63 años, arquitecto y director de los proyectos de la institución.
Una de las primeras medidas consistió en reorganizar el comercio informal.
“Para llegar a la céntrica Plaza José de San Martín, peatones
y automovilistas debían sortear miles de tenderetes y puestos de vendedores
ambulantes que invadían las aceras y las calzadas con baratijas de todo tipo”,
recuerda Elmore. Hoy se puede circular con menos dificultad, pues sólo los
vendedores ambulantes debidamente acreditados tienen acceso al área central
y muchos otros han sido agrupados en galerías comerciales fuera del circuito
monumental. Otra de las prioridades era combatir la contaminación ambiental
y sonora. “Quienes trabajan en el centro la sufren a diario”, afirma Günther.
Con ese fin, se ha reorganizado el tránsito, restringiendo el ingreso al área
monumental de omnibuses y de taxis, que ahora están empadronados y pintados
de amarillo.
Desde 1997 se emprendió la restauración de los principales espacios
públicos, como la Plaza Mayor, así como de iglesias, monumentos y del
legendario edificio de la universidad de San Marcos, la más antigua de América,
fundada en 1551. “Pero más que la restauración, uno de los logros es
el nuevo destino que se ha dado a esos espacios”, estima Chávez. Señala
como ejemplo “la Bienal de Arte de Lima”, con exposiciones que se exhiben en las
casonas señoriales, los programas de incentivo del turismo interno como “Vuelta
al centro” o la renovación del Barrio Chino.
Muchas obras se han concretado gracias al apoyo técnico y financiero de la
Unesco y de gobiernos extranjeros, como el de España, o la asesoría
de Cuba. Pero el Patronato ha recurrido también a la empresa privada, y los
bancos y las grandes empresas, como la minera Southern, la cervecería Backus
y Johnson, Telefónica del Perú y Coca-Cola, han contribuido financieramente
al proyecto de renovación. Así, por ejemplo, el plan “Adopte un balcón”
para la restauración de los 300 balcones coloniales del centro limeño
(unos 5.000 dólares por balcón) se financia con aportes privados.
En los últimos años, los limeños de toda condición social,
sobre todo los jóvenes, empiezan a retornar al centro: “Ahora nos gusta venir
aquí, es como caminar por una ciudad dentro de otra ciudad”, dicen Jimena
y Kike, una pareja de estudiantes, mientras atraviesan la Plaza Mayor.
Günther reconoce que la sensación de desamparo y marginalidad que se
tenía recorriendo las calles del centro es parte del pasado, pero teme que
estos cambios no sean irreversibles. La contaminación ambiental y auditiva
no ha desaparecido. “La avenida Abancay, una de las principales arterias, es la pesadilla
de Lima porque cuadriplica el índice máximo de contaminación
recomendado por la Organización Mundial de la Salud”, señala Günther.
Pero el gran problema, según el arquitecto, es lo que él llama “contaminación
social” provocada por la delincuencia que prolifera en el centro y por la promiscuidad
y deterioro de las viviendas, con altos índices de insalubridad y de mortandad
infantil. El desafío de los próximos años será, pues,
la inserción social y laboral de este sector de la población.
Antiguas casonas reconocidas como monumento histórico albergan de cinco a
más de diez familias, que pagan poco o nada de arriendo. Sin embargo, el centro
de Lima tiene muy poca densidad demográfica debido al gran número de
edificios oficiales, religiosos y de terrenos sin construir. El Patronato propone
reciclar los edificios desocupados para convertirlos en viviendas y reemplazar los
que están en estado calamitoso a fin de habilitar unas 90.000 viviendas nuevas.
Al aumentar el número de habitantes y mejorar sus condiciones de vida, mejorará
también la calidad del comercio y el centro se convertirá en una zona
más atractiva para limeños y turistas. “La primera e impostergable
tarea es”, según Günther, “la reactivación económica, comercial
y cultural del centro histórico”.
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