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Gran salto educativo

CHINA: LOS NIÑOS “FLOTANTES”, UNA FALLA DEL SISTEMA

James Irwin, periodista canadiense residente en Shanghai.
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“En nuestras clases de primaria los alumnos tienen casi el mismo nivel que en los centros oficiales”, dice una profesora de Beijing que se ocupa de niños “flotantes”.



Lo más difícil es ayudar a los niños a superar un sentimiento de inferioridad.




Gran salto educativo

En 1949, al ser proclamada la República Popular de China, 20% de los niños estaban escolarizados, y 80% de la población era analfabeta. Desde entonces, para ese país de 1.200 millones de habitantes la educación ha constituido siempre una prioridad. La primera meta de las autoridades fue garantizar acceso a la educación primaria a toda la población. Luego, en 1986, se adoptó una ley que ampliaba a nueve años el periodo de escolaridad obligatoria. Según el informe1 elaborado por el Foro Mundial de la Educación en Dakar (Senegal, abril de 2000), la tasa neta de escolarización en la enseñanza primaria2 ascendía a 98,9%, mientras que la tasa de analfabetismo se limitaba a 16,37%. Los esfuerzos realizados actualmente apuntan a hacer más accesible la educación en las regiones pobres y en las que viven poblaciones minoritarias, a facilitar la recaudación de fondos y a mejorar el nivel del personal docente.


1. Internet: www2.unesco.org/efa/
wef/countryreport/china

2. Número de niños escolarizados pertenecientes al grupo de edad definido oficialmente como de la enseñanza primaria, expresado en porcentaje de la población total de ese grupo de edad.



El reconocimiento de los derechos de las “poblaciones flotantes” se hará apremiante.

Pese a los resultados del país en el plano de la educación, a los niños de quienes dejan el campo por la ciudad les cuesta trabajo encontrar vacantes en las escuelas.

Cada semestre, Li Shumei y Yi Benyao rechazan a cientos de niños que acuden a su escuela, instalada en una antigua fábrica de pintura en el Oeste de Beijing. No por mala voluntad, pues saben muy bien que para esos menores la única posibilidad de educarse es asistir a clase en su establecimiento, sino lisa y llanamente por falta de espacio.
Su escuela, no reconocida por las autoridades, acoge a más de 1.300 niños originarios de 28 provincias del país. “Muchos de ellos han de realizar dos horas de trayecto y tomar cuatro autobuses para llegar hasta aquí por la mañana”, destaca Li. “Y ponen mucho empeño, ya que saben que los estudios les cuestan muy caro a sus padres.” Esos niños son diferentes de los demás chicos de las ciudades: forman parte de la “población flotante” de China, expresión con la que se designa a los que no viven permanentemente en su lugar de residencia oficial.
Los padres de esos menores son, en su mayoría, campesinos pobres que han ido a trabajar a las grandes ciudades. Empleados en condiciones precarias y sin seguridad social, son los que ejecutan el grueso de las labores más penosas que vienen transformando el paisaje urbano desde hace unos diez años. Oficialmente, esta “población flotante” asciende a unos 100 millones de personas, pero numerosos observadores occidentales piensan que la cifra de 150 millones se acerca más a la realidad. Se trata de uno de los fenómenos de éxodo rural más masivos de la historia.
Se inició en 1979 con el desmantelamiento de las comunas populares. La productividad agrícola conoció un brusco aumento. Por consiguiente, el trabajo de la tierra requirió menos brazos y numerosas familias emigraron hacia megalópolis como Beijing y Shanghai. Mediados los años ochenta la corriente migratoria se intensificó a raíz de la caída de los precios agrícolas. Las autoridades municipales impusieron una reglamentación más estricta a la emigración. Se exigió a los candidatos al éxodo un contrato de trabajo por escrito y un permiso de residencia temporal antes de partir a la ciudad.
En la práctica, decenas de millones de personas nunca llegan a obtener ese permiso. No están pues registradas en el lugar donde viven realmente, a diferencia de los inmigrantes permanentes, reconocidos por las autoridades. La precariedad de su situación los expone a todo tipo de discriminaciones. Hasta hace poco, para escolarizar a sus hijos sólo tenían una posibilidad: matricularlos en un establecimiento no autorizado.
Li Shumei se marchó de la provincia de Honan en 1993 para vender ropa en un mercado de Beijing. En esa época, recuerda, no había escuelas para los hijos de los inmigrantes en la capital. Y no tenían derecho a matricularse en los establecimientos municipales. Como él había enseñado, Li Shumei empezó a dar clases en su casa a un puñado de alumnos, antes de abrir una escuela con su marido. “En la enseñanza primaria, nuestros alumnos tienen más o menos el mismo nivel en chino y matemáticas que en las escuelas oficiales”, estima Li.
Los profesores se las arreglan para prescindir de textos y de material escolar. Pero lo más difícil, dice, es ayudar a los niños a superar un sentimiento de inferioridad, debido a su condición de ciudadanos de segundo orden. Como la escuela no está reconocida, tampoco les resulta fácil reincorporarse al sistema escolar clásico. Sin embargo, son muchos los que desde los 12 años regresan a su provincia de origen, donde son acogidos por parientes, a fin de proseguir su escolaridad.
En los establecimientos no reconocidos, los maestros son diplomados jóvenes, oriundos de las mismas provincias que sus alumnos, o jubilados de Beijing. Perciben una remuneración apenas equivalente a la mitad del salario oficial y carecen de seguridad social. Li debe contentarse con los modestos ingresos que le procura la matrícula de los alumnos (unos 100 dólares anuales) para hacer funcionar su escuela. Tuvo la suerte de recibir un generoso donativo de una pareja de jubilados de Los Angeles, que habían tenido noticias de su labor gracias a un periódico de la emigración china en el extranjero. Cuando fue desalojada por la policía del local que ocupaba, esos fondos le permitieron instalarse en otro sitio.
Según la Fundación Ford, la capital china alberga entre 200 y 300 escuelas no reconocidas. Como no bastan para atender las necesidades de los 100.000 hijos de inmigrantes, muchos quedan totalmente al margen de la educación.
Dorothy Solinger, catedrática de ciencias políticas en la Universidad de California, es autora de una obra titulada Contesting Citizenship in Urban China (Lucha ciudadana en la China urbana). Según ella, en Beijing sólo 40% de los niños de inmigrantes de cinco a doce años asisten a la escuela, frente a 100% de los nativos de la capital. La situación es similar en otras ciudades en expansión como Shenzhen o Shanghai.
Chen Yi Fu, director de la escuela elemental Hu Wan en Shanghai, estima que “en ciertas comunidades de inmigrantes, sólo entre el 20% y el 30% de los niños va a la escuela”. Las cifras oficiales dicen otra cosa. Según un estudio del departamento de educación básica, la tasa de escolarización de los menores inmigrantes giraba en torno a 96,2% en 1996. En cuanto al 4% restante, eran considerados víctimas de una falta de vacantes en las escuelas, del importe elevado de las matrículas o de un entorno familiar desfavorable.
La presión de los medios de información y de miembros del Congreso Nacional del Pueblo permitió una modificación de la ley en 1998. El Gobierno central decretó que las escuelas no reconocidas serían autorizadas y que las grandes ciudades no tendrían derecho a cerrar las puertas de sus escuelas a los hijos de inmigrantes de 6 a 14 años de edad que hubieran vivido en ellas más de seis meses. Numerosos ayuntamientos reaccionaron imponiendo matrículas prohibitivas (hasta 440 dólares al año cuando el ingreso medio de un trabajador inmigrante en Beijing es de unos 600 dólares). Según el Periódico Económico del Pueblo, hasta ahora sólo unas pocas ciudades como Wuhan o Guiyang han regularizado la situación de esas escuelas.
“Las autoridades de Shanghai no se consideran responsables de la educación de los niños de inmigrantes, pese a que estos últimos son los que efectúan los trabajos más duros”, informa Chen Yi Fu. Oriundo de la provincia de Anhui, se ocupa de niños procedentes de 13 provincias, cada uno de los cuales paga casi 100 dólares al año. “Tienen mucha suerte”, declara, antes de quejarse de los 7.000 dólares de alquiler que debe abonar anualmente al ejército, propietario del terreno.
Sin hablar de la ley de 1998, la situación parece no obstante estar tomando un giro favorable. Reconociendo que el “milagro” económico chino no ha beneficiado a las regiones del interior, el gobierno ha emprendido inversiones de gran envergadura. “Hay indicios de que las cosas van un poco mejor”, asegura Dorothy Solinger. “Algunos ayuntamientos autorizan a los inmigrantes a fundar sus propias escuelas, y son cada vez más numerosos los que están en condiciones de pagar el suplemento de matrícula que exigen las escuelas municipales. Por no hablar de aquéllos que tienen los medios necesarios para procurarse el permiso de residencia que permite a sus hijos asistir a esos establecimientos en las mismas condiciones que los demás.”
Pero, con el correr del tiempo, los inmigrantes se han acostumbrado a asumir por sí solos la responsabilidad de educar a sus hijos. “Hasta cierto punto, preferimos que las autoridades nos olviden”, explica Chen Yi Fu. “Cuando aparecen, suele ser para cerrar las escuelas o multarlas.”
Ahora bien, lo más probable es que China se incorpore pronto a la Organización Mundial del Comercio y que tenga que competir con los mercados agrícolas internacionales, lo que podría afectar a la supervivencia de sus 800 millones de campesinos. La solución de los problemas que plantea la educación de los hijos de inmigrantes y, en términos más generales, el reconocimiento de los derechos de las “poblaciones flotantes” se hará entonces apremiante.