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Alvaro Restrepo, bailarín
y coreógrafo colombiano, podría haber seguido la ruta de su éxito
individual en cualquier escenario del mundo, desde Nueva York, donde se formó,
hasta Europa, donde logró sus primeros triunfos, pero en 1993 decidió
dejar de lado su ambición personal para introducir en Colombia la enseñanza
de la danza contemporánea, una disciplina de escasa o ninguna tradición
en el país, y hacerlo además con niños de 10 a 12 años
de familias pobres. Para llevar a cabo su proyecto se asoció con Marie-France
Delieuvin, directora de estudios del Centro Nacional de Danza Contemporánea
de Angers, Francia. Desde entonces, la aventura compartida de esta pareja de bailarines
y coreógrafos ha dado frutos imprevisibles.
Cuatro años después de haber sembrado la semilla de la pasión
artística en Bogotá y Cali, en 1997 nació el Proyecto El Puente,
iniciativa que a los pocos meses se trasladaría a Cartagena de Indias. La
ciudad donde Restrepo nació hace 42 años, urbe turística que
figura con pleno derecho en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO,
no puede sin embargo ocultar otra realidad: de los 700.000 habitantes que la componen,
más de un 60% vive por debajo de los índices de pobreza.
El puente que Restrepo y Delieuvin han querido levantar conecta el mundo de dos artistas
consagrados con una de las barriadas más pobres de Cartagena y a aquéllos
y ésta con los profesionales de Europa y América Latina a través
de festivales e intercambios.
Entre 1997 y 1998, Restrepo inició una “etapa de sensibilización” con
480 niños del Colegio Inem de Cartagena de Indias para llegar poco a poco
a un grupo que no por reducido era menos sorprendente: noventa de los pequeños
bailarines continuarían de manera más sistemática abriendo las
puertas a una vocación que los devolvía también a las raíces
de su identidad cultural y humana. Al cabo de algunos meses, gracias a una suerte
de selección natural y a la fuerza de voluntad que nace de saberse partícipes
de un proyecto creativo, 22 de esos niños acabarían por cerrar la cifra
del “Grupo Piloto Experimental del Colegio del Cuerpo”. Estaban cruzando el puente,
atravesando el río de una orilla a otra.
Hoy, robándole tiempo a la enseñanza formal y aliento al desaliento
de pertenecer a familias muy modestas de Cartagena, niños y niñas que
han crecido en experiencia y cambiado su voz y su anatomía ensayan a diario
sus creaciones en el bello claustro colonial del convento de San Francisco, un edificio
del siglo XVI alquilado en condiciones favorables
por la Fundación Social de la orden de los jesuitas. Su escenario, amplio
y vacío, tiene como marco el Parque del Centenario y el moderno Centro de
Convenciones de la ciudad y a sus espaldas el tradicional barrio de Getsemaní.
Sin el Colegio del Cuerpo, cuyos cursos son totalmente gratuitos, esos pequeños,
en su mayoría habitantes del barrio Nelson Mandela de la ciudad —refugio de
familias desplazadas por la violencia— seguirían extraviados y condenados
al drama de la más azarosa supervivencia. En los tres años escasos
de funcionamiento del Colegio han vivido dos metamorfosis: la de empezar a ser adolescentes
y la de pasar de simples estudiantes de escuelas periféricas a convertirse
en artistas de una disciplina que hasta entonces era para ellos lejana e inabarcable:
la danza contemporánea. Y algo más: en la conciencia de estos muchachos
ha nacido el “es posible” de la creatividad desde que, con fe de carbonero y resistencia
de diamante, Alvaro Restrepo llamó a sus puertas para construir con ellos
creaciones que han comenzado a dar la vuelta al mundo.
Al margen de su actividad formativa, la Compañía El Puente ha alcanzado
un alto grado de profesionalismo, convirtiendo a algunos de sus antiguos alumnos
en profesores de danza. De la natural y casi congénita savia rítmica
del Caribe han surgido bailarines educados para un lenguaje más abstracto,
seguramente alegórico, heredero de las grandes conquistas del arte contemporáneo.
Con unos pocos elementos rudimentarios de utilería y una infraestructura administrativa
que, aunque precaria, se enriquece por el entusiasmo de maestros y discípulos,
el Colegio del Cuerpo tiene en su haber dos Festivales de las Artes, celebrados en
Cartagena de Indias en 1998 y 1999, y el estreno de tres creaciones propias. El grupo
ha estado presente además en festivales artísticos de Colombia y Europa.
Después de sus actuaciones en el extranjero, como la que en abril de 2000
los llevó a recorrer París y a admirar una opulencia inimaginable para
ellos, esos niños regresan a la pobreza de sus cuartos de familia para enfrentarse
de nuevo con las heridas del barrio. Pero con la certidumbre de haber empezado a
hacer de sus vidas algo distinto y grande.
No todo ha sido miel. Pese al entusiasmo de instituciones públicas y empresas
privadas, la hiel de las dificultades económicas sigue rondando al Colegio.
Pero la voluntad férrea de Restrepo y Delieuvin está fundada en un
sueño, y éstos a menudo superan a la realidad en la que se forjan.
Si el sueño sigue vivo es sin duda porque en Cartagena maestros y alumnos
parecen saber que las recompensas de la tenacidad son más poderosas que las
conspiraciones del desaliento.
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