
© Elise Amendola/AP/Boomerang, París

Ser internauta
es un lujo en los suburbios de Dakar y en toda Africa: sólo 3,5 de cada mil
habitantes accede a la Red. En Asia son 14,1; 88 en Europa; 160,3 en toda América;
224,5 en Oceanía –según la Unión Internacional de Telecomunicaciones
(UIT).

I love you!
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Internet y la Red
Como afirma Berners-Lee, la
Red no podría existir sin Internet. Desarrollado inicialmente con fines militares
por el Departamento de Defensa de Estados Unidos en los años sesenta, Internet
es una red de redes. Cubre a miles de computadoras conectadas entre sí por
cable telefónico, cable y satélite. La Red, que forma parte de Internet,
es una colección mundial de archivos de textos y multimedia ligados mutuamente
a través de un sistema de documentos hipertexto. El Protocolo de transferencia
de hipertexto (HTTP) fue creado en 1990 en el CERN (Laboratorio Europeo de Física de las Partículas),
como un medio para compartir los datos científicos a nivel internacional,
instantáneamente y a bajo costo. Con el hipertexto, una palabra o frase puede
contener un vínculo con otro texto. Para lograrlo, el CERN
preparó un programa denominado HTLM, que permite a los usuarios conectarse
fácilmente a otras
páginas o servicios (de redes) en la Red.
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Ciudadano Tim
En un campo en el que no transcurre
una semana sin que surjan nuevos millonarios del dot.com, Tim Berners-Lee ocupa una
posición aparte. El mero hecho de patentar su invento habría convertido
a este físico nacido y criado en Londres en uno de los hombres más
ricos del planeta, pero él prefirió dedicar sus esfuerzos a mejorar
y a universalizar la Red.
Diplomado en física por la Universidad de Oxford, Berners-Lee inició
su actividad profesional en el CERN (Laboratorio Europeo de Física
de las Partículas), con sede en Ginebra, en 1980, donde elaboró un
programa llamado Enquire para almacenar y recuperar información a partir de
asociaciones aleatorias. Ese programa inició el desarrollo del World Wide
Web (Red Mundial), que inventó a finales de 1990.
Berners-Lee redactó el HTLM (Lenguaje de etiquetado hipertexto)
estableciendo enlaces con otros documentos en una computadora y elaboró un
esquema de direcciones que dio a cada página de la Red una localizacion única,
o URL (localizador universal de recursos).
Luego estableció unas reglas llamadas HTTP
(Protocolo de transferencia de hipertexto), para transmitir información a
través de la Red. En 1991 dio a los usuarios de Internet libre acceso a programas
en el mundo entero. Los dos años siguientes perfeccionó el diseño
de la Red aprovechando las observaciones de los que empleaban Internet.
Tras abandonar el CERN en 1994, Berners-Lee se trasladó
al laboratorio de informática del Massachusetts Institute of Technology (MIT) en Boston, donde es director del World Wide Web Consortium
(W3C). La organización, que cuenta con más de 300 miembros de la industria
mundial, inclusive gigantes como Microsoft e IBM,
elabora normas técnicas para la Red.
Saludado por la revista Time como uno de los 100 cerebros más preclaros del
siglo XX, Berners-Lee, de 45 años, aparece como un modelo de modestia, pese
al desarrollo y al éxito asombroso de su invento. Sentado en su despacho del
W3C, sostiene que la Red aún se encuentra en pañales. “La meta definitiva
es apoyar y mejorar a nivel mundial una existencia en que la Red será elemento
decisivo”, afirma, explicando que ésta ofrece medios sin precedentes para
alcanzar mayor libertad y afianzar el progreso social. “Nos queda mucho por recorrer
antes de que comprendamos todas las posibilidades que brinda.”

• Para
más información:
Weaving the Web: The Past, Present and Future of the World Wide Web by its Inventor,
Tim Berners-Lee con Mario Fischetti, (Orion Business Books, 1999).
• Sitios útiles:
www.w3.org
www.CERN.ch/CERN
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¿Cómo
explica el crecimiento formidable de la Red en los últimos diez años?
Al comienzo, la Red se extendió gracias a la infraestructura de Internet
ya existente, instalada en los años setenta. Cuando tuve la idea de la Red,
a fines de los ochenta, las computadoras de numerosas universidades e institutos
de investigación ya estaban conectadas entre sí para intercambiar información.
Por consiguiente, hay que rendir homenaje a los pioneros que crearon ese entramado
antes de que surgiera la Red.
La Red se expandió con suma rapidez porque estaba descentralizada y nadie
controlaba su crecimiento. Cualquier persona podía crear un servidor o un
explorador sin necesidad de pedir el menor permiso a una autoridad central. En todo
el planeta hubo entusiastas que entendieron que la Red iba cambiar la vida y se dedicaron
a desarrollarla.
El hecho de que la Red sea un espacio abierto constituye un poderoso atractivo. Cualquiera
puede leer lo que hay en ella y aportar a su vez una contribución. En cierto
modo, todo el mundo parte en pie de igualdad. Esta impresión de que ofrece
oportunidades ilimitadas ha sido un elemento decisivo de su éxito.
¿Puede beneficiar la Red a los que se hallan al margen de la innovación
tecnológica?
No cabe duda de que las desigualdades actuales son negativas para todo el mundo.
Pero la innovación por sí sola no puede resolver los problemas globales.
Son los individuos los que han de decidir por sí mismos y hacer grandes esfuerzos
en todos los planos para encontrar soluciones. En el pasado contamos con numerosos
instrumentos. Internet es uno más que puede ayudar a recoger esos desafíos.
La idea de la Red es crear un espacio de información en el que la gente puede
comunicarse de manera muy precisa: compartiendo sus conocimientos. La Red es más
una innovación social que técnica. No ha introducido ningún
cambio fundamental en la manera de pensar, de leer y de comunicarse de los seres
humanos, pero ha aumentado considerablemente sus posibilidades por el mero hecho
de entregarles información. La Red permite una enormidad de cosas, desde la
simple lectura de un periódico en un pueblo aislado hasta una mayor colaboración
entre individuos de países diferentes.
Pero pese a esta amplia gama de posibilidades, aún no sabemos cómo
sacarle el máximo de partido. Espero que la multiplicidad de opciones que
ofrece a cada uno contribuya a reformar la sociedad.
En su obra Weaving the Web, alude usted al peligro de que la Red llegue a
ser controlada por un grupo pequeño de empresas, o que se coarte su desarrollo
por razones comerciales. ¿Cuáles serían las consecuencias de
una situación de esta índole?
El peligro surge cuando grandes empresas que venden computadoras y programas
empiezan a controlar la información que uno recibe por Internet. Al distribuir
computadoras o exploradores gratuitos, algunas empresas pueden impedir a los usuarios
el acceso a los programas de sus competidores. Es posible incluso que los proveedores
de acceso a Internet lleguen a acuerdos comerciales con ciertos sitios o páginas
para que sean más accesibles que otros. Ya está empezando a ocurrir.
Por un lado, a los usuarios les parece justo que una empresa influya en su acceso
a Internet si les procura computadoras y programas gratuitos, pero, por otro, es
muy importante garantizar el derecho de cada cual a acceder libremente a la información.
Ninguno de esos aspectos debe prevalecer sobre el otro.
Ignoro hasta qué punto las personas se dan cuenta de que ciertos intereses
comerciales influyen en sus posibilidades de acceso a los diversos sitios de la Red.
Y es muy difícil encontrar un equilibrio entre el derecho de las empresas
a brindar servicios gratuitos o muy baratos y el respeto de la libertad de acceso
de los individuos. Encontraremos una solución de compromiso aceptable socialmente.
Hay otro peligro: cuando una empresa se encuentra en situación de monopolio,
empieza a modificar arbitrariamente las normas informáticas universalmente
aceptadas y obliga a los competidores a someterse a ellas en vez de producir ideas
innovadoras para mejorar el producto. Esto puede afectar al desarrollo de la Red.
La Red ha permitido una circulación mucho mayor de la información que
algunos países procuran regular y controlar. ¿Qué opina al respecto?
Sé que, efectivamente, ciertos países estudian la posibilidad o
tratan de controlar el acceso a la Red de los particulares pero eso es muy difícil
ya que, gracias a Internet, la información circula de múltiples maneras.
Cada cual no es más que un punto microscópico en este vasto sistema.
Además, el control de la información es nocivo para las relaciones
entre el gobierno y su población, y, a la larga, para la estabilidad del país.
También se han formulado llamamientos para que se instaure una censura en
la Red. Pero en la mayoría de los países occidentales la censura no
es vista con buenos ojos. Sin embargo, se admite cada vez más que los padres
tengan el derecho y el deber de impedir que sus hijos visiten ciertos sitios. Así,
nuestro consorcio desarrolló sistemas como el PICS (una plataforma para la selección
de contenidos en internet), que permite a los adultos controlar el acceso de los
niños a diversos sitios.
Los múltiples instrumentos de filtrado disponibles en el mercado son mucho
más eficaces que la censura del Estado. La ley de un país sólo
puede censurar los sitios que están dentro de su territorio, mientras los
filtros se aplican a sitios de cualquier procedencia. Fundamentalmente, incumbe a
los ciudadanos elegir los mecanismos sociales y el tipo de regulación que
desean.
A los internautas les inquieta cada vez más que se vulnere su vida privada.
¿Cómo resolver este problema?
El respeto de la confidencialidad implica que cada cual controle la utilización
que pueda hacerse de sus datos personales. Los usuarios de la Red se preocupan porque
piensan que una vez hayan encargado ciertos artículos a determinadas empresas,
éstas dispondrán de información suficiente para perjudicarles
o aprovecharse de ellos. El riesgo va, por ejemplo, desde la molestia que supone
el convertirse en blanco de un envío abusivo de publicidad hasta la negativa
por parte de las compañías a extenderte un seguro de vida. Es un asunto
grave.
Los internautas deberían saber cómo utiliza cada sitio esos datos personales.
Después de todo, su inquietud es un obstáculo para el crecimiento del
comercio electrónico, y creo que los sitios deberían tener en cuenta
el derecho de los consumidores a proteger su vida privada. Por ello nuestro consorcio
elaboró el P3P (Plan de opciones en materia de confidencialidad). Cuando un
internauta va a un sitio, este instrumento le permite comparar las prácticas
de esa página con sus propias opciones. Si los usos del sitio no le convienen,
no sigue adelante.
Un sitio responsable debería consignar sus reglas en materia de confidencialidad
al pie de su página de acogida. En su defecto, convendría que una ley
colmara ese vacío brindando el mejor nivel de protección posible a
cada cual. Esos problemas se han resuelto en parte en Europa: las empresas deben
guardar reserva sobre los datos de sus clientes, y no tienen derecho de intercambiarlos
con los de otras bases de datos, cosa que en cambio es legal en Estados Unidos. Numerosos
norteamericanos empiezan, por lo demás, a advertir la necesidad de que exista
una mayor regulación y una mejor protección del individuo y de la sociedad.
Recientemente se ha observado una multiplicación de las patentes en el sector
de Internet. ¿Cuáles son las consecuencias para la Red?
Esas patentes ponen en peligro la universalidad de la Red y entrañan un
grave riesgo para las buenas ideas. Durante los cinco primeros años de vida
de Internet, existía un consenso en el sentido de que una norma universal
servía el bien común. Hoy, la Red abarca numerosos negocios. Ahora
es posible hacerse rico inscribiendo patentes para controlar un trozo de ella. En
ciertos casos, es incluso posible ganar dinero con una simple amenaza de iniciar
una acción judicial. Para los que están empeñados en crear una
Red universal, es un verdadero jarro de agua fría.
Los profesionales de la Red se reúnen a menudo para debatir posibles mejoras,
tanto para los sistemas de videoconferencias como para el acceso de los países
en desarrollo. Esos proyectos, que beneficiarían a un vasto público,
suelen dejarse de lado por temor, o por simples rumores, de que ciertas empresas
interpongan demandas reivindicando la patente de una determinada tecnología.
En Estados Unidos –contrariamente a lo que ocurre en muchos otros países–
es posible patentar un fragmento de programa.
Algunas patentes concedidas recientemente han sido puestas en el Indice por la comunidad
de los internautas. En efecto, restringen el empleo de tecnologías que podrían
acentuar la universalidad del Net. Espero que pronto sólo se registren las
patentes que representen una auténtica innovación o ideas francamente
extraordinarias. Aún no he visto ninguna en este sector.
El usuario no dispone de ningún medio para determinar la fiabilidad de la
información en línea. ¿Puede cambiar esta situación?
Algunas tecnologías, que no utilizamos suficientemente, son capaces de
dar indicios sobre la fiabilidad de un sitio o de un interlocutor. Pronto aparecerán
instrumentos más perfeccionados. Con los exploradores de la nueva generación
y la firma electrónica, dentro de poco estaremos en condiciones de verificar
que un documento o un sitio es emitido efectivamente por la persona que creemos.
Para el correo electrónico, los nuevos protocolos de comunicación,
más seguros, permiten saber con certeza que nadie se ha introducido en él
ni ha alterado el mensaje durante su transmisión. Queda por saber si una determinada
fuente descubierta en la Red es o no digna de confianza. Es imposible. De momento
nada permite comprobarlo. ¿Cómo creer a alguien que no se conoce? Es
preciso que la gente sepa en quién puede confiar en la Red.
Veamos el ejemplo de un libro. Si uno lo lee porque personas de confianza se lo han
recomendado, también se consulta un sitio a partir de consejos. La confianza
se va instaurando de un individuo a otro. Hay que crear una “Red de la confianza”.
Al principio, algunas personas miraban la Red como un espacio anónimo, al
margen de la realidad, y en el que no podía hacerse efectiva ninguna responsabilidad
individual. Pero no es así. Cualquiera que envíe un mensaje ilegal
existe en carne y hueso en alguna parte y está sometido a las leyes del lugar.
Si alguien falsifica una transacción, el que sea electrónica no modifica
para nada su responsabilidad ante la ley.
Ultimamente se ha observado un recrudecimento de los ataques de piratas informáticos.
¿Cómo reforzar las defensas de los sistemas informáticos?
Aunque Internet sea un sistema descentralizado, el principal peligro que lo amenaza
es la falta de diversidad de los instrumentos de acceso a él. Si se analizan
los recientes ataque de virus, se observará que se trata de las mismas computadoras
que emplean los mismos programas, producidos por la misma firma, los que suelen ser
presa de los piratas. Es cierto que el hecho de que muchas personas utilicen el mismo
programa tiene grandes ventajas. Pero se requieren productos alternativos si uno
desea ser capaz de resistir mejor a los virus.
Ha habido propuestas en el sentido de que los internautas de los países ricos
paguen un tributo para poder conectar al resto del mundo…
Los países desarrollados tienen una gran deuda hacia los demás.
Y los problemas de acceso a Internet se suman a esta deuda. Pero aplicar un impuesto
a todos los internautas no es forzosamente una buena idea. Mejor sería actuar
de manera selectiva. Se podría gravar a los grandes usuarios de Internet –como
los que lo explotan ampliamente con fines comerciales.
Por otro lado, existe el riesgo de que un impuesto disuada a ciertos países
de invertir en el desarrollo de Internet. El único país donde podría
estudiarse seriamente la introducción de un impuesto es Estados Unidos. Otros
países desarrollados, que tratan de ponerse al nivel de éste, tal vez
sean reacios a aceptarlo.
En algunos países del Sur todavía es difícil conectarse a Internet
por falta de líneas telefónicas. ¿Hay alguna solución?
En muchos países en desarrollo los servicios de telecomunicaciones son
burocráticos y no aceptan competidores, cosa que facilitaría el acceso
a Internet. Una de las soluciones sería utilizar la técnica de otro
modo: habría que empezar por difundir las tecnologías inalámbricas
para las comunicaciones básicas en las zonas rurales. Una vez instaladas las
redes, esos emisores-receptores podrían converger con Internet eludiendo los
ministerios responsables en la materia. En este sistema descentralizado no sería
necesario dar una dirección de Internet ni un nombre de dominio. Existe ya
una investigación en este ámbito y no cabe duda de que esas tecnologías
pronto serán comercializadas y contribuirán a la utilización
de Internet en el Sur. Sin embargo su expansión en ciertos países puede
topar con los monopolios que detentan las empresas de telecomunicaciones, o con la
voluntad de los gobiernos de controlar las comunicaciones. En ese caso, las Naciones
Unidas debieran intervenir sensibilizando a sus Estados miembros respecto a las posibilidades
que ofrecen dichas tecnologías.
También habría que financiar la traducción de la información
que circula por Internet a diversos idiomas. Es importante que la Red respalde las
culturas locales y no sirva únicamente para divulgar la cultura norteamericana.
Hemos visto las dificultades con que se ha enfrentado el despegue de internet en
Europa ya que los habitantes de ese continente no constituyen un enorme público
monolingüe y monocultural. Será muy difícil franquear esta barrera
en los países que practican una o varias lenguas poco habladas.
¿Puede hablarnos de la “Red semántica” en la que usted trabaja actualmente?
Tengo un sueño en dos partes para la Red. Primero veo que se convierte
en un medio muy poderoso de comunicación entre los hombres. Luego, en la segunda
parte, las computadoras cooperan. Las máquinas pasan a ser capaces de analizar
todos los datos que circulan en la red: contenidos, enlaces y transacciones entre
personas y computadoras.
La Red semántica irá a buscar la información a diversas bases
de datos, tanto en catálogos en línea como en los sitios meteorológicos
o bursátiles, y permitirá que toda esa información sea tratada
por las computadoras. Hoy no es posible porque los datos en línea no son compatibles
ni tienen el formato necesario para ser analizados directamente por las máquinas.
Las páginas de la Red sólo están pensadas para la lectura humana.
La Red semántica responderá también a las aspiraciones de quienes
desean contar con un programa de búsqueda que dé sólidos resultados.
Los actuales entregan miles de páginas en respuesta a una sola pregunta. Ahora
bien, es imposible estudiar el contenido de todas esas páginas. Con la Red
semántica, el robot buscador te dirá: “He ahí un objeto que
responde al criterio deseado, cosa que puedo garantizar matemáticamente.”
En resumen, los robots de investigación se tornarán más fiables
y más eficaces. Cuando mi sueño sea una realidad, la Red será
un universo en el que la fantasía del ser humano y la lógica de la
máquina podrán coexistir para formar una combinación ideal y
poderosa.
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