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1. El frente infinito
| Mundialización: un imperativo moral | Por una economía humana | Un crecimiento desigual
Los militantes del nuevo milenio

Julie Fisher es responsable de programas de la Kettering Foundation de Dayton (Ohio), que estudia cómo mejorar el funcionamiento de la democracia. Su última obra, publicada en 1997 por Kumarian Press, se titula NONGovernments: NGOS and the Political Development of the Third World (No gobiernos: las ONG y el desarrollo político en el Tercer Mundo).
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La movilización de las ONG en Seattle contra la mundialización
del FMI y la OMC fue un éxito






“Los que luchaban contra la esclavitud, el apartheid o el colonialismo no pedían una repartición más justa de los beneficios de la esclavitud, el apartheid o el colonialismo. Combatían esos sistemas en sí. Del mismo modo, no podemos contentarnos con reclamar una mejor repartición de los beneficios de la mundialización. Hemos de combatir el sistema tal como existe en la actualidad.”

Martin Khor, director del Third World Network (Malasia)








Aunque su número se ha multiplicado por cuatro
desde 1970, las ONGI
parecen escasas de medios frente a las urgencias humanitarias.

En Seattle las ONG salieron a la palestra, pero desde mucho tiempo antes tejían su tela en torno al planeta. Visión sucinta de esas pioneras sociales.

Por doquier llueven las buenas noticias en el plano económico. Impulsado por la revolución de las comunicaciones, el crecimiento mundial nos promete una prosperidad sin fin que, según se afirma, beneficiará incluso a los sectores más desfavorecidos de la tierra.
Los manifestantes de Seattle, que protestaban contra el apoyo de la Organización Mundial del Comercio (
OMC) a las formas actuales de la mundialización, fueron presentados por algunos medios de información como militantes de nuevo cuño que se movilizan por asuntos de poca monta como la preservación de las tortugas de mar. Sin embargo, la “batalla de Seattle” no era más que el aspecto visible de una vieja guerra que opone las ONG al poder establecido.
Las
ONG empezaron a multiplicarse hace unos treinta años como una reacción ante tres males estrechamente vinculados: la pobreza, la superpoblación y la degradación del medio ambiente. El crecimiento demográfico provoca a menudo la deforestación y el agotamiento de los suelos, y por ende un aumento de la pobreza. Esta última obliga a las poblaciones a instalarse en otro sitio, donde se repite la misma historia. Y a esto se le añade la destrucción del entorno por las multinacionales, que puede acelerar la progresión de la miseria.
De un tiempo a esta parte,
ONG y organizaciones de base se concentran en esas prioridades e incitan a los gobiernos a seguirlas. La ola actual de militantismo no indica un cambio de objetivos, sino que cada vez más personas entienden que algunos de sus problemas comunes pueden tener idéntico origen: la mundialización. Los organismos económicos y financieros internacionales constituyen desde hace tiempo uno de sus blancos predilectos y los renovados bríos de las críticas reflejan una mejor coordinación de las ONG frente a la rapidez de los cambios económicos y la pasividad de las autoridades.
Sin embargo, lo que importa realmente es saber si esos actores de la sociedad civil estarán, siempre que encuentren aliados decididos en los gobiernos, a la altura de los extraordinarios retos globales de nuestra época. Nadie podría afirmarlo, pero una visión general del panorama no gubernamental mundial puede dar algunos indicios. El desarrollo, la ayuda humanitaria, los refugiados, los derechos humanos y la democratización son las principales preocupaciones de las
ONG internacionales (ONGI). Desde 1995, se han registrado unas 20.000 dotadas de filiales en más de tres países. Hay que sumarles otras 5.000 ONG con sede en algún país del Norte y que realizan actividades en el extranjero.
Aunque su número se ha multiplicado por cuatro desde 1970, las O
NGI parecen escasas de medios frente a las urgencias humanitarias. En 1995, de los 60 millardos de dólares destinados al desarrollo, sólo 10 circularon través de ellas.
Sin embargo, esas organizaciones han pasado a ser actores importantes. Presionan sobre las organizaciones y las conferencias internacionales con un éxito creciente. Del Protocolo de Montreal que regula las emisiones de ozono (1987) a la Conferencia de Beijing sobre la Mujer (1995), contribuyeron a que temas como el entorno y los derechos humanos permanecieran en el primer plano de las preocupaciones. Pero la etapa más decisiva de su historia fue tal vez la proliferación de las
ONG en los países del Sur. Desde hace unos treinta años, jóvenes que han recibido una sólida educación aprovechan la ayuda extranjera para fundar una asociación. Crean a veces filiales locales de las ONGI, pero con mayor frecuencia definen su propio programa, incluso para luchar contra la represión política.
Casi en todas partes, ese proceso se ha basado en una colaboración entre dos tipos de
ONG: las asociaciones de base y las ONG de apoyo. Las primeras, a cargo de personal local, se dedican al desarrollo de su propia comunidad. Algunas —como los grupos de mujeres— han aparecido recientemente. En cambio, otras proceden de organizaciones comunitarias como las estructuras de microcrédito, que funcionan desde hace miles de años.
Sin duda existen varios cientos de miles de grupos de base en Africa, Asia y América Latina. Frente a la crisis del medio ambiente y a la agudización de la pobreza en los años ochenta, esas asociaciones, a veces valiéndose de iniciativas individuales, constituyeron redes. En Oranji, en Pakistán, una de ellas logró dotar de agua potable y unidades de saneamiento a 100.000 personas.
Mientras tanto, unas 50.000
ONG de apoyo, muy profesionalizadas, encauzan la ayuda internacional hacia la base. En Bolivia, por ejemplo, varias de ellas se unieron para promover los invernaderos con energía solar.
Otras organizaciones combaten la corrupción y se dedican a la defensa de los derechos humanos. En Maharashtra (India) un centro anticorrupción apoyado por una red de organizaciones de base obtuvo la destitución de 40 recaudadores de impuestos. Los activistas de esta índole tienen acceso a veces a las instancias mundiales, según Victoria Tauli-Corpuz, que cuenta cómo representantes de los pueblos autóctonos se presentaron ante las Naciones Unidas en Ginebra (
p. 24-25).
Por su parte, el retroceso de los regímenes autoritarios provocó la creación de
ONG especializadas en procesos democráticos. Supervisan por ejemplo la constitución de los registros electorales y el desarrollo de los escrutinios y han logrado que algunos de sus dirigentes sean elegidos para desempeñar cargos de representación local.
Las numerosas
ONG que preconizan transformaciones políticas fundamentales no recurren necesariamente a las protestas callejeras. Una ONG brasileña propone por ejemplo un número de teléfono gratuito que permite a los ciudadanos señalar los problemas ambientales. No siempre existe una frontera clara entre las ONG y las autoridades. En la India, el Integrated Child Development Service realiza sus campañas a través de asociaciones y por intermedio de secciones de los gobiernos locales y federales.
Una sociedad civil fuerte emerge también en el antiguo bloque comunista. La mayoría de las 75.000
ONG de esa región fueron creadas o resucitadas después de 1989 gracias a la ayuda extranjera. Proporcionan a menudo servicios sociales que el Estado ya no puede ofrecer, pero rara vez tienen verdadero arraigo en el plano local, pues organizaciones de ese tipo, como las cooperativas, dejaron muy mal recuerdo. Entre las más innovadoras, algunas fueron fundadas para hacer frente a la crisis ambiental. Inicialmente actuaban casi como movimientos de oposición y en la actualidad siguen desafiando a los gobiernos. El microcrédito también ha ganado terreno en la región.
Los países ricos no van a la zaga. En Estados Unidos, 70% de las asociaciones existen desde hace menos de 30 años. Los movimientos debidos al desarrollo de Internet, como los que describe la joven militante Andrea del Moral
(p. 22-23), son aún más recientes.
Esta breve reseña muestra hasta qué punto es difícil agotar el tema del panorama asociativo mundial, tan vasto y complejo, tan dinámico y prometedor. Existen incluso redes internacionales de
ONG nacionales —el Grameen Bank en Bangladesh o el Working Capital en Estados Unidos— que aspiran a estimular la economía y el comercio. Estas instituciones demuestran que la lucha contra una mundialización sin conciencia no es motivada forzosamente por el odio al beneficio. El mundo asociativo representa mucho más que una colección de ONG: refleja la capacidad de los ciudadanos de unirse para mejorar la vida de la comunidad.
Mucho se ha hablado de Internet y de su contribución al fortalecimiento de la sociedad civil. Es cierto que a menudo ha permitido movilizar a individuos del mundo entero. Pero millones de personas siguen sin tener acceso al teléfono y menos aún al ordenador. Si lo obtienen, es más fácil que encuentren en el Net publicidad de una bebida no alcohólica que consejos sobre la forma de purificar el agua. En realidad, el papel de lo virtual en la regulación de la mundialización dependerá ante todo de los lazos establecidos entre los seres humanos en la vida real.