
La movilización de las
ONG en Seattle contra la mundialización
del FMI y la OMC fue un éxito
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“Los que luchaban contra la
esclavitud, el apartheid o el colonialismo no pedían una repartición
más justa de los beneficios de la esclavitud, el apartheid o el colonialismo.
Combatían esos sistemas en sí. Del mismo modo, no podemos contentarnos
con reclamar una mejor repartición de los beneficios de la mundialización.
Hemos de combatir el sistema tal como existe en la actualidad.”
Martin
Khor, director del Third World Network (Malasia)
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Aunque su número
se ha multiplicado por cuatro
desde 1970, las ONGI
parecen escasas
de medios frente a las urgencias humanitarias. |
En Seattle las ONG salieron a la palestra, pero desde mucho tiempo
antes tejían su tela en torno al planeta. Visión sucinta de esas pioneras
sociales.
Por
doquier llueven las buenas noticias en el plano económico. Impulsado por la
revolución de las comunicaciones, el crecimiento mundial nos promete una prosperidad
sin fin que, según se afirma, beneficiará incluso a los sectores más
desfavorecidos de la tierra.
Los manifestantes de Seattle, que protestaban contra el apoyo de la Organización
Mundial del Comercio (OMC) a las formas actuales de la
mundialización, fueron presentados por algunos medios de información
como militantes de nuevo cuño que se movilizan por asuntos de poca monta como
la preservación de las tortugas de mar. Sin embargo, la “batalla de Seattle”
no era más que el aspecto visible de una vieja guerra que opone las ONG
al poder establecido.
Las ONG empezaron a multiplicarse hace
unos treinta años como una reacción ante tres males estrechamente vinculados:
la pobreza, la superpoblación y la degradación del medio ambiente.
El crecimiento demográfico provoca a menudo la deforestación y el agotamiento
de los suelos, y por ende un aumento de la pobreza. Esta última obliga a las
poblaciones a instalarse en otro sitio, donde se repite la misma historia. Y a esto
se le añade la destrucción del entorno por las multinacionales, que
puede acelerar la progresión de la miseria.
De un tiempo a esta parte, ONG y organizaciones de base se
concentran en esas prioridades e incitan a los gobiernos a seguirlas. La ola actual
de militantismo no indica un cambio de objetivos, sino que cada vez más personas
entienden que algunos de sus problemas comunes pueden tener idéntico origen:
la mundialización. Los organismos económicos y financieros internacionales
constituyen desde hace tiempo uno de sus blancos predilectos y los renovados bríos
de las críticas reflejan una mejor coordinación de las ONG
frente a la rapidez de los cambios económicos y la pasividad de las autoridades.
Sin embargo, lo que importa realmente es saber si esos actores de la sociedad civil
estarán, siempre que encuentren aliados decididos en los gobiernos, a la altura
de los extraordinarios retos globales de nuestra época. Nadie podría
afirmarlo, pero una visión general del panorama no gubernamental mundial puede
dar algunos indicios. El desarrollo, la ayuda humanitaria, los refugiados, los derechos
humanos y la democratización son las principales preocupaciones de las ONG
internacionales (ONGI). Desde 1995, se han registrado
unas 20.000 dotadas de filiales en más de tres países. Hay que sumarles
otras 5.000 ONG con sede en algún país
del Norte y que realizan actividades en el extranjero.
Aunque su número se ha multiplicado por cuatro desde 1970, las ONGI
parecen escasas de medios frente a las urgencias humanitarias. En 1995, de los 60
millardos de dólares destinados al desarrollo, sólo 10 circularon través
de ellas.
Sin embargo, esas organizaciones han pasado a ser actores importantes. Presionan
sobre las organizaciones y las conferencias internacionales con un éxito creciente.
Del Protocolo de Montreal que regula las emisiones de ozono (1987) a la Conferencia
de Beijing sobre la Mujer (1995), contribuyeron a que temas como el entorno y los
derechos humanos permanecieran en el primer plano de las preocupaciones. Pero la
etapa más decisiva de su historia fue tal vez la proliferación de las
ONG en los países del Sur.
Desde hace unos treinta años, jóvenes que han recibido una sólida
educación aprovechan la ayuda extranjera para fundar una asociación.
Crean a veces filiales locales de las ONGI, pero con mayor frecuencia
definen su propio programa, incluso para luchar contra la represión política.
Casi en todas partes, ese proceso se ha basado en una colaboración entre dos
tipos de ONG: las asociaciones de base y
las ONG de apoyo. Las primeras, a cargo
de personal local, se dedican al desarrollo de su propia comunidad. Algunas —como
los grupos de mujeres— han aparecido recientemente. En cambio, otras proceden de
organizaciones comunitarias como las estructuras de microcrédito, que funcionan
desde hace miles de años.
Sin duda existen varios cientos de miles de grupos de base en Africa, Asia y América
Latina. Frente a la crisis del medio ambiente y a la agudización de la pobreza
en los años ochenta, esas asociaciones, a veces valiéndose de iniciativas
individuales, constituyeron redes. En Oranji, en Pakistán, una de ellas logró
dotar de agua potable y unidades de saneamiento a 100.000 personas.
Mientras tanto, unas 50.000 ONG de apoyo, muy profesionalizadas,
encauzan la ayuda internacional hacia la base. En Bolivia, por ejemplo, varias de
ellas se unieron para promover los invernaderos con energía solar.
Otras organizaciones combaten la corrupción y se dedican a la defensa de los
derechos humanos. En Maharashtra (India) un centro anticorrupción apoyado
por una red de organizaciones de base obtuvo la destitución de 40 recaudadores
de impuestos. Los activistas de esta índole tienen acceso a veces a las instancias
mundiales, según Victoria Tauli-Corpuz, que cuenta cómo representantes
de los pueblos autóctonos se presentaron ante las Naciones Unidas en Ginebra
(p.
24-25).
Por su parte, el retroceso de los regímenes autoritarios provocó la
creación de ONG especializadas en procesos
democráticos. Supervisan por ejemplo la constitución de los registros
electorales y el desarrollo de los escrutinios y han logrado que algunos de sus dirigentes
sean elegidos para desempeñar cargos de representación local.
Las numerosas ONG que preconizan transformaciones
políticas fundamentales no recurren necesariamente a las protestas callejeras.
Una ONG brasileña propone por
ejemplo un número de teléfono gratuito que permite a los ciudadanos
señalar los problemas ambientales. No siempre existe una frontera clara entre
las ONG y las autoridades. En la India,
el Integrated Child Development Service realiza sus campañas a través
de asociaciones y por intermedio de secciones de los gobiernos locales y federales.
Una sociedad civil fuerte emerge también en el antiguo bloque comunista. La
mayoría de las 75.000 ONG de esa región fueron
creadas o resucitadas después de 1989 gracias a la ayuda extranjera. Proporcionan
a menudo servicios sociales que el Estado ya no puede ofrecer, pero rara vez tienen
verdadero arraigo en el plano local, pues organizaciones de ese tipo, como las cooperativas,
dejaron muy mal recuerdo. Entre las más innovadoras, algunas fueron fundadas
para hacer frente a la crisis ambiental. Inicialmente actuaban casi como movimientos
de oposición y en la actualidad siguen desafiando a los gobiernos. El microcrédito
también ha ganado terreno en la región.
Los países ricos no van a la zaga. En Estados Unidos, 70% de las asociaciones
existen desde hace menos de 30 años. Los movimientos debidos al desarrollo
de Internet, como los que describe la joven militante Andrea del Moral (p.
22-23), son
aún más recientes.
Esta breve reseña muestra hasta qué punto es difícil agotar
el tema del panorama asociativo mundial, tan vasto y complejo, tan dinámico
y prometedor. Existen incluso redes internacionales de ONG nacionales —el Grameen Bank
en Bangladesh o el Working Capital en Estados Unidos— que aspiran a estimular la
economía y el comercio. Estas instituciones demuestran que la lucha contra
una mundialización sin conciencia no es motivada forzosamente por el odio
al beneficio. El mundo asociativo representa mucho más que una colección
de ONG: refleja la capacidad de los
ciudadanos de unirse para mejorar la vida de la comunidad.
Mucho se ha hablado de Internet y de su contribución al fortalecimiento de
la sociedad civil. Es cierto que a menudo ha permitido movilizar a individuos del
mundo entero. Pero millones de personas siguen sin tener acceso al teléfono
y menos aún al ordenador. Si lo obtienen, es más fácil que encuentren
en el Net publicidad de una bebida no alcohólica que consejos sobre la forma
de purificar el agua. En realidad, el papel de lo virtual en la regulación
de la mundialización dependerá ante todo de los lazos establecidos
entre los seres humanos en la vida real.
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