
La mundialización como
panacea universal: esos manifestantes en la India no comparten el optimismo
|
“Nadie lo obliga a uno a comer
en un McDonald’s”
Paul
Krugman, economista estadounidense (1953-)
|
|
Este experto en comercio
internacional afirma que el mercado libre y la integración en la economía
mundial son decisivos para combatir a la pobreza.
Actualmente
el término “mundialización” ha pasado a ser un tópico. También
ha dado lugar a una batalla campal entre dos posturas diametralmente opuestas. Existen
los “antimundialistas” que temen la mundialización y destacan sólo
sus aspectos negativos, propiciando por consiguiente una enérgica intervención
encaminada a atenuarla, cuando no (inconscientemente) a desbaratarla. En cambio,
hay “mundialistas” (categoría en la cual me incluyo) que ensalzan la mundialización,
destacan sus aspectos positivos al tiempo que tratan de limar sus aristas recurriendo
a políticas adecuadas para tornarla aún más atractiva.
Muchos de sus detractores estiman que el problema esencial de la mundialización
es su amoralidad, e incluso su inmoralidad. Pero esos críticos emplean un
enfoque demasiado esquemático. En efecto, ese término abarca una diversidad
de fenómenos que caracterizan una economía mundial en vías de
integración: el comercio, los movimientos de capital a corto plazo, la inversión
extranjera directa, la inmigración, la convergencia cultural, etc. Los pecados
de uno no pueden hacernos olvidar las virtudes de otro. Algunos son benignos incluso
cuando se les somete a una escasa vigilancia o regulación, mientras que los
hay que pueden resultar fatales si quedan librados totalmente a las contingencias
del mercado.
En particular, la liberalización del comercio es inofensiva en buena medida:
si canjeo una parte de mis tubos de dentífrico por algunos de los cepillos
de dientes de otra persona, ambos saldremos beneficiados de esa operación
comercial. Se requiere una imaginación delirante, un cerebro perturbado, para
pensar que esa liberalización del comercio pueda provocar una crisis económica.
Por otra parte, sólo los ideólogos negarán que la liberalización
acelerada de los movimientos de capital a corto plazo, por presión de lo que
en Foreign Affairs (mayo 1998) denominé el “Complejo del Tesoro de Estados
Unidos”, fue lo que contribuyó a precipitar la tremenda crisis financiera
asiática. Análogamente, es ilógico creer, como hacen los no-economistas
que temen la mundialización, que eliminar las trabas al comercio sea algo
malo porque la liberalización de los movimientos de capital a corto plazo
acarreó la citada crisis económica y financiera y podría provocarla
nuevamente. En realidad, aunque hay algunas similitudes obvias entre el comercio
libre y la libre circulación de capitales —por ejemplo, la segmentación
de los mercados que se traduce en pérdida de eficacia—, las diferencias económicas
y políticas entre ambos fenómenos son muy pronunciadas y los políticos
no pueden ignorarlas.
De hecho, los detractores de la mundialización suelen reaccionar visceralmente
ante a una situación de alcance mucho mayor: la victoria del capitalismo sobre
su rival más encarnizado, el comunismo. Para los universitarios idealistas,
que siempre buscaron alternativas a lo que tradicionalmente consideraban la avidez
y la falta de conciencia social características del capitalismo, la situación
es psicológicamente intolerable. Algunos se han dedicado al teatro callejero,
o abrazan un nihilismo y anti-intelectualismo muy presentes en los últimos
años. Los más evolucionados han caído en una representación
estereotipada de las empresas como “fuerzas del mal” del capitalismo que se han apoderado
del Estado, de las instituciones democráticas, e incluso de instancias internacionales
como la Organización Mundial del Comercio.
Lo que estos críticos suelen olvidar es que ciertas libertades económicas
son esenciales para la prosperidad y el bienestar social en cualquier tipo de circunstancias,
y que tienen por consiguiente un valor moral. El derecho a la propiedad y a comerciar,
por ejemplo, brindan incentivos para producir y utilizar recursos de manera eficaz,
y pueden a su vez fortalecer la democracia al procurar medios de subsistencia al
margen de las estructuras demasiado presentes del Estado. La calidad y la solidez
de la democracia sólo pueden afianzarse si los grupos marginados, como las
mujeres y los pobres, tienen acceso a la alfabetización, a un empleo remunerado
y a una mejor atención médica, gracias a un mayor gasto público
o a una multiplicación de los incentivos económicos.
Sin embargo, los detractores insisten en que la extensión a nivel mundial
del libre mercado y del comercio desregulado es responsable de la persistencia de
la miseria en los países pobres, y de una supuesta agudización de las
desigualdades entre los Estados y dentro de éstos. Las centrales sindicales
de las naciones ricas temen también que sus trabajadores sufran los efectos
de la irrupción de artículos producidos en países de mano de
obra más barata.
Creo que estos temores son infundados. En la India, donde vive una cuarta parte de
los pobres del planeta, quedó demostrado que las políticas autárquicas
y contrarias al mercado dieron lugar durante más de 25 años a tasas
de crecimiento extraordinariamente bajas —3,5% anual— y que, por consiguiente, sus
repercusiones en la disminución de la pobreza fueron insignificantes. Ahora
bien, desde que las tasas de crecimiento iniciaron su ascenso en los años
ochenta, la pobreza ha disminuido. Por su parte, el incremento de esas tasas depende
de diversos factores, pero la apertura al comercio, la inversión directa y
un aprovechamiento hábil de los mercados son, sin lugar a dudas, un elemento
esencial de esa expansión.
En cuanto a la desigualdad entre las naciones, son justamente los países que
se han integrado en la economía mundial, a saber los Cuatro Países
del Lejano Oriente1 y luego los de la ASEAN,
los que han tomado la delantera con ritmos de crecimiento elevados mientras diversos
países de Africa, América Latina y Asia que se replegaron en sí
mismos no han logrado desarrollarse ni frenar la pobreza.
El argumento de que el comercio y la inversión están empobreciendo
a nuestros trabajadores tampoco es válido. De mis investigaciones se desprende
que la presión a la baja sobre los salarios de los obreros a causa de los
progresos técnicos se ha atenuado, en vez de intensificarse, gracias al comercio
con los países pobres. La investigación demuestra también que
en el extranjero las grandes empresas utilizan tecnologías similares a las
del país de origen, en vez de explotar los niveles más bajos o de hacer
que éstos desciendan aún más valiéndose de su peso financiero.
Los anti-mundialistas reclaman que las leyes del comercio internacional incluyan
ciertas normas o cláusulas sobre el respeto al medio ambiente y el derecho
laboral. Creando nuevos “obstáculos” al libre-cambio se desvirtúa la
libertad de comercio y mezclando ésta con la moral se corre el riesgo de arruinar
el comercio y la moral. Los otros países tienen entonces el sentimiento de
que el discurso ético está al servicio del proteccionismo de intereses
particulares.
1. Se trata de Corea
del Sur, Hong Kong, Japón y Taiwán.
|