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| Los militantes del nuevo milenio | Por una economía humana | Un crecimiento desigual
Mundialización: un imperativo moral

Jagdish Bhagwati, especialista en Economía en el Consejo de Relaciones Exteriores (Nueva York), y profesor de Economía y Ciencias Políticas de la Universidad de Columbia. Es autor de más de cuarenta obras, la más reciente de las cuales es A Stream of Windows, Unsettling Reflections on Trade, Immigration and Democracy (MIT, Press, 1998).
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La mundialización como panacea universal: esos manifestantes en la India no comparten el optimismo






“Nadie lo obliga a uno a comer en un McDonald’s”

Paul Krugman, economista estadounidense (1953-)

Este experto en comercio internacional afirma que el mercado libre y la integración en la economía mundial son decisivos para combatir a la pobreza.

Actualmente el término “mundialización” ha pasado a ser un tópico. También ha dado lugar a una batalla campal entre dos posturas diametralmente opuestas. Existen los “antimundialistas” que temen la mundialización y destacan sólo sus aspectos negativos, propiciando por consiguiente una enérgica intervención encaminada a atenuarla, cuando no (inconscientemente) a desbaratarla. En cambio, hay “mundialistas” (categoría en la cual me incluyo) que ensalzan la mundialización, destacan sus aspectos positivos al tiempo que tratan de limar sus aristas recurriendo a políticas adecuadas para tornarla aún más atractiva.
Muchos de sus detractores estiman que el problema esencial de la mundialización es su amoralidad, e incluso su inmoralidad. Pero esos críticos emplean un enfoque demasiado esquemático. En efecto, ese término abarca una diversidad de fenómenos que caracterizan una economía mundial en vías de integración: el comercio, los movimientos de capital a corto plazo, la inversión extranjera directa, la inmigración, la convergencia cultural, etc. Los pecados de uno no pueden hacernos olvidar las virtudes de otro. Algunos son benignos incluso cuando se les somete a una escasa vigilancia o regulación, mientras que los hay que pueden resultar fatales si quedan librados totalmente a las contingencias del mercado.
En particular, la liberalización del comercio es inofensiva en buena medida: si canjeo una parte de mis tubos de dentífrico por algunos de los cepillos de dientes de otra persona, ambos saldremos beneficiados de esa operación comercial. Se requiere una imaginación delirante, un cerebro perturbado, para pensar que esa liberalización del comercio pueda provocar una crisis económica. Por otra parte, sólo los ideólogos negarán que la liberalización acelerada de los movimientos de capital a corto plazo, por presión de lo que en Foreign Affairs (mayo 1998) denominé el “Complejo del Tesoro de Estados Unidos”, fue lo que contribuyó a precipitar la tremenda crisis financiera asiática. Análogamente, es ilógico creer, como hacen los no-economistas que temen la mundialización, que eliminar las trabas al comercio sea algo malo porque la liberalización de los movimientos de capital a corto plazo acarreó la citada crisis económica y financiera y podría provocarla nuevamente. En realidad, aunque hay algunas similitudes obvias entre el comercio libre y la libre circulación de capitales —por ejemplo, la segmentación de los mercados que se traduce en pérdida de eficacia—, las diferencias económicas y políticas entre ambos fenómenos son muy pronunciadas y los políticos no pueden ignorarlas.
De hecho, los detractores de la mundialización suelen reaccionar visceralmente ante a una situación de alcance mucho mayor: la victoria del capitalismo sobre su rival más encarnizado, el comunismo. Para los universitarios idealistas, que siempre buscaron alternativas a lo que tradicionalmente consideraban la avidez y la falta de conciencia social características del capitalismo, la situación es psicológicamente intolerable. Algunos se han dedicado al teatro callejero, o abrazan un nihilismo y anti-intelectualismo muy presentes en los últimos años. Los más evolucionados han caído en una representación estereotipada de las empresas como “fuerzas del mal” del capitalismo que se han apoderado del Estado, de las instituciones democráticas, e incluso de instancias internacionales como la Organización Mundial del Comercio.
Lo que estos críticos suelen olvidar es que ciertas libertades económicas son esenciales para la prosperidad y el bienestar social en cualquier tipo de circunstancias, y que tienen por consiguiente un valor moral. El derecho a la propiedad y a comerciar, por ejemplo, brindan incentivos para producir y utilizar recursos de manera eficaz, y pueden a su vez fortalecer la democracia al procurar medios de subsistencia al margen de las estructuras demasiado presentes del Estado. La calidad y la solidez de la democracia sólo pueden afianzarse si los grupos marginados, como las mujeres y los pobres, tienen acceso a la alfabetización, a un empleo remunerado y a una mejor atención médica, gracias a un mayor gasto público o a una multiplicación de los incentivos económicos.
Sin embargo, los detractores insisten en que la extensión a nivel mundial del libre mercado y del comercio desregulado es responsable de la persistencia de la miseria en los países pobres, y de una supuesta agudización de las desigualdades entre los Estados y dentro de éstos. Las centrales sindicales de las naciones ricas temen también que sus trabajadores sufran los efectos de la irrupción de artículos producidos en países de mano de obra más barata.
Creo que estos temores son infundados. En la India, donde vive una cuarta parte de los pobres del planeta, quedó demostrado que las políticas autárquicas y contrarias al mercado dieron lugar durante más de 25 años a tasas de crecimiento extraordinariamente bajas —3,5% anual— y que, por consiguiente, sus repercusiones en la disminución de la pobreza fueron insignificantes. Ahora bien, desde que las tasas de crecimiento iniciaron su ascenso en los años ochenta, la pobreza ha disminuido. Por su parte, el incremento de esas tasas depende de diversos factores, pero la apertura al comercio, la inversión directa y un aprovechamiento hábil de los mercados son, sin lugar a dudas, un elemento esencial de esa expansión.
En cuanto a la desigualdad entre las naciones, son justamente los países que se han integrado en la economía mundial, a saber los Cuatro Países del Lejano Oriente
1 y luego los de la ASEAN, los que han tomado la delantera con ritmos de crecimiento elevados mientras diversos países de Africa, América Latina y Asia que se replegaron en sí mismos no han logrado desarrollarse ni frenar la pobreza.
El argumento de que el comercio y la inversión están empobreciendo a nuestros trabajadores tampoco es válido. De mis investigaciones se desprende que la presión a la baja sobre los salarios de los obreros a causa de los progresos técnicos se ha atenuado, en vez de intensificarse, gracias al comercio con los países pobres. La investigación demuestra también que en el extranjero las grandes empresas utilizan tecnologías similares a las del país de origen, en vez de explotar los niveles más bajos o de hacer que éstos desciendan aún más valiéndose de su peso financiero.
Los anti-mundialistas reclaman que las leyes del comercio internacional incluyan ciertas normas o cláusulas sobre el respeto al medio ambiente y el derecho laboral. Creando nuevos “obstáculos” al libre-cambio se desvirtúa la libertad de comercio y mezclando ésta con la moral se corre el riesgo de arruinar el comercio y la moral. Los otros países tienen entonces el sentimiento de que el discurso ético está al servicio del proteccionismo de intereses particulares.


1. Se trata de Corea del Sur, Hong Kong, Japón y Taiwán.