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1. El frente infinito
| Los militantes del nuevo milenio | Mundialización: un imperativo moral | Un crecimiento desigual
Por una economía humana

Jean-Louis Laville, sociólogo, autor entre otras obras de Une Troisième Voie pour le travail y L’Économie solidaire: une perspective internationale, Desclée de Brower, París 1999 y 2000.
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Un campesino tailandés desfila bajo el fardo simbólico de la presión del FMI.

La pretensión de convertir el mercado en el ordenador supremo de nuestras sociedades es una utopía muy antigua pero que no resiste la confrontación con los hechos.

A comienzos de los años 80, caracterizados por la revolución thatcheriana y el reaganismo, parecía que el neoliberalismo se impondría en el planeta pero ahora abundan las reacciones frente a los daños que provoca: desigualdad, empobrecimiento, exclusión, deterioro ambiental. Por un lado, los integristas del mercado propugnan una desregulación que, llevada al extremo, haría que el sector mercantil absorbiese casi todas las actividades humanas pues el poder estatal sólo guardaría para sí los instrumentos necesarios para el ejercicio de la fuerza: ejército, justicia y, en parte, policía y prisiones. En el otro lado encontramos a los cada vez más numerosos partidarios de una economía humana, agrupados tras la fórmula “sí a la economía de mercado, no a la sociedad de mercado”. Insisten en la necesidad de restablecer una cierta regulación, con formas nuevas, en el espacio económico de hoy: el mundo.
Estas opciones enfrentadas surgieron hace por lo menos tres siglos, en el momento en que se derrumbaba el orden religioso. A comienzos del
XVII, Galileo demostró que la Tierra gira alrededor del Sol, a la inversa de lo que rezan las Escrituras. Los filósofos afirman que el orden social lo crean los propios individuos. El dogma según el cual todo poder sólo puede provenir de Dios y el lugar de cada individuo en la sociedad lo determina “naturalmente” la divinidad estalla en mil pedazos. Las sociedades han de afrontar un reto sin precedentes: definir un “contrato” social.
Se plantean dos respuestas diametralmente opuestas. La primera, “política”, confía en la voluntad y la virtud de los individuos para decidir unidos y libremente en qué consistirá ese nuevo orden. La segunda, “económica”, estima que el enfoque “político” se fía demasiado de una naturaleza humana que es frágil. El nuevo orden debe basarse en fundamentos inquebrantables, en las “leyes” de la economía, “naturales” y por consiguiente inmutables. La primera de ellas dice que, en primer término, todo individuo actúa movido por su interés personal, cuyo resorte principal es el deseo de abundancia. Es este deseo universalmente compartido el que unificará hasta cierto punto a las sociedades e, insensiblemente, las organizará en su conjunto del mejor modo posible. Este es el primer desliz de la economía de mercado hacia la utopía de una sociedad sometida totalmente a ella. Hay una primera superchería en estimar evidente la “modernidad” de esta ideología liberal ahora tan poderosa, y en considerar como un retroceso el restablecimiento de mecanismos reguladores más fuertes, “políticos”, para contrarrestar la primacía de los intereses privados sobre el interés general. El escocés Adam Smith exponía los fundamentos de esta ideología hace ya más de dos siglos.
Es cierto que un conjunto de mercados locales e internacionales controlados muy estrictamente fue reemplazado en el siglo
XIX por un mercado “libre” que a su vez engendró instituciones reguladoras. Por un movimiento pendular, dado que la idea de un mercado que rige la sociedad resulta impracticable, los mercados de hoy incorporan “reglas, instituciones, redes que ordenan y controlan el encuentro y la formación de la oferta y la demanda1”. Pero éstas son cuestionadas por un nuevo afán de desregulación. La definición de la economía mercantil es por tanto una cuestión “política, sumamente controvertida2” que se plantea sin cesar.
La segunda superchería radica en pretender que la economía de mercado es la única generadora de riqueza y de riquezas para todos: su expansión desde hace 20 años ha coincidido con un aumento de las desigualdades. Baste un solo ejemplo: las tres personas más ricas del mundo poseen una fortuna superior al pib total de los 48 países más pobres.
Por último, y he ahí una tercera mixtificación, la economía real descansa de facto en tres polos, como lo demostró Karl Polanyi
3. En la economía mercantil, los precios determinan la relación de intercambio y los actores deciden en función de sus intereses. Pero aquélla admite numerosas contribuciones no mercantiles, tales como las ayudas y subvenciones otorgadas a las empresas. En la economía no mercantil la repartición de los bienes y servicios se ejerce en buena medida por conducto de organismos públicos, según reglas dictadas por una autoridad estatal sometida al control democrático. Es el Estado del bienestar. Por último, en la economía no monetaria, la reciprocidad es prioritaria: las prestaciones que los grupos o las personas intercambian sólo tienen sentido gracias al vínculo social que permiten establecer, tal y como lo vemos en la familia o en las asociaciones y organismos de solidaridad. Las empresas se benefician así con el aprendizaje efectuado en el plano doméstico y heredan de ese modo un “capital social”. Asimismo, sobre todo en un sector de servicios en plena expansión, aprovechan la inversión inmaterial —como la educación— que incumbe en gran medida al sector público. Y no hay que olvidar que las empresas reciben pedidos e inversiones estatales, dependen pues de la orientación política de los Estados. Estos pocos ejemplos bastan para demostrar que la oposición entre economía mercantil y no mercantil no resiste la confrontación con la realidad, como tampoco se sostiene la idea de que la primera es la única fuente de riqueza. Más vale situarse en una perspectiva más realista y menos ideológica, la de una economía plural. Sólo sometiendo sus posibles formas a un debate público resulta posible salir de la dictadura de un mercado concebido como una norma abstracta e impersonal que se impone a todos. La economía humana del mañana sólo puede construirse mediante la articulación de mercados regulados, de Estados y de sociedades civiles democráticas.


1. Services, la productivité en question, J.Gradrey, Desclée de Brouwer, París, 1996.
2. Idem.
3. La Grande transformation: aux origines politiques et économiques de notre temps. Gallimard, París, 1983.