
© Andrea del Moral/
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“Después de la Guerra
Fría, ha empezado la cuarta guerra mundial.”
Subcomandante
Marcos, jefe del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, tras las
protestas de Seattle
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Tras haber sido una militante
activa que se escabullía de la policía, una joven norteamericana vuelve
a la tierra para combatir a las multinacionales agroalimentarias.
“¡Come! En Etiopía los niños se mueren
de hambre.” Cientos de chicos en Estados Unidos han oído esta cantinela y
respondido tajantes: “Entonces, ¡mándales mis espinacas!” Pero a los
22 años Andrea del Marco todavía se pregunta: ¿Por qué
hay niños que no tienen qué comer? “Sigo sin entenderlo”, afirma. “Nadie
puede decir que no haya alimentos suficientes en el mundo.”
Tras mucho preguntarse, Andrea ha optado por aislarse. Nacida en Seattle (est. de
Washington), ha rechazado varios empleos: sólo quiere entender cómo
es posible que coexistan la prosperidad y el hambre.
Aún no ha resuelto el enigma. Después de un año consagrado a
actividades militantes, como manifestaciones contra la reunión de la OMC, acciones de sensibilización
y campañas itinerantes en todo el país, Andrea confiesa su frustración.
Su experiencia la ha obligado a reconsiderar su estrategia para combatir a los grandes
conglomerados comerciales que, a su juicio, atentan contra la seguridad alimentaria.
Con su pelo corto rizado y sus pantalones demasiado amplios, se describe a sí
misma como “un poco punk”, pero no es una rebelde arrogante. Que una muchacha como
ella, que nunca padeció hambre, se dedique de lleno a ese combate, es bastante
sorprendente, incluso para sus padres. Sin embargo, estima que fueron ellos quienes
le inculcaron esa inquietud. Su padre es profesor de botánica y su madre trabaja
en el Organismo de Protección del Medio Ambiente de Estados Unidos. “Me crié
en una atmósfera favorable a esta ética (ecológica)”, afirma.
“Mi familia siempre me alentó a que decidiera mi destino por mí misma.”
Pero, para consternación de sus padres, Andrea dejó sus estudios en
la Universidad de Montreal para dedicarse exclusivamente a la acción militante.
Para subsistir daba clases particulares y trabajaba en teatros, y recibió
sus primeras lecciones de subversión en la ciudad canadiense, tras entrar
en contacto con un grupo de jóvenes que montaban obras de teatro callejero
en las que denunciaban las manipulaciones genéticas, pegaban etiquetas falsas
en los productos que contenían ogm y organizaban protestas frente a los supermercados.
OMC y déficit democrático
Como miles de militantes de un extremo a
otro del planeta, Andrea del Marco se enteró a través del Web de las
manifestaciones en Seattle contra la OMC (noviembre 1999). “Al principio ni siquiera sabía
lo que era la OMC”,
dice. Pero navegando en el Net, no tardó en familiarizarse con términos
como “reservas de semillas industriales” o “biopiratería”.
También aprendió mucho sobre las instituciones de Bretton- Woods y
la hermana de éstas, la OMC. Comprendió que esos organismos no fueron creados
por seres ávidos de dominar el mundo, pero también cómo las
buenas intenciones se malogran. Para ella, “las grandes organizaciones se han convertido
en estructuras de poder diametralmente opuestas a la democracia directa”. Reconoce
que las organizaciones internacionales son necesarias para regular y armonizar la
legislación de los distintos países pero teme que les interesa más
el beneficio económico que el de los individuos. Propone desmantelarlas.
Antes de Seattle, Andrea recorrió Estados Unidos de punta a cabo, participando
en manifestaciones, seminarios sobre desobediencia civil y cursos de ecología
social. Muy pronto se dio cuenta de que sabía hablarle a la gente. Pero a
medida que intercambiaba opiniones con otras personas fue descubriendo los límites
de sus teorías.
Recuerda una conversación con un granjero del Oeste de Canadá. Este
admitía que multinacionales como Nabisco manipulaban los precios de su cosecha
en provecho propio, pero no veía cómo la agricultura biológica
podría resolver sus problemas de dinero. “Para él lo importante era
el beneficio, no la producción. ¿Cómo ayudarle?. Delante suyo
sólo éramos chicos de ciudad”, constata. “Ante esas personas no puedes
ir diciendo que tú tienes la buena la solución.”
Desorientada, Andrea decidió ahondar en el tema y se dijo que Seattle, donde
decenas de miles de militantes se iban a reunir, era el mejor lugar para entender
la economía mundial. Llegó a su ciudad natal la víspera de Thanksgiving
—día de comilona en Estados Unidos. Nadie imaginaba en ese momento la violencia
que iba a desencadenarse entre el 30 de noviembre y el 3 de diciembre y que las cámaras
de TV iban a mostrar a todo el mundo.
A medida que llegaban los delegados de la OMC, se fue reforzando el dispositivo de seguridad. Al recorrer
las calles de su infancia, Andrea sintió que el suelo se movía bajo
sus pies. Su primer encuentro con las brigadas antidisturbios, en un aparcamiento
de coches, fue un momento crucial: sus amigos y ella, con sus ideas como única
arma, se encontraban cara a cara con una fuerza muy superior. “En ese momento”, relata,
“entendí que se había declarado una especie de guerra contra nosotros
y que la policía era su cabeza visible… No lo olvidaré mientras viva.”
Para no ser detenida, Andrea retrocedió. Luego pasó días y noches
sin dormir, escabulléndose de la policía hasta agotarse. Una vez más,
se preguntó si no estaba desperdiciando su energía. “Nunca lograremos
vencer a la agricultura industrial, entonces, ¿a cuento de qué seguir
luchando?”
Andrea del Marco sigue considerándose una militante, pero aún no ha
conseguido integrarse en el movimiento contra la mundialización. Hoy ya no
se bate en primera fila y prefiere dedicarse a la agricultura biológica. Trabaja
en una granja, en las colinas apacibles de Vermont. Gana 50 dólares semanales
labrando la tierra, reciclando semillas y ensayando métodos de cultivo ancestrales
que, cree, un día acabarán con el hambre en el mundo.
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