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2. Los nuevos ciudada
| Igorots en la escena mundial | Tradición indígena y mundialización | La ira de la gente del campo | Pescadores modestos contra peces gordos | La lucha de clases vista desde Silicon Valley | Reconstruir la relación |
Lejos de Seattle

Jennifer Morrow, periodista independiente instalada en Nueva York.
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© Andrea del Moral/
libreplanet@hotmail.com



“Después de la Guerra Fría, ha empezado la cuarta guerra mundial.”

Subcomandante Marcos, jefe del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, tras las protestas de Seattle

Tras haber sido una militante activa que se escabullía de la policía, una joven norteamericana vuelve a la tierra para combatir a las multinacionales agroalimentarias.

“¡Come! En Etiopía los niños se mueren de hambre.” Cientos de chicos en Estados Unidos han oído esta cantinela y respondido tajantes: “Entonces, ¡mándales mis espinacas!” Pero a los 22 años Andrea del Marco todavía se pregunta: ¿Por qué hay niños que no tienen qué comer? “Sigo sin entenderlo”, afirma. “Nadie puede decir que no haya alimentos suficientes en el mundo.”
Tras mucho preguntarse, Andrea ha optado por aislarse. Nacida en Seattle (est. de Washington), ha rechazado varios empleos: sólo quiere entender cómo es posible que coexistan la prosperidad y el hambre.
Aún no ha resuelto el enigma. Después de un año consagrado a actividades militantes, como manifestaciones contra la reunión de la
OMC, acciones de sensibilización y campañas itinerantes en todo el país, Andrea confiesa su frustración. Su experiencia la ha obligado a reconsiderar su estrategia para combatir a los grandes conglomerados comerciales que, a su juicio, atentan contra la seguridad alimentaria.
Con su pelo corto rizado y sus pantalones demasiado amplios, se describe a sí misma como “un poco punk”, pero no es una rebelde arrogante. Que una muchacha como ella, que nunca padeció hambre, se dedique de lleno a ese combate, es bastante sorprendente, incluso para sus padres. Sin embargo, estima que fueron ellos quienes le inculcaron esa inquietud. Su padre es profesor de botánica y su madre trabaja en el Organismo de Protección del Medio Ambiente de Estados Unidos. “Me crié en una atmósfera favorable a esta ética (ecológica)”, afirma. “Mi familia siempre me alentó a que decidiera mi destino por mí misma.”
Pero, para consternación de sus padres, Andrea dejó sus estudios en la Universidad de Montreal para dedicarse exclusivamente a la acción militante. Para subsistir daba clases particulares y trabajaba en teatros, y recibió sus primeras lecciones de subversión en la ciudad canadiense, tras entrar en contacto con un grupo de jóvenes que montaban obras de teatro callejero en las que denunciaban las manipulaciones genéticas, pegaban etiquetas falsas en los productos que contenían ogm y organizaban protestas frente a los supermercados.

OMC y déficit democrático
Como miles de militantes de un extremo a otro del planeta, Andrea del Marco se enteró a través del Web de las manifestaciones en Seattle contra la OMC (noviembre 1999). “Al principio ni siquiera sabía lo que era la OMC”, dice. Pero navegando en el Net, no tardó en familiarizarse con términos como “reservas de semillas industriales” o “biopiratería”.
También aprendió mucho sobre las instituciones de Bretton- Woods y la hermana de éstas, la
OMC. Comprendió que esos organismos no fueron creados por seres ávidos de dominar el mundo, pero también cómo las buenas intenciones se malogran. Para ella, “las grandes organizaciones se han convertido en estructuras de poder diametralmente opuestas a la democracia directa”. Reconoce que las organizaciones internacionales son necesarias para regular y armonizar la legislación de los distintos países pero teme que les interesa más el beneficio económico que el de los individuos. Propone desmantelarlas.
Antes de Seattle, Andrea recorrió Estados Unidos de punta a cabo, participando en manifestaciones, seminarios sobre desobediencia civil y cursos de ecología social. Muy pronto se dio cuenta de que sabía hablarle a la gente. Pero a medida que intercambiaba opiniones con otras personas fue descubriendo los límites de sus teorías.
Recuerda una conversación con un granjero del Oeste de Canadá. Este admitía que multinacionales como Nabisco manipulaban los precios de su cosecha en provecho propio, pero no veía cómo la agricultura biológica podría resolver sus problemas de dinero. “Para él lo importante era el beneficio, no la producción. ¿Cómo ayudarle?. Delante suyo sólo éramos chicos de ciudad”, constata. “Ante esas personas no puedes ir diciendo que tú tienes la buena la solución.”
Desorientada, Andrea decidió ahondar en el tema y se dijo que Seattle, donde decenas de miles de militantes se iban a reunir, era el mejor lugar para entender la economía mundial. Llegó a su ciudad natal la víspera de Thanksgiving —día de comilona en Estados Unidos. Nadie imaginaba en ese momento la violencia que iba a desencadenarse entre el 30 de noviembre y el 3 de diciembre y que las cámaras de TV iban a mostrar a todo el mundo.
A medida que llegaban los delegados de la
OMC, se fue reforzando el dispositivo de seguridad. Al recorrer las calles de su infancia, Andrea sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Su primer encuentro con las brigadas antidisturbios, en un aparcamiento de coches, fue un momento crucial: sus amigos y ella, con sus ideas como única arma, se encontraban cara a cara con una fuerza muy superior. “En ese momento”, relata, “entendí que se había declarado una especie de guerra contra nosotros y que la policía era su cabeza visible… No lo olvidaré mientras viva.”
Para no ser detenida, Andrea retrocedió. Luego pasó días y noches sin dormir, escabulléndose de la policía hasta agotarse. Una vez más, se preguntó si no estaba desperdiciando su energía. “Nunca lograremos vencer a la agricultura industrial, entonces, ¿a cuento de qué seguir luchando?”
Andrea del Marco sigue considerándose una militante, pero aún no ha conseguido integrarse en el movimiento contra la mundialización. Hoy ya no se bate en primera fila y prefiere dedicarse a la agricultura biológica. Trabaja en una granja, en las colinas apacibles de Vermont. Gana 50 dólares semanales labrando la tierra, reciclando semillas y ensayando métodos de cultivo ancestrales que, cree, un día acabarán con el hambre en el mundo.