
Manifestación de los trabajadores de la limpieza el 10 de abril de 1999.

Silicon Valley
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“Habrá siempre una
elite que dominará a las demás. Destruid la desigualdad hoy y reaparecerá
mañana.”
Ralph
Waldo Emerson,
poeta y ensayista etadounidense (1803-1882)
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Indicadores
básicos
Población
(millones, 1998): 274
PNB (miles de millones de dólares): 7.903
PNB por habitante
(en dólares): 29.240
Población que vive con menos de 14,4 dólares diarios (límite
de pobreza en los países industrializados): 14,1
Fuente: Informe sobre
desarrollo humano 2000, PNUD. |
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En California, el sancta sanctorum
de la nueva economía es escenario de movimientos sociales que ilustran todos
los grandes problemas de la mundialización.
Vicente Mendoza, un inmigrante mexicano, vive en California.
Todas las mañanas, recorre los 25 km que separan Oakland de San Ramón,
donde empieza a trabajar en un restaurante a las nueve de la mañana. A las
dos de la tarde vuelve a su casa para hacer una pausa de una hora o dos. Luego se
dirige a su segundo trabajo, a unos cuarenta kilómetros. Tiene que atravesar
el puente de San Mateo para llegar a la sede de la empresa Advanced Micro Devices,
en Sunnyvale. Allí limpia las oficinas de seis de la tarde a dos y media de
la mañana. Cuando por fin regresa a su casa son las tres y cuarto de la madrugada.
Conscientes de su regresión
social
Pese a este ritmo de trabajo infernal, Mendoza
tuvo tiempo y energía suficientes para participar, en la primavera pasada,
en la manifestación que agrupó a 5.500 empleados de limpieza sindicados
en la Service Employees International Union. Este sindicato lanzó el movimiento
Justice for Janitors (Justicia para el personal de limpieza) y organizó la
manifestación de Sunnyvale para reclamar mejores remuneraciones y condiciones
de trabajo. Los manifestantes, que por lo general trabajan a horas en que nadie los
ve, llevaban camisetas rojas justamente para no pasar inadvertidos.
La operación fue un éxito. Los discriminados de Silicon Valley, en
el corazón de la economía de alta tecnología, lograron llamar
la atención sobre sus problemas. Trabajan sin tregua a fin de ganar apenas
lo necesario, lo que los coloca en una situación marginal en una industria
que ha producido más riqueza que ninguna otra en la historia.
Los militantes contra la OMC reunidos en Seattle en diciembre de 1999 no hablaron para nada de
este núcleo de la economía mundial. Sin embargo, para algunos de ellos
como Raj Jayadev, un hijo de inmigrantes indios que se crió en San José,
en Silicon Valley se concentran todos los grandes problemas de la mundialización.
“La lucha de los trabajadores, la degradación del entorno, las desigualdades,
el deterioro del nivel de vida, la importancia de la inmigración, todo está
allí, en las fábricas del condado de Santa Clara”. Explica cómo
trabaja en cadena de montaje, en la firma Hewlett Packard, junto a un ingeniero electricista
del Punjab (India), y a un eritreo diplomado en finanzas y dueño de una fábrica
en Kerala (India). Todos, declara, son muy conscientes de que su situación
representa una regresión social.
Aunque algunas cadenas de montaje de circuitos electrónicos han sido deslocalizadas
a Taiwán, Corea, la India o el Este de Alemania, el personal de limpieza no
teme que desaparezcan sus empresas. Los flamantes edificios de despachos situados
en Cupertino y junto al lago artificial de Redwood Shores no corren el riesgo de
volatilizarse.
Pero esos trabajadores son prisioneros de los mecanismos de la nueva economía.
A medida que ésta se ha ido desarrollando, los empleos se han vuelto más
precarios. Según Working Partnership, 45% de los californianos ocupan su actual
puesto desde hace menos de dos años. En cuanto a las agencias de empleo temporal,
en 1998 colocaron 182.900 personas más que en 1993, o sea una cifra superior
al aumento neto del empleo en los sectores de la electrónica y los soportes
lógicos.
Pero las empresas recurren cada vez más a la subcontratación. Hace
14 años, en una firma como Hewlett Packard, un empleado no cualificado habría
recibido un salario de 14 dólares por hora. Pero las empresas aprovecharon
la recesión de comienzos de los años noventa para subcontratar las
actividades de limpieza, jardinería y vigilancia. Dada la competencia existente,
la tarifa bajó a 8 dólares.
Los gigantes de Silicon Valley replican que no son responsables de la mano de obra
pagada por los subcontratistas para barrer sus vestíbulos de mármol.
Los dirigentes sindicales no han vacilado, sin embargo, en presentar la situación
de este personal como simbólica de las disparidades flagrantes existentes
en la región. “Lo que despertó verdadero interés es la pregunta:
¿Qué hacer con los pobres en una economía en plena expansión?”,
resume Mike García, presidente local del sindicato del personal de limpieza.
“Esas personas necesitan varios empleos para alimentar a su familia. Y limpian los
edificios de patronos riquísimos, que se han vuelto millonarios o multimillonarios
de la noche a la mañana, y para los cuales es difícil explicar que
sus empleados viven hacinados en garajes que comparten dos o tres familias.”
Mike García y Tom Csekey, vicepresidente del sindicato, se empeñaron
los últimos diez años en fortalecer la participación sindical
de los empleados de limpieza de la región. Actualmente el 75% se ha afiliado
al sindicato, frente al 25% de 1990. En 1996 las autoridades de Los Angeles dictaron
un decreto que les garantizaba un salario mínimo. En época más
reciente el sindicato concentró sus esfuerzos en los problemas de inmigración
y el seguro de enfermedad. “Más que en los salarios, nuestra estrategia busca
mejorar las condiciones de vida de los trabajadores”, explica Csekey. “Se dice a
las empresas: ‘esas personas trabajan dentro de vuestros muros; tenéis una
responsabilidad frente a ellas’.” Ante el coro de protestas, en las que se confundieron
las voces de otros sindicatos, de obispos y de políticos, los dirigentes de
Genentech (biotecnología) y de Pacific Bell (telecomunicaciones) terminaron
por aceptar esa responsabilidad.
14 horas diarias
En junio, sin declararse en huelga, el sindicato
logró más conquistas que nunca hasta esa época. Se otorgó
a los empleados un aumento anual de 8%: su remuneración por hora pasará
en los próximos tres años de 7,64 o 8,04 dólares a 9,64 o 10,04
dólares, según el condado. Sin embargo, eso no les permitirá
dejar sus garajes convertidos en viviendas, ya que en la región una casita
puede costar hasta 750.000 dólares.
Tras haber batallado en la bahía de San Francisco y en Los Angeles, donde
sus adherentes se declararon en huelga en abril del 2000, el sindicato se concentró
en la situación del personal de Sacramento. Negoció los contratos de
tal modo que expiran al mismo tiempo en todas partes, dentro de tres años.
En toda California, 14.000 empleados de limpieza podrán entonces coordinar
su acción.
Sin embargo, gran parte de los trabajadores de Silicon Valley sigue sin organizarse,
ya sea mano de obra barata o personal de las start-up de Internet, que laboran catorce
horas diarias y acampan en sus despachos. En las cadenas de montaje de circuitos
electrónicos, con bajo nivel de sindicación, los trabajadores de origen
asiático vacilan en afiliarse debido a la fragilidad de su condición
de inmigrantes. A la inversa, la tradición mexicana de acción colectiva
resiste bien entre el personal de limpieza, cuyos miembros, en buena medida, son
también indocumentados. “Saben muy bien que nuestra fuerza reside en nuestra
capacidad para actuar unidos”, estima García. “Sobreviviremos organizándonos
como una familia.”
García quisiera hacer causa común con las clases medias, cuya situación
es cada vez más precaria. Tiene la impresión de que la huelga contribuyó
a contrarrestar el clima de xenofobia que se instauró en California en 1994,
con motivo de una campaña hostil a la inmigración. “Ahora la gente
mira los inmigrantes con otros ojos, como trabajadores esforzados que tratan de salir
adelante”, afirma.
Marianne Steeg, la directora de personal del Consejo del Empleo de South Bay, estima
que esta huelga puso la cuestión del “contrato social” en el primer lugar
dentro de las prioridades regionales, sustituyendo los problemas de vivienda, de
transporte y de salud para todos. “Los profesores, los bomberos, el personal de salud,
todos esos empleados que ya no disponen de los recursos necesarios para vivir aquí
no se identifican con la clase media acomodada sino más bien con los trabajadores
desfavorecidos”, explica Steeg. Y añade que la huelga afectó seriamente
al prestigio de las sociedades de alta tecnología: “Ya no pueden sostener
que la prosperidad de Silicon Valley es sinónimo de prosperidad para todos.”
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