
Mainmise (Bajo control).
“Leyes comerciales
injustificadas han invadido espacios donde no tenían nada que hacer.”
|
“Entonces el mundo será
para mí una ostra y lo abriré
con mi espada.”
Las
alegres comadres de Windsor, acto II, escena II William Shakespeare, dramaturgo
y poeta inglés (1564-1616)
|
|
No todas las ONG tienen las mismas prioridades, pero coinciden en un punto:
hay que crear instituciones mundiales pluralistas para limitar el poder de las multinacionales.
No
cabe la menor duda de que los manifestantes que abuchearon a los representantes de
las finanzas y del comercio en Seattle, Washington y Bangkok, sucesivamente, poco
tienen que ver con una oposición clásica. Carecían de una verdadera
jerarquía, de una causa precisa y, por último, reunían un cóctel
de nacionalidades. Hasta el punto que en ciertos círculos de negocios se las
calificó de “avispero” político.
A juicio de sus detractores, esas huestes de opositores –que cuentan en sus filas
tanto a sindicalistas metalúrgicos como a etnias en vías de desaparición–
daban una imagen incoherente. Pero sus líderes afirman que esta diversidad
es justamente un elemento esencial de su proyecto político. Hostiles a la
expansión uniformizadora de los valores mercantiles, calificados de “filosofía
de talla única” por la militante norteamericana Lori Wallach, abogan por una
redistribución del poder que abra paso a otras ideas.
“Leyes comerciales injustificadas e intocables han invadido espacios donde no tenían
nada que hacer”, estima Wallach, personalidad sumamente destacada desde que participó
en la coordinación de las manifestaciones de Seattle como directora del Public
Citizen’s Global Trade Watch. “Esas reglas, tal como fueron impuestas, favorecen
mucho más a las empresas que al interés general. El déficit
democrático de la mundialización económica reside ahí.”
Mientras el mercado progresa rápidamente y con la bendición de los
gobiernos, el debate político se ha apartado de los principios inherentes
a una sociedad justa y a un orden mundial legítimo, afirman los militantes.
Y surge la pregunta: ¿Cómo combatir el ideal del beneficio sin causar
demasiados perjuicios a la economía? ¿Qué reformas intentar,
y dónde?
Para Walden Bello, director ejecutivo de Focus on the Global South, organización
con sede en Bangkok, hay que curar a la mundialización de su carácter
“monolítico, uniforme y universalista” que ha conducido a la monopolización
por las multinacionales de la mayor parte de las exportaciones y a la acentuación
de las desigualdades mundiales, que se han más que duplicado desde 1960. El
primer culpable, afirma, es el trío pro-libre mercado integrado por el Fondo
Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial
del Comercio (OMC) y el Banco Mundial (BM).
Esas organizaciones se oponen a la diversidad, única garantía de la
equidad. Es vital, dice, ponerlos en su sitio en el concierto plural de los actores
de la economía mundial.
El problema, afirman numerosos militantes, es que esas reivindicaciones encuentran
escaso eco. Los gobiernos parecen impotentes ante el mundo financiero. Los países
en desarrollo se paralizan por sus obligaciones para con los acreedores y el FMI,
que controla los programas de reducción de la deuda. Los hombres de negocios
se niegan a que les corten las alas y la acción de las organizaciones internacionales
es entorpecida por sus prácticas y estructuras no democráticas. La
única solución, para los militantes, pasa por un cambio radical de
la gobernabilidad.
A corto plazo, las prioridades son claras. Para Lori Wallach, la OMC,
debilitada, debe “retroceder o irse a pique”. “Sólo ve obstáculos comerciales
en la legislación sobre el medio ambiente, el trabajo y los derechos humanos”,
se indigna. Los militantes piden que el FMI y el BM
dejen de prescribir la misma medicina de austeridad a todos los Estados. Según
Walden Bello, hay que contrarrestar el poder de esos órganos con el de otras
organizaciones, en especial las asociaciones económicas internacionales como
la ASEAN (Asociación de Naciones
del Asia Sudoriental). Habría que reforzar los organismos encargados del trabajo
y del medio ambiente y crear uno que represente a los países en desarrollo.
“Eso nos permitiría un mayor margen de maniobra a la hora de elegir nuestro
camino”, estima.
A largo plazo, las ideas son más vagas. Esencialmente defensivas, las ONG
no han elaborado proyectos para reformar la estructura del poder mundial. Insisten
en la necesidad de reforzar los organismos mundiales encargados de controlar las
empresas indisciplinadas de la nueva economía. Propician también el
fortalecimiento de los poderes locales. Algunos grupos, como el Third World Network
(Malasia), se declaran favorables a una suerte de gobierno mundial: Naciones Unidas
más democráticas que incluyan representantes de la sociedad civil,
un código de ética para el mundo de los negocios, y nuevos organismos
de regulación de la competencia, de la inversión y de la lucha contra
el delito.
Para las ONG, el Estado-nación es
el nivel de poder menos popular. Tras insistir en la responsabilidad de Estados como
el Brasil y la India en el desarrollo deficiente o la degradación del medio
ambiente y los fracasos políticos actuales, pocos grupos son partidarios de
reforzar los gobiernos nacionales.
Europa, donde los sindicatos logran coexistir con las autoridades locales y nacionales,
se cita en cambio como ejemplo en varios países en desarrollo. Pero “el sentimiento
soberanista” no baja la guardia, advierte Jan Aart Scholte, profesor adjunto de la
Universidad de Warwick (Reino Unido). “A la gente aún le falta la imaginación
política indispensable para entender que un gobierno supranacional podría
servir sus intereses”, señala. Por ejemplo, hubo países en desarrollo
que se opusieron a proyectos encaminados a reforzar el derecho mundial del trabajo
y del medio ambiente.
Pero para algunas ONG, el camino de la justicia y
del desarrollo sostenible no supone ni una reforma mundial, ni el fortalecimiento
del poder local. Habría más bien que educar, y convencer a los consumidores
para que corrijan sus hábitos. “No será posible reducir la contaminación
mientras no cambiemos nuestra manera de consumir, de utilizar el agua y el automóvil”,
asegura Ngai Weng Chan, presidente de la Malaysian Nature Society. “La humanidad
estaría condenada la catástrofe si todo el mundo viviera como los norteamericanos
y los europeos.”
|