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“El oro que no es extraído sigue siendo
polvo en el polvo; el áloe, si echa raíces en el suelo, sólo
parece una variedad de madera que quemamos como tantas otras.
Arranca el oro del filón, cada cual lo desea y desea pagarlo; corta el áloe
y véndelo al mejor postor. Para conseguirlo todos te darían el oro
a cambio.”
Las Mil y Una Noches
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La lucha contra la mundialización
es esencialmente una lucha por la democracia |
A menudo la mundialización
es vista como un fenómeno planetario de naturaleza tecnológica que
acentúa la interconexión entre naciones. Sin embargo, ésa es
sólo una faceta de dicho fenómeno y no presupone la homogeneización
ideológica o el retroceso de la protección social por el Estado, tal
y como hoy sucede.
El debate en torno a la mundialización no se centra en la acentuación
de la interconexión planetaria, sino más bien en la concepción
del sistema global que esa mundialización proyecta. Dicha concepción
supone la existencia de un sistema económico global, con reglas de conducta
definidas en cuanto a comercio, finanzas, régimen tributario, política
de inversiones, propiedad intelectual, divisas, elaboradas todas ellas ciñéndose
a los principios neoliberales y con un mínimo de intervención estatal.
Tal como la economista Ellen Wood señala con mucho acierto, esta concepción
del sistema mundial representa una nueva fase del capitalismo “más universal,
más inobjetable y más genuina que todas las anteriores”.
Para numerosos críticos, la globalización es un proceso esencialmente
antidemocrático, que desconoce los intereses de sectores muy amplios de la
población. Pero el proceso no obedece solamente a las fuerzas del mercado,
pues sólo es posible gracias a la aquiescencia, cuando no el apoyo decidido,
de los gobiernos, en especial los de los países avanzados.
Mientras tanto, se sostiene a menudo que los gobiernos de los países en desarrollo
no están en condiciones de oponerse a la mundialización ya que eso
podría costarles muy caro. El gobierno de Sudáfrica, por ejemplo, podría
ser sancionado con una fuga de capitales si persistiera en aplicar su programa de
reformas sociales. Sin embargo, a las masas sudafricanas aún podría
costarles más caro un incumplimiento por el gobierno de su mandato de aplicar
esas reformas. Ante ese dilema, por lo general los gobiernos se han puesto del lado
del capital por una razón muy simple: como observa el economista Paul Krugman,
al derrumbarse el comunismo la oposición al capitalismo anda falta de convicciones.
La lista de los problemas causados por la mundialización es larga. En los
países de bajos ingresos, como los del Africa subsahariana, cuyos gobiernos
no han podido o no han querido brindar a sus poblaciones la protección más
elemental frente a esta nueva fase del capitalismo global y de los programas de ajuste
estructural, el pueblo ha soportado condiciones de vida particularmente duras.
Los adversarios de la mundialización denuncian problemas reales, pero es dudoso
que sean capaces de invertir la tendencia o tan solo de atenuar sus efectos negativos.
Para empezar, muchos de ellos no están bien organizados. En su mayoría
se han agrupado en torno a problemas específicos, pero carecen de alternativa
global. Por el momento, su contrapropuesta consiste en poner en pie un sistema internacional
que no defienda los intereses mezquinos del capital, sino que responda a las aspiraciones
de los diversos grupos sociales. De momento resulta bien intencionada pero de eficacia
relativa.
Además, es indispensable que esos detractores conciban estrategias viables
para atajar la mundialización. Algunos proponen debilitar o suprimir organismos
como el Banco Mundial, el FMI y la OMC, que consideran agentes de la globalización.
Pero, si eso es cierto, entonces es absurdo creer que los intereses comerciales y
los gobiernos permitirán que tales propuestas se concreten. La preeminencia
de esos organismos sólo disminuirá si los países del Tercer
Mundo, en particular los de ingresos medianos, empiezan a reducir su dependencia
frente a ellos gracias a la presión de sus poblaciones.
Ahora bien, la principal grieta de la estrategia de los antimundialistas radica en
que muchos de ellos no reconocen el papel del Estado. Si se ganase la batalla por
una auténtica democracia popular, el Estado podría liberarse del control
de los intereses financieros y comerciales para transformarse en agente de la defensa
de intereses sociales de gran magnitud.
Sin embargo, numerosas ong sólo confían en la sociedad civil, pese
a que ésta no puede reemplazar el Estado a la hora de tomar decisiones. La
lucha contra la mundialización es esencialmente una lucha por la democracia:
no hay que “puentear” al Estado sino convertirlo en aliado.
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