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Torcer las reglas

Kidane Mengisteab, nacido en Eritrea, es director del Departamento de Estudios Africanos y Afroamericanos de la Universidad del estado de Pennsylvania y autor de diversas obras acerca de la mundializacióny del desarrollo de Africa.

“El oro que no es extraído sigue siendo polvo en el polvo; el áloe, si echa raíces en el suelo, sólo parece una variedad de madera que quemamos como tantas otras.
Arranca el oro del filón, cada cual lo desea y desea pagarlo; corta el áloe y véndelo al mejor postor. Para conseguirlo todos te darían el oro a cambio.”

Las Mil y Una Noches




La lucha contra la mundialización es esencialmente una lucha por la democracia

A menudo la mundialización es vista como un fenómeno planetario de naturaleza tecnológica que acentúa la interconexión entre naciones. Sin embargo, ésa es sólo una faceta de dicho fenómeno y no presupone la homogeneización ideológica o el retroceso de la protección social por el Estado, tal y como hoy sucede.
El debate en torno a la mundialización no se centra en la acentuación de la interconexión planetaria, sino más bien en la concepción del sistema global que esa mundialización proyecta. Dicha concepción supone la existencia de un sistema económico global, con reglas de conducta definidas en cuanto a comercio, finanzas, régimen tributario, política de inversiones, propiedad intelectual, divisas, elaboradas todas ellas ciñéndose a los principios neoliberales y con un mínimo de intervención estatal. Tal como la economista Ellen Wood señala con mucho acierto, esta concepción del sistema mundial representa una nueva fase del capitalismo “más universal, más inobjetable y más genuina que todas las anteriores”.
Para numerosos críticos, la globalización es un proceso esencialmente antidemocrático, que desconoce los intereses de sectores muy amplios de la población. Pero el proceso no obedece solamente a las fuerzas del mercado, pues sólo es posible gracias a la aquiescencia, cuando no el apoyo decidido, de los gobiernos, en especial los de los países avanzados.
Mientras tanto, se sostiene a menudo que los gobiernos de los países en desarrollo no están en condiciones de oponerse a la mundialización ya que eso podría costarles muy caro. El gobierno de Sudáfrica, por ejemplo, podría ser sancionado con una fuga de capitales si persistiera en aplicar su programa de reformas sociales. Sin embargo, a las masas sudafricanas aún podría costarles más caro un incumplimiento por el gobierno de su mandato de aplicar esas reformas. Ante ese dilema, por lo general los gobiernos se han puesto del lado del capital por una razón muy simple: como observa el economista Paul Krugman, al derrumbarse el comunismo la oposición al capitalismo anda falta de convicciones.
La lista de los problemas causados por la mundialización es larga. En los países de bajos ingresos, como los del Africa subsahariana, cuyos gobiernos no han podido o no han querido brindar a sus poblaciones la protección más elemental frente a esta nueva fase del capitalismo global y de los programas de ajuste estructural, el pueblo ha soportado condiciones de vida particularmente duras.
Los adversarios de la mundialización denuncian problemas reales, pero es dudoso que sean capaces de invertir la tendencia o tan solo de atenuar sus efectos negativos. Para empezar, muchos de ellos no están bien organizados. En su mayoría se han agrupado en torno a problemas específicos, pero carecen de alternativa global. Por el momento, su contrapropuesta consiste en poner en pie un sistema internacional que no defienda los intereses mezquinos del capital, sino que responda a las aspiraciones de los diversos grupos sociales. De momento resulta bien intencionada pero de eficacia relativa.
Además, es indispensable que esos detractores conciban estrategias viables para atajar la mundialización. Algunos proponen debilitar o suprimir organismos como el Banco Mundial, el
FMI y la OMC, que consideran agentes de la globalización. Pero, si eso es cierto, entonces es absurdo creer que los intereses comerciales y los gobiernos permitirán que tales propuestas se concreten. La preeminencia de esos organismos sólo disminuirá si los países del Tercer Mundo, en particular los de ingresos medianos, empiezan a reducir su dependencia frente a ellos gracias a la presión de sus poblaciones.
Ahora bien, la principal grieta de la estrategia de los antimundialistas radica en que muchos de ellos no reconocen el papel del Estado. Si se ganase la batalla por una auténtica democracia popular, el Estado podría liberarse del control de los intereses financieros y comerciales para transformarse en agente de la defensa de intereses sociales de gran magnitud.
Sin embargo, numerosas ong sólo confían en la sociedad civil, pese a que ésta no puede reemplazar el Estado a la hora de tomar decisiones. La lucha contra la mundialización es esencialmente una lucha por la democracia: no hay que “puentear” al Estado sino convertirlo en aliado.